Ella no podía dormir
por Serigeto
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1. Beth
Le reconforta el sonido que hace el tren cuando pasa por un cambio de vías. Takatá-takatá. Aunque no sabe muy bien por qué. Takatá-takatá. Uno a uno, los ejes de los vagones esperan su turno para hacer sonar sus ruedas. Takatá-takatá. La marcha del tren comienza a ralentizarse. Takatá-takatá. Tantos cambios de vía sólo pueden significar una cosa. Takatá-takatá. La estación término está cerca. Takatá-takatá. Dentro de unos minutos estará de nuevo en la Ciudad-Grande. Mira el reloj y comprueba que son las 6:40. La llegada está prevista para las siete menos cuarto. Puntual como siempre, piensa.
Levanta la cortina de la ventana de su compartimiento y mira hacia el exterior. Fuera aún es de noche y lo único que consigue ver es su propio reflejo en el cristal. Apaga la luz para hacer desaparecer ese reflejo y poder ver, de fondo, cómo la Ciudad-Grande comienza a despertarse. La mayor parte de las luces que están encendidas en los edificios que pasan en frente suyo provienen de los pequeños ventanucos de los cuartos de baño, llenos de vapor de agua y de olor a jabón o, piensa, también de las cocinas, e intenta imaginar los posibles desayunos con los que la gente que habita esos edificios que aparecen y desaparecen ante su mirada se prepara para enfrentarse a un nuevo día. Ella hace rato que ya está preparada. Se despertó hace más de una hora, se aseó, se vistió, arregló su compartimiento y, por último, hizo la maleta. Ahora está sentada, con la luz de su compartimiento apagada, masticando lentamente la segunda de sus seis galletas y mirando cómo la Ciudad-Grande comienza a despertarse.
Dejó la Ciudad-Más-Grande anoche, exactamente a las 22:25. Cada vez está más convencida de que apenas hay diferencias entre ambas ciudades. La gente que las habita es la misma, piensa. Una noche podrían sacar a todo el mundo de sus camas mientras duermen y moverlas de una de las ciudades a la otra y es seguro que casi nadie se daría cuenta del cambio. Cuando el tren arrancó de allí, la Ciudad-Más-Grande comenzaba a dormirse y las luces que estaban encendidas en los edificios que le acompañaron en su salida de la ciudad pertenecían casi todas a los salones en los que la gente terminaba de cenar, para, poco después, irse a la cama. Esas mismas luces serán las que le acompañen cuando esta noche abandone de nuevo la Ciudad-Grande rumbo a la Ciudad-Más-Grande.
El tren hace un momento que, con un suspiro lento y prolongado, ha dado por concluido su trayecto, deteniéndose en el andén número ocho de la Estación del Norte. Por ese mismo andén, sintiendo el fresco de la mañana en su cara, ella y su maleta se dirigen hacia la salida.
Comienza a amanecer. Es lo que ve cuando por fin se encuentra en la calle, y lo ha hecho lo suficiente como para saber que éste será un día nublado. La Ciudad-Grande se va a vestir para ella con un traje de día gris triste, de esos que tanto le gustan. Piensa ella que en días así, con esa extraña luz que envuelve las cosas en todas direcciones, es cuando más fácil resulta ver el mundo, cuando las cosas se muestran más ellas mismas que nunca.
Así pues, contenta por la suerte que hoy la acompaña, comienza su paseo hasta la casa Blomet, su lugar de trabajo de los Martes, Jueves y Sábados. No puede permitirse el lujo de pagar el tranvía que une aquellos dos puntos de la Ciudad-Grande, y eso hace que el paseo hasta la casa Blomet se convierta en un largo paseo, casi una caminata. Pero hoy, en este día de aspecto triste que tanto le gusta, no le importa en absoluto tener que caminar.
Mientras se aleja de la estación, se vuelve una última vez y echa una mirada al reloj de la fachada. Son ya las siete menos cinco. Debe de darse prisa si no quiere que se le haga tarde de nuevo, como el Sábado pasado, cuando acabó entrando en la casa a las nueve menos veinte.
