Obras sacras de Leopoldo I (1640-1705) en CPO, a cargo de Martin Haselböck

El emperador músico

           Leopoldo I era el segundo hijo de Fernando III y de Ana de España. Fernando, su hermano mayor, era el legítimo sucesor de su padre, pero después de su prematuro fallecimiento Leopoldo se convirtió en príncipe heredero. Fue coronado rey de Hungría y de Bohemia, y tras la muerte de su padre se convirtió en emperador. ¿Un golpe de suerte, una vuelta de la Rueda de la Fortuna? Dudo que el propio Leopoldo lo considerase así. Desde niño había sido educado para seguir una carrera eclesiástica bajo la tutela de un jesuita, y no para ser rey. Su formación académica incluía asignaturas como composición musical (posiblemente a cargo de Bertali y los Ebner, músicos de la corte) y el aprendizaje de las técnicas para tocar varios instrumentos, como la flauta, el violín y el clave. Leopoldo había recibido de su padre el talento y el amor por la música, y consiguió transmitir este amor a su hijo mayor, José I, la tercera generación de emperadores-compositores. Adoraba la caza y las actividades al aire libre, y como su educación había incidido especialmente en los valores espirituales e intelectuales, hablaba al menos cuatro idiomas, adoraba la poesía italiana y le preocupaban todos los asuntos religiosos. Sin embargo, según sus detractores, que le acusaban de falta de marcialidad y heroísmo, parecía menos interesado por la política y sus decisiones siempre estaban influenciadas por sus consejeros eclesiásticos. La política exterior fue particularmente conflictiva durante su reinado: hubo que asegurar las fronteras occidentales del imperio para impedir las invasiones francesas; los turcos, que asediaron Viena en 1683, no abandonaron Hungría y Transilvania hasta la paz de Karlowitz en 1699; su segundo hijo, el archiduque Carlos, nieto de Felipe IV, defendía su derecho al trono de España frente a Felipe, nieto de Luis XIV, por lo que hubo que intervenir en la Guerra de Sucesión española...Leopoldo, por otra parte, tuvo que contraer matrimonio tres veces para asegurar la descendencia. A pesar de todas estas "pérdidas de tiempo", el emperador fue un prolífico compositor y durante su reinado se produjo un florecimiento sin precedentes de la Hofkapelle: aquí se forjaron los talentos de Fux, Schmelzer, Kerll y Richter, que trabajaron junto a italianos de la talla de Draghi, Sances o el antes mencionado Bertali.

           A pesar de haberse ocupado de géneros tan diversos como las danzas, los madrigales, la ópera y el oratorio, las obras más bellas de Leopoldo I son, sin duda, sus composiciones sacras. Tenía una especial habilidad para cincelar la tristeza y el dolor mediante la música. Sin embargo, y hasta ahora, la industria discográfica no parecía preocupada por prestar la debida atención a su grabación y registro; sólo recuerdo un Regina Coeli en el primer volumen de las cantatas barrocas alemanas en Ricercar (RIC 034008). Martin Haselböck y la Wiener Academie nos ofrecen en este disco tres de sus más importantes composiciones: un motete para el Vienes de Dolores, con fuertes contrastes entre la homofonía de la primera parte y la polifonía de la segunda, un largo Miserere del salmo 50 con preciosas coloraturas para el bajo y un largo amén fugado para el coro, y las tres lecciones del oficio de tinieblas compuestas para el funeral de su segunda esposa, muerta tras tres años y medio de matrimonio, y que fueron interpretadas en el funeral del propio monarca y en el de su tercera esposa, fallecida posteriormente. En las tres obras predomina la tonalidad de do menor, asociada al dolor y al luto. Las voces empleadas son solo masculinas (soprano, alto, tenor y bajo), usando contratenores y falsetistas. El acompañamiento instrumental es bellísimo, muy rico y apropiado para la música fúnebre: violas de gamba, violines, cornetas mudas, trombones y órgano para apoyar las voces... Para que nos hagamos una idea de la calidad de los músicos que forman la Wiener Academie, solo diremos que el violín principal del conjunto es Gunar Letzbor. Conviene también destacar la magnífica labor del bajo-barítono Marcus Fink. Entre los momentos gloriosos del disco podemos señalar en el Sacrificium Deo spiritus contribulatus del Miserere el terceto de soprano, alto y bajo acompañado por la tiorba y el órgano, de indescriptible esplendor (hacia el minuto 21) y la solemne introducción instrumental de la primera lección.

           Desde el punto de vista musicológico, además, el aficionado encontrará las notas sumamente interesantes, con una completa guía de audición para cada obra, y algunas precisiones de Haselböck sobre el uso de las voces la y instrumentación empleada (el problema de lo que en la época era una violetta, por ejemplo).

           CPO 999567-2



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