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alkionehoxe/poesía
Alberto
DomínguezMéndez
LA HABITACIÓN
SIN PUERTAS
Reflexiones
sobre la
arquitectura de la subjetividad.
“En
nosotros perviven los
rincones oscuros, los pasillos misteriosos, las ventanas cegadas, los
patios sucios, las tabernas ruidosas y las pensiones cerradas a cal y
canto. Caminamos por las anchas calles de la ciudad nueva, pero
nuestros pasos y miradas son inseguros. Por dentro seguimos
palpitando igual que en las viejas callejuelas miserables. Nuestro
corazón sigue sin saber nada del saneamiento“.
FRANZ
KAFKA
Sígueme, lector: se
inicia el siglo XX y estamos en Praga. Acompáñame
a
través de pasadizos imposibles y mal iluminados por la
mortecina luz de unos faroles, que desembocan en extrañas
callejas retorcidas. Nos adentramos hacia el insalubre entramado
urbano del gettho judío. Puedes sentir
en tu rostro el
azote del aire invernal, mientras caminamos presurosos y ateridos por
el húmedo aliento de una densa niebla. Atrás
hemos ido
dejando plazuelas desiertas, en las que sólo ocasionalmente
emerge la fugaz y espec
tral
figura de algunos ancianos mendigos. La
plata del hielo reviste las amenazadoras estatuas de los santos, y la
nieve, congelada bajo unas enigmáticas pisadas, se torna
azul.
Continuamos avanzando al abrigo de oscuras hileras de fachadas
barrocas que recuerdan a las lápidas de un cementerio de
vivos. Repentinamente, un solitario embozado aparece temeroso y se
pierde para siempre, como raptado por la noche de la ciudad antigua.
Por fin, el gettho.
Intuimos
a lo lejos una débil
melodía. Quizá proceda de la taberna Zum
Loitsitschek, próxima a la maldita Schulgasse,
donde se yergue ese caserón en cuya ventana aparece algunas
veces la terrible silueta del Golem. Espiando a
través
de un diminuto ventanuco del local, podemos contemplar un cabaret
surrealista de cortinas rojas e infranqueable humareda; chulos con el
cigarro en la oreja y botellas que vuelan. Cuando las desastradas
figuras de la noche praguense estallan por enésima vez en
grotescas carcajadas, un individuo anónimo se confunde de
sombrero al abandonar precipitadamente la tabernucha. Portador, por
azar, de ese sombrero ajeno, este hombre olvidará su
identidad
y soñará, en una sola noche, la vida, la
pasión
y el miedo de otro hombre - el propietario legítimo, a quien
llamará Athanasius Pernath- que no es él, pero
que, al
mismo tiempo, sí lo es en un contexto en el que el sujeto y
la
realidad van a ver firmemente cuestionados sus límites.
Tal
es, como se sabe, el
laberinto de angustia descrito por Gustav Meyrink en su novela Der
Golem,
publicada en 1915. La hermosa narración onírica
-que
posteriormente llevaría al cine Paul Wegener en 1920- nos
propone una vertiginosa aproximación hacia la interioridad
del
sujeto, en busca de esa identidad personal que, una y otra vez,
parece condenada a disolverse, a confundirse o a disfrazarse en la
constante mascarada de la existencia social.. No
sé quién
es “Yo”. Esa vieja experiencia europea
de la conciencia
infeliz y alienada reaparece aquí envuelta en el ropaje de
una
antigua leyenda cabalística: cada treinta y tres
años,
una extraña y horrible criatura, el Golem,
recorre las
calles del gettho de Praga para llenar a los
hombres de
terror. Su inaccesible morada se halla en una habitación sin
puertas situada en un viejo edificio abandonado, en cuya alta ventana
se recorta en ocasiones su siniestra figura..
