Dos nuevos títulos en el catálogo del sello Glossa: Obras de Marais (1656-1728) por Paolo Pandolfo, y obras para flauta de Dornel (c1685-?1756) por Wilbert Hazelzet.

El barroco francés en sus luces y sombras: el deleite y el tormento.
El deleite...

           ¿Fue Dornel un compositor secundario, autor de obras de carácter intrascendente? Quizá este disco de serenas y dulces piezas para flauta contribuirá a matizar esta generalizada opinión sobre quien ha tenido la desgracia de ser coetáneo de figuras de la categoría de Michel de la Barre, Hotteterre, Rameau, Campra, Charpentier, Chambonnières, Clérambault o los Couperin. Su música vocal, que desgraciadamente no se conserva, parece haber sido muy apreciada en su tiempo. Su obra para teclado, muy irregular, fue tenida en gran estima por la burguesía, tal vez por la facilidad de su ejecución, muy apta para los diletantes.

           Los salones del duque Philippe d’Orléans, quien se convertiría en regente de Francia a la muerte de Luis XIV, ofrecían una muestra del contraste entre el gusto aristocrático y el monárquico. El duque había recibido lecciones del propio Charpentier (formado en Italia) y favoreció la expansión del estilo musical italiano. De esa forma, y bajo su mecenazgo, lo que podía escucharse en París sin miedo a ser tildado de "traidor a la patria" era muy diferente de lo que se oía en la corte de Versalles. Dornel gozó de su protección, y esto se percibe en la variedad de las formas que se exhibe en su música, donde las suites como agrupaciones de movimientos de danzas (típicamente francesas) coexisten con las sonatas italianas, aunque se trata de sonatas híbridas: terminan con una chacona, pero fugada. Otra peculiaridad francesa es que en la designación de los movimientos aparecen a menudo dedicatorias a personalidades del momento (sobre todo musicales ) en lugar de indicaciones de tempi: De la Barre, Forqueray... Algunas son incluso alusiones crípticas de difícil descodificación, presumiblemente de personajes vinculados a la masonería, como se nos dice en el libreto de esta grabación.

           Se trata de una música luminosa, encantadora, deliciosa, aunque encadenada a las normas entonces vigentes, quizá sin grandes alardes de creatividad, similar al alegre -pero aprisionado- gorjeo procedente de la pajarera de un jardín, obras galantes sin grandes pretensiones, aptas para permitir el goce de nuestros sentidos sin llegar a conturbarlos, en las muy correctas interpretaciones de Hazelzet junto a Jacques Ogg, Jaap ter Linden y Brian Berryman.

GCD 920806

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...y el tormento

           Adoro los laberintos desde que era un niño. Bajo sus sugerentes imágenes subyace siempre la idea atávica del viaje iniciático que todo hombre debiera emprender a lo largo de su vida, en su eterna búsqueda del conocimiento.

           Hace unos meses recibí como regalo una hermosa fotografía del laberinto de Chartres. Se la enseñé orgullosamente, a modo de trofeo de caza, a un buen amigo que por aquellas fechas yacía en el lecho del dolor, forzado por la enfermedad a otorgarse a sí mismo más tiempo para cultivar la capacidad de observación del que probablemente nunca se hubiera atrevido a desear. Fue él quien me hizo notar que hay varios tipos de laberintos: unos poseen múltiples caminos, tan sólo uno de los cuales lleva al objetivo final, generalmente el centro; otros poseen un solo recorrido arrollado en múltiples circunvoluciones, a la manera de un cerebro o de un intestino, y es obligado pasar por todas y cada una de las vueltas para alcanzar el centro. Hay incluso un tercer tipo, el que vuelve siempre al punto de partida. (Para el lector interesado en estas reflexiones , recomiendo El libro de los laberintos de Paolo Santarcangeli en Siruela). Si no es mirándolo desde arriba, a vista de pájaro, no hay manera de saber cuál es el laberinto que nos ha tocado hasta que estamos dentro, rodeados por paredes más altas que nosotros, desconcertados, sin saber si el sendero escogido será el correcto, eligiendo la ruta al azar, quizá desesperados, dejándonos arrastrar por el instinto. ¿Puede el lector imaginar la traducción en música de tal sentimiento? Tal música existe: es Le Labyrinthe de Marin Marais. Sumido aún en estas meditaciones, llega a mis manos este nuevo disco (¿casualidad?) de Paolo Pandolfo con la colaboración de Mitzi Meyerson, Thomas Boysen, Juan Carlos de Mulder, Alba Fresno y Pedro Estevan , amén del recitador François Fauché, que interviene en la famosa Le Tableau de l’Operation de la Taille, detallada descripción de una operación quirúrgica de cálculos biliares. Pandolfo siempre había soñado con añadir a estas bellísimas obras para viola de gamba unos comentarios que despertasen la imaginación dormida del oyente. En sus notas destaca el paralelismo entre los laberintos los jardines de Versalles, el laberinto armónico de esta música y el propio laberinto de nuestro devenir existencial.. Pandolfo no se limita a tocar las obras de Marais; toma partido, argumenta una historia, radicaliza su versión. Su acertada meditación, traspasada a sus textos, casi poéticos, se funde así con su inflamada interpretación, realzándola. Una vez más nos fascinará el virtuosismo que nos anonadó en A solo (GCD 920403) y la asombrosa capacidad expresiva a la hora de hacer hablar a su instrumento, cuyo discurso resulta exquisito, glorioso, tempestuoso, arrebatador; jamás música alguna describió tan exactamente el pánico, la desolación , el miedo ante el inexorable avance del destino; el llanto, el agotamiento, el dolor lacerante que, como el bajo continuo, sirve paradójicamente de soporte a la melodía de nuestra existencia; la melancolía, la exasperante ansiedad, el terrible sentimiento de soledad interior, ese "Dios mío, si es que existes, ¿por qué me has abandonado?". Y también el agradecimiento, y la rabia por la autocompasión irrefrenablemente desbocada, y la alegría desbordante, capaz de destruir nuestros fantasmas interiores. Un disco de Marais diferente... aunque quizá sólo los que hemos tenido la oportunidad de besar a la Muerte seamos capaces de entender la desgarradora caricia destilada por la sutileza presente en cada una de sus notas. Mas, dejadme; la viola llora en mi salón. Me llama, me busca, me atisba, me besa, me espera... Debo partir. Todo yo soy dolor, todo yo soy esperanza.

           GCD 920404



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