Éste es uno de esos casos en los que la portada del disco corresponde
fielmente con el contenido interior. La reproducción del cuadro de Paul
Troger "La apoteosis del emperador Carlos VI" nos muestra al monarca llevando
digna y serenamente las riendas de los corceles de aspecto feroz que tiran
del brillante carro dorado del Sol, como si del propio Helios se tratase; su
cabeza, tocada por una corona de laurel, es el origen de una aureola de rayos
deslumbrantes que abre un claro entre las nubes que cubren el cielo; unas
figuras humanas aladas anuncian su llegada al toque de las trompas y
esparciendo flores a su paso. Ese resplandor, esa riqueza, esa gloriosa
armonía que conforta los espíritus más atormentados es característica de la
música de Fux, compositor austríaco, hijo de un modesto campesino, y a cuya
obra, hasta hace pocos años, apenas se le había mostrado alguna atención.
Es también el autor de Gradus ad Parnassum, importante tratado de
contrapunto, vigente aún en nuestros días.
En el disco que aquí comentamos se incluyen cuatro obras cuyas
características comunes son la brillante tonalidad en do mayor, condicionada
por el uso de las trompetas naturales, y el stylus mixtus- diferente
del stylus a capella de Palestrina- que el propio compositor define en
el Gradus ad Parnassum como música sacra en la que unas veces
intervienen una, dos, tres o más voces concertando con instrumentos de todo
tipo, y otras suenan todos a la vez.
La Missa Corporis Christi es la pieza central del disco. Fue escrita
en 1713 para la fiesta del Corpus de ese mismo año por un Fux de 53 años,
aquejado de ataques de gota que acabarían confinándole en su cama. Los
violines inciden en los pasajes más reflexivos, fanfarrias de trompetas
acompañan a los solistas, dúos y tríos se suceden como cataratas de luz. La
obra está acompañada de unas notas espléndidas, y en el caso del Gloria
de la misa están escritas a modo de guía de audición, marcando los
momentos de entrada de los solistas y los respectivos acompañamientos
instrumentales. Además de la misa se ofrecen la secuencia Victimae
paschali laudes y los motetes Paries quidem filium y Plaudite,
sonat tuba (donde destacan las preciosas coloraturas del tenor y los
gloriosos y triunfantes acompañamientos de las trompetas).
Para la ejecución Martin Haselböck ha contado con un coro de voces masculinas
y un nutrido conjunto instrumental compuesto por 19 músicos (6 violines, 2
violas, violonchelo, violone, corneta, 3 trompetas, trombones alto y tenor,
fagot, órgano y timbal) que ostenta el lujo añadido de contar con Gunar
Letzbor entre los violinistas. El resultado no puede ser más esplendoroso, y
los que aún dudan del talento de Haselböck y su grupo deben escuchar este
compacto. Merece la pena destacar la labor del contratenor Drew Minter
-uno de los mejores del panorama actual- y del bajo barítono Klaus Mertens,
y eso a pesar del simpático lapsus linguae que sufre este último en el
minuto 1:25 del motete Paries Quidem Filium. La cosa no pasa de lo
anecdótico y tiene cierta gracia. En una de las repeticiones del aria
pronuncia "Maria vos ARMAT" en lugar de "Maria vos AMAT", confusión casi
lógica porque la frase siguiente es "ad ARMA conclamat". Esto, unido al
escandaloso despliegue de trompetas característico de la pieza, ha hecho que
a partir de ahora a este motete se le conozca en mi casa por el apodo de
"María la arma".
Algo parece derrumbarse en el Cosmos cuando este disco deja de sonar; cuando
el eco de sus sublimes dobles fugas se amortigua, se tiene la sensación de
que se desvanece ante nuestros ojos un bellísimo castillo de cristal de
complicada estructura arquitectónica fugazmente aparecido. Es difícil
describir esta maravilla en el breve espacio exigido por este boletín. Los
que ya conozcan la obra de este maestro austríaco se harán una idea, y los
que no...¿qué hacen todavía ahí sentados? Consigan este disco como sea,
bañen sus almas en el torrente de luz divina que emana de la música de Fux y
acepten el desafío de no caer de rodillas en pleno éxtasis de belleza.
CPO 999528-2
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