¿Qué
representa,
propiamente, este temible engendro? El Golem
atemoriza a las
gentes porque no es un monstruo ajeno, sino
propio. “Sólo podemos odiar
algo tan profundamente...si es parte
de uno mismo”,
escribe Meyrink. El Golem es un trasunto de esa
subjetividad
enferma, individual y social, que simboliza -al igual que las
sórdidas callejuelas de esa parte de la ciudad- todas las
culpas y males del individuo o de la comunidad. Ese monstruo eres
tú
y, a la vez, soy también yo. Es la encarnación
del
profundo malestar que aterroriza a nuestra vida
interna y que
condiciona nuestra existencia en una sociedad de la que
también
es, a la vez, un producto. Albergamos, pues, arrinconada en nosotros
a una monstruosa criatura interior, íntima o personal, al
tiempo que convivimos a diario con un Golem externo
y
marginal, que simboliza toda esa inconfesable trastienda de
violencias y frustraciones que la conciencia colectiva es incapaz de
asumir. La criatura interior da vida a una espeluznante criatura
exterior, a la que todos temen. Y ésta, a su vez, alimenta a
aquella. El Golem y el gettho
son el miserable
resultado de un alma enferma, a la vez que el alma enferma es un
paradójico resultado del miedo al Golem
y de la insana
existencia cotidiana en el gettho.
Únicamente
el sueño,
ahí donde el sujeto individual que creemos ser se debilita y
fracasa en su incesante labor como policía de la conciencia,
es el territorio del recuerdo y del re-conocimiento. Así lo
advirtió Heráclito: “Aquellos
que están
despiertos tienen un mundo único y común; el que
duerme
se vuelve hacia su propio mundo”.
Por eso la narración de Meyrink confunde
deliberadamente a
la “realidad” vigilante con el sueño,
como única
vía practicable para acceder a ese ámbito de
ocultamiento y de crisis de la subjetividad. Los paralelismos
-simbólicos o explícitos- con algunas de las
nociones
más difundidas del psicoanálisis
clásico no
pasarán desapercibidos para el lector atento. El
protagonista
-y también nosotros, al compartir su angustiosa experiencia-
es incapaz de deslindar la vigilia del sueño, así
como
de reconocerse a sí mismo como individuo. A la vez,
experimenta la más profunda de las frustraciones al saberse
portador de una culpa que no reconoce como propia, pero que ni
él
ni sus contemporáneos serán nunca capaces de
expiar.
El
Golem -se dice en la
novela- “vive muy alto sobre la tierra en una
habitación
sin puertas, con una sola ventana, desde la que le es imposible
comunicarse con los hombres. El que sepa dominarlo e instruirlo
será
un buen amigo de sí mismo”.
Allí, en un desordenado y polvoriento cuartucho de la Schulgasse
de Praga cuya entrada nadie puede -ni desea-
encontrar, se aloja esa parte de nosotros mismos que nos atemoriza y
amenaza como cuerpo social. Paralelamente, en nuestro interior
también existe ese cuarto y esa “ventana
enrejada“
por la que se asoma a veces un extraño y terrible
huésped.
Del propio Pernath se afirma que “había
estado loco y se
había utilizado la hipnosis para cerrar la
habitación..”.
Por eso el gettho es un lugar en el que“no
existe nadie
que pueda reír alegremente,
donde hay sólo pensamientos envenenados que se repiten una y
otra vez hasta alumbrar a esa tremenda criatura como
explosión
del alma del sujeto y de la masa urbana alienada.
Así
será como
nuestro soñado y soñador protagonista, conmovido
por
una profunda crisis de ansiedad, logre encaramarse a la
habitación
sin acceso en donde mora el Golem, tras arrastrarse a tientas por un
extraño entramado de pasillos subterráneos y
sótanos
hundidos llenos de escombros. Como el que hay arriba, en las
callejuelas del gettho; y como el que él
mismo cobija
en su interior, donde sólo a través de estrechas
trampillas y ruinosas escaleras de caracol nos resulta posible
aproximarnos a esa habitación sin puertas en la que
permanece,
cautivo e incomunicado, el monstruo que nos habita.
