Sigismondo d’India era un cantante palermitano de origen noble; como muchos
cantantes de su época fue además compositor, pero a diferencia de éstos no se
limitó a escribir composiciones para una sola voz. Varios de sus libros de
madrigales son para varias voces, y su técnica exquisita nos recuerda en
ciertos momentos a Gesualdo, pero es difícil encasillarle entre los demás
madrigalistas. El tercer libro al que se dedica este compacto, se compone de
20 madrigales para cinco voces con la posibilidad de usar bajo continuo,
obligado en ocho de ellos. No se interpretan ordenadamente, pero se facilita
su número de orden. Es imposible abordar la interpretación de las obras de
D’India desde la indiferencia, o de una forma totalmente anodina e impersonal
. Un compositor que confiesa, según sus propias declaraciones, y en pleno
siglo XVII, aborrecer los "movimientos ordinarios", "la modulación actual
ordinaria", "los pasajes ordinarios hechos ya comunes" y que persigue
"el verdadero estilo con intervalos no ordinarios, pasando con la mayor
novedad posible de una consonancia a otra" (concatenando notoriamente
consonancia y disonancia), no es desde luego un músico más, y sus
composiciones no pueden ser interpretadas de manera pueril, lo que ha sido
por desgracia algo bastante frecuente. Los aficionados a la música antigua
hemos tenido que soportar durante años (aun soportamos) las burlas de un
público que se llama a sí mismo melómano y para el cual la palabra "música"
significa solamente sinfonismo, nacionalismo o romanticismo; en su
definición no tienen cabida la música de cámara, ni la anterior al siglo
XVIII, ni tampoco el lied o incluso la ópera. Hay que reconocer que la
música antigua, tal como se escuchaba antes de la revolución de los
criterios interpretativos, era muy diferente a la de las grabaciones actuales;
pero en algunas mentes sigue imperando esa extraña teoría que subyace en
nuestro siglo tanto en las ciencias como en las artes de que "cuanto más
antiguo, más tonto", o "lo moderno, lo que hacemos nosotros, sí que es
bueno". De esta teoría se infiere que no hace falta escuchar lo anterior,
porque Schubert, Beethoven y Tchaikovsky ya dominaban todos los recursos
expresivos. Por culpa de interpretaciones ñoñas e insustanciales, somos aún
muy pocos los que hemos descubierto la riqueza que se ocultaba en la música
antigua.
Por el contrario, La Venexiana arremete contra toda grabación anterior de la
obra de D’India; tienen en cuenta en todo momento que los textos de los
madrigales pertenecen a algunos de los mejores poetas de aquella época:
Tasso, Guarini, Marino, Striggio... No se contentan por lo tanto con
"cantarlos" (o canturrearlos, como hacen algunos solistas y corales en
conciertos en directo); también los recitan, mejorando aquella memorable
versión del Consort of Musicke de Rooley, sin perder de vista ni por un
momento la importancia de la expresividad. Prestan la máxima atención a los
sospiri, a los affetti; sus voces, alternativamente, desgarran
el alma o la acarician; dudan, como el amante preso de un ataque de celos;
languidecen de pena por el desprecio o expresan exultantemente su alegría
porque el ser amado les ha prestado su atención por un momento. No se dejan
desbordar por la superabundancia de recursos de la partitura, de los cuales
daremos aquí algunos ejemplos.
En O fugace o superba, la frase Deh, ferma, ohimè, lo sbigattito
piede (Detén tu asustado pie) se convierte en una orden autoritaria en
lugar de suplicante, resaltada por el acompañamiento del bajo continuo, y la
pregunta final ove mi lasci? (¿dónde me dejas?) queda en el aire,
dejando la composición inconclusa, como esperando una respuesta que no
llegará. Ardemmo insieme (ardimos juntos) nos hará sentir el ardor del
fuego del deseo, que quema acariciando. O rimembranza amara es para
mi gusto la joya de la colección; la frase (oh, recuerdo amargo) repetida una
y otra vez, es como la memoria que va y viene, que tenazmente regresa para
torturar el alma del que ha sido envenenado -y más tarde abandonado a su
suerte- por las flechas del Amor. El encantador Non é de gentil core,
con su estribillo espiral, nos demuestra que el que no arde de amor no es de
corazón noble, y el Indarno tebo nos explica que lejos del objeto del
amor no se es, no se existe; sólo somos el sentimiento que nos ocupa.
Deliciosas meditaciones metafísicas exquisitamente servidas a la mesa para
el degustador con paladar para catarlas. El maravilloso libreto de cuidada
presentación al que Glossa ya nos tiene acostumbrados es una adecuada carta
para tal menú.
GCD 920903
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