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El Dedo de Dios
por
Pep Bussoms
 
La ascensión de la ladera se hacía más y más difícil a cada paso que daba. Hacía rato que el sendero había desaparecido, disuelto y enterrado entre los numerosos cantos de piedra que lo cubrían prácticamente todo. Expuesto al sol de mediodía y a los furiosos vientos de la costa, en ese lugar no crecía otra cosa que no fueran los cuatro mechones de hierbajos que asomaban despistados, allí donde las piedras retenían a duras penas pequeños bancos de tierra y polvo, permitiendo arraigar una vida efímera.

Julián subía la colina con su paso firme de buen caminante: pisando el suelo con energía y clavando el tacón de sus botas entre las piedras, para evitar así los resbalones que de tanto en tanto provocaban aquellos cantos que, sueltos por la erosión, rodaban bajo su peso amenazando peligrosamente su estabilidad.

La discusión con su hermana le había sacado de sus casillas. Como siempre. Pero en esta ocasión la habitual vehemencia de Elena había acertado por casualidad sobre el delicado tornillo que ajustaba su amor propio, derribando de un soplo la coraza que protegía a este mozarrón de apariencia invulnerable. "Las verdades duelen, y Elena no es de las que se muerdan la lengua", pensaba.

Irritado, prefirió salir a la calle para quemar fuerzas caminando, antes que emprenderla a bofetadas con los muebles y organizar 'ladediosescristo' en medio del restaurante. Echó a andar carretera arriba a grandes zancadas y a los pocos minutos ya había dejado atrás las últimas casas del pueblo y la gasolinera. Antes de darse cuenta se encontró subiendo una de las colinas que rodeaban aquel campo de concentración disfrazado de villa veraniega, que a finales de Octubre estaba ya prácticamente desierto.

Subía veloz, resollando como un buey; pero no le faltaban las fuerzas, porque cuando la furia es el alimento del alma, hay para eso y mucho más. No estaba disgustado con Elena, sino consigo mismo. Pisaba con energía sobre las piedras, que crujían protestando asustadas; aunque para él no fueran sino la imagen de fragmentos de su propia vida, momentos perdidos aquí y allá, malgastados en emprender caminos que nunca le condujeron a ningún sitio. Pisaba en realidad su propia imagen, pisaba su historia, pisaba el suelo aunque él solo se viera a sí mismo, a su vida, a su estéril vida. Pisaba furioso, quemando su rabia, y si se hubiera encontrado con su propia persona caminando por aquel lugar, a buen seguro le hubiera dado de patadas hasta en el carnet de identidad.

Cuando por fin llegó a la cima, tras media hora de duro ascenso, estaba ya sin aliento. Su respiración sonaba como una de esas antiguas locomotoras de vapor, jadeando al entrar en la estación. Exhausto, se dejó caer a plomo sobre la calva coronilla de la colina y esperó hasta recuperarse del esfuerzo.

Ante sus ojos sesteaba perezoso un enorme mundo de juguete. El Mediterráneo se extendía frente a él, gris y tremebundo, reflejando un cielo plomizo que amenazaba tormenta y llenando generoso el horizonte de Este a Oeste. Abajo, insignificantes, las casitas del pueblo se apelotonaban las unas sobre las otras buscando obsesivamente un rinconcito donde echarse a tomar el sol, ahora ausente, cubriendo con un anárquico mosaico de colores apagados todo el espacio disponible entre las montañas y el mar; igual que hace la gente cuando va a la playa.

La línea de la carretera subrayaba una exigua cinta de arena sucia que enmarcaba la orilla y se perdía en el punto del horizonte donde se unían la tierra y el mar. Un poco más a la izquierda, una nube marrón-azulada de aire podrido ocultaba la insana ciudad, la gran capital. Un avión de pasajeros sobrevoló el pueblo descendiendo ruidoso en dirección al aeropuerto. Pasó frente a él, justo a la altura de sus ojos. ¡Impresionante!. Julián lo siguió con la mirada hasta perderlo diminuto en la distancia, en algún lugar entre el pueblo y la mancha marrón-azulada. Le pareció curioso ver volar un avión de verdad por debajo de su nariz, echado en el suelo como estaba.

Pero aquel espectáculo no era suficiente para calmar la inquietud que bullía en su interior. Julián se sentía angustiado. Dudaba de todo y de todos. No acertaba a encontrar un futuro para su vida, y se preguntaba si en verdad existía en el mundo un lugar para él. Se incorporó sentándose al viento, y en un ataque de desesperación mística se puso a meditar. Deseaba con locura hallar la misión para la cual había sido nacido. Daría su alma por que el dedo de Dios se posara sobre su cabeza, abriéndole los ojos y mostrándole el camino para su realización como ser humano.

Rezó a los espíritus, a los dioses y a los vientos, rogando que si en verdad existía un mundo más allá, viniera alguien a tomarlo como discípulo e iniciarlo en los conocimientos trascendentes.

Pero no hubo respuesta.

De nuevo oró y ofreció su vida entera para sacrificarla en una misión ultrahumana, cualquiera que fuese, solo a cambio de unas gotitas de la esencia de lo universal.

Pero no hubo respuesta.

Rogó por una señal del cielo que le indicase que efectivamente había un más allá de este mundo, un país de las almas donde la existencia era eterna, el conocimiento absoluto y no existía el dolor.

Pero no hubo respuesta.

Desolado, Julián se encogió sobre sus rodillas y tan grande cuan era comenzó a llorar.

Así pasó varios minutos, alternando su ánimo entre el rencor y la autocompasión. Estaba hambriento de respuestas y el más allá no se las daba. No podía comprender el por qué. Él lo ofrecía todo, pero no parecía haber nadie al otro lado dispuesto a echarle una mano. Desconocía la significación de aquello. Tal vez no estuviera preparado. Tal vez no fuera el momento adecuado...

Sí, seguramente el momento no era el más adecuado. Y quizás no lo sería nunca. Tal vez era hora de cambiar. Hora de crecer y tomar sus propias decisiones. Dejar a un lado sus fantasías esotéricas y ensuciarse un poco con el lodo del mundo material. Bajar de la nube en que vivía, cambiar lo etéreo por lo terreno y aceptar su condición de simple ser carnal. Tal vez Elena tenía razón y era hora de empezar a crecer...

Más tranquilo, Julián se enjugó los ojos echándole un último vistazo al paisaje antes de regresar a casa. Hacía frío. Contó hasta tres, inspiró profundamente y se puso en pie.

Nada más incorporarse sintió un escalofrío que le recorrió la piel desde los pies hasta la punta de la nariz, pasando por detrás de las orejas. Durante dos segundos sintió como si una ola de energía surgiera del suelo, rellenándolo como un globo. Todos los pelos del cuerpo se le erizaron, su piel se sonrojó y se puso tensa como el tímpano de un tambor; el corazón, palpitando como loco, parecía querer salírsele del pecho y por un instante se sintió a punto de explotar. Fue un momento nada más. Un momento, y después todo desapareció tal y como había llegado. Esa misteriosa energía fluyó atravesando la planta de sus pies hacia el suelo, dejándolo anonadado en la cima de la montaña, haciéndose un sin fin de preguntas.

Apenas cuatro segundos más tarde, otra oleada de energía se adueñó de su cuerpo. Esta vez el fenómeno fue algo más breve, si bien más intenso; haciendo crepitar el aire a su alrededor y dejando al desaparecer un claro rastro de olor a ozono, que le dio la pista para comprender lo que allí estaba sucediendo. Aunque, cómo no, demasiado tarde para reaccionar de forma alguna.

La tercera oleada fue la definitiva: brillante y magnífica, una chispa eléctrica estalló entre la montaña y el cielo, resquebrajando estrepitosamente el tranquilo sueño de la villa en siesta.