Una
vez arriba, y habiendo
hallado la habitación sorprendentemente desocupada, es
nuestra
propia figura la que aparece tras esa ventana enrejada. Encerrados y
confusos, gritamos con fuerza a través de los barrotes,
pero,
abajo, los transeúntes no nos oyen o no nos entienden.
Nuestros gritos de angustia sólo provocan el horror y la
huída
de las gentes que, una vez más, creerán reconocer
a un
monstruo indeseable en el rostro de la otra persona que sufre.
II
¿Pienso
luego
existo? La cuestionable deducción cartesiana parece
naufragar
con estrépito ante esa confusa realidad interior de quien
siente como ajeno todo aquello que desde la infancia ha aprendido a
considerar como lo más propio: su identidad.¿Por
qué
llamamos Yo al conjunto de nuestras experiencias,
recuerdos y emociones? ¿Por qué unificar y asumir
todo
eso en un sólo sujeto responsable?
¿Por qué
juzgarlo y padecerlo; por qué no arrojarlo lejos y comenzar
cada día desde el anonimato, sin ser coaccionados de forma
permanente por ese lamentable malestar al que llamamos identidad
o conciencia subjetiva? Nuestra
cultura ha inventado el sujeto y
lo ha hecho entrar en irreconciliable contradicción con el
hombre. Parece como si Dios, el policía originario, hubiese
pedido auxilio a los filósofos para instalar un
policía
en el interior de cada uno de nosotros. Quizá
debiéramos
interpretar el Romanticismo, que reacciona durante el siglo XIX
contra la irreverencia dieciochesca, como un exceso de celo de ese
eficaz y obediente funcionario interior. Pero si una
vez
aprendimos a prescindir de Dios como explicación de todos
los
fenómenos del mundo físico, tal vez debamos ahora
dejar
de creer en Yo como soporte, unidad y
explicación de
todos los fenómenos del mundo psíquico. Si
“Yo”
no existe, todo está permitido...
Desde
la Crítica de
la Razón Pura (1781), hasta la
literatura europea
de la primera mitad del siglo XX (Hofmannstahl, Musil, Hesse, Mann,
el propio Meyrink y tantos otros) es posible rastrear esa
tradición
que trata poner de manifiesto una sospecha fundamental del hombre
contemporáneo: quizá las llamadas crisis de
identidad
no constituyan, como se ha supuesto, una patología sino un
hallazgo científico de primera magnitud: efectivamente,
parece
que Yo no existe. El desencantamiento
del mundo externo
que acompaña al desarrollo del pensamiento ilustrado en
Occidente debió y debe todavía ser complementado
con un
desvelamiento científico similar que ilumine y permita
comprender el siempre confuso ámbito de lo interno. Como
cualquier otro objeto de la metafísica, la identidad
personal
es también una superstición, un fantasma, una
hipótesis
infundada. Y considerada como soporte y condición
de toda otra hipótesis metafísica o de cualquier
tipo
puede resultar enfermiza para aquel que la asume y alimenta, sin
cautelas ni distancias, frente a la experiencia cotidiana de una
existencia anónima y fragmentaria.
“Cuando
los fantasmas
predominan -escribe Peter Sloterdijk en su magnífico relato El
árbol mágico-
empieza la época de la psicología. [La]
psicología
en sí no es más que una filosofía que
hace
penitencia...por las fantasmales consecuencias de la frase
“yo
existo”...”.
Es preciso advertir sobre ello: todo el discurso metafísico
y
teológico -por tanto, también el discurso
político-
de Occidente ha recorrido siempre idéntico camino: primero
se
ha fabricado el concepto, el problema o el agravio en la soledad de
un escritorio y, posteriormente, millones de personas han
comprometido su existencia, su libertad o su salud para hacer frente
a los diversos teoremas y consecuencias derivados del invento.
