Leopoldo I era el segundo hijo de Fernando III y de Ana de España. Fernando, su hermano mayor,
era el legítimo sucesor de su padre, pero después de su prematuro fallecimiento Leopoldo se
convirtió en príncipe heredero. Fue coronado rey de Hungría y de Bohemia, y tras la muerte de
su padre se convirtió en emperador. ¿Un golpe de suerte, una vuelta de la Rueda de la Fortuna?
Dudo que el propio Leopoldo lo considerase así. Desde niño había sido educado para seguir una
carrera eclesiástica bajo la tutela de un jesuita, y no para ser rey. Su formación académica
incluía asignaturas como composición musical (posiblemente a cargo de Bertali y los Ebner,
músicos de la corte) y el aprendizaje de las técnicas para tocar varios instrumentos, como la
flauta, el violín y el clave. Leopoldo había recibido de su padre el talento y el amor por la
música, y consiguió transmitir este amor a su hijo mayor, José I, la tercera generación de
emperadores-compositores. Adoraba la caza y las actividades al aire libre, y como su educación
había incidido especialmente en los valores espirituales e intelectuales, hablaba al menos
cuatro idiomas, adoraba la poesía italiana y le preocupaban todos los asuntos religiosos. Sin
embargo, según sus detractores, que le acusaban de falta de marcialidad y heroísmo, parecía
menos interesado por la política y sus decisiones siempre estaban influenciadas por sus
consejeros eclesiásticos. La política exterior fue particularmente conflictiva durante su
reinado: hubo que asegurar las fronteras occidentales del imperio para impedir las invasiones
francesas; los turcos, que asediaron Viena en 1683, no abandonaron Hungría y Transilvania hasta
la paz de Karlowitz en 1699; su segundo hijo, el archiduque Carlos, nieto de Felipe IV,
defendía su derecho al trono de España frente a Felipe, nieto de Luis XIV, por lo que hubo que
intervenir en la Guerra de Sucesión española...Leopoldo, por otra parte, tuvo que contraer
matrimonio tres veces para asegurar la descendencia. A pesar de todas estas "pérdidas de
tiempo", el emperador fue un prolífico compositor y durante su reinado se produjo un
florecimiento sin precedentes de la Hofkapelle: aquí se forjaron los talentos de Fux, Schmelzer,
Kerll y Richter, que trabajaron junto a italianos de la talla de Draghi, Sances o el antes
mencionado Bertali.
A pesar de haberse ocupado de géneros tan diversos como las danzas, los madrigales, la ópera y
el oratorio, las obras más bellas de Leopoldo I son, sin duda, sus composiciones sacras. Tenía
una especial habilidad para cincelar la tristeza y el dolor mediante la música. Sin embargo, y
hasta ahora, la industria discográfica no parecía preocupada por prestar la debida atención a
su grabación y registro; sólo recuerdo un Regina Coeli en el primer volumen de las cantatas
barrocas alemanas en Ricercar (RIC 034008). Martin Haselböck y la Wiener Academie nos ofrecen
en este disco tres de sus más importantes composiciones: un motete para el Vienes de Dolores,
con fuertes contrastes entre la homofonía de la primera parte y la polifonía de la segunda, un
largo Miserere del salmo 50 con preciosas coloraturas para el bajo y un largo amén fugado para
el coro, y las tres lecciones del oficio de tinieblas compuestas para el funeral de su segunda
esposa, muerta tras tres años y medio de matrimonio, y que fueron interpretadas en el funeral
del propio monarca y en el de su tercera esposa, fallecida posteriormente. En las tres obras
predomina la tonalidad de do menor, asociada al dolor y al luto. Las voces empleadas son solo
masculinas (soprano, alto, tenor y bajo), usando contratenores y falsetistas. El acompañamiento
instrumental es bellísimo, muy rico y apropiado para la música fúnebre: violas de gamba,
violines, cornetas mudas, trombones y órgano para apoyar las voces... Para que nos hagamos una
idea de la calidad de los músicos que forman la Wiener Academie, solo diremos que el violín
principal del conjunto es Gunar Letzbor. Conviene también destacar la magnífica labor del
bajo-barítono Marcus Fink. Entre los momentos gloriosos del disco podemos señalar en el
Sacrificium Deo spiritus contribulatus del Miserere el terceto de soprano, alto y bajo
acompañado por la tiorba y el órgano, de indescriptible esplendor (hacia el minuto 21) y la
solemne introducción instrumental de la primera lección.
Desde el punto de vista musicológico, además, el aficionado encontrará las notas sumamente
interesantes, con una completa guía de audición para cada obra, y algunas precisiones de
Haselböck sobre el uso de las voces la y instrumentación empleada (el problema de lo que en la
época era una violetta, por ejemplo).
CPO 999567-2
|