Viejos Tiempos
por Serigeto
La puerta se acaba de cerrar detrás de mí. Ella, sonriente, me dice, al tiempo que me besa en la mejilla, cuánto me agradece que haya venido.
Su padre está dormitando en uno de los sillones del salón. Se despierta al oírme entrar. Le han diagnosticado un cáncer. Seis meses de dolor. Tal vez menos tiempo. Lo del dolor es seguro. Se alegra mucho de verme, dice.
Durante la cena, como en los viejos tiempos, discutimos, entre risas, sobre los mismos problemas teóricos de siempre, los bucles temporales, el espacio infinito, aquellos de los que ya discutíamos en la universidad, cuando su padre era catedrático de física teórica.
El tiempo pasa rápido y sólo somos conscientes de lo tarde que es cuando el cansancio hace mella en mi antiguo profesor que, sintiéndolo mucho, se ve en la necesidad de acostarse.
Ahora ella y yo estamos solos. Nos miramos en silencio. Comenzamos a hablar, en un tono quedo y sosegado, también de viejos recuerdos. Son recuerdos peligrosos, de esos que, si no se tiene cuidado, pueden hacer mucho daño. Pero, a diferencia de otras veces, en vez de dolor, hoy sacamos un disfrute inmenso trayéndolos al presente.
Vuelve a hacerse el silencio. Un silencio extraño. Difícil. Por fin ella dice “Nunca pudimos cumplir aquello que nos prometimos ¿verdad?” Está a punto de llorar. “Voy a por el café, ahora vengo”.
Tras un instante de confusión, reacciono y decido seguirla. Me cruzo con la puerta del garaje. Está abierta y una luz verde ilumina tenuemente el espacio. Ella está dentro, mirando los paneles desde donde surge la luz.
"Al final lo hice. Sólo quería resarcirte por la forma en que te abandoné... además, está mi padre... se le acababa el tiempo, ¿sabes? Se moría. Y así no se morirá. Nunca. Y nosotros tampoco.”
Miro hacia el panel. Tiene dos líneas de dígitos. La primera línea es una cuenta atrás que incluye horas, minutos, segundos y milisegundos. En el momento en que la miro, faltan apenas 20 segundos para llegar a cero. La segunda es un número fijo: 2.127.311.
“Te dije que era posible, que se pueden generar bucles en el tiempo. ¿Ves el contador?, 2.127.311 cenas perfectas, sin muertes, sin dolor, y tú y yo juntos, para siempre.”
La cuenta atrás termina, y no tengo tiempo de pensar en nada al ver cómo el contador pasa a 2.127.312.
La puerta se acaba de cerrar detrás de mí. Ella, sonriente, me dice, al tiempo que me besa en la mejilla, cuánto me agradece que haya venido.