2. Gerald
El cronómetro acaba de zumbar por segunda vez. Ya sólo falta un minuto. Desconecta con un gesto mecánico la señal de alarma mientras comprueba cómo el minutero y el segundero de la esfera derecha del cronómetro comienzan de nuevo su inacabable carrera de sesenta minutos, exactamente cuarto de hora después de que lo hicieran el minutero y el segundero de la esfera izquierda. Después dirige su mirada hacia el séptimo reloj del andén número 2 de la estación de la Ciudad-Grande y se prepara para cumplir con su cometido.
Ya sólo faltan 50 segundos.
La estación de la Ciudad-Grande tiene doce andenes. En cada andén, de 154 metros de longitud, se reparten, separados por una distancia de quince metros, diez relojes de esfera doble encaramados sobre el mismo número de postes clavados. En una estación de tren es importante poder saber en todo momento qué hora es.
40 segundos.
Al principio se preguntaba por qué ése y no otro fue el elegido. Por qué tuvo que ser el séptimo y no el sexto o el octavo. Qué era lo que le hacía tan especial. Supuso que, tal vez, fuera posible encontrar una conexión causal entre la situación del reloj dentro de la estación y su extraordinario comportamiento. Para ello, consultó planos antiguos y planos nuevos, calculó distancias, buscó relaciones, proporciones, secuencias lógicas e incluso ilógicas… pero nada de eso le sirvió.
30 segundos.
Al principio se preguntaba, quería saber por qué. Pero eso sólo fue al principio, en aquellos primero años en los que el desconcierto le atenazó y a punto estuvo de huir y abandonarlo todo, en los que a punto estuvo de obviar la responsabilidad que, por puro azar, había contraído para con el mundo. Huir, huir, huir lejos de allí. Fueron tiempos difíciles, de eso no hay ninguna duda, pero también necesarios, porque después de esa tormenta tan oscura por fin llegó hasta él la calma y pudo ver con claridad y distinción su evidente destino.
20 segundos.
Un destino al que dedica por completo su vida, sabedor como es de lo importante que es saber por y para qué uno existe.
10 segundos
El momento… 9… se acerca… 8… y como siempre… 7… como cada hora… 6… él se prepara… 5… aguanta un momento la respiración… 4, 3, 2… y… 1…
La aguja del segundero se solapa junto con la del minutero sobre el 12 impreso en la esfera del séptimo reloj del andén número 2 de la estación de la Ciudad-Grande y es entonces cuando él cumple con su cometido:
“Que no ocurra nada” susurra, y todo se mantiene así, como si nada hubiera ocurrido.
3. La Biblioteca
“…si nos picáis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos? Sin nos envenenáis, ¿no morimos? Y si nos hacéis mal ¿no vamos a vengarnos?”
Beth cierra la majestuosa edición de “El mercader de Venecia” que tiene entre las manos y la coloca en la estantería. Personajes de ficción que luchan por sus derechos como seres reales. Le fascina. Gente que no existe pero que hacen más por su existencia que la gente de carne y hueso. Le fascina y le produce cierto vértigo a la vez. Puede pensarse – piensa ella - que en su condición de no-reales, sin nada que perder, debe de serles más fácil a los personajes de ficción arriesgar su vida no-real y luchar por lo que casi nadie en el mundo real sería capaz de luchar. Puede pensarse, claro, pero ella no lo hace. Ella cree que ser un personaje de ficción le coloca a uno en una tesitura realmente delicada. No es sólo que tu vida y tu pasado, tus pensamientos más íntimos y secretos aparezcan escritos aquí, en el libro, al alcance de cualquiera. No es sólo eso. Lo realmente complicado – sigue pensando ella - es la posibilidad del error. En un ser real, errar obliga a sobrevivir más allá del error, intentando asumir u olvidar el error. En el ente de ficción, al dolor del propio error se suma la terrible condena que es verse obligado a repetir hasta el infinito, tantas veces como lectores del libro de tu vida haya, los errores que el escritor quiso que cometieras, para ejemplo, sufrimiento o diversión del público en general. Yo – piensa ella – en caso de ser personaje de ficción y para evitar problemas, quisiera ser un pequeño personaje secundario sin importancia en la historia o, a lo sumo, la protagonista de una obra olvidada.
