Capítulo II:   "Nürenberg. Primeros percances"

Cuando a la mañana siguiente Laura, Paco y Ángel se levantaron el sol no lucía radiante en el cielo, aunque eso sí: lucía, es decir, había luz, que no era poco; no hacía calor, el azul no era el color que destacaba al levantar la vista hacia arriba; la naturaleza no sonreía benevolente a los seres humanos que asomaban tímidamente su existencia al exterior. Así que tampoco se apresuraron mucho en reanudar su visita turística a Nürenberg. Decididamente, la vida del viajero es dura.

Bueno, chicos, no hay problema, que ahora que hemos subido al coche entraremos en calor. ¿Me das la botella de cocacola, por favor?

  Toma, pero creo... sí, sí, no sé si podrás beber. Está congelada.

Y entonces, de nuevo, Paco se preguntó interiormente por qué vendría a trabajar a Alemania, y no a las Bahamas o a Acapulco o incluso a Teruel, que también existe (y también hace frío, preciso es reconocerlo, pero había que introducir una pequeña reivindicación; y ya que estamos, "plantación de marihuana en la base americana"). El caso es que llegaron sin problema alguno a Nürenberg. Aparcaron el coche -ese magnífico Opel, modelo Astra, a tope de gama, fabricado hace unos doce años en la factoría sita en Figueruelas, Zaragoza, España- en el aparcamiento de la Hauptbahnhof (estación principal de trenes) al módico precio de un montón de pasta por hora y media. Después, nuestros héroes iniciaron un paseo por el casco viejo de Nürenberg, porque lamentablemente no podían ir a visitar el archivo alemán dedicado al partido nacionalsocialista; un interesantísimo recorrido por la historia del primer tercio del siglo XX, con el surgimiento y auge del nazismo, la elección democrática de Hitler y cómo fue radicalizándose la orientación de la ideología del partido en el poder, y con él, el parecer popular, con fotos, carteles, recortes de prensa, documentales que muestran la propaganda y manipulación nazi, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de la misma y por fin, los famosos Procesos de Nürenberg.

Nada hubiese sido destacable en este segundo día de viaje, salvo el hecho de que aun a pesar de llevar la cabeza bien alta y a punto de estallar, nuestros viajeros disfrutaban de la ciudad, de no ser porque al regresar al aparcamiento de la estación una sorpresa esperaba a Paco. En efecto, Ángel y Laura -esa belleza peninsular- debían marchar a Mannheim, no había mucho tiempo para abrir el coche, coger las bolsas y tomar el tren; hay que apresurarse y... ¿qué es eso que hay en la escobilla del parabrisas? ¡No! ¡una multa!, pero, pero, pero... pero si sólo me he pasado cinco minutos, a ver, a ver, esto no puede ser. Pues... pues... sí, en efecto es una multa... pero ¡si el ticket terminaba a las 11:46! Paco comenzó a jurar y perjurar contra las tipas esas de los parquímetros (qué gran frase la de su no menos gran amigo Fabián "¿qué clase de mujer se gana la vida en la calle?"), contra la madre que parió a las tipas de los parquímetros, contra Schröder, contra Stoiber, contra un sistema que te cobra por las televisiones y radios que tengas en casa, contra... hasta contra los Hermanos Grimm si se hubiesen puesto a tiro. Y no es para menos: si el importe de la plaza de aparcamiento duraba hasta las 11:46, la multa había sido extendida a las 11:53. Seis minutos, trescientos sesenta segundos, equivalentes a un año en un partido de baloncesto; toda una vida en un parto, una eternidad en el sillón del dentista; pero ¡en una situación así!

Finalmente, con pesar pero a la vez con la alegría de los que se separan para reencontrarse nuevamente en un corto lapso de tiempo, Ángel y Laura tomaron el tren hacia Mannheim, la ciudad donde el Neckar se une al Rhein. Paco los despidió con la sonrisa en los labios, se dirigió a la tienda más cercana a comprar pilas para la cámara, inmortalizó un par de preciosos puentes que atraviesan el río Pegnitz a su paso por Nürenberg (esa bella ciudad alemana de trazado netamente urbano con casas dispuestas a uno y otro lado de sus calles, etc., etc.) y tomó el camino de Erlangen (esa ciudad alemana de trazado netamente urbano, etc., etc.) para dedicarse a la dura labor de echarse la siesta. Despertado por Fernando, una rápida incursión al Pleitegeier ("buitres de la quiebra", o sea, bancarrota), local donde se puede disfrutar de unas viandas tipo cerveza y pizza; como la que, por cierto, se estaba comiendo Marco, el tercer viajero hacia Venecia. Hechas las presentaciones de rigor, el susodicho se creyó en la obligación de aclarar "no tenía mucha hambre, pero claro, te pones, te pones y yo en esto de comer y beber..." Una declaración que bien vale por toda una filosofía de vida, un auténtico canto de esperanza, un dogma de fe. Decididamente había afinidad en los pareceres de nuestros viajeros. El destino había reuinido a tres bravos varones, crema de la tierra que les viera nacer, ignorantes protagonistas de la fuga de cerebros que sufre España-va-bien.

¿Qué les depararía la jornada en ciernes?

(continuará...)

(Capítulo III: "Viaje y llegada a Venecia. Donde se relata brevemente la mansa marcha hasta la ciudad edificada sobre el agua y se reflexiona nuevamente y por extenso sobre la relatividad del tiempo y de cómo en un instante las tinieblas pueden ensombrecer el esplendor del más radiante día")