|
Capítulo I: "Nürenberg. Erlangen" Esta historia comienza con una conversación virtual, porque se llevó a cabo por e-mail. Que se note que somos modernos. Vamos a utilizar nombres supuestos, para que cualquier coincidencia con la realidad sea del todo verosímil; por ejemplo, a Francisco Acero vamos a llamarlo Paco, y a su interlocutor, Fernando Hernando, vamos a llamarlo simplemente Fernando. — Oye, que hay un viaje que hemos organizado a Venecia. Tres días, en un bungalow de la hostia. Alquilamos un coche y nos vamos para allá. Que está a un tiro de piedra de aquí de Nürenberg. — ¡Ah! Venecia, capital de imperio austrohúngaro, hogar de la emperatriz Sissí y su tronco el Francisco José... vale pues me apunto. ¿Cuándo? ¿cómo? ¿cuánto? — Que no, Paco, que no. Eso es Viena, que también empieza por "uve", pero es otra cosa. Esta ciudad es la de los canalillos, esa en que la gente va a todos los sitios en barca y ahora en carnavales se ponen caretas. — Bueno, ahora sí. Haber empezado por ahí. Mmmm... canalillos. Me apunto igual. ¿Cuándo? ¿cómo? ¿cuánto? La verdad es que para un pobre muchacho criado en Zaragoza, ciudad por la que pasa un río bastante grande, eso de viajar a una ciudad en la que hay agua por todas partes tampoco era nada del otro mundo. Pero bueno, dicen que eso de viajar es de gente culta y moderna, así que nada, a Viena, ¡o sea!, a Venecia. La cosa se organizó así: Paco, residente en Mannheim, Alemania, se acercaría con su coche, un magnífico Opel, modelo Astra, a tope de gama, con una medallita de la Virgen del Pilar y otra de San Cristóbal proporcionadas por su madre, fabricado hace unos doce años en la factoría sita en Figueruelas, Zaragoza, España, hasta Erlanguen, Alemania, lugar de residencia de Fernando, otro zaragozano de pro (bueno, éste sí que es un hombre de pro, porque ha estudiado Ingeniería y no Filología, que es una carrera universitaria que no sirve para nada, salvo para pronunciar por el micrófono en correcto español eso de "chisburguerdelús y patatas con cocacola"). Claro que para que el muchacho no se aburriese en los 250 kilómetros que separan Mannheim de Erlangen —kilómetro arriba, kilómetro abajo— viajaría hasta el dicho lugar de residencia de Fernando acompañado por dos amigos residentes también en Mannheim, Alemania. Visitarían Nürenberg, dormirían en casa de Fernando y luego retornarían a Mannheim. Estos dos sujetos responden al nombre de Ángel Vázquez, apodado "el Pisha", por su marcado acento gaditano, de Chiclana, concretamente (¡putas las pasan los alemanes que hablan con él en español! ¡Ah, justa venganza lingüística...!); y el otro sujeto no es sujeto, sino sujeta: Laura Medina, belleza peninsular si par con la que la beca Erasmus ha endulzado la existencia de los Mannheimer. A estas dos personas las vamos a llamar Laura y Ángel, para salvaguardar su anonimato. Estos dos bellos hombretones y esta aguerrida damisela (¿o se dice al revés?), intrépidos viajeros, se habían citado a la temprana hora de las 11 de la mañana, tras una noche dedicada a la consagración de ofrendas al dios Baco en la residencia estudiantil de Laura, la Hafenstrasse, conocida entre el contingente español como "la Jafen". Comienza el viaje. — Oye, Paco, pisha, ¿qué es ese ruido de botellas? — Nada, que llevo una bolsa llena de Pfandzürruck (envases retornables) en el maletero. Era para devolverlos en la gasolinera y se me ha olvidado. Y ahora pues mira, ahí están. — Qué coñazo eso de devolver los cascos de las botellas ¿eh? — Ya te digo... — Pues sí tío... Y así, cultivando una sesuda conversación en la línea de la más arriba transcrita, nuestros viajeros llegaron a Nürenberg, una bella ciudad alemana de trazado netamente urbano con casas dispuestas a uno y otro lado de sus calles, las cuales, a mediodía sobre todo, se ven animadas por la gente que va y viene. Nuestros viajeros recomiendan vivamente su visita a poder ser con buen tiempo, porque si no, pasa lo que pasa: que Nürenberg es muy bonita, pero hace un frío del carajo (Ángel dixit). Eso sí: hay un par de cafeterías donde puede uno "visitar" Nürenberg sin pasar frío. Llega el momento de ir a Erlangen, a 20 Km de Nürenberg, una ciudad alemana de trazado netamente urbano con casas dispuestas a uno y otro lado de sus calles, las cuales, a mediodía sobre todo, se ven animadas por la gente que va y viene. Nuestros viajeros recomiendan vivamente su visita a poder ser con buen tiempo; si no, pues no pasa nada porque la casa de Fernando es grande, con calefacción, microondas y lavaplatos, y ahí cabe un montón de gente. Una vez hechas las presentaciones llega el momento de dilucidar cómo vamos a dormir, o sea: hay una cama grande y dos sofás. Fernando dice: — Bueno, Paco, si queréis Laura y tú podéis dormir en la cama doble y duermo yo en uno de los sofás —(brillo en los ojos de Paco)—, digo... sois pareja... ¿no? — No, no, qué va, no —responde Paco disimulando su agitación—- no somos pareja. — Entonces —dice refiriéndose a Ángel y Laura— ellos ¿son pareja? (brillos en los ojos de Ángel). — No, no, tampoco son pareja. — ¡Ah, bueno! -brillo en los ojos de Fernando- pueeees entonceeeeeees... Estos maños no dejan pasar una. Tras calentar una copiosa comida china, cocinada según la milenaria receta de la tienda de comida china de al lado de la Sparkasse de Nürenberg, los Mannheimer mandan a la cama a Fernando, por malaje y porque tiene que madrugar mucho a la mañana siguiente. Hay que decir, no obstante, que el anfitrión cumplió como se esperaba de él, como un campeón, apurando hasta el último minuto la velada. Pero a las 12:30 dijo, sin que en su tono se pudiese adivinar la menor señal de envidia: "Bueno, cabrones, me voy a la cama que mañana me levanto a las cinco y media... ¡mierda!.. mañana no, ¡dentro de cinco horas! Hala, que os lo paséis bien, mecagoenlaputa, qué suerte tienen algunos". Buen muchacho, Fernando, noble y sin pizca de rencor ni resentimiento. Ha de quedar constancia de que nuestros viajeros deseaban con todas sus fuerzas irse a dormir, tras una agotadora jornada de turismo por Nürenberg, bella ciudad alemana de trazado netamente urbanístico con casas, etc; pero no es menos cierto que se habían impuesto la penosa tarea de vacíar una botella de vino y otra de cocacola rebajada con ron del Lidl. Era un trabajo duro, pero alguien tenía que hacerlo. Así, conversando, jugando al "Yo nunca..." (juego de esos de beber que puede hacer brotar sudor y lágrimas a los que lo juegan; interesados dirigirse a Laura), y repitiendo varias veces lo de "qué calor que hace aquí, ¿no Laura?, y... ¿si nos quitamos ropa?" (pero nada, no coló), nuestros héroes cumplieron sobradamente su misión. En efecto, a eso de las cuatro, agotados por la larga jornada, Paco se fue a dormir con Fernando (qué peligro, qué peligro), mientras Laura ocupaba uno de los sofás y Ángel el otro (qué peligro, qué peligro). (continuará) Capítulo II: "Nürenberg. Primeros percances"
|