Después de dejar el libro en su nueva ubicación, regresa a su cuaderno y toma nota de la finalización de la tarea. Ya ha terminado de etiquetar, registrar y colocar en su sitio definitivo los últimos volúmenes adquiridos por el señor Blomet. El resto del día lo pasará limpiando de polvo los libros contenidos en los estantes comprendidos entre el número 201 y 300. Veinte libros en cada estante. Doscientos libros en total. Eso es lo que tiene previsto para hoy en su cuaderno de registro diario. En él anota todo lo que hace y al final de cada día, lo pendiente de hacer el día siguiente. Le gusta mantener ese orden. Sabe que si no lo hiciera, su trabajo sería imposible de realizar.
Su trabajo de los Lunes, Miércoles y Viernes consiste en etiquetar, registrar en el fichero de la biblioteca y ordenar físicamente en las estanterías las novedades editoriales seleccionadas por el señor Blomet y, después de eso, dedicarse al mantenimiento de todos y cada uno de los más de treinta mil volúmenes que componen la colección particular.
La biblioteca está ubicada en un torreón anexo a la casa Blomet, un edificio de unos quince metros de altura coronado por un techo abovedado de cristal. Cuatro pasillos de madera que se comunican con el suelo mediante dos escaleras de caracol permiten el acceso a los cuatro pisos de librerías que se disponen a lo largo de unos treinta de los cuarenta metros de circunferencia que tiene el torreón. En los diez metros libres de pared restantes se encuentran la puerta de entrada, la chimenea y, a ambos lados del tiro de la chimenea, dos larguísimas vidrieras. El señor Blomet pasa todo el día metido en aquel torreón, leyendo incesantemente. Él fue escritor. Después de sus dos primeras obras la crítica le consideró de forma unánime como el autor más prometedor de toda su generación. Sin embargo, aquellos primeros éxitos no tuvieron continuidad y, desde algún tiempo antes de que ella llegara a aquel sitio, el señor Blomet no ha sido capaz de escribir nada.
La limpieza de la totalidad de los libros contenidos en la biblioteca le ocupa el tiempo correspondiente a 6 meses de trabajo, por lo que, para cuando acaba con el último de ellos, el primero está tan sucio como ese último que acaba de limpiar. Se produce así un bucle infinito en el que principio y fin quedan claramente difuminados.
Esa repetición constante es la única razón que ella ha podido encontrar al recibimiento que le brindó el señor Blomet en su primer día de trabajo. La primera vez que habló con el señor Blomet, éste le dijo, “No envidio tu tarea”, al tiempo que le entregaba como regalo de bienvenida un tratado sobre mitología griega con un marca-páginas de plata indicando el inicio del capítulo dedicado al mito de Sísifo. Nunca pudo comprender, después de leer el texto, cómo era posible que un hombre como aquel, dedicado exclusivamente a la literatura, pudiera pensar que estar todo el día entre libros, cuidándolos, dejándose seducir por sus formas, leyendo al azar durante la tarea fragmentos de tal o cual autor, era comparable al castigo ejemplar con el que el pobre Sísifo fue condenado.
Treinta limpiezas de la biblioteca al completo han pasado ya desde que ocurrió aquel primer desencuentro y, aunque durante todo ese tiempo casi siempre Beth y el señor Blomet han pasado las jornadas de trabajo juntos en aquella biblioteca, él leyendo sin cesar y ella ocupada en el infinito quehacer de rescatar los libros de la podredumbre, no se han cruzado entre ellos más de una docena de frases al margen del buenos días del principio y el buenas noches del final de cada día. Y eso, piensa ella, es lo mejor que nunca le hubiera podido pasar.
