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alkionehoxe/poesía
Francisco
Domínguez Romero
Noria del Sur
Una
hora errabunda; de alumbramientos...

En
el cielo, -muy altas-las luciérnagas,
años
luz de tristeza,
siderales
vacíos, para que la amargura
se
nos vuelva insondable.
¿Creer
en alguien?
¿Tal
vez tu mismo-perdurable-
dentro
de mil años?
¿Ser
entonces testigo,
redimido
en lo inmenso por la muerte?
Vaciedad
insólita...
¿Entenderías
la piedad entonces?
¿Y
el infinito amor?
Sin
embargo, tus labios-un remedo-
dibujaron
fielmente la ternura.
Pero
tu, de este mundo,
-encallecido
y fértil para el odio-
varado
en una charca
de
guitarras estériles;
inaccesible
al sueño de un amor indeleble.
La
grácil andadura recobrada
al
desandar los yerros,
magnetiza
y espesa
los
inconmensurables átomos
que
inervan la distancia entre ambos;
cibernéticas
redes del olvido.
Y
el dolor, retroactivo,
hacia
la infancia...
2
La
infancia...
Escalofriantes
efluvios...
Agraz
enormidad.
¡Que
fiesta por la vida!
un
poema rupestre
en
las rojas cavernas del corazón.
Precoz
albor afortunado.
Más
hermoso y feliz
que
el mayor de los futuros sueños,
por
entre los rescoldos de una guerra.
¡La
dulce y ciega arcadia!
¿Indiscriminados
y comunes dones?
La
medula espinal,
clavada
en el cerebro,
jamás
produciría dos heridas idénticas.
Recuerdos
escolares...
inexplicables
himnos...
Hiroshima.
Los
años de instituto;
su
inefable reloj sin relojero;
los
siete colores del corazón
prismático
del cuarzo...
miméticos
los sueños y esperanzas.
Las
cinco vías clásicas
por
las que accede a Dios la idiocia...
Llegar
a Dios... ¡Dios mío!
¡Y
sin embargo, ocurre!
¿Y
donde, tu, entretanto?
3
Mas
luego, todo mundo,
amniótico
elemento;
feroz,
descomunal placenta.
¡Todo
mundo!
Podridas
paredes azulenas
que
todavía transparentan astros.
Los
viajes, la busca...
subterfugios...
pensados, aquí
en
la yacija de mi rincón de España.
Bruselas,
Brujas... Muerte...
Paris,
-sin Lautrémont-
vacío
en el recuerdo.
De
Nueva york a Harrisburg,
-ocupando
el asiento de alguien en Vietnam-
muy
triste, junto a Safo.
Idealista
ebrio por las calles de Londres;
la
vida y la muerte a mis costados.
Tate
Gallery... -una silla de anea-
Van
Gogh para el descanso.
¿Y
el Beso de Rodin... ?
La
fría silueta-cadáver de mi sombra-
en
un playal ardiente.
Y
un necrófilo acopio
de
conchas y guijarros calcinados
del
túmulo de Shelley.
Y
tu tiempo y el mío.
Nuestro
tiempo glacial
en
la noria del sur...
4
Campos
envenenados,
océanos
corruptos...
La
costa espermática...
El
monstruoso bidé contemporáneo...
Mercaderes,
prostitutas...
-la
tediosa diáspora-
En
lentos, hirvientes, chorreantes
ríos
automóviles.
Habitáculos
con baño,
-cinco
estrellas-
telefono,
radio, frigorífico,
etiquetas
anticonceptivas...
Llagas
más normales que brazos o cabellos.
¡Oh,
dignos de este mundo!
¿Poligonales
celdas rebosantes de mieles?
5
Día
cualquiera; su anécdota:
un
hombre halla la voz,
el
tono justo de su endecha...
Una
tortura densa de pestañas gigantes
en
el ojo caliente, viscoso, revulsivo
de
la noche.
Apuñala
cenizas, cromosomas...
Suplica
increpa
al sufrimiento.
Arrastrase
desnudo a los pie del dolor.
Suspira
por la clave
de
cuantos ríen sobrenaturalmente.
La
sombra de un consuelo,
un
bálsamo, una tregua...
¿Dónde...
?¿Donde, subterráneas
enfermeras
de los desesperados
de
las que nadie habla?
Tienta,
- tras la muerte-
las
riberas del río del olvido...
Ser
un nombre-sin rastro-en una esquela.
Y
rompe-al fin-en llanto
por
Rimbaud, tan lejano.
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