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LA
MOMIFICACIÓN
No sabemos muy bien
como los egipcios concebían el compuesto humano, parece que además
del cuerpo se le atribuía al Ser Humano tres elementos espirituales
independientes: el akh, el ba y el ka.
LOS
TRES ELEMENTOS ESPIRITUALES
El akh, está
representada por el signo jeroglífico del ibis con el penacho, y
tiene características inmortales: "...el cuerpo pertenece a
la tierra, el akh pertenece al cielo". El verbo que significa "brillar"
y también el que significa " ser eficaz" tienen la misma
raíz etimológica. Parece ser que el akh era prerrogativa de
los dioses y de los faraones, después se le reconoció al resto
de los vivientes. Era el principio espiritual más elevado y puede
ser interpretado como la transfugiración de lo divino en lo humano.
El ba tiene un aspecto
más definido y puede ser concebido como el alma, tenía la
apariencia de un pájaro con cabeza humana y a menudo era representado
junto a la momia en actitud de insuflarle el alimento vital. El ba podía
salir del sepulcro para salir volando y visitar los lugares que quería
el muerto, por consiguiente podía existir de forma independiente
al cuerpo y actual materialmente en nombre de quien representaba. El ba
necesitaba ser periódicamente reintegrado por ello se le representa
en las pinturas sepulcrales y en los papiros funerarios en actitud de alimentarse
de sobre el árbol sagrado, símbolo femenino de la fuerza universal,
y en la de beber y apagar su sed en la fuente sagrada.
El ka es una de los
nociones más abstractas de definir de todas de cuantas nos han llegado
del Antiguo Egipto y esto se debe a que ninguna de nuestras ideas ni de
nuestras experiencias sobre la existencia terrenal y la de ultratumba ni
siquiera se acercan al concepto inaprehensible del ka. Algunos han visto
el reflejo inmaterial del cuerpo, otros una especia de doble, otros una
especie de protector que nace con el Ser Humano, pero que cuida de él
solamente después de la muerte; otros, una especie de "doble";
otros más, una suerte de protector que nace con el hombre, pero cuida
de él solamente después de la muerte; otros aún, sostienen
que el Ka es una expresión abstracta que expresa el conjunto de las
fuerzas sobrenaturales que los egipcios atribuían a los seres divinos
o divinizados.
El faraón nacía
junto a su Ka, y no son raras las representaciones del dios artesano Khnum,
que sobre su rueda de alfarero da forma a la imagen doble del príncipe
y de su Ka.
Algunas expresiones
que aparecen en los textos: "Andar con el propio Ka", o "
tú pasas la eternidad en la alegría, porque tu Ka está
contigo y no te abandona nunca", no aclaran el significado esencial
del término.
El símbolo
del Ka está representado por dos brazos alzados, signo que aparece
también sobre la cerámica predinástica para testimoniar
que el concepto es muy antiguo. Algunos estudiosos han intentado inúltimente
encontrar encontrar relaciones con la creencias de poblaciones primitivas
africanas. Los estudios más recientes han renunciado a ofrecer una
síntesis única del concepto de Ka y se están encaminando
hacia la búsqueda de relaciones con la tradiciones funerarias y su
evolución en el tiempo, y con las proposiciones litúrgicas
expresadas por varios colegios sacerdotales en diversas épocas.
Para sobrevivir, el
Ka tenía necesidad de un soporte físico, constituido por el
cuerpo momificado; no tenía capacidad dinámica y, por tanto,
su existencia era concebida como la continuación ad infinitum de
la vida que el difunto llevaba sobre la tierra. Tenía el poder de
evitar molestias a los vivientes y, para esto, se recitaban fórmulas
especiales en el curso de los ritos fúnebres, a fin de que le fuese
impedido salir de la tumba. El Ka debía ser alimentado, además,
mediante las ofrendas fúnebres.
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© Mesa de ofrendas
al difunto.
Pintura interior
de sarcófago.
Museo Egipcio. El
Cairo.
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LA
MUERTE Y LA MOMIFICACIÓN
Los egipcios concebían
la muerte como la separación del elemento corpóreo de los
principios espirituales; la creencia más antigua, que permaneció
siempre vigente, era que el alma tenía necesidad del cuerpo para
sobrevivir y que, a falta de este estaría perdida para siempre. Desde
la época arcaica, tal creencia llevó consigo formas rudimentarias
de conservación del cadáver, que era envuelto en pieles y
sepultado en la árida arena del desierto; solamente más tarde
se lograron formas más elaboradas de embalsamamiento para lograr
que el cuerpo se volviera incorrupto y, mediante esto, llegaran a ser inmortales
los elementos espirituales que lo constituían.
En época histórica,
la momificación era considerada un rito osiríaco, pero probablemente
había sido precedida de otros rituales mucho más antiguos:
es, sin duda cierto que constituyó el principal medio de protección
del cadáver: destinado a hacerlo incorruptible. La descomposición
del cuerpo habría llevado de hecho a la muerte del alma, que tendría
que haberse reencarnado para poderse alimentar con las ofrendas fúnebres.