“Am
Ende hängen Wir
doch ab von Kreaturen die Wir machten“,
sentenciaba Mefistófeles en la tragedia goethiana: al cabo,
siempre acabamos dependiendo de las cosas que nosotros mismos
creamos. Considerado de ese modo, como criatura del
desvarío,
“el conjunto de nuestras representaciones” y
recuerdos
identificado por Kant en su obra magna como sujeto
transcendental
no debería inquietarnos tanto. No, al menos, si no hubiese
sido unificado bajo ese espectral concepto ficticio -el Yo-
siempre intuido y presente, pero extraño y terrible a la
vez,
como el Golem de Praga. “Todo yo total
-continúa
Sloterdijk- se parece, pues, a un loco que se cree otra persona...y
es víctima de su idea de sí mismo”.Tal
es el caso del restaurador de joyas que protagoniza El Golem ,
cuya infructuosa búsqueda de una identidad constituye la
causa
principal de su confusión y de su interminable angustia.
Cuando
ese loco que somos cree
estar en posesión del Yo se convierte en paranoico y cuando
lo
niega en extremo deviene depresivo.
Quizás en alguna zona intermedia entre esos dos estados
críticos de la subjetividad pudiéramos encontrar
la
puerta para acceder a la ansiada liberación. Pero esta
liberación jamás será alcanzada
“hasta que
cada uno comprenda que se debe a sí mismo una
revolución”.
Una auténtica kopernikanische Wende terapéutica
que consiga superar los padecimientos que el alma se autoinflinge al
reflexionar sobre sí misma con ese fantasmal equipamiento
ideológico y conceptual, que constituye uno de los
principales
engendros de nuestra cultura. El Yo es la
enfermedad, no el
portador de la enfermedad. Expresiones como “el alma
enferma” o
“el sujeto enfermo” son pleonasmos. Es hora ya de
que un nuevo
Zarathustra derribe las puertas de los hospitales
psiquiátricos
para proclamar la muerte de Yo.
Desencantamiento
del mundo
interno. El alma, sabemos hoy, es química. O casi. Y con
química se amansa o se subleva. Algunos investigadores han
señalado la posibilidad de descomponer todos los procesos
psíquicos en reacciones químicas más o
menos
complejas. “El alma -escribe Hans Blumenberg en La
legibilidad
del mundo-
es un concepto provisional para designar aquello que, en su
complejidad química, aún sigue
escapándose lejos
y acaso definitivamente”. Pero el sufrimiento
íntimo de las
personas, aún pudiendo ser explicado y racionalizado, no se
detiene. Precisamente, el pensamiento, la reflexión y la
autoconciencia son la enfermedad que aflige y
aparta a quienes
la padecen de la única finalidad que la irreflexiva
Naturaleza
había previsto a nuestra existencia: el servicio al
desarrollo
de la especie.
Pensar es un acto de insumisión que la Naturaleza reprime.
La
conciencia subjetiva no es, pues, sino una dolorosa aventura que
pretende distraernos de nuestra inconsciente finalidad natural. Aquel
atormentado Andrés Hurtado lo experimentaba, a la sombra de
Schopenhauer ,en las páginas de la barojiana El
árbol de la ciencia (1911) y dos
décadas después, el
perspicaz Freud lo proclamaba en El malestar en la cultura (1930)
: quizá no estemos hechos para pensar. El cerebro humano es,
como el cáncer, un conjunto de células inquietas
que se
niega a morir y que despliega todas sus potencialidades para tratar
de evitarlo. A lo largo del siglo XX hemos logrado, quizá
con
la secreta esperanza de no morir nunca, prolongar de una manera
artificial nuestra esperanza de vida, al vencer o convertir en
crónicas numerosas enfermedades. Pero tal vez vivimos hoy ya
mucho más de lo que le conviene a la Naturaleza. Reputados
oncólogos comienzan ya a interpretar la enfermedad como una
especie de advertencia de la Naturaleza, que pretendería
así
recordarnos que no estamos pensados para vivir tanto.
