Una mañanita de octubre con un sol muy rico, pegados al parque Bruil, con ruidos típicos de obras al fondo (el hilo musical inconfundible de Zaragoza/Zara…obras). Hacía un ligero viento que hasta parecía de otoño. Pero eran los gestos de toda esa gente al hablar lo que movía el aire. Es lo que tienen los sordos; en su lenguaje dan, comunican. No como cuando a veces tú hablas, por hablar, y por la boca te entra solo el aire y te da flato. Ellos, aun sordos, generan siempre energía, provocan un ligero cierzo.

Se estaba tan a gusto. Seguía oliendo a verde y hasta a río, el Huerva, que pasaba por allí… Y toda esa gente. Reunidos para homenajear a un amigo suyo, del que a veces, o a menudo, o mucho, se acuerdan. Un tipo que nueve años después aún sigue dando que hablar. Y más a los sordos.

Como les había dedicado tanto tiempo y esfuerzo, decidieron en agradecimiento que su nombre, tan sonoro y armónico, se quedara grabado en la ciudad para que todo el mundo lo pudiera escuchar. Le buscaron una calle. Y una soleada mañanita de octubre la bautizaron como Andador Alberto Albericio Conchán.

Había familia y amigos, cargos representativos, cargos públicos y privados, televisiones y uno que paseaba al perro y se acercó a la multitud. Todos se dejaron algún sonido (una palabra, un sollozo, una risa) dedicado a Alberto, que reverberará entre las paredes de los edificios, rebotará en el dibujo de las baldosas. Y se mezclará con el murmullo del río y escapará entre las ramas de los árboles del parque, quizá por toda la ciudad.

Levantamos nuestros brazos extendidos con las palmas abiertas para agitar el viento. Y entonces nos echamos a andar calle arriba.

 

Alberto Albericio Conchán, que estés en la Mª Gloria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Currículum de Alberto Albericio Conchán (o el porqué de una calle)