Es indudable que el panorama del mercado discográfico ha cambiado
notablemente en muy pocos años, y de la más absoluta carestía hemos pasado a
un punto rayano en la saturación. Es difícil seguir el ritmo de aparición de
las últimas novedades, y escuchar todo lo que se publica es un lujo al
alcance de pocos bolsillos, por no hablar de la imposibilidad material
impuesta por la necesidad de tiempo que precisa una atenta audición. Cuando
ustedes emprendan la lectura de este comentario lo harán preguntándose si a
estas alturas es imprescindible la posesión de un disco de D’India para su
discoteca básica ideal, teniendo en cuenta que hay decenas de compactos en el
mercado dedicados al madrigal italiano. La misión de un crítico es explicar
qué elementos dotan a un compacto de algo especial, así como la del lector
es tomar una libre decisión final.
D’India fue un palermitano de origen noble, cantante monodista además de
compositor, que debió de frecuentar la corte de los Médicis. Fue músico del
cardenal Mauricio de Saboya y estuvo al servicio de los duques de Módena. No
se conserva de él ninguna obra instrumental, pero es autor de una extensa
colección de obras vocales tanto sacras como profanas, de las que podemos
destacar sus ocho libros de madrigales. A diferencia de otros monodistas
escribió también para varias voces. Y si esto fuera todo, D’India sería otro
madrigalista más, perteneciente a la infinita cohorte de puntos brillantes
eclipsados por el brillo de Monteverdi, como algunos musicólogos de mente
estrecha han sugerido veladamente al omitir incluso su nombre en tratados
especializados. Pero el estilo de D’India difiere notablemente del de otros
compositores de su época. Compone mediante una depurada técnica, haciendo
uso de las disonancias de modo sumamente original. En sus obras no parece
haber un punto de referencia. Usa la escala cromática completa, pero huye de
las formas torturadas de Gesualdo y construye su música sobre incomprensibles
armonías. Sus saltos pentatónicos nos recuerdan más a Debussy que a otros
compositores renacentistas. Retardatio, anticipatio,
deminutiones, ecos....Cada recurso en sus manos parece actuar como un
espejo deformante, donde nada es lo que semeja. Parece clara la influencia
que tuvieron en él Giovanni di Macque y su Consonanze stravaganti
, un trabajo meramente teórico que necesitaba de un artista tocado por la luz
para llevarlo a sus máximas consecuencias. El propio D’India confiesa
utilizar las palabras y sus sentidos cambiantes para dotar a sus
composiciones de mayor fuerza emotiva, sacrificando la música al sentido del
texto (seconda prattica), y declara aborrecer los movimientos y la
modulación ordinarios. Su intención es concatenar consonancia y disonancia,
o pasar de una a otra de la manera más inusual posible. Las consecuencias
sobre el efecto dramático resultan sobrecogedoras.
El Ottavo libro, la obra más madura de D’India, pertenece a sus
composiciones a cinco voces. El cuerpo principal de la obra lo forman los
cinco madrigales provenientes del Pastor Fido de Guarini. Para la
presente grabación los intérpretes han escogido preceder cada madrigal de su
texto recitado por actores (a destacar el timbre lánguido, dulce y sensual
de Roberta Biagirelli), lo que aparte de crear un curioso efecto facilita la
comprensión de la letra. El conjunto se completa con las notas de Angelo
Chiarle, que son una auténtica guía de audición para disfrutar plenamente de
la grabación ; casi segundo a segundo, sabremos qué técnica usa el compositor
para reforzar la idea del texto.
Sólo nos resta decidir si este mes dedicamos el presupuesto a comprar la
quincuagésima versión de la quinta Sinfonía de Beethoven para rellenar
nuestras estanterías o si optamos por conocer los amores de Silvio y Dorinda
en la especial versión del noble de Palermo. Con algo de buena voluntad y
una pequeña ración de criterios más amplios siempre hay lugar y momento para
ambas cosas.
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