Haendel: Sonatas para flauta
Dan Laurin

           Sonatas para flauta de pico HMV 360, 362, 365, 367a, 369 y 377. Dan Laurin, flauta de pico; Hidemi Suzuki, violonchelo; Maasaki Suzuki, clave y órgano. BIS CD-955, 1998-99, 58’54’’, DDD

           Cuando Haendel escribió estas sonatas para flauta de pico (1724-26), el instrumento ya había comenzado su declive en favor de la flauta travesera. ¿Cuál fue entonces la causa para que alguien con la afamada perspicacia comercial que dicen que caracterizaba a Haendel se decidiera a escribirlas? Haendel contaba con algunos de los mas destacados instrumentistas de viento de su tiempo entre la plantilla de su afamada orquesta operística londinense, y no cabe la menor duda de que de cuando en cuando, estos músicos obtenían un complemento a su salario tocando pequeñas piezas en los entreactos de representaciones diversas para entretener al público, así que no sería extraño suponer que estas sonatas fueron fruto del encargo de alguno de sus instrumentistas como Kytch, Festing, Neale o Weidemann. Por otra parte, en aquellos años, Haendel ejercía además las funciones de instructor de música de varios alumnos, entre ellos la princesa Ana, hija de Jorge II. Sabemos que para estas clases empleó material procedente de estas sonatas.

           Se trata de unas obras en cuya estructura se incluyen elementos del estilo instrumental de Corelli, con pinceladas del estilo vocal propio de la habilidad de Haendel como compositor de óperas. Indiscutiblemente forman parte imprescindible del repertorio de un buen flautista de pico. Reconoceremos en ellas, como suele ocurrir con frecuencia en las obras de este compositor, material que Haendel utilizó en obras posteriores: la Sonata en fa mayor, por ejemplo, es casi idéntica a su Concierto para órgano op.4 nº5. Incluso veremos préstamos de otros compositores; el último movimiento de la Sonata en sol menor incluye un motivo del Armonico tributo de Muffat, que Haendel debía de adorar, puesto que lo usó también en muchas otras obras.

           Estamos ante una edición muy completa de estas sonatas. Las notas incluyen una completa guía de audición del Dr. David Lasocki sobre cada una de las piezas, y una interesante historia sobre los avatares de la publicación de sus partituras en época de Haendel, y sobre la famosa leyenda de las Sonatas Fitzwilliam, que toman su nombre del museo de Cambridge donde Thurston Dart encontró en 1948 un manuscrito con esbozos de lo que se consideraron otras dos sonatas que venían a completar -junto a las cuatro conocidas hasta entonces- un ciclo lógico de seis. Cuando en los años 70 apareció el manuscrito original que incluía las otras dos sonatas que faltaban, las especulaciones sobre las sonatas Fitzwilliam dejaron de tener sentido. También se incluye en el libreto el punto de vista de Dan Laurin sobre la influencia de la evolución de la forma sonata en la historia de la música. Sostiene que fue la forma sonata la que impulsó a la música instrumental hacia su desarrollo autónomo, liberada de las demandas impuestas por su dependencia de los textos operísticos o del rito religioso. Mucho más abstracta en cuanto a sus contenidos, la sonata es la representación del arte por el arte, de la belleza existiendo por sí misma, sin soporte material .

           La acústica de la sala, la limpieza de la grabación, y sobre todo, la impecable ejecución de estas sonatas hacen de este disco una referencia absolutamente recomendable. Dan Laurin utiliza hasta cuatro flautas alto diferentes, dos Stanesby, una Bizey y una Bressan, que tocadas por él nos hacen soñar con los gozos celestiales; la articulación es increíble, el sonido es limpio, prístino, y la riqueza en matices de la gama tímbrica desplegada por el empleo de las cuatro flautas es arrebatadora. A ello se une el buen gusto exhibido por los Suzuki en su eficaz acompañamiento al bajo continuo. Me ha impresionado especialmente la solemnidad conseguida en el Grave de la Sonata HWV 369 acompañada al órgano en lugar de al clave. La combinación de los tres artistas resulta explosiva a la par que dulce. ¿Se puede pedir más? ¿Quizá resulta todo tan perfecto que no podemos evitar pensar donde está el truco de "magia"? Puede ser... Pero si los resultados son como los obtenidos en este disco, que vengan Tamariz y Copperfield a hechizarme...

           Mis felicitaciones a Susanna Lurin por su sugerente diseño de portada, tan original, usando en la portada y la contraportada del libreto dos fotografías que representan la base y la embocadura de una flauta de pico en una perspectiva no usual, justo frente al ojo, y que crea la sensación de que la flauta "ha atravesado" el libreto del disco.



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