Glossa publica una espectacular versión del Tercer Libro de Madrigales de Sigismondo d’India (1580-1629) a cargo de La Venexiana

El arte de la disonancia a cinco voces.

           Sigismondo d’India era un cantante palermitano de origen noble; como muchos cantantes de su época fue además compositor, pero a diferencia de éstos no se limitó a escribir composiciones para una sola voz. Varios de sus libros de madrigales son para varias voces, y su técnica exquisita nos recuerda en ciertos momentos a Gesualdo, pero es difícil encasillarle entre los demás madrigalistas. El tercer libro al que se dedica este compacto, se compone de 20 madrigales para cinco voces con la posibilidad de usar bajo continuo, obligado en ocho de ellos. No se interpretan ordenadamente, pero se facilita su número de orden. Es imposible abordar la interpretación de las obras de D’India desde la indiferencia, o de una forma totalmente anodina e impersonal . Un compositor que confiesa, según sus propias declaraciones, y en pleno siglo XVII, aborrecer los "movimientos ordinarios", "la modulación actual ordinaria", "los pasajes ordinarios hechos ya comunes" y que persigue "el verdadero estilo con intervalos no ordinarios, pasando con la mayor novedad posible de una consonancia a otra" (concatenando notoriamente consonancia y disonancia), no es desde luego un músico más, y sus composiciones no pueden ser interpretadas de manera pueril, lo que ha sido por desgracia algo bastante frecuente. Los aficionados a la música antigua hemos tenido que soportar durante años (aun soportamos) las burlas de un público que se llama a sí mismo melómano y para el cual la palabra "música" significa solamente sinfonismo, nacionalismo o romanticismo; en su definición no tienen cabida la música de cámara, ni la anterior al siglo XVIII, ni tampoco el lied o incluso la ópera. Hay que reconocer que la música antigua, tal como se escuchaba antes de la revolución de los criterios interpretativos, era muy diferente a la de las grabaciones actuales; pero en algunas mentes sigue imperando esa extraña teoría que subyace en nuestro siglo tanto en las ciencias como en las artes de que "cuanto más antiguo, más tonto", o "lo moderno, lo que hacemos nosotros, sí que es bueno". De esta teoría se infiere que no hace falta escuchar lo anterior, porque Schubert, Beethoven y Tchaikovsky ya dominaban todos los recursos expresivos. Por culpa de interpretaciones ñoñas e insustanciales, somos aún muy pocos los que hemos descubierto la riqueza que se ocultaba en la música antigua.

           Por el contrario, La Venexiana arremete contra toda grabación anterior de la obra de D’India; tienen en cuenta en todo momento que los textos de los madrigales pertenecen a algunos de los mejores poetas de aquella época: Tasso, Guarini, Marino, Striggio... No se contentan por lo tanto con "cantarlos" (o canturrearlos, como hacen algunos solistas y corales en conciertos en directo); también los recitan, mejorando aquella memorable versión del Consort of Musicke de Rooley, sin perder de vista ni por un momento la importancia de la expresividad. Prestan la máxima atención a los sospiri, a los affetti; sus voces, alternativamente, desgarran el alma o la acarician; dudan, como el amante preso de un ataque de celos; languidecen de pena por el desprecio o expresan exultantemente su alegría porque el ser amado les ha prestado su atención por un momento. No se dejan desbordar por la superabundancia de recursos de la partitura, de los cuales daremos aquí algunos ejemplos.

           En O fugace o superba, la frase Deh, ferma, ohimè, lo sbigattito piede (Detén tu asustado pie) se convierte en una orden autoritaria en lugar de suplicante, resaltada por el acompañamiento del bajo continuo, y la pregunta final ove mi lasci? (¿dónde me dejas?) queda en el aire, dejando la composición inconclusa, como esperando una respuesta que no llegará. Ardemmo insieme (ardimos juntos) nos hará sentir el ardor del fuego del deseo, que quema acariciando. O rimembranza amara es para mi gusto la joya de la colección; la frase (oh, recuerdo amargo) repetida una y otra vez, es como la memoria que va y viene, que tenazmente regresa para torturar el alma del que ha sido envenenado -y más tarde abandonado a su suerte- por las flechas del Amor. El encantador Non é de gentil core, con su estribillo espiral, nos demuestra que el que no arde de amor no es de corazón noble, y el Indarno tebo nos explica que lejos del objeto del amor no se es, no se existe; sólo somos el sentimiento que nos ocupa. Deliciosas meditaciones metafísicas exquisitamente servidas a la mesa para el degustador con paladar para catarlas. El maravilloso libreto de cuidada presentación al que Glossa ya nos tiene acostumbrados es una adecuada carta para tal menú.

           GCD 920903



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