Sébastien de Brossard era hasta hace poco conocido solamente por ser el autor del primer
diccionario de la música en lengua francesa. La publicación en fechas relativamente recientes
de dos discos, Leçons des morts a cargo de Le Parlament de Musique y Martin Gester y Músicas
fúnebres de Il Seminario Musicale y Gerard Lesne, ambos merecedores de excelentes críticas en
revistas francesas, han hecho que su nombre empiece a ser familiar entre los aficionados a la
música antigua. Fue un músico autodidacta, que se formó estudiando la ingente colección de
partituras y tratados que consiguió reunir a lo largo de su vida, colección que posteriormente
legó a la Biblioteca del Rey. Este método de estudio, tan infrecuente en aquella época (e
incluso en nuestros días), hace que las obras que de él se conservan tengan unas curiosas
características propias; son el resultado de la sincretización de rasgos franceses, alemanes e
italianos.
Los motetes que se ofrecen en este disco tienen una clara influencia del estilo francés. In
convertendo Dominus esta dividido en movimientos independientes, al estilo de Delalande,
mientras que el Miserere y el Canticum eucharisticum carecen de esta estructura, a imagen y
semejanza de los motetes de Du Mont o Lully, compositores por los que Brossard sentía una
admiración sin límites, y pertenecientes a la generación de músicos franceses anterior a
Delalande. Como se menciona en las notas del compacto, estas consideraciones permiten
aventurar que In convertendo Dominus fuera compuesto posteriormente a los otros dos motetes de
esta grabación. El Canticum eucharisticum puede ser fechado en torno a 1697, ya que fue
compuesto para celebrar la anexión de Estrasburgo (donde a la sazón Brossard era maestro de
capilla) a Francia. Se trata de la obra más larga de este compositor, y tiene una importancia
histórica indudable, ya que su extensión nos permite hacernos una idea de la magnitud de los
fastos organizados para la ocasión.
Las influencias italiana y alemana se hacen patentes sobre todo en los acompañamientos
instrumentales, a cuyo cargo corre la aportación de pinceladas de color a cada composición.
El número de instrumentos no es fijo, sino que se adapta a las necesidades de la expresividad
del texto. Unas veces se usa el mero acompañamiento del bajo continuo, y en otras ocasiones la
orquesta completa. Además, en el encabezamiento de algunas de sus partituras, Brossard da plena
libertad a los intérpretes para añadir los instrumentos que estimen convenientes. El violín es
tratado casi como si fuera una voz humana más, capaz de manifestar todos los matices de emoción
imaginables: desde la alegría más exultante hasta la más sombría de las tristezas. El fagot se
emplea profusamente para sustituir al violón, algo que se hacía con frecuencia en Alemania. El
bucólico sonido de la flauta se utiliza para expresar sensación de paz. La tiorba, más dulce
que el clavecín, era preferida por el compositor para la realización del bajo continuo.
El resultado que obtiene el Ensemble Baroque de Limoges y el coro de cámara Accentus bajo la
dirección de Coin es espléndido, y su aportación discográfica se convierte en un elemento
esencial para la comprensión de significado de la obra de Brossard. A pesar de ciertas
asperezas que restan apariencia cristalina a las texturas, su lectura está empapada de
contrastes, de fervor y de solemnidad. Las notas son absolutamente imprescindibles para
comprender la curiosidad de las obras y están traducidas al español, lo que empieza a
convertirse en los discos de Auvidis en una loable costumbre.
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