El Rincón Cultural.

 


 

 

 

       El olvidado enigma de Avellaneda

         Publicado el sábado, 31 diciembre 2006,en el Diario de Ávila

                                    por Jorge

 

 

  El investigador abulense Arsenio Gutiérrez Palacio defendió en 1967, con varios documentos, que el autor del Quijote apócrifo, era un cura abulense, párroco de esta localidad.

  La localidad abulense de Avellaneda ha sido la gran olvidada en las actos que a lo largo de este año se han venido celebrando con motivo del cuarto centenario del Quijote. Avellaneda quedó unido históricamente al Quijote, puesto que da nombre a la edición apócrifa, publicada en el año 1614, que pretendía convertirse en la segunda parte de la obra cumbre de la literatura española, no escrita por Cervantes.

  Esta obra sería relegada al ostracismo secular, en el momento en que Miguel de Cervantes sacó a la luz la segunda parte de la obra, un año después.

  Desde su publicación en 1605, El Quijote se convierte en un éxito mundial y a su sombra en 1614 Alonso Fernández de Avellaneda publica el famoso Quijote de Avellaneda, que viene a ser la segunda parte del Quijote que tanto pedía el público de la época. Se dice que la Inquisición encargó este libro para dejar al Quijote de vuelta a la vida real y por el buen camino. También se especula con que fuera un compañero de Cervantes que se vio reflejado en la primera parte y que no le hizo mucha gracia.

  Este falso Quijote es comentado por Cervantes en el prólogo de la segunda parte y también lo menciona en diálogos de los personajes de la misma. El Quijote de Avellaneda se convirtió en un libro maldito y Fernández de Avellaneda fue muy criticado y tardó casi un siglo en volver a imprimirse.

  Mucho se ha especulado sobre la identidad Alonso Fernández de Avellaneda. El profesor de la Universidad de Valladolid, Javier Blasco apuntó a Fray Baltasar Navarrete, autor de La Pícara Justina, como posible autor del Quijote de Avellaneda. Esta teoría es rebatida por el también docente Francisco Martín Jiménez, quien asegura que el autor de la obra fue el aragonés Jerónimo de Pasamonte, opinión que el profesor basa en las propias menciones de Cervantes en su obra. La investigación de Blasco, que se hizo pública en el marco del congreso "El nacimiento del Quijote" a la ribera del Pisuerga, que se celebró en Valladolid, basó su teoría en una comparación de los lenguajes de La Pícara Justina y del Quijote de Avellaneda y destacó que existe una coincidencia de expresiones, giros y modismos. Por su parte, el profesor Martín Jiménez apunta la autoría del aragonés Jerónimo de Pasamonte debido a que Cervantes ya conocía el manuscrito de Avellaneda desde 1611.

   Según defiende Martín Jiménez, Cervantes en la segunda parte del Quijote reveló de manera más evidente que Pasamonte era Avellaneda, al decir de manera inequívoca que Avellaneda era aragonés y éste era un personaje conocido por Miguel de Cervantes.

"Avellaneda", abulense.
 El investigador e historiador abulense Arsenio Gutiérrez Palacios defendió que: "Avellaneda" era un sacerdote abulense del siglo XVII cuyo nombre era Alonso Fernández Zapata, párroco de la localidad abulense de Avellaneda, entre 1597 y 1616, según publicó en El Diario de Ávila del año 1967. Gutiérrez Palacios aportó una serie de documentos que pretendían probar estas afirmaciones.

  El historiador e investigador abulense defendía que sólo una persona muy vinculada a Ávila podía conocer el detalle algunos de los acontecimientos que se narran en esta obra. La primera prueba lo aportó sobre el episodio de los Felices Amantes, en el que una monja de clausura es raptada de su convento. Esta historia ocurrió de verdad en el convento de Santa Catalina de Ávila, según la documentación aportada por Gutiérrez Palacio. «La monja del hecho real se llamaba Doña Luisa Dávila y Briceño -dice el historiador-.
 
 
  La otra monja que se cita en el cuento de Avellaneda, tiene por nombre Catalina, en el que vemos una clara alusión al convento en que ocurrió el hecho real. La terminación o feliz epílogo del cuento y del suceso histórico abulense, es igual: ambas monjas vuelven al convento, sin duda alguna a impulso de sus libres voluntades, y las dos realizando cuantiosas donaciones para obras piadosas».
 

  Defiende, por otra parte, el investigador abulense que uno de los personajes más ensalzados por Avellaneda en su Quijote es el soldado Antonio de Bracamonte, muy ensalzado por Avellaneda, existió y vivió en Ávila por los años en que se escribió este Quijote, publicado en Tarragona en el año 1616. Alonso Fernández Zapata fue párroco de Avellaneda entre los años 1597 y 1616, «según consta en el Libro Becerro del extinguido convento de Piedrahita, folio 8 y 10, del año 1657», menciona Gutiérrez Palacios en su escrito. Y añade que «este sacerdote sufrió varios procesos como clérigo y otro por curar con palabras supersticiosas y ensalmos, cuando estaba ordenado de menores, siendo en todos ellos severamente amonestado y castigado con todo rigor de derecho, con el pago de las costas correspondientes a cada pleito».

  Por las circunstancias mencionadas y aunque sólo sea por el nombre, el pequeño pueblo de Avellaneda bien hubiera merecido un reconocimiento entre los actos celebrados. Una nueva oportunidad se repetirá en el año 2016, cuando se cumpla el cuarto centenario de la publicación del Quijote de Avellaneda. Aún hay tiempo para desfacer entuertos...
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FUENTE: Diario de Ávila