A mediados del s. XVIII se afianza en Europa una nueva corriente musical
que desafía el gusto imperante hasta aquel momento. Las ideas de los viejos
"dinosaurios musicales" como J. S. Bach son despreciadas por ser "poco
naturales", y la Música se desliga de la ciencia a pasos agigantados. Ya no
es una de las disciplinas del Quadrivium ; desaparece paulatinamente su
vinculación a la Matemática, y Diderot y D‘Alambert incluyen su definición
en la Enciclopedia en el epígrafe "Imaginación". Las melodías, inspiradas
en ritmos de danza lo más uniformes posible, deben ser aligeradas del
contrapunto ; la fuga es considerada como un artificio para el lucimiento
de la sapiencia del compositor, pero no parece concebida para agradar al
oyente sino para hacer ruido. Sin embargo, se cuida al máximo la
ornamentación. Estamos ante el nacimiento del estilo galant,
influenciado sin duda por la creciente demanda de piezas interpretables por
una nueva clase social de aficionados no necesariamente virtuosos. Los
conocimientos musicales eran un adorno apreciado en las damas de alcurnia,
que podían exhibir sus habilidades en las reuniones ; y así encontramos
muchas composiciones de la época con las indicaciones "para las damas", "para la
diversión del bello sexo"... Se trata de un estilo intermedio, que tiende
a la eliminación de los extremos pretendiendo igualar al ejecutante experto
y al principiante, y que intenta ser espontáneo y alegre, y cuyo gran
peligro es caer en la ñoñería.
En el estilo galant la interpretación es sumamente importante, y cada
fragmento de la obra puede pasar de ser una joya facetada con bellísimos
matices y exquisita delicadeza a una sosería insustancial e insoportable ;
una pieza de un compositor como Johann Christian se convierte en una piedra
de toque para los músicos. La Hanover Band supera una vez más airosamente
la prueba en lo que parece va a convertirse en una espléndida integral con
momentos muy brillantes. Las obras del más cosmopolita de los hijos de Bach
son contempladas desde una óptica diferente, como parecen sugerir las
extrañas irisaciones de los bordes de cristal fotografiados con luz
polarizada que aparecen en todas las portadas. No son éstas las
composiciones que cabría esperar de un músico decadente o "fácil", como han
dicho de él algunos musicólogos, sino las de un hombre genial adaptado a
las corrientes de su tiempo, que gozó de gran aceptación y popularidad, y
cuya gloria posterior fue eclipsada por el brillo de Haydn y Mozart. Para
esta ocasión, Halstead ha contado con Anthony Robson, el oboísta de la
Orchestra of the Age of Enlightenment, y el fagotista Jeremy Wand y la
flautista Rachel Brown de Collegium Musicum 90. Todos ellos han merecido
elogiosas críticas en diversas publicaciones y cuentan con una abultada
experiencia en el campo de la grabación de repertorios poco explorados, y
sus curricula en grupos punteros de la música antigua son realmente
impresionantes.
Las notas de Ernest Warburton - en francés, inglés y alemán - atestiguan una
prolongada y ardua tarea de investigación entre manuscritos de difícil
localización y acceso. Apoyándose entre otras cosas en el tipo de papel
utilizado se puede deducir la época a la que pertenecen algunas composiciones
y es posible suponer que dos movimientos conservados en distintas
bibliotecas pueden pertenecer a un mismo concierto. Este tipo de
suposiciones son expuestas como meras conjeturas, y en ningún momento se
presentan como verdades absolutas ; en cualquier caso, los planteamientos
resultan interesantes. Así, el Concierto para flauta en re mayor queda
reducido a dos movimientos. El tradicional movimiento intermedio, que es
en realidad el andante de la obertura de Amadis de Gaule, queda
suprimido. El Concierto para fagot en mi bemol mayor (¡cuidado con la errata
del texto en inglés!) se presenta aquí como una revisión de una Sinfonía
Concertante (hasta ahora se pensaba que era al revés), resultado de la
admiración de J. C. Bach por Ritter, un virtuoso fagotista de la corte de
Mannheim. En cuanto al Concierto nº 1 para oboe, es el antecedente del
Concierto para flauta en sol mayor, del cual es simple arreglo, y el minueto
fue usado para una sonata para viola de gamba compuesta probablemente para
Abel.
Todas estas disquisiciones son sin duda de sumo interés, pero a buen seguro
no fueron el leit motiv que inspiró a Johann Christian. Así pues,
disfrutemos sin más dilación de estos deliciosos conciertos que diríase
fueron pensados para evadirnos de las preocupaciones de la rutina diaria,
mientras esperamos las nuevas sorpresas que sin duda nos depararán las
próximas entregas de esta serie.
CPO 999346-2 (También disponibles CPO 999299-2, 999268-2, 999298-2, 999129-2)
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