¿Podrían
ser el sufrimiento interior y su manifestación en la
terrible
forma de la enfermedad mental su modo de decirnos que no
estamos
vivos para pensar tanto?
III
“Aquel,
pues, que sin la
locura de las musas acude a las puertas de la poesía,
persuadido de que, como por arte, va a hacerse un verdadero poeta, lo
será imperfecto, y la obra que sea capaz de crear estando en
su sano juicio quedará eclipsada por la de inspirados y
posesos”. Así expresa Platón
en el Fedro
un viejo convencimiento de la Humanidad que liga a la enfermedad con
la excelencia y exige el sufrimiento íntimo más
intenso
como propedéutica y como manantial para el arte verdadero.
En
efecto, la locura fue considerada ya entre los griegos como un
padecimiento de poeta. Y existe -o, al menos, existió hasta
ahora- una larga tradición en nuestra cultura que explicado
y
valorado la creación artística como trasunto o
como
compensación de una patología, fuese
ésta de
carácter físico o mental.
Según esto, nuestros Tasso, Lenz, Hölderlin, Ibsen,
Nerval, Lenau, Strindberg y tantos otros, habrían explorado
la
función poética del lenguaje a modo de terapia
para
mitigar el sufrimiento de su espíritu.
También es Freud, como se sabe, de la misma
opinión en
sus escritos más representativos. Un gran creador, a la vez
que conocedor de la naturaleza humana, como Gottfried Benn insiste en
que “podemos comprobar que la mayor parte del arte de los
últimos
cinco siglos es el arte exaltado de psicópatas”
y de toda suerte de enfermos. “Los enanos, -refiere Walter
Muschg-,
escribieron gruesos libros para ponerse en pie sobre ellos”.
Hubo, pues, durante siglos, una consideración
romántica
de la locura y del loco, mitad fabulística y mitad real,
pero
también en buena medida respetuosa y comprensiva con un
padecimiento que implicaba la distinción del
común y
sugería la existencia de una cierta aristocracia espiritual.
El loco era un elegido, un ser excepcional que, de algún
modo,
se hallaba más cerca de los dioses que el resto de los
mortales y que, por lo mismo, sabía expresarse en su propia
lengua alumbrando la obra de arte. Tal privilegio llevaba consigo,
por supuesto, la satisfacción de un terrible tributo o
contrapartida, consistente, la mayor parte de las veces, en un
permanente compromiso con el dolor y la precariedad. Pero en un
contexto espiritual bien distinto del que ahora padecemos, tal vez
más de un ciudadano razonable y culto
hubiese
considerado ajustada esa penitencia a cambio de emparentar de tal
forma con el genio y con la divinidad.
Lejos
ya hoy de toda esta
mitología clásica y transformado el loco en
recluso y
la locura en patología, el sufrimiento interior dista mucho
de
suscitar el respeto o la admiración del burgués,
así
como de servir como aval para el prestigio del artista y de su obra.
Antes bien, el galopante sesgo insolidario de la sociedad actual ha
tendido a considerar cualquier tipo de padecimiento -y no
sólo
el psíquico, pensemos también en el SIDA o en el
cáncer, por poner sólo dos ejemplos- como algo
sospechoso o indeseable, e incluso, en alguna medida merecido
por aquel que lo experimenta. En el transcurso del último
siglo, hemos asistido avergonzados a la aparición de una nueva
moralidad en relación con las enfermedades, que
prescribe,
juzga y condena determinados estilos de vida al amparo de criterios y
ensayos clínicos de carácter confuso e interino.
Se ha
estigmatizado así al paciente, a quien se hace ahora
responsable de cuanto le haya podido acontecer si no vive y consume
de acuerdo con las disposiciones de toda una variopinta
legión
de facultativos, expertos, peritos
y científicos, sin
cuyas ceremonias y productos difícilmente
podríamos
evitar un fallecimiento que ya casi se nos publicita como optativo .
