A mi amigo Manuel.
Como hombre, me resulta muy difícil comprender el inextricable mundo de la sensibilidad femenina. Lo cierto es que no sé decir exactamente por qué. Presiento que hay una parte intangible de la Naturaleza que se me escapa y de la que las mujeres que me rodean parecen percatarse con notable facilidad, y esto me fastidia. Creo que todas ellas son un poco "brujas". Desde mi perspectiva masculina estoy acostumbrado a ejercer mi mando sobre aquellas cosas que comprendo y que puedo explicar. Mis sentidos me permiten medir y evaluar las constantes del medio en el que me muevo, con el fin de penetrar, dominar, conquistar y poseer todo aquello que deseo, y la lógica me ayuda a predecir su evolución. Pero hoy, escuchando este disco, me he dado cuenta de que las "ellas", la otra mitad de la Humanidad, captan las exquisiteces de un orden universal que mis percepciones no podrían ni en mil años ni tan siquiera sugerirme. Creo incluso que por unos instantes me he sentido mujer. No, no piensen mal, olviden las groseras e ineludibles connotaciones sexuales. He vislumbrado los entresijos de su compleja realidad. Ellas te miran, y al tiempo que te desarman con sus ojos, reparan en el más mínimo de tus deseos. Saben lo que quieres, y cómo lo quieres. Esto es lo que las vuelve irresistibles. A veces me asusta este poder. Son capaces de destruir con una sonrisa y un parpadeo todo lo que mi ciencia ha creado. Obsesionado por mi afán dominador que ahora me parece absurdo, presa de mi habitual hiperactividad, he olvidado poder sutil que confiere el don de la observación y de la pausa. Ellas, sin embargo, parecen gozar de la cualidad de amar disolviéndose en el medio que habitan; aprenden por ósmosis lo que a mí me ha costado años de esfuerzo, y tienen la refinadísima capacidad de intuir en el aire vibraciones pretéritas que les explican el presente. Parecen conocer desde hace siglos todo lo que yo he aprehendido dificultosamente, horadando la materia con mis complicados aparatos y leyendo todas las ideas en forma de toneladas de papel que han caído bajo mis gafas. Tengo fama de buen orador y de gran conversador, pero envidio a veces esta capacidad femenina de comunicación no verbal que se transmite como la grafiosis de los olmos, a kilómetros de distancia y sin medio material aparente. Diríase que cada célula del bello sexo es una neurona de capacidad multiorgásmica que goza de secretos placeres -para mí inaprensibles- en el propio onanismo del aprendizaje a través de la fusión con el otro, perdiendo de alguna manera su propia identidad. Las mujeres no parecen tan preocupadas por afirmar su yo mediante las glorias del mundo y se enfrentan resueltamente y sin miedo a su cosmos interior, quizá porque para ellas el yo también son los otros.
Il viaggio de Lucrezia es el ejemplo perfecto que ilustra la tesis de este discurso tan largo como inútil, porque nadie que no se haya dado cuenta ya de lo que digo entenderá este comentario, y a los que ya lo saben no les ayudará leerlo. El disco es un aparentemente inocente recital de obras para arpa del renacimiento italiano. Incluye un total de 23 obras, a cual más bella, de Fabrizio Dentice, Luzzasco Luzzaschi, Giovan Leonardo dell'Arpa, Ascanio Mayone, Claudio Monteverdi, Pietro Paolo Raimondo, Giovanni Maria Trabacci, Jeronimus Kapsberger, Alessandro Piccinini, Girolamo Frescobaldi, Michelagnolo Galilei y algunas anónimas... Todos hombres, cuyos patronímicos han quedado grabados con letras de oro en la Historia de la Música, en una deliciosa interpretación al arpa doppia a cargo de una mujer.
Pero el detalle realmente original son las notas de Mara Galassi (la propia intérprete) y Diego Fratello. A través de los fríos datos históricos, han reconstruido unas hipotéticas cartas escritas a principios del siglo XVII por la arpista Lucrezia Urbana durante su viaje por diversas ciudades de Italia y dirigidas a su mecenas la Marquesa de Chiana. Y es a través de la lectura de estas cartas, cuya estructura y lenguaje imitan el de la época, como nos sentimos transportados allí. La serie Nouvelle Vision de Glossa siempre nos ofrece la música desde una óptica diferente, y en este caso concreto probablemente imposible en un proceso creativo si no hubiera por medio una mujer. Mientras oía el disco y leía las notas, he disfrutado voluptuosamente en solitario de deleites que nadie de mi siglo podrá compartir conmigo jamás: he visto el efecto del sfumato en el horizonte de los paisajes; he oído cantar en directo a Caterina Romana, muerta hace ya casi cuatrocientos años; he percibido los olores de cada centímetro cúbico del aire que respiraba Monteverdi y he asistido en el Teatro Ducal de Mantua a la primera representación en 1608 de su Arianna hoy casi completamente perdida, salvo el famoso lamento. Señores, he de confesar que, penetrado por el Renacimiento a través de esta grabación, poseído por la atmósfera de la Italia del Seicento, por unos momentos he sido mujer. Y a mucha honra.
GCD 921301
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