Nació en Buenos Aires en el seno de una familia que custodiaba una biblioteca de más de
treinta mil volúmenes. Durante su infancia su padre le inculcó el amor por los textos
clásicos, y su madre, que le cantaba obras de Mozart, la adoración por la música. La fusión de
estos elementos primigenios y su progresivo proceso alquímico de maduración artística ha
conseguido integrar los caminos -a primera vista tan divergentes- por los que su curiosidad se
ha visto tentada. De su fascinación por la flauta dulce ha obtenido su habilidad para la
matización; del estudio de las obras renacentistas -su gran pasión de juventud- aprendió la
creatividad para la ornamentación; del estudio casi arqueológico del folklore americano en la
etapa previa a la independencia ha desarrollado un increíble talento para perfilar sus
interpretaciones con sublimes pinceladas de color. Ahora se confiesa rendido ante la
superioridad del Barroco que tan aburrido le resultaba según los criterios interpretativos
imperantes en sus primeros años de estudio, un movimiento que ahora le fascina, especialmente
por su capacidad comunicadora.
Su estilo personal e intransferible, que ha merecido las mejores críticas internacionales,
proviene de la transmutación y síntesis en un peculiar crisol de muy diversos elementos: su
estancia en la Schola Canturum Basiliensis, su estrecha colaboración con el primer Savall y
Hespèrion XX, su curiosidad y su instinto, su particular vehemencia y su inmenso bagaje
musicológico. Su pasión investigadora le impulsa a viajar constantemente en busca de las
fuentes originales, pero afortunadamente aún dispone de tiempo para seleccionar y reunir
elencos vocales de indescriptible belleza y frescura y para seducir con su arrebatadora
personalidad a un buen puñado de músicos con los que se encierra de cuando en cuando junto a
algún ingeniero de sonido para ofrecernos a sus fieles seguidores regalos como sus
aproximaciones a la música de Monteverdi, en sellos como K 617 o Symphonia. La contundencia de
su Orfeo no deja indiferente a nadie que lo escuche por primera vez. Su versión de Il Ritorno
di Ulisse in Patria es igualmente perturbadora, con esos fantásticos cantantes (Maria
Cristina Kiehr, Gloria Banditelli, Roberta Invernizzi, Antonio Abete... por citar sólo a
algunos), abducidos por la gracia de la música italiana y dotados de increíbles aptitudes
dramáticas, y esas conmovedoras intervenciones instrumentales...¡Dios, qué cuerdas! ¡Qué
vientos! ¡Qué tratamiento del continuo! Mientras esperamos La Incoronazione di Poppea que
completará la trilogía, podemos deleitarnos con el recién aparecido Vespro de la Beata
Vergine, su incursión en la obra sacra monteverdiana. También ha dedicado su atención a otros
compositores italianos e incluso a la música francesa. Cada una de estas grabaciones bastaría
por sí sola para inscribir con letras de oro el nombre de Garrido en el cuadro de honor de los
intérpretes de la música antigua de este siglo. Pero eso no es todo. Sus aproximaciones a la
música sacra del barroco americano nos han revelado la inmensa calidad y belleza de obras
prácticamente desconocidas. Garrido nos descubre con su caleidoscopio sonoro una nueva visión
del mestizaje, una forma de comunicación a través de la melodía, mostrándonos la capacidad de
asimilación de los indios hacia la música importada de España.
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