Corría el año 1706. Händel era un joven prodigio de veintiún años que decide súbitamente
trasladarse a Italia, sin informar siquiera a sus amigos, animado por el príncipe Gastón de
Médicis y desilusionado por su vida en Hamburgo. No era para menos. Se habían representado ya
con éxito dos óperas suyas, Almira y Nerone, cuando el teatro de Hamburgo, al borde de la
quiebra, cesó su actividad operística. Italia era la cuna de importantes escuelas musicales y
además un país cálido y repleto de luz y bellos paisajes donde cada centímetro cuadrado de
tierra había sido escenario de acontecimientos históricos relevantes. Para un músico sajón que
a pesar de su juventud tenía la suerte de haber conocido personalmente a Telemann, se había
batido en duelo con su amigo Mattheson y había sufrido las envidias del afamado Keiser, la
oportunidad de conocer semejante paraíso cultural debió de ser irresistible.
La competencia en Italia sin embargo, era muy fuerte. Estamos hablando del período de actividad
de Vivaldi, Caldara, Corelli, Albinoni, Alessandro y Domenico Scarlatti.... Händel se vio
obligado a demostrar lo versátil que podía llegar a ser como músico, y tuvo que asimilar
rápidamente las técnicas, el estilo y el gusto italianos. Bajo el patronazgo del marqués
Francesco Maria Ruspoli tuvo la oportunidad de trabajar con la soprano Margherita Durastanti,
perfeccionando su dominio de la composición vocal. Su habilidad como músico dramático le
permitió hacer uso rápidamente de la cantata como forma de expresión ideal para su arte. Además
no tuvo otro remedio, ya que una encíclica del Papa había prohibido las representaciones
operísticas en Roma, la ciudad italiana en la que pasó más tiempo. De hecho, Händel aprovechó
más tarde muchos de los temas usados en esta prolífica etapa de producción de cantatas
seculares para sus obras dramáticas posteriores, rescribiéndolos para otros instrumentos o
simplemente perfeccionando su forma inicial. La "contención de talento operístico" sufrida por
Händel en Roma (sólo escribió dos óperas durante su estancia en Italia) tuvo su lado bueno, ya
que le permitió enfocar sus energías creadoras hacia la consecución del excelso Dixit dominus,
probablemente su más bella obra sacra después de El Mesías.
Algunas de estas cantatas son las pequeñas joyas de juventud de un prometedor maestro. Se
aprecian en ellas influencias de A. Scarlatti, y una cierta labor continuista del expresionismo
de Carissimi, Steffani o Stradella. A pesar de conocer la inmensa producción de Händel, no deja
de asombrarnos su facilidad para la "digestión" musical, comparable sólo a la de Mozart, y que
le facilitaba la rápida absorción de estilos para conseguir la síntesis de una obra propia,
capacidad por la que ha sido acusado de plagiario en diversas ocasiones. Aunque si es así,
¡benditos sean sus maravillosos plagios, que tanto placer nos proporcionan a los haendelianos
de pro!
El presente disco nos ofrece las cantatas Cupre talvolta il cielo, Dalla guerra amorosa, Spande
ancor a mio dispetto, Dall fatale momento (versión alternativa para bajo de una cantata para
soprano) y Nell'Africane selve, algunas de ellas francamente difíciles de encontrar, en la
versión del bajo Jean Louis Bindi, a quien ya conocemos por haber trabajado con Marc Minkovski
y Sergio Vartolo. Le acompaña aquí Guy Delvaux, que inició sus andanzas con Herreweghe y que
aparece aquí con el grupo por él fundado, Artificii Musicali. Será difícil resistirse a la
tentación de poseer estas obritas interpretadas aquí con acierto, teniendo en cuenta sobre todo
la persistente y prolongada desatención a la que la industria discográfica las ha sometido.
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