Sabido es que Mozart, desde niño, era un gran virtuoso del violín. Su padre y maestro, Leopold,
violinista, se ocupó en persona de su formación, y no pudo evitar una cierta decepción cuando
comprendió que sus preferencias se decantaban claramente hacia el piano. Ello no supuso ningún
obstáculo para que dedicara al violín cinco maravillosos conciertos. Aprovechó sus frecuentes
viajes a Italia para absorber las variantes del estilo italiano. Los conciertos de Vivaldi,
estructurados en tres movimientos, y con divisiones en partes a tutti y a solo, todavía gozaban
de gran popularidad. Y aunque Mozart asimiló gustosamente muchos de los elementos presentes en
las obras de Locatelli, Tartini, Corelli y el propio Vivaldi, supo imprimir a sus conciertos su
inconfundible sello personal. El primero es, lógicamente, el que menos características
exclusivamente mozartianas presenta de los cinco, con muchos más elementos italianos, y
compuesto al modo de una conversación o diálogo entre los instrumentos. Pero estos conciertos
nos permiten gozar de instantes tan gloriosos y conocidos como la sigilosa y cálida
introducción que consiguen la flauta y los violines con sordina en el Adagio del nº 3, la
serena dulzura del Andante Cantabile del nº 4 o los bárbaros contrastes entre el galante
minueto que sirve como base al movimiento y los feroces col legno impuestos por la partitura a
violonchelos y contrabajos en el Rondo del nº 5 -particularmente logrados, por cierto, en la
versión aquí comentada- que han hecho que este concierto se haya ganado a pulso el sobrenombre
de El Turco. Pero precisamente por esto y porque son obras sin parangón en su tiempo resultan
muy difíciles de abordar, ya que a su carácter intimista no le cuadra la interpretación con una
gran orquesta y un solista que sólo pretenda su personal lucimiento. Las grabaciones que
presentan los cinco conciertos, como la que aquí reseñamos, suelen incluir también el Adagio
K261 -compuesto al parecer como movimiento alternativo al Adagio del concierto nº5-, el Rondo
K269 -que es un finale para el concierto nº1-, y el Rondo K373.
Christian Tetzlaff es un joven violinista de gran expresividad que ha merecido el
reconocimiento de la crítica internacional, y su versión es excelente. Las cadencias, del
propio Tetzlaff, no carecen de interés, pero uno no puede evitar preguntarse por qué esta
insistencia en grabar repertorios ya muy conocidos. Soy una firme partidaria de respetar la
libertad tanto de los artistas como de los sellos discográficos a la hora de escoger el tema
de sus grabaciones, pero hemos de reconocer que en estos conciertos existe ya una competencia
previa muy fuerte, ya sea haciendo uso de instrumentos originales o modernos; las excelentes
versiones de Isaac Stern, Zino Francescatti, Arthur Grumiaux y sobre todo, Gidon Kremer
(recomendada encarecidamente por la Guía CD COMPACT del Clasicismo) o las opciones
historicistas de Simon Standage y Monica Huggett ya han dejado planteadas muchas alternativas.
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