Inútil espera

Una madrugada

La ventana del sur

 

Día de niebla

Me gusta tu cuerpo

Olor a mar

 

Leyendo a Novalis

¡Caray, qué bueno que viví!

Canto a ti misma

 

Hombre reclinado

Buenos días en verso

Al calor de una fábula

La pequeñez de mi ánimo

Sábado por la tarde

 

Viajar en autobús

Por la mañana

Más allá

Madrugada en Lérida

 

Levantar la pira

Canaima

Tic tac tic tac tic tac

 

 

 

 

Inútil espera

 

INÚTIL ESPERA

La extrema pena que hoy me visita
se refugia en el recuerdo
de un cuerpo húmedo.
Belleza sin epítetos,
colores fundidos en el opaco blanco de un instante fugaz.
Más allá de mí mismo,
elástica tensión, abismo,
Ítaca al fondo de una tarde de otoño,
tropiezo con el interrogante de una mirada de mármol,
réplica ciega de un rincón de museo,
que acompaña mi inútil espera;
escondo en el negro mate de un deseo
mi ánimo mermado;
alzo la vista sobre el campo llovido
hacia el perfil de los montes
envueltos en la tardía luz del horizonte;
me quito las gafas,
restriego mis ojos cansados,
el día se extingue.

10/03/2004

 

 

 

Una madrugada 

 

UNA MADRUGADA

(Campo segado,
heno recién cortado flotando blandamente
en los taludes de algunos prados.
Aroma, firmes caderas,
contundencia de tu presencia
entre mis brazos desnudos.
El día, turbio y perezoso,
comienza a caminar llevando en alto el débil candelero
de su luz somnolienta.)

Ah, tú, presencia animal,
vestido de mi desnudez más perfecta;
ahí donde mi sueño se encuentra con el alba
abrigado en el calor de tu cuerpo,
despierto.

¡Amanece!
gris, sin tiempo, un sordo quejido de sirena
brama desde el vientre de la bruma
de un lunes cualquiera
el alias del yo existo.
Junto al sopor del sueño,
desde el limbo de la noche fría y negra
arrebujado en mi cansancio,
despierto estrechado a tu cuerpo.
Las ramas oscilan levemente sobre su pedúnculo de tierra y aire
en el cielo espeso y lívido del final de la noche,
y yo te tengo con mis brazos de huérfano

y te estrecho rotundamente
porque deseo que el calor animal de tu compañía
dure la eternidad de esta madrugada;
deseo profundamente con los ojos cerrados
que los dioses retengan junto a mí,
en medio de este inhóspito invierno de hoy temprano,
tu calor, el abismo atónito de tocarte y sentir
el susurro de la vida que roza con su aliento mi cuello.

Deseo profundamente
seguir dormido en el hueco de tus brazos
oyendo como un eco, como un sueño,
el sonido intermitente y bronco de la sirena;
pero su chorro de vapor,
estarcido entre la niebla y mi alma,
hiende mi ánimo,
y tiende un puente entre el espacio de la mañana
y la carne que abrazo.
Y pienso...
más allá está también el frío,
y yo con él,
y la austera fuerza de caminante solitario,
y el crujir de hojas bajo los pies,
el ritmo seco de las botas
brotando en las madrugadas de los senderos
con su sonido de olas tempranas.

Y asomo mi cabeza más allá de tus brazos
y miro una vez más la mañana
y me siento fuerte e
inundado del silencio agreste de los montes y valles.
Abrazado definitivamente al frío,
al calor de tu cuerpo,
mi gratitud se enreda entre las ramas,
canta, despierta,
dice su oración matinal entre tus muslos de niebla.



22/2/04

 

 

La ventana del sur 

 

 

LA VENTANA DEL SUR

Me cruzo con el dudoso peso de lo irremediable y
mi mirada interpela con curiosidad en sus ojos tristes;
tu corazón se ha hecho duro, me digo,
y trato de alejar de mí la carga de su presencia;
el día es excesivamente bello
las flores de los almendros adornan ya
la hondonada de la parcela
empujadas por la savia que despertó en sus venas
en medio de un invierno benigno,
y debo por tanto apresurarme para no dejar escapar
este tiempo disfrazado de primavera.
Le veo caminar cabizbajo y escéptico,
le podría mostrar el camino,
decirle: te equivocas, todavía hay tiempo...
pero él, ella, ya no es más que una parte pequeña del paisaje
que miro gozoso esta mañana.

Hoy me senté junto a la ventana que da al sur,
el almendro vestía su recién estrenado traje de novia
y los pájaros habían invadido los arbustos y los setos:
nada que hacer.
El sol llegaba a mis mejillas y las llenaba de primavera y
del calor de los recuerdos;
era dulce pensar la vida y el tiempo
mientras las cujas y los petirrojos
jugaban entre las ramas todavía desnudas.

Si tuviera que dibujar el perfil a mi futuro,
me quedaría con mi ayer, con mi hoy,
con este sol de mañana de invierno
que me vino en gracia
y me liberó
de la obligación de ganar un salario.
Pienso en los tiempos en que las prisas
apenas si eran capaces
de mirarme el cuerpo,
de olerlo,
de sentir el bullir tenue de las pasiones.
Pienso, dormito, me estremezco de voluptuosidad
cuando los caprichos de la memoria
me acercan a las montañas, a una mujer,
al trémulo calor de las infancias que viví,
a los incomparables ratos de soledad
a mi memorable soledad,
que aunque huraña tantas veces,
supo ser cordial y cantarina,
explosivamente maravillosa casi siempre.

 

 

 

Es tiempo de vivirme lo que antes dejó pasar mi atención distraída,
debo gozarme en la caricia del recuerdo
y volver a encontrar así el calor que
mi curiosidad ocupada no pudo retener siquiera
entre las sábanas de las mañanas de invierno.
Deseo de mí
de verme el rostro y las manos que teclean,
de evocar el tibio ardor de mi carne.
Escribir el gozo próximo del recuerdo
que habita en el temblor excitado de sentirme vivo y anhelante de sol,
para así, cuando tocando con las yemas de los dedos roce
el fresco reclamo que palpita en el aire,
cuando en días como hoy,
sentado al sol, rodeado de plantas y libros,
piense en tantos días y horas de excita existencia,
pueda confesar que viví,
que habité la plenitud de la mañana, de sol,
de la luz suave que roza los campos y que viste el encinar próximo
con el toque esfumado de lo lejano.

 

15/2/04