Las causas de esta profunda mutación intelectual y moral con
respecto a lo patológico -que hoy no podemos ya desvincular
de
los desarrollos e intereses de la industria farmacéutica-
han
podido ser rastreadas desde mucho antes por los arqueólogos
críticos de la cultura. En el ámbito que
aquí
nos interesa -el del padecimiento interior- podríamos
concretarlas al señalar la moderna reconversión
del
loco en enfermo (es decir, del agente en paciente),
y la consiguiente institucionalización de la
“enfermedad”
mental, con la aparición de centros de detención
y
tortura presuntamente terapéuticos -los manicomios- con
cargo
a los Presupuestos Generales del Estado.
Michel
Foucault ha explicado en
unas conocidas páginas
todo este peculiar proceso de recalificación del loco como
enfermo mental que conduce a la aparición de hospital
psiquiátrico como institución represiva:
“Es
en fecha relativamente
reciente cuando Occidente ha atribuido a la locura un estatuto de
enfermedad mental (...). Hasta los aledaños de 1650, la
cultura occidental había sido extrañamente
hospitalaria a estas formas de experiencia (...) A mediados del siglo
XVII, [tiene lugar un] brusco cambio; el mundo de la locura va a
devenir el mundo de la exclusión. Son creadas (y esto ocurre
en toda Europa) grandes casas de internamiento que no están
simplemente destinadas a recibir a los locos, sino a toda una serie
de individuos tremendamente diferentes los unos de los otros...: se
encierra a los pobres inválidos, a los ancianos en la
miseria,
a los mendigos, a los parados pertinaces, a los enfermos de
venéreas,
a libertinos de todas clases, a gentes cuyas familias o el poder real
querían evitar un escarnio público, a padres de
familiar disipadores, a eclesiásticos que rompían
los
votos, y, en suma, a todos aquellos que en relación al orden
de la razón, de la moral o de la sociedad, presentaban
signos
de “desarreglo”. Con este espíritu es
como el gobierno
abre, en París, el Hospital General, con Bicêtre y
la
Salpêtrière...”.
Es
así como
el Estado asume, por primera vez la administración y el
control de las contradicciones del espíritu. Y
también
así es cómo aparece el manicomio, no como
institución
terapéutica, sino como institución netamente
represora
y moralizante donde se castiga a toda clase de personas a las que el
Estado considera indeseables o a las que la sociedad y la moral de la
época señalan como desviados,
bien sea por
exceso o por defecto, con respecto a la normalidad en
vigor.
De este modo, escribe Foucault, “un pacífico
intelectual
será considerado como un incompetente o un necio y, en
definitiva, un enfermo, en una sociedad que valore extremadamente las
conductas violentas”.Pero,
además, el moderno nacimiento del hospital
psiquiátrico
debe ser contemplado, como casi cualquier otro fenómeno
estatal de carácter represivo, en estrecho
vínculo con
la aparición en Europa de un capitalismo que ya se anuncia
como pre-industrial. Leamos de nuevo a Foucault:
“Estas
casas no tienen ninguna
vocación médica; no se admite allí a
nadie para
que sea curado; allí se entra porque ya no se puede
más
o porque no se debe seguir formando parte de la sociedad. (...) En el
Hospital General, como en las Workhouses, en Inglaterra, que son
más
o menos contemporáneas de aquel, impera el trabajo forzado;
se
hila, se teje, se fabrica objetos diversos que son lanzados al
mercado a bajo precio para que el beneficio permita funcionar al
hospital. Pero la obligación de trabajar
desempeña
también la función de una sanción y de
control
moral. Y es que, en el mundo burgués en vías de
constitución, el mayor vicio, el pecado por excelencia,
acaba
de ser definido; ya no es el orgullo o la avidez, como en la Edad
Media; es la ociosidad. La categoría común que
agrupa a
todos aquellos que residen en las casas de internamiento es la
incapacidad en que se hallan para formar parte del proceso
productivo, en la circulación o en la acumulación
de
riquezas, bien sea por su culpa o de modo accidental”.