4. Pide un deseo
Él era un niño. Sólo un niño. Nadie podría responsabilizarle a él de lo que pasó. ¿Cómo relacionarle con aquel terrible suceso? Imposible. Y sin embargo…
Estaba en la estación de tren de la Ciudad-Grande. Estaba allí con sus padres. Habían ido a despedir a su tío-abuelo, el rico, famoso y aventurero tío de su madre, que había pasado unos días de visita en su casa. Su tío-abuelo le cogió de la mano y le apartó unos metros de donde estaban sus padres. Se acercó a su oído y comenzó a contarle la leyenda del séptimo reloj del andén número dos de la estación de tren de la Ciudad-Grande. Una leyenda estúpida, infantil e inverosímil, seguramente inventada en ese mismo momento como último intento por ganarse la complicidad del sobrino-nieto. Tarea inútil. Él era sólo niño, con poco más de seis años de historia. Pero un niño resentido con su tío-abuelo como sólo un niño puede estarlo y ninguna leyenda sobre relojes mágicos iba a hacer que olvidara ese resentimiento. Sobre todo cuando el resentimiento estaba motivado porque su tío-abuelo, el rico, famoso y aventurero tío de su madre, ése al que todo mundo admiraba y respetaba, de visita en su casa después de cerrar un gran negocio en Japón, acababa de cometer el terrible error de no traer consigo ningún regalo de tan lejanas y extrañas tierras para su único sobrino-nieto.
“Ya sé que no te he traído nada, y ése es un fallo que no me perdonaré mientras viva” empezó a decirle su tío-abuelo “pero mira lo que he hecho para compensarte; he dado instrucciones a la gerencia de la estación para que el tren que me lleva de vuelta a mi casa salga desde este andén y también he pedido expresamente que me asignaran un compartimiento en este vagón, precisamente en éste, a la altura del séptimo reloj, para poder enseñarte algo, algo que sólo unos pocos privilegiados en este mundo conocen: la leyenda del séptimo reloj del andén número dos del la estación de tren de la Ciudad-Grande.” Dijo mientras señalaba el reloj que, encima de un poste de unos tres metros de alto, tenían delante suyo. Guardó un momento de silencio, esperando una respuesta en su sobrino-nieto. Y la respuesta tardó unos segundos en llegar “¿Qué leyenda es esa, tío?” contestó él, enfadado todavía, pero incapaz de ocultar su interés por lo que estaba oyendo “¿De verdad quieres saberlo? Bien, pues has de saber que, según cuenta la leyenda, este reloj es un reloj mágico.” “Ya, un reloj mágico. Eso no existe” “¡Cómo que no!, me ofende que no me creas, nieto. No sé si estás preparado para conocer el secreto” “No, sí que lo estoy, sigue contándome, me lo debes” “Bueno, bueno, continuaré. El poder de este reloj es tal que puede conceder cualquier deseo que se le pida” “¿Cualquier deseo?” “Sí, cualquier deseo, pero –y en este momento alzó el dedo índice de la mano derecha en un gesto aleccionador - sólo cuando las agujas del reloj marquen una hora en punto” “¿En punto?” “Sí, en punto”. Las agujas del reloj marcaban en ese momento las diez menos seis minutos. Faltaban seis minutos para el siguiente deseo. “Por ejemplo” continuó el tío-abuelo “si ahora, cuando mi tren salga a las diez en punto, tú miras al reloj y deseas fuertemente que yo vuelva y te traiga un enorme regalo, verás como ese deseo se cumple”.
Y ahí es cuando todo el engaño se vino abajo. Qué poco sutil fue su tío-abuelo. Él era un niño, sólo un niño. Pero hay que tener cuidado con un niño, sobre todo si está resentido como sólo un niño puede estarlo y no se es muy habilidoso contando historias. Porque en la mente de un niño las cosas se comportan de una manera extraña. Y el niño pensó, no ya que toda aquella historia del reloj fuera un embuste, sino más bien que su tío-abuelo quería aprovecharse del poder mágico del reloj para quedar bien delante de él, obligándole a desear algo que debería de haberse producido sin ningún tipo de ayuda externa. Y eso era algo que él no podía soportar.
