La palabra laúd proviene del término árabe ûd, que significa "madera".
Los primeros antecesores de este cordófono pueden encontrarse en Sumeria
dos mil años antes del nacimiento de Cristo. En el siglo XIII el laúd formaba
ya parte del instrumentarium cristiano, y continuó su expansión por
Europa para alcanzar su auge en los siglos XV y XVI. La mayor parte de las
composiciones de este periodo escritas para este instrumento son inglesas e
italianas, pero no podemos despreciar la fascinación ejercida por el laúd
sobre varias generaciones de compositores alemanes. Durante la primera mitad
del siglo XVII las composiciones germanas para laúd son obras breves y
sencillas, destinadas en principio al creciente número de aficionados al
género más que a los auténticos virtuosos del instrumento. A medida que el
siglo avanza, la complejidad del estilo y los rasgos que denotan la
influencia de los estilos italiano, español y francés van en aumento,
hasta culminar en la figura de Esaia Reusner. En la primera mitad del siglo
XVIII, mientras el laúd caía en desuso en el resto de Europa, aparecían en
Alemania figuras tan destacadas como Krebs, Falckenhagen o Weiss, sin contar
al propio Bach (aunque aún hoy se discute si sus suites fueron escritas
realmente para laúd o para el laúd-clave, un instrumento híbrido dotado de
teclado y de cuerdas de tripa cuyo sonido resultaba similar al de un laúd).
Sin embargo, el laúd comenzaba a contar ya con detractores. En 1713,
Mattheson (el que fuera amigo de Haendel, al menos hasta que los dos se
batieron en duelo) escribía: "Los dulces laúdes tienen ciertamente más
partidarios en el mundo de los que merecen... El sonido del instrumento es
tan débil que sólo se insinúa y siempre promete más de lo que da...". El
mismo autor se refiere en otros escritos a la volubilidad de la afinación de
sus cuerdas ante los cambios climáticos, y a la dificultad de su afinación.
No sé si Mattheson tuvo la oportunidad de escuchar a Weiss o a Falckenhagen.
De lo que sí podemos estar seguros es de que nunca escuchó a Paul Beier, y es
una auténtica lástima. Quizá el matiz de odio hacia el laúd que subyace en
sus escritos se hubiera suavizado tras la audición de este compacto. La
delicada sensibilidad de Beier en su interpretación del sorprendente
Preludio nel quale sono contenuti tutti Tuoni Musicale de Falckenhagen
, que explora 24 tonalidades diferentes, le hubieran convencido. El
Preludio y la Partita en re menor de Weiss completan el
programa. La interesante historia de la presencia de estas obras en el
Museo de Cultura Musical de Moscú, cuidadosamente reseñada en las notas del
compacto, es otro de los premios para el aficionado curioso que decida
acercarse a esta grabación, cuya exquisita sonoridad, que permite escuchar
hasta los cambios en la respiración del intérprete, deleitará a los
audiófilos.
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