El castillo de Chenonceau era la residencia que Enrique II de Francia había regalado a su
favorita, Diana de Poitiers. Fue ella misma la que encargó a Philibert de l'Orme el proyecto
del precioso edificio sobre el río Cher, considerado por algunos como el más bello de los
castillos del valle del Loira. Tras el fallecimiento del monarca en 1559, su esposa, Catalina
de Médici -haciendo uso del poder con el que había sido investida al ser proclamada regente de
su hijo, Carlos IX- expulsó a Diana del castillo, añadió una planta al cuerpo principal y lo
convirtió en una construcción única, sede de las más opulentas fiestas y celebraciones. El
castillo fue posteriormente abandonado hasta el siglo XVIII; por aquel entonces la propietaria
era madame Dupin y Rousseau era preceptor de su hijo. El famoso filósofo escribió su
revolucionario tratado pedagógico Émile al amparo de las chimeneas renacentistas y los techos
pintados del siglo XVI que, junto a sus magníficos jardines, caracterizan el edificio.
Unas fiestas del esplendor que Catalina pretendía necesitaban una numerosísima plantilla de
personal de servicio y mantenimiento y, por supuesto, una música adecuada para la danza. La
presente grabación intenta reconstruir lo que los invitados de la de Médici pudieron escuchar
en una de aquellas veladas. Se ofrecen aquí algunas de las piezas encontradas en dos notables
manuscritos italianos -Munich Mus Ms. 1503(h) y Royal Appendix 59-62 - haciendo hincapié en las
coincidencias que existen en las mismas piezas en posteriores ediciones francesas. Esto no
tiene nada de particular, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de los músicos de
viento de las cortes europeas eran de origen italiano. Los italianos se llevaban consigo las
melodías de su país natal por el que tanto apego sentían. La instrumentación era mucho más rica
en las cortes europeas, por lo que el tema original se enriquecía. Aunque en la época aquí
considerada había en Italia un claro predominio de la música vocal "culta" desarrollada en la
cortes por los maestros de capilla, floreció paralelamente una corriente de músicos
instrumentales que basaban sus composiciones en la música popular. De hecho, en muchas
ocasiones, los títulos de algunas danzas son iguales al comienzo de la primera estrofa de
canciones populares. Los compositores son anónimos ya que en aquel tiempo el arreglo o
adaptación de una melodía no era considerado un acto creativo.
El arte de la danza no es ni mucho menos una cuestión baladí en el contexto histórico; era de
buen tono que el cortesano fuera capaz de tocar algún instrumento (como aparece en Il
Cortegiano de Baldassare Castiglione) y la danza era una habilidad importante socialmente muy
apreciada. En este compacto el buen hacer de los músicos de la Accademia del Ricercare de
Pietro Busca recrea perfectamente la atmósfera de una fiesta en la corte, haciendo uso de una
profusa instrumentación basada en violas de gamba, flautas de pico, traverso renacentista,
cornamusas, cromornos, laúd y diversas percusiones que aportan un color muy especial. Las
pavanas (danzas más lentas y solemnes), saltarellos y gallardas (danzas aceleradas de compás de
ternario, que se interpretaban normalmente tras una gallarda) y los branles (alegre danza que
se bailaba en círculo como se muestra en la pintura de la escuela francesa Bal du duc d'Alençon
que reproduce una escena en la corte de Enrique III y cuyo detalle aparece en la portada del
disco) se suceden vertiginosamente, reproduciendo la atmósfera sonora de lo que debieron de ser
los prolegómenos de una refinada bacanal renacentista. Si aquel dicho de que la danza no es más
que la expresión vertical de un deseo horizontal, harían falta menos Viagras milagrosas y más
discos como éste.
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