¿Qué probabilidad hay de que si se lanzase un millón de veces una moneda desde lo alto de la torre izquierda de la catedral de la Ciudad-Grande, la única que queda en pie, siempre cayera del mismo lado? Pues más o menos la misma de que la estúpida, infantil e inverosímil leyenda que su tío-abuelo improvisó en ese mismo momento como último intento por ganarse la complicidad de su sobrino-nieto coincidiera exactamente con una historia real. Y sin embargo, él pudo comprobar cómo en esta ocasión ocurrió. La moneda cayó siempre del mismo lado y la leyenda resultó ser cierta. Porque cuando el tren comenzó a moverse hacia la salida de la estación con la Ciudad-Más-Grande como destino y el séptimo reloj del andén número dos de la estación de tren de la Ciudad-Grande marcaba las diez en punto de la noche, él pensó un deseo, un deseo motivado por su enfado hacia el olvido y las malas artes de su tío-abuelo.
Y el deseo (“deseo que no vuelva nunca”) se cumplió y su tío-abuelo, muerto apenas cuarenta kilómetros más tarde atragantado por un trozo de entrecot a la pimienta mientras cenaba en el coche-restaurante, no volvió nunca más.
5. Lucien, el revisor
LUCIEN: Al final se convirtió en una mera rutina, como todos los trabajos que había tenido hasta entonces. Recibía el encargo, diseñaba un plan de acción para cumplir con el cometido de la mejor manera posible, y por último, ejecutaba dicho plan. Luego me iba a recibir el cobro por mi trabajo y después a casa, a esperar un nuevo encargo. Sencillo. Fácil. Aburrido. No se imagina usted lo fácil que es llevar a cabo ese tipo de encargos. Simplemente hay que encontrar un momento y un lugar en el que nadie pueda pensar siquiera que eso que se pretende hacer pueda en verdad llegar a ocurrir. En un parque. A la salida de un colegio. En la peluquería. Esperando para entrar a un teatro. Qué sé yo, hay miles de momentos y de lugares, todos tan cotidianos… Una vez que se ha elegido el momento y el lugar, hay que presentarse allí y comenzar a acercarse, así, sin más, sin intentar ocultarse de la mirada de la gente (no hay nada más sospechoso que intentar no parecer sospechoso) y cuando se está lo suficientemente cerca, a no más de un par de palmos, disparar al objetivo un par de tiros a bocajarro, a ser posible en la cabeza, para asegurarse un buen resultado, y listo, tarea resuelta. Ya le digo señorita, no hay nada que resulte más tedioso que ser un asesino a sueldo. Así que, tras unos cuantos de aquellos encargos y pese a que, por qué negarlo, el sueldo fuera uno de los mejores que he tenido nunca, decidí que aquello no era lo mío y lo dejé.
BETH: Vaya. ¿Y fue después de eso cuando decidió hacerse revisor de tren?
LUCIEN: No, señorita, eso ocurrió mucho, mucho tiempo después. Aún no estaba preparado para descubrir mi verdadera vocación. Después de asesino a sueldo, creí que mi destino no era otro que el convertirme en fabricante de pararrayos.
BETH: Ya.
LUCIEN: Bueno, ya puede guardar su billete. Está todo correcto, como siempre.
BETH: Gracias. Lucien, antes de que se vaya, dígame una cosa, por favor, ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos?
LUCIEN: Cinco años, tres meses y dos días.
BETH: Cinco años, tres meses y dos días… Sabe, Lucien, la primera vez que le vi en el pasillo del vagón, al otro lado de la puerta abierta de mi compartimiento, me sorprendió lo feliz que parecía ser. Todos los revisores que había conocido hasta conocerle a usted me habían dado siempre la impresión de ser personas serias. Por no decir tristes.
LUCIEN: Recuerdo que me dijo que suponía que aquel debía de haber sido un buen día para mí.
BETH: Sí, y usted me dijo que sí, que, sin duda alguna, hasta la fecha aquel era con diferencia el mejor día de su vida y que el motivo que hacía que ese día fuera así era el descubrimiento, después de mucho vagar de un sitio para otro, de su verdadera vocación.
