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alkionehoxe/poesía Juan de Marsilio, Uruguay
UN CIUDADANO ATENIENSE PROMEDIO RAZONA SU VOTO
Pero otros también se jugaron en esa y otras antes y después las pelotas porque era su deber de ciudadanos. ¿Cómo guardara la ciudad un mínimo de orden si a cada uno que alguna vez hubiérase embarcado para pelearle las olas al espartano o al medo o hubiese tomado lanza y escudo en defensa de Atenas se le diera, después, por echarse a las calles dedicado a propalar – bajo la forma de ingenuas interrogaciones – unas insensateces, brillantes acaso, pero seguramente peligrosas? Porque está bueno este asunto del demos decidiendo en libertad, y se da por supuesto que un número mínimo de ideas – de sanas ideas – son el relleno adecuado para el melón del ciudadano pero el exceso nunca es provechoso. Democracia es el bueno de Esquilo hallando mejor materia para el epitafio en su humilde papel de hoplita en Maratón que en toda su trayectoria como trágico. Trasponer ese umbral es excederse. Que a eso fue que empezamos con Pericles, salvándole el culo en secreto al Anaxágoras ese, su amigo, babeándose, hechizado, por su puta milesia, atrayendo el enojo de los Dioses. ¡Insensateces, sólo insensateces! Porque mírenlo al tipo diciendo que es, de oficio, partero, como la madre. ¿Y qué hijos alumbra sino esa caterva de jovencitos inútiles y presuntuosos que con el cuento de filosofar no se ocupan en nada de provecho, cuando no, como el loco furioso de Alcibíades, por seguir su apetito se cagan en la Patria y los dioses? Ese cuento, además, de tener un demonio para su uso exclusivo que le indica lo bueno y lo malo. ¿Dónde acabara el orden de las cosas si cada uno, aduciendo su demonio, decidiera por sí qué es malo o bueno? ¡Y tras tanto alboroto que organiza resulta que el tipo dice – poniendo el muy zorro en su rostro el vivo retrato de la humildad – que sólo sabe que no sabe nada!
Pero se batió bien en Potidea y – debo confesar – algunas tardes he disfrutado la función que da, con ese don que tiene de poner en aprietos al sabihondo pagado de sí mismo... Es muy duro el deber. Mi voto es de culpable. Confiemos en que los blandos sean mayoría: capaz que con el susto ya escarmienta. En el peor de los casos, le votamos la pena que él proponga: será un castigo leve que no le vendrá mal y curará en salud a cualquier otro aspirante al papel de loco lindo.
II
¡Es bien duro el deber!
La muerte que Anito propone es una locura amarga y funesta – pero debo reconocer que decorosa y hasta incluso solemne.
Lo que propone el culpable es una locura pero también es un dedo en el culo – con perdón – de cada ciudadano y, más aún, de las instituciones. Quien se ríe, sin miedo, de la muerte me trata de cobarde, me provoca a votar por un brindis con cicuta. Si no le cae mal veremos luego con qué manjares lo alimenta Atenas. Porque no debo creerle esa serenidad de que hace alarde, serenidad como de quien tuviese un saber para sí que lo pusiera más allá o más acá de todo daño. ¡Actúa su papel al solo efecto de disfrutar nuestro perplejo enojo!
Voto lo que propone el curtidor: propone muerte, sí, pero no tiene el supremo mal gusto de obligarme a pensar en locuras nunca vistas.
Me termino aquí, destrozadas las tripas por el hierro medo, pero, viven los dioses, tras haber ensartado a cuatro o cinco de esos hijos de puta en esta lanza. Ya me termino aquí, ya me están dando con qué pagarle al último barquero. Mientras, me está sonando en los oídos una voz que no entiendo, muy confusa, pero que dice – yo lo sé – verdad. Voz que pronuncia en lenguas que no entiendo palabras que hacen eco con esta circunstancia. Escucho palabras que suenan a ciudadanos vueltos combatientes, a defensa obstinada de lo más sagrado – de lo más cotidiano. Oigo nombres de sitios, no sé bien si pasados o futuros, que suenan a metal, sudor y sangre. Añade luego esto: nunca te fuiste y siempre volverás.
