La Colegiata de San Martín de Champeaux, próxima a París, fue durante los siglos XII y XIII un
importante centro cultural vinculado a la actividad de la Escuela de Notre-Dame. Sus
espléndidas condiciones acústicas han hecho de ella un lugar ideal para la celebración de un
Festival de Arte Sacro (tanto plástico como musical), punto de encuentro anual para todos
aquellos, creyentes o no, que tienen en común la búsqueda de la armonía y la belleza. Los
discos del sello Champeaux son el fruto de las colaboraciones de los participantes en este
festival, similar en su esencia al de Lockenhaus, donde los artistas gozan de una vida en total
comunión, que predispone a la creación en plena libertad. La grabación de este disco parece,
como los propios poemas de Hildegarda, iluminada por el Espíritu, y tocada por el dedo de
Dios.
Hildegarda estaba fascinada por la vida. Amaba la Naturaleza como prueba de la existencia de
Dios ; la energía divina está detrás de cada brote, cada flor ; el "verdor", la viriditas ( O
viridissima virga, O viriditas digiti Dei, O nobilissima viriditas...) es la expresión del
vigor, la fuerza, la vida que reside en el ser, que dimana de la Palabra de Dios y es
restaurada por ella. La polifacética y aparentemente incansable actividad de Hildegarda es
totalmente inusual para una dama de su tiempo. Profetisa, visonaria, sanadora, poetisa, música,
escritora, abadesa y además, mujer. ¿Se puede pedir más? Su obra abarca desde el Scivias o
libro de visiones (la portada del disco reproduce uno de los códices miniados que iluminan este
libro que representa el mundo), tan admirado por Goethe, hasta su gran tratado científico
titulado Subtilitates naturarum diversarum creaturarum, que comprende entre otras cosas un
libro de medicina -Causae et curae- y una descripción de árboles, plantas y piedras (Physica).
Los tiempos modernos la han transformado en una especie de papisa de la Nueva Era. Pero el
interés de su figura es todavía mayor cuando nos aproximamos a la Hildegarda humana, a sus
sentimientos y contradicciones, a su lucha interior por unir su parte divina y su parte
demoníaca (causa probable de sus frecuentes enfermedades) y a la pressura que la impulsa a
revelar sus visiones. Para un acercamiento a su obra, y ante la dificultad de acceder a sus
textos (en latín), recomiendo el libro de Peter Dronke Las escritoras de la Edad Media, donde
admiraremos su inquebrantable sinceridad, su entereza al enfrentarse a la siempre difícil
experiencia del desapego durante la separación de su querida colaboradora Richardis y su
coraje en la defensa de aquello que considera justo ante sus oponentes. Recordemos aquella
ocasión en la que se negó a exhumar el cadáver de un noble enterrado en su abadía que había
sido excomulgado. Esta desobediencia trajo consigo una prohibición para su comunidad de cantar
el oficio divino. Esto era una de las peores condenas a las que podía someterse a la autora de
una obra musical titulada Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. Así que
continúo haciendo caso omiso de las órdenes y siguió instintivamente la indicaciones de su "luz
viva". Su comunidad continúo cantando los oficios y ella escribió una carta en rebelión de la
que extraemos este elocuente fragmento : "Al oír...el diablo que el hombre se había puesto a
cantar por inspiración de Dios...se asustó de tal modo que...no ha dejado de perturbar o
destruir la proclamación, la belleza y la dulzura de la alabanza divina y de los himnos
espirituales. Por eso vosotros y todos los prelados tenéis que andar con muchísimo cuidado
antes de cerrar con vuestro mandato la boca de alguien de la Iglesia que cante a Dios...Que en
vuestros juicios no os engañe Satanás, que arrancó al hombre de la armonía celestial..."
Los que descubrimos la música de Hildegarda a través de aquel disco de Emma Kirkby y Gothic
Voices, y aprendimos a conocerla con las interpretaciones de Sequentia, tenemos ahora la
ocasión de extasiarnos ante el cálido abanico de matices de la voz de Catherine Schroeder, que
ha pertenecido al Ensemble Perceval, al Ensemble Gilles Binchois y a Discantus, acompañada aquí
por la soprano Catherine Sergent, colaboradora frecuente de Obsidienne y Discantus, y Emmanuel
Bonnardot, director de Obsidienne, que aquí la acompaña con la fídula o viola de arco medieval,
al que hemos oído también en Alla Francesca. La sonoridad de las campanas de Deya Marshall y
las pinceladas turcas de Stèphane Gallet completan un agradable conjunto que resalta las
influencias orientales de esta música (oigan como ejemplo O dulce electe y O beata infantia).
La magnífica acústica ya aludida del lugar y la soberbia toma de sonido proporcionan unos
niveles únicos de reverberación, que contribuyen al deleite final con gran eficiencia.
CSM 0006
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