LUCIEN: “Me alegro, ese es un magnífico motivo para estar alegre”, dijo usted. Magnífico, dijo, un magnífico motivo. Me acuerdo perfectamente de esa palabra. Y después me preguntó cómo y por qué había llegado a la conclusión de que ser revisor era mi verdadera vocación.
BETH: Y fue entonces cuando empezó todo, ¿verdad?
LUCIEN: Sí, bueno, ya sabe lo que siempre le digo, que si no conoce toda la historia, no será capaz de comprender nada.
BETH: Cinco años, tres meses y dos días.
LUCIEN: Sí.
BETH: Y durante todo ese tiempo, de lunes a sábado, cuando llega hasta mi compartimiento y revisa que mi billete sea válido…
LUCIEN: … le cuento una parte de mi historia, le cuento uno de los muchos trabajos erróneos que desempeñé antes de que, por fin, encontrara mi verdadera vocación…
BETH: … y, una vez me ha dicho cuáles fueron los motivos que le hicieron rechazar también ese último empleo, yo entonces le pregunto que si fue en ese momento…
LUCIEN: … cuando realicé el descubrimiento, cierto, me lo pegunta siempre. Y yo me veo obligado a decirle que no, que todavía no he terminado de contarle todos y cada uno de mis muchos oficios, y paso a anunciarle cuál fue el siguiente y le encomiendo al día de mañana para continuar la historia, porque es una historia como sabe muy larga de contar …
BETH: … cinco años, tres meses y…
LUCIEN: … y dos días, sí, eso es lo que llevamos. Pero, ya sabe lo que le digo siempre, si no conoce toda la historia…
BETH: … no seré capaz de comprender nada, sí, ya lo sé. Pero, dígame una última cosa, ahora sí, antes de irse, ¿va usted a contarme en algún momento cómo y por qué supo usted que ésta era su verdadera vocación?
LUCIEN: …
BETH: ¿Lucien?
LUCIEN: Señorita, ¿va usted a seguir viajando, de lunes a sábado, todos los días, en mi tren?
BETH: Sí, claro Lucien, como siempre.
LUCIEN: Pues entonces no se preocupe, ya verá como algún día llegamos al momento en el que lo descubrí, y entonces la historia quedará completa.
6. De obsesiones y culpas
Pasó algún tiempo antes de que toda aquella historia del reloj desapareciera por completo de la conciencia de Gerald. Podría decirse que el mismo tiempo que tardó en convertirse en un adulto. En la cabeza de qué adulto podría caber semejante historia. Evidentemente, aquello fue una pura coincidencia. La muerte de su tío-abuelo en ningún caso podría atribuírsele a la intervención de ningún objeto fantástico en cumplimiento de los deseos de un niño caprichoso y malcriado. Fue una casualidad. Nada más que una casualidad. Sin embargo, algo de todo aquel asunto quedó grabado en el inconsciente de Gerald, algo relacionado con relojes y sentimientos de culpabilidad. Y ese algo dirigió su camino sin que él lo supiera durante gran parte de su vida.
La culpa, oscura, inconsciente, no confesada, le hizo ser un muchacho introvertido y reservado, ocupado únicamente en sus estudios y sin más vida social que la estrictamente necesaria para el correcto desarrollo de los mismos, al margen de la que le obligaba su deber como hijo para con sus padres.
Su oculta obsesión por los relojes, que ni siquiera él mismo terminaba de comprender, le llevó a interesarse por la compra, poco tiempo después de acabar como primero de su promoción los estudios de ingeniería industrial y gracias a la ingente fortuna heredada de su tío-abuelo una vez alcanzada la mayoría de edad, de la empresa del que por aquel entonces era considerado como el mejor relojero del mundo, Ludwig Jefferts. Sin embargo y pese a la gran cantidad de dinero que le fue legada, no era ésta una compra fácil. Bien era cierto que el señor Jefferts deseaba retirarse y que, ante la ausencia de herederos, había decidido poner a la venta su empresa. Pero no a cualquiera. Todo aquel que le hiciera una oferta de compra, debería de pasar una prueba. La prueba consistiría en una entrevista en su despacho en la factoría, una entrevista que estaría compuesta por una sencilla pregunta. No habría ni presentación, ni bienvenida, ni ninguna otra concesión a la educación o las buenas formas. Al interesado ni siquiera se le ofrecería una silla. El señor Jefferts haría su pregunta y, dependiendo de la respuesta de su interlocutor, tocaría el botón del interfono una o dos veces. Una significaría que la reunión había acabado. La secretaria entraría y pediría amablemente al empresario rechazado que le acompañara hasta la puerta. Dos veces significaría que la secretaria debería de traer una silla para continuar la reunión. Hasta la llegada de Gerald, el interfono, en las quince entrevistas que se habían dado hasta la fecha, siempre había emitido un único pitido.