Cuando se empezó a poner los cadáveres en tumbas que permitían
siquieras un contacto mínimo con el aire, se hizo necesario encontrar
el modo de conservarlo artificialmente, mientras que en los templos predinásticos
el contacto directo con la arena estéril había sido suficiente
para disecarlo, manteniéndolo en su forma.
El arte del embalsamamiento
tuvo su inicio ya en la época tinita, con aplicación de natrón
sobre el cuerpo, que era después envuelto en vendas impregnadas en
resina; este primitivo método de embalsamamiento era más bien
precario, como lo demuestra el estado deplorable en que se han encontrado
las pocas momias del imperio Antiguo que han llegado hasta nosotros.
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© Momia predinástica
Museo Egipcio. El
Cairo
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También durante
el Imperio Medio, los cuerpos, preparados con resinas y con natrón,
continuaron ofreciendo una gran fragilidad, a pesar de que, para entonces,
las técnicas de embalsamamiento habían alcanzado ya un cierto
nivel.
La afluencia a Egipto
de aromas y esencias asiáticas, durante las dinastías del
Imperio Nuevo, llevó el arte del embalsamamiento a un grado extremo
de refinamiento, que permitía la conservación del cadáver,
haciéndolo prácticamente indestructible. A este período
pertenecen las momias de los reyes de la Decimoctava, Decimonovena y Vigésima
dinastía, conservadas en el escondido valle de Deir el-Bahri, adonde
habían sido transportadas para sustraerlas a os daños que
habrían podido infringirles los saqueadores de las tumbas reales.
El método de
embalsamamiento inventado por los especialistas tebanos permaneció
prácticamente inalterado hasta la conquista romana. A través
de las descripciones de Heródoto y de Diodoro de Sículo, se
conocen hoy todas las fases de este procedimiento que tanta curiosidad despertó en los griegos.
EL
EMBALSAMAMIENTO
Existían tres
tipos de embalsamamiento, uno de los cuales era muy costoso y los otros
dos accesibles inclusive a los menos ricos; es cierto, de todos modos, que
sólo los más pudientes podían permitirse un embalsamamiento
que ofreciese verdaderas garantías de perdurabilidad.
La momificación
tenía por objeto transformar al difunto en un ser divino, muerto
para la tierra, pero renacido y revigorizado para la eternidad. El cuerpo
era entregado al taller de embalsamamiento, donde se iniciaba la compleja
operación. Un escriba trazaba sobre el abdomen, con un pincel, la
señal del corte que un especialista seguía con la hoja de
sílice; a través de la apertura practicada de esta forma,
otros especialistas extraían los intestinos, los pulmones, el estómago
y el hígado que lavaban con vino de palma y metían en vasos
que contenían aromas conservantes (vasos cánopes). La cavidad
abdominal, también lavada con vino de palma, era rellena con mirra
triturada, casia, canela y vendas de gasa impregnadas de resinas, con exclusión
del incienso; de este modo, ninguno de los órganos o cuerpos grasos
permanecía sujeto a putrefacción.
Con una varilla provista
de un pequeño gancho, se extraía después el cerebro
a través de la nariz, y las partes de él que quedaban dentro
eran maceradas introduciendo aromas muy fuertes en la cavidad craneana;
finalmente, se cerraba la incisión hecha en el abdomen.
A continuación
el cuerpo era completamente rasurado e inmerso durante setenta días
en una solución salina, que absorbía todo rastro de humedad.
Al final de este periodo de tiempo, el cuerpo, lavado u enjugado, era envuelto
en finísimas vendas, en primer lugar, cada dedo y cada miembro por
separado; después, con vendas más anchas, todo esto sin dejar
de echar sobre las vendas sustancias aromáticas y resinas perfumadas.
Donde era necesario, se introducían bolas de gasa, para que el cuerpo
conservase su forma originaria, a pesar de las incisiones y extracciones
que se habían practicado en él. La protección física
del cuerpo se completaba con la recitación de fórmulas y plegarias
destinadas a la preservación mágica. Cada fase de la momificación
tenía su divinidad protectora, que era invocada en su momento oportuno.
Se disponía una serie de amuletos en correspondencia con los diversos
órganos. Entre ellos, ocupaba un lugar importantísimo el "escarabajo
del corazón".
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© Momia envuelta
en lino
Museo Egipcio. El
Cairo
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El cuerpo era tratado
de esta manera permitía al difunto convertirse en un Osiris, a través
de los ritos que identificaban jurídicamente al difunto con el dios
que lo protegería contra los enemigos y, sobre todo, contra la destrucción
y contra los espíritus malignos.
Para quien no disponía
de medios suficientes, existía un método costoso: los embalsamadores
lavaban el cuerpo y le inyectaban, a través del ano, un líquido
graso, extraído del enebro, que tenía un fuerte poder de fermentación,
después taponaban el foso anal y procedían a la disecación
del cuerpo mediante el natrón. Antes de proceder al vendaje, se extraía
el tapón, y las vísceras, que se habían formado por
causa de la fermentación.
El método menos
costoso consistía en la simple disecación del cuerpo con natrón
y en el vendaje con bandas de tela.
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© Sarcófagos
Museo Egipcio. El
Cairo.
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Javier
Rodríguez Vico
Coordinador Sección Religión
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