Duodécima entrega de la serie "Cantatas barrocas alemanas" de RICERCAR, dedicada a Schütz (1585-1672)

Un luterano marcado por el estigma de la muerte

           Una amiga mía, muy aficionada a la música clásica, pero cuya personalidad dominante le hacía querer tener todo bajo su control, "atado y bien atado", me confesaba en cierta ocasión que su principal problema con la música antigua era distinguir a ciegas, tras una simple audición, quién puede ser el autor de una obra. Es relativamente sencillo reconocer el sello personal de Beethoven, Mozart o Wagner en cualquiera de sus partituras más representativas. Sin embargo, esto no resulta tan fácil en la mayoría de los autores prebarrocos. Se puede determinar la escuela, la nacionalidad, las influencias recibidas...pero incluso para un experto musicólogo puede resultar difícil una exacta determinación. Uno de los motivos de la posible confusión es la inmensa variedad de recursos estilísticos que un mismo compositor, en su afán investigador, podía utilizar a lo largo de su vida. Este es el caso de Heinrich Schütz (latinizado, Henricus Sagittarius). Escuchando las pocas obras que han sido grabadas en disco de la ingente producción sagitariana nos damos cuenta de la diversidad de estilos e influencias abarcadas.

           La vida de Schütz estuvo marcada por sus numerosos viajes, por los fallecimientos de sus seres más queridos (su maestro Gabrielli, su esposa, su cuñada, su suegro, su padre, su amigo Schein, su hija Eufrosina...) y por la cruel Guerra de los Treinta Años, cuyos efectos económicos se hicieron notar en Sajonia y especialmente en Dresde, donde trabajaba. Muchos músicos pasaron años sin cobrar, viviendo en la miseria. Quizá por esta razón su carácter de naturaleza inicialmente jovial manifestado en las numerosas características italianas de sus primeras obras fue mutando en sus obras de madurez hacia un estilo de síntesis propio, de tintes más oscuros.

           La Historia de la Resurrección data de 1623. La influencia del estilo italiano y su aprendizaje con Gabrielli es innegable. Aunque conserva rasgos tradicionales, ya que debía reemplazar a la música de su predecesor en Dresde, Antonio Scandello, combina elementos del tonus lectionis gregoriano con algunas características modernas que la acercan al recitado óperístico, como el bajo continuo o las indicaciones del compositor para una especie de puesta en escena, con algunos personajes visibles y otros ocultos. El Evangelista es un tenor que recita la narración en falso bordón con cuatro violas de gamba. El relato cobra vida en los diálogos. Las diversas intervenciones de los protagonistas se realizan como coros de diálogos agitados o, la mayoría de las veces en forma de dúos con bajo continuo; Cristo es un dúo de tenor y contratenor, enaltecido por las violas, cuya paz contrasta con la agitación del resto de las voces, María Magdalena un dúo de sopranos... Un mismo personaje, dos voces; estamos aún lejos de la ópera como género, aunque la que se considera la primera ópera alemana, Daphne (1627), hoy perdida, es de este mismo compositor, que dedicó todos sus esfuerzos a la voz humana y que jamás compuso una obra meramente instrumental.

           En Las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz, las soluciones aportadas para una obra similar son diferentes. Escrita unos veinte años más tarde, y mucho más compleja, la música es aparentemente más desnuda, pero más profunda. Las tonalidades son más sombrías, más propias de un autor que observa como desaparecen aquellos a los que ama. La simetría es exquisita. Hay una introducción coral que apela a la sensibilidad del oyente. La acción se desarrolla entre dos sinfonías instrumentales que marcan el comienzo y el final, y se termina con otro coro similar al inicial. El Evangelista está representado por cuatro voces distintas (como si fueran Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que cantan un texto refundido de los cuatro Evangelios unas veces a solo y otras, en los momentos álgidos, al unísono. Cristo es un tenor cuyas palabras son aureoladas y repetidas en eco por las violas, el ladrón de la derecha es un bajo y el de la izquierda un contratenor.

           Como en la mayoría de las obras de Schütz los textos son alemanes. Al contrario que en el latín, en alemán la acentuación va unida etimológicamente a la raíz de la palabra, y esto influye sin duda en el diferente concepto que la escuela germana tenía de la expresividad musical. Para Schütz, componer es insuflar el alma a la palabra mediante el sonido, es traducir en música el texto, que debe deleitar y conmover al unísono para que consiga el fin de instruir al oyente. Debió ser una delicia para los fieles de la época asistir a unos servicios religiosos en su propia lengua cuyos textos entendían