Gerald estaba de pie. Delante de él, un enorme escritorio de roble. Detrás del escritorio, el viejo señor Jefferts. La puerta del despacho se cerró y se quedó a solas con aquel hombre. No parecía relojero. Parecía más bien Emperador. O Almirante. O su tío-abuelo, en una foto que estaba en el salón de sus padres y en la que parecía estar enfadado. Un escalofrío le recorrió la espalda. No podría decir cuánto tiempo pasaron en silencio, pero debió de ser mucho. Sin previo aviso, la voz de aquel hombre sonó, grave y profunda, pero absolutamente clara y convencida de saber lo que quería saber. Fueron únicamente dos palabras acompañadas de un par de signos de interrogación: “¿Por qué?”. Gerald conocía la respuesta a esa pregunta. Sabía perfectamente por qué estaba allí. La pregunta que le atormentaba a él era otra, otra que iba más allá de ese simple primer porqué. Lo que él quería saber era el porqué de aquel porqué, lo que él quería saber y no recordaba era por qué tenía tan claro la razón que le hacía estar allí, la razón oculta de su absurda obsesión por los relojes. Mientras pensaba en sus propias dudas, se mantuvo un rato en silencio, sin dejar de mirar en todo momento a los ojos de su interlocutor. Cuando por fin determinó que seguía sin ser capaz de contestarse a sí mismo, decidió contestarle al señor Jefferts: “Quiero fabricar el mejor reloj del mundo, y sólo aquí puedo conseguirlo”. El botón del interfono fue pulsado dos veces y la venta se cerró aquella misma tarde.
Al día siguiente convocó una reunión con todo el personal de la fábrica, noventa y siete personas en total y Gerald les expuso sus intenciones. No sólo quería fabricar el mejor reloj del mundo, sino que además quería que su coste de fabricación fuera lo suficientemente bajo como para que todo aquel que quisiera pudiera hacerse con una de aquellas maravillosas máquinas que tenía intención de crear. Tras ese discurso de bienvenida, la opinión que quedó en sus empleados del nuevo gerente de la empresa estaba bruscamente polarizada. Por un lado, los que creían que se trataba de un maldito comunista que los llevaría a todos a la ruina (entre estos se encontraba el grueso de ingenieros y maestros relojeros, los que llevaban más tiempo en la empresa y tenían mejores sueldos). Por el otro, los que le veían como un revolucionario, un héroe social que iba a hacer de aquella una empresa modelo para todo el mundo (entre estos se encontraban las categorías más bajas y menos cualificadas de la empresa, los operarios, encargados de almacén, de limpieza…).
Pero ni unos ni otros acertaron en su diagnóstico. A Gerald no le importaban un bledo ni la gente, ya fueran pobres o ricos, ni sus empleados, ni las divisiones sociales o políticas, y su forma de actuar no estaba dirigida hacia la búsqueda de la admiración, el respeto o el amor de los demás. Simplemente quería llevar a cabo aquel plan. Y punto. Aunque fuera incapaz de recordar el porqué del porqué que le había llevado hasta allí, el origen de su obsesión y de su culpa.
Relojes y culpa. Los dos motivos que dirigieron el camino de Gerald sin que él lo supiera durante gran parte de su vida, justo hasta el día en que conoció a una muchacha llamada Beth y ya nada volvió a ser lo mismo.