No, no se trata de un error gramatical; femenino porque son mujeres las que
cantan en este disco, singular porque la interpretación es correcta y porque
no es demasiado frecuente escuchar canto gregoriano en las voces del bello sexo. Hace unos años
todos contemplamos atónitos cómo una recopilación del canto de los monjes de
Silos alcanzaba el número tres en la lista de éxitos del pop de Billboard’s
y conseguía el disco de platino en menos de cinco semanas. Posteriormente,
los mas curiosos continuaron indagando en el repertorio y comenzaron a
conocer Solesmes, Montserrat, Münsterschwarzach... Los discos de gregoriano se
convertían en superventas en las tiendas. Este fenómeno difícilmente
explicable fue interpretado como una respuesta masiva por parte del público
a la cada vez más evidente crisis de valores espirituales. De la misma forma
que el Hatha Yoga, el Tai-Chi, la recitación de mantras y otras técnicas
milenarias orientales han sido asimiladas en Occidente en los últimos tiempos
por sus propiedades relajantes y equilibrantes, el canto gregoriano parecía
haberse redescubierto como panacea universal que pondría remedio al estrés
y a la falta de paz, sustituyendo al valium y otras pastillas tranquilizantes
, bastante más adictivas y peligrosas. Sin embargo, aquel "boom" no fue
eterno; en unos meses las ventas se estabilizaron y aquel álbum gregoriano
fue relegado al olvido en el estante más inaccesible de cada casa. La gente
continuó con su rutina de seguir gritando improperios en los atascos de las
grandes ciudades, corriendo frenética de un lugar para otro y sufriendo en
sus cuerpos las secuelas somáticas de su falta de felicidad.
Sin embargo, tras este bombardeo de reediciones y grabaciones de cantos de
monjes, muchos echaron en falta los cantos de las monjas. Incluso el disco
de las benedictinas de San Pelayo, conocidas cariñosamente como "las pelayas"
en Asturias, su tierra natal, pasó algo desapercibido. Y es que hasta en
esta materia tan espiritual parece haber un cierto talante machista, y son
más conocidos los cantos de los hombres que los de las mujeres. Este disco
del sello Arts a cargo del grupo I Cantori della Turrita, compuesto por
voces exclusivamente femeninas y dirigido por Eros Beltraminelli parece
querer remediar esta situación.
Es difícil comprender hoy el canto gregoriano fuera de su contexto, tal y
como fue concebido en sus inicios. Nuestras torpes mentes modernas tienen que
recordar una vez más que para la intelectualidad medieval no existía en el
arte o en el culto nada arbitrario. Si las catedrales, incluso la más humilde
iglesia, seguían en su planta y trazado una serie de proporciones
matemáticas o si el coro miraba al Este, por donde nace el Sol, y la entrada
principal al oeste o Poniente, guardando una orientación espacial concreta
no era solo por capricho. Al igual que el trivum se basaba en el lenguaje,
el quadrivium (Aritmética, Geometría, Música y Astronomía) se basaba en el
número, y nada se hacía sin seguir las reglas de estos saberes.
La regla de San Benito habla de siete oficios durante el día y uno por la
noche, separados por siete intervalos. El siete es un número sagrado, que
simboliza la unión del cielo y la tierra, de los tres miembros de la
Santísima Trinidad con los cuatro elementos (fuego, tierra, aire y agua).
También son siete las notas musicales, y la octava es la que repite el ciclo.
Más importante aún que los oficios era la celebración de la misa. En su
libro El canto gregoriano: su historia y sus misterios, Katharine W. Le Mée
establece una interesante comparación entre las partes de la misa y la
progresión de las notas en la escala. Antes de entrar en la iglesia, el
creyente se prepara, situándose en un estado de conciencia especial y
receptivo (el do inicial, el comienzo que inicia la progresión con
determinación). La primera parte de la misa, correspondiente al re de la
escala (nota que corre el peligro de perder su resolución volviendo al do),
era la misa de los catecúmenos (los que se educaban en la fe) y se subdivide
en el Introitus, el Kyrie eleison (plegaria repetida tres veces para pedir
misericordia al Señor), el Gloria (basado en el canto de los ángeles a los
pastores durante el nacimiento de Jesús) y la Colecta (plegaria del
celebrante dedicada a la fiesta correspondiente al día en el calendario
litúrgico). El mi, o tercera nota, vendría representado por las Lecturas de
la Palabra de Dios. Como respuestas, se entonaban el Graduale (entonado de
pie por el cantor desde las gradas que subían al altar), el Alleluia (canto
de alabanza) o el Tractus (que sustituía al Alleluia en días de penitencia) y
la Sequentia (himno que prolongaba el Alleluia en los días festivos). Tras
la lectura del Evangelio venían el sermón y el Credo (acto de afirmación de
la fe, una de las partes más importantes de la misa). Con esto se daba por
concluida la primera parte de la celebración y comenzaba la segunda, la misa
de los fieles. Observemos que el salto "de la fe", que aparece también en
las tradiciones griálicas, se produce en la nota fa, uno de los momentos
críticos de la escala. El Offertorium es pues uno de los momentos más
sagrados de la misa, entonado mientras las ofrendas se llevan hasta el altar.
La plegaria eucarística consistía en el Prefacio, cantado por el celebrante,
y el Sanctus, cantado por la congregación como puente hacia el Canon
(la parte más inmutable de la misa asociada a la nota sol, la más brillante
y gloriosa), leído en voz baja mientras el resto de la comunidad se mantiene
en respetuoso silencio. Tras el canon, la comunidad respondía con el Amen
(así sea) como gesto de aprobación. El ciclo de la Communio se asigna a la
nota la (menos triunfante que el do, continua ascendiendo casi
resignadamente), con el Pater Noster leído por el celebrante. El Agnus Dei
(petición de misericordia y de paz) corresponde a la nota si, otro punto
crítico en la progresión en la escala, que solo puede continuar merced a la
intervención de la gracia divina. La schola canta una breve Antiphona
adecuada al día y un salmo mientras los fieles reciben el pan y el vino. Y
de nuevo llegamos al do, pero con el doble de vibraciones por segundo que el
que teníamos al principio. El diácono o ayudante cantaba el Ite missa est
y los fieles respondían con el Deo gratias. El ciclo -la octava- se cierra.
Vistas a esta luz, las misas gregorianas a las que algunos acusan de
monotonía cambian totalmente.
El canto requiere una concentración especial para su emisión, y en este
sentido se asemeja al Yoga. Cualquier falta de atención a los sonidos o a la
respiración resultan audibles. El cantante, lejos de sentirse protagonista,
debe sumergirse en la humildad del anonimato, sintiéndose un instrumento de
la divinidad, como si el propio Dios cantara por su boca. El sonido debe ser
a un tiempo pleno y discreto, rico y sutil. El canto transforma, "afina", no
sólo al emisor, sino al receptor quien, tocado por la gracia de Dios,
resuena a la vibración como si de una cuerda tensada -por el fervor- se
tratase.
¿Serían éstas las reflexiones de todos los que compraron el famoso disco de
Silos? A buen seguro que los que hayan leído este artículo escucharán éste
desde una perspectiva distinta.
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