Probablemente, las celebraciones navideñas en la corte papal de Roma hacia 1700 no diferían
demasiado de las actuales. Esa curiosa costumbre que tenemos los seres humanos de celebrar los
acontecimientos trascendentes atiborrándonos de comida parece provenir de antaño. Al menos, la
aristocracia barroca estaba acostumbrada a la elegancia, el lujo y el refinamiento, y tenía el
buen gusto de acompañar sus banquetes con música bellamente elaborada e interpretada por
profesionales, en lugar de hacerlo con estridentes villancicos (canciones de villanos)
emitidos por la estentórea garganta de uno mismo en pleno paroxismo alcohólico.
Corría el año 1732, y para aquella ocasión el maestro de capilla del papa Clemente XII decidió
contratar a Porpora, al que encargó la realización de una cantata en italiano destinada a ser
interpretada en el lapso de tiempo entre Vísperas y Maitines de la noche de Navidad, según la
costumbre al uso, ante un nutrido grupo de cardenales y nobles invitados a una cena-concierto.
Los invitados a aquellos pantagruélicos ágapes disfrutaban de la música mientras degustaban,
entre otros manjares, las colosales figuras modeladas en mazapán que adornaban la mesa. Cada
figura representaba un hecho de la Historia de la Navidad. Los asistentes recibían en la
entrada una especie de folleto que revelaba el significado teológico de las suculentas obras
de arte comestibles que podían admirarse sobre el mantel, con lo que el deleite mientras daban
buena cuenta de las viandas era completo. Digamos de paso que a los pobres músicos también les
permitían comer (por ser Navidad), por supuesto en lugar aparte. Tras aquella ceremonia, y con
las primeras luces del alba, el Papa y los cardenales entonaban Maitines y a continuación se
celebraba la misa de Navidad.
El papa Benedicto XVI puso fin a 65 años de tradición en 1740 suspendiendo estas cenas. En
nuestros días se ha perdido en gran medida el profundo sentido religioso de esta fiesta, pero
continuamos zampando como cosacos. El avance desde los cultos animistas prehistóricos, visto
desde esta perspectiva, no parece muy significativo.
La cantata, inspirada en la historia de dos pastores, padre e hijo, a los que se anuncia el
nacimiento de Cristo, está poblada de detalles curiosos como el fugaz uso del salterio como
parte melódica principal acompañado por las cuerdas y bajo continuo en el adagio de la sinfonía
que introduce la primera parte. Este instrumento no vuelve a aparecer en toda la obra, y su uso
en esta peculiar manera no es muy frecuente en las composiciones de la época. Se aprecian
interesantes recursos tanto en la música como en el texto, tales como la repetición de la
palabra Clemente ( de clemencia ) en un juego de palabras que es un claro homenaje al Pontífice
elaborado por el propio Porpora en una estrofa creada por él mismo para el coro final. También
debemos fijarnos en el reparto del texto de una misma estrofa entre el coro y los solistas.
En esta obra comienza a notarse el progresivo dominio del recitativo acompañado u obbligato
para subrayar los momentos culminantes en detrimento de los recitativi secchi acompañados sólo
por el bajo continuo. Esta cantata es, por tanto, una muestra de la transición de estilos que
afectaría al posterior desarrollo de otros géneros cantados como la ópera.
La versión, a cargo del Allessandro Stradella Consort, bajo la dirección de Estevan Velardi,
cuenta con la presencia de Fabrizio Cipriani como primer violín, con sus siempre brillantes
intervenciones y a quien tantas veces hemos escuchado acompañando a Fabio Biondi, lo que es tan
sólo uno de los regalos que nos depara la audición de este compacto.
Bongiovanni GB 2181/82-2
|