¿Troya? Fue. Diez años de la vida y tanta muerte se resumen en una sola sílaba dura como una piedra. Feroz como una piedra que primero destrozara los dientes al masticarla, desgarrara, después, el esófago, convirtiera el estómago en ulcerada bolsa de dolor, se abriera paso por los intestinos pero sin terminar de hallar la última puerta, sin encontrar sanguinolenta luz.
Noches en vela esperando la mañana y salir a estrellarnos, como una marea inconsciente de bronce y de carne, contra los altos muros o las cóncavas naves, tanto da.
Todos somos iguales a esta altura. Yo que escribo estos versos la víspera de hacerme a la mar rumbo a Ítaca movilizo la pluma con la mano de alguno de los tantos insepultos que se pudren al sol entre las ruinas.
II
No somos tan iguales: la mano en el remo, en la jarcia, en el timón no ha quedado o al menos no ha quedado del todo en Troya, que ya fue.
“Pensar que en la cama le decía “mamita””.
Edipo la mira, confuso. Entre el horror del crimen cometido se le asoma el recuerdo de los pechos que le fueran placer en vez de leche, la llameante memoria de la puerta por la que entrara al mundo y al goce y al exceso, pero también la mano en los cabellos con una casta y maternal tibieza y la voz que lo instaba con ternura inflexible – ahora entiende por qué lo complacía más acá del deseo el tono dulce que usaba la mujer al fastidiarlo – que lo instaba “Comé, vamos, comé. Ni se te ocurra levantarte de la mesa sin dejar limpito el plato”
Con los broches maternos se arranca los ojos que, debiendo ver, no vieron.
Pero en las retinas de la memoria, indeleble, se pinta lo vivido – y no sólo hay horror en la pintura.
A mi esposa
Cuando seamos entonces dos árboles juntos a la vera del río, habrá los días de corriente tranquila, cielo azul y viento quieto, con pájaros cantándonos entre las ramas. Pero me temo, también, que igual que en esta orilla tendremos días y noches de viento que amenace descuajarnos. Mucho temo que a veces, como ahora y aquí, allá y entonces muerda la corriente crecida las raíces con miedo y nos parezca que nos arranca el río y ya nos lleva con violencia hacia el mar - que hemos siempre temido sea el morir. Pero, vive Zeus que lo prometió, ni por un momento dudo que aquello de allá y entonces – lo mismo que esto de por ahora y hasta aquí - será lo más hermoso.
I
Uno regala a veces – es con buena intención ¿qué duda cabe? – juguetes peligrosos a los hijos.
II
Algunas veces uno es ligeramente laberíntico a la hora en que el hijo le pide explicaciones.
III
Es que uno algunas veces ignora la salida pero teme decirlo y desautorizarse. Es que otras veces - muchas – la salida es terrible.
IV
Pero el nido no admite pensionistas eternos.
V
Pero el cielo – aun sin darle su plenitud de uso – es bello y es debido, es justo y necesario.
VI
Uno intenta por miedo – ¿o será por envidia? – postergar el despegue.
Los pocos casos en que se consigue suelen ser desastrosos.
VII
Ícaro no le tuvo miedo al Sol - para dolido orgullo de su padre.
VIII
¿Qué querías hacer, muchacho idiota?
IX
Yo nunca tuve sexo con el cielo.
He de morir mañana y los que restan de mis trescientos morirán conmigo. No volveremos con el escudo ni sobre el escudo: nos toca quedarnos aquí para siempre de guardia y sabremos cumplir, como siempre. Mañana terminaremos de pagar la deuda de Esparta con Grecia y la gloria: trescientos cuerpos - nos salió barato.
Lo de la muerte es sólo un momentito: no teme el Aqueronte quien de chico se bañó en el Eurotas |