Adoro los laberintos desde que era un niño. Bajo sus sugerentes imágenes subyace siempre la idea
atávica del viaje iniciático que todo hombre debiera emprender a lo largo de su vida, en su
eterna búsqueda del conocimiento.
Hace unos meses recibí como regalo una hermosa fotografía del laberinto de Chartres. Se la enseñé
orgullosamente, a modo de trofeo de caza, a un buen amigo que por aquellas fechas yacía en el
lecho del dolor, forzado por la enfermedad a otorgarse a sí mismo más tiempo para cultivar la
capacidad de observación del que probablemente nunca se hubiera atrevido a desear. Fue él quien
me hizo notar que hay varios tipos de laberintos: unos poseen múltiples caminos, tan sólo uno de
los cuales lleva al objetivo final, generalmente el centro; otros poseen un solo recorrido
arrollado en múltiples circunvoluciones, a la manera de un cerebro o de un intestino, y es
obligado pasar por todas y cada una de las vueltas para alcanzar el centro. Hay incluso un tercer
tipo, el que vuelve siempre al punto de partida. (Para el lector interesado en estas reflexiones
, recomiendo El libro de los laberintos de Paolo Santarcangeli en Siruela). Si no es
mirándolo desde arriba, a vista de pájaro, no hay manera de saber cuál es el laberinto que nos
ha tocado hasta que estamos dentro, rodeados por paredes más altas que nosotros, desconcertados,
sin saber si el sendero escogido será el correcto, eligiendo la ruta al azar, quizá desesperados,
dejándonos arrastrar por el instinto. ¿Puede el lector imaginar la traducción en música de tal
sentimiento? Tal música existe: es Le Labyrinthe de Marin Marais. Sumido aún en estas
meditaciones, llega a mis manos este nuevo disco (¿casualidad?) de Paolo Pandolfo con la
colaboración de Mitzi Meyerson, Thomas Boysen, Juan Carlos de Mulder, Alba Fresno y Pedro Estevan
, amén del recitador François Fauché, que interviene en la famosa Le Tableau de l’Operation de
la Taille, detallada descripción de una operación quirúrgica de cálculos biliares. Pandolfo
siempre había soñado con añadir a estas bellísimas obras para viola de gamba unos comentarios
que despertasen la imaginación dormida del oyente. En sus notas destaca el paralelismo entre los
laberintos los jardines de Versalles, el laberinto armónico de esta música y el propio laberinto
de nuestro devenir existencial.. Pandolfo no se limita a tocar las obras de Marais; toma partido,
argumenta una historia, radicaliza su versión. Su acertada meditación, traspasada a sus textos,
casi poéticos, se funde así con su inflamada interpretación, realzándola. Una vez más nos
fascinará el virtuosismo que nos anonadó en A solo (GCD 920403) y la asombrosa capacidad
expresiva a la hora de hacer hablar a su instrumento, cuyo discurso resulta exquisito, glorioso,
tempestuoso, arrebatador; jamás música alguna describió tan exactamente el pánico, la desolación
, el miedo ante el inexorable avance del destino; el llanto, el agotamiento, el dolor lacerante
que, como el bajo continuo, sirve paradójicamente de soporte a la melodía de nuestra existencia;
la melancolía, la exasperante ansiedad, el terrible sentimiento de soledad interior, ese "Dios
mío, si es que existes, ¿por qué me has abandonado?". Y también el agradecimiento, y la rabia
por la autocompasión irrefrenablemente desbocada, y la alegría desbordante, capaz de destruir
nuestros fantasmas interiores. Un disco de Marais diferente... aunque quizá sólo los que hemos
tenido la oportunidad de besar a la Muerte seamos capaces de entender la desgarradora caricia
destilada por la sutileza presente en cada una de sus notas. Mas, dejadme; la viola llora en mi
salón. Me llama, me busca, me atisba, me besa, me espera... Debo partir. Todo yo soy dolor, todo
yo soy esperanza.
GCD 920404
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