El
capital
emergente y sus incondicionales compañeros de viaje, la
censura social y moral, deciden, pues, quién es el loco y
quién ha de ser recluido, siempre de acuerdo con
lógica
de un sistema productivo que comienza ya a extenderse por el espacio
europeo como una auténtica enfermedad.
Los poderes
públicos erigen así su propia habitación
sin
puertas para encerrar -y explotar- al Golem
social. Desde
el inicio de la Modernidad, el preso y el loco, y el loco-preso han
desempeñado por la fuerza esa monstruosa y ejemplarizante
función. El inmoralista Sade, prisionero, por lo
demás,
tras los siniestros muros de Charenton, fue, sin duda, junto con
otros miles de ciudadanos anónimos -sin identidad- el Golem
de sus contemporáneos: la criatura social a la que nadie se
ha
atrevido, aún hoy, a mirar a los ojos ni a reconocer como
propia; el loco que rechaza la mediocridad y la asimilación
y
que, a diferencia de quienes le juzgan y encierran, no
sólo
es capaz de soñar cuando duerme.
Hoy
no resultan ya
novedosas las voces críticas con la institución
psiquiátrica; desde el siglo XIX hasta nuestros
días
existe toda una rebelión intelectual, protagonizada por la
anti-psiquiatría, que rechaza estos métodos
coercitivos
de marginación y de reasignación de roles
sociales amparados por la práctica médica, que
sirven al capital
y al Estado en sus propósitos uniformizadores para liquidar
el
disenso y la diferencia. El ataque contemporáneo al
tratamiento institucional de las patologías mentales y
sociales se ha ejercitado desde un doble punto de vista
ético
y clínico: el manicomio no sólo violenta de modo
sistemático los derechos humanos de los internos, sino que,
al
incrementar el sufrimiento de estos, suele resultar, como la
cárcel,
extremadamente negativo para su evolución posterior . Sin
atisbo alguno de complacencia, no podemos sino reconocer que, en la
actualidad, y gracias en buena medida a las profundas
críticas
de la anti-psiquiatría, el carácter de la
institución
mental, así como las propias terapias se han humanizado
notablemente. Pero no es menos cierto, a la vez, que el Estado
neo-liberal ha pasado de atribuirse en exclusiva la
administración
de la locura, a situarse hoy en una actitud irresponsable que
abandona a su suerte y convierte en vagabundo a quien otrora fuera
castigado y privado de sus derechos en virtud de una presunta -o
probada: es lo mismo- peligrosidad social.
Encerrado en mejor
o peor manicomio, o bien en el abandono de la miseria y de la calle,
el loco vive cautivo en una habitación sin puertas, como la
que existe en su mente y que la reclusión no ha hecho sino
acrecentar. El Estado construye y sufraga solícito estas
habitaciones, cuya entrada simula celosamente para no tener que
resolver sus propios conflictos y contradicciones. El Estado es, en
sí mismo, una inmensa habitación sin puertas. El
Estado
está loco.
Tal vez sea ya la
hora de devolver el sombrero y de dejar de soñar una
existencia ajena y arbitraria que no nos corresponde. La noche es
fría y la calle peligrosa: bajo su habitual apariencia
monstruosa, o disfrazado de policía, de enfermero o de
maestro, el Golem acecha en las plazuelas
sombrías. El
filósofo y el psicólogo, el psiquiatra y el
político
se sentarán de nuevo a la mesa para soñar
más
cadenas. Mientras, nosotros, lector, nos habremos ya separado, aunque
ambos continuemos avanzando silenciosamente, como un
coágulo,
por las arterias de la anciana Praga. Cada vez más
pequeños
y desdibujados por la niebla; cada vez más
anónimos.
Hacia el viejo puente de piedra. Por donde el río, bajo el
hielo, llega casi en secreto susurrando: Encontrad las
puertas!
ABRID LAS PUERTAS!
Pobra
do
Caramiñal, A
Coruña. Primavera de 2006
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