| Gato se despereza
sobre el sofá. Gato bosteza. Gato se estira voluptuoso, despacio,
gozando de la suave modorra que aún domina sus sentidos. Gato se
lame, pule su pelo brillante; se arregla, quiere estar presentable.
Gato camina sobre el parqué. Entra en la cocina y salta sobre el mármol; el frío de la piedra incomoda sus pasos. Su plato rebosa rosquillas de pienso. A Gato le gustan las rosquillas de pienso, saben a anchoa. A Gato le chifla la anchoa. Pero las rosquillas dan sed. Dan mucha sed. Por eso deja siempre el agujero. Prefiere no comerlo, así bebe el aire que hay dentro y eso le reconforta. Luego bebe agua. Eso le reconforta aún más. Gato baja las escaleras y entra en el estudio de Papá. Papá siempre está sentado a la mesa. Hace algo sobre un montón de papeles. Casi nunca se mueve. Sólo a veces sale al jardín a tomar un poco el sol. Pero eso es sólo a veces, casi siempre está sentado a su mesa. Eso ha de ser aburrido porque no puede saltar, ni correr, ni perseguir ratones. Gato se frota contra los tobillos de Papá, le dice hola. Papá no contesta. Gato quiere ser visto por Papá; salta sobre la mesa y se pasea sobre sus papeles. Gato es visto por Papá y apartado de los papeles con mucha descortesía. Gato protesta. Papá se disculpa rascando la cabeza de Gato. Gato ronronea satisfecho. Gato mira por la ventana. La tarde se acaba; ya no llueve. El Sol quiere ponerse y sus rayos de luz rasgan las últimas nubes bañando de cobre los bosques de pino. Gato dice: "mío". Pero Papá no entiende las sutilezas de su lenguaje. Papá no sabe que cuando Gato mira al mundo incendiarse desde el alféizar de la ventana y dice "mío", de verdad quiere decir que el mundo es suyo. Gato quiere salir. Gato conquista a Papá para que le abra la ventana. Gato siempre se sorprende al comprobar cómo responden los humanos cuando están bien enseñados. Gato saca su cabeza al mundo y huele la tarde. La tarde huele a mojado. Es un olor bonito el olor de la tarde mojada. Gato salta al jardín. Gato pisa la hierba y se transforma: su pelo se hace más pardo, sus uñas se hacen más afiladas, sus pies más cautos, sus oídos más agudos, sus ojos más penetrantes. Sus instintos, más listos. Gato es ahora el señor del bosque. Gato sale del jardín, y su sombra desaparece sigilosa entre los setos. Gato mira al sol ponerse desde la cima de la montaña. Gato HACE ponerse al sol todos los días, desde la cima de la montaña. La noche lucha con el día, y el sol acaba muriendo, vencido bajo el peso de las sombras. Retumba su grito de guerra, inundando el ocaso con los últimos rayos de su luminosa sangre; emborrachando los sentidos de Gato de rojo romanticismo. Hoy Gato visitará a su amada. Su amada es blanca como el rayo de luna de una noche sin nubes. A su amada le llaman "Sugar". Gato no sabe lo que quiere decir "Sugar". Gato piensa que los humanos no deberían poner nombre a las cosas, si no saben darles nombres sensatos. ¡"Luna"!, debiera llamarse una gata blanca y brillante como la luna llena, no "Sugar". ¡Que nadie sabe lo que quiere decir "Sugar"!. Dos fauces feroces ladran furiosas al pie de la pared, mientras Gato recorre temerario el estrecho muro esquivando sus babosas dentelladas. Gato salta sobre el tejado del leñero y burla a sus enemigos. Gato se sienta bajo la luz de su amada y llama a su Luna con una canción de amor. Cantará y cantará hasta que salgan a recibirle sus besos enamorados. La puerta del balcón se abre. Una sombra grande y gris se acerca a la baranda. Es un humano. Un humano grande y gris que gruñe y le arroja un objeto contundente. ¡Ay!. Una bota vuela, mal guiada por una peor puntería, y se incrusta duramente en el interior del leñero. Gato observa intrigado el absurdo vuelo del objeto contundente. La sombra gruñe por segunda vez tras la baranda y se refugia en su agujero cerrando con un amargo portazo. Parece que esta noche no hay amada. Tal vez Gato deba conquistar su corazón con un presente. ¡Claro! ¡Gato es un tonto!. Si Gato quiere el amor de su linda damisela, Gato necesita un ratón con que agasajar su vanidad. Tendrá que ir de cacería. ¡Bien!: a Gato le gusta ir de cacería. La noche ha cerrado sus sombras sobre el bosque. El mundo se ha cubierto de tinieblas. Los animales del día se refugian en sus madrigueras y una vida diferente palpita entre los ramajes oscuros. Son los seres de la noche. Son los seres de las estrellas. Y Gato es feliz, porque Gato es señor del bosque y señor de las estrellas. El aire huele a muerte traidora. La brisa canta en las copas una canción de alerta: "Gato ha salido a cazar", y las almas pequeñas corren a esconderse en sus agujeros. Así habla la ley del bosque, y el bosque entero guarda silencio. "¡Cuidado, cazador, que la muerte también canta para ti esta noche!". "¡Desconfía del animal que corre sin levantar sus pies del suelo!". Gato caza, y regresa a casa de su Luna. Gato sale del bosque y cruza la carretera: El río de piedra que huele a muerte antigua. El río de piedra, donde corren las furias del hombre, con ojos de fuego y aliento venenoso. El río de piedra, donde acaban todas las cosas. "¡Desconfía del animal que corre sin levantar sus pies del suelo!". "¡Cuidado, cazador, que la muerte también canta para ti esta noche!".
Un destello cegador, un golpe sordo, y Gato es derribado por la bestia. Gato está confuso. Gato no entiende. Gato no sabe por qué sus piernas dormidas ya no quieren correr. Gato no siente dolor. No siente ningún dolor. Gato arrastra sus cuartos traseros sobre el asfalto, pero no siente dolor. Tan solo un leve pinchazo al final de la espalda. Gato está confuso. Gato no entiende. Gato no comprende por qué las furias del hombre se ensañan con él. Gato no conoce la canción de la bestia. Gato se siente débil. Gato sólo quiere llegar al otro lado del río de piedra, despertar sus piernas y salir corriendo de allí. Gato se siente débil. Gato no puede luchar. Gato se planta sobre sus zarpas, recoge las orejas hacia atrás y eriza su quebrado lomo. Gato bufa desafiante el ataque de su enemigo. Un golpe sordo,
un intenso dolor de cabeza, un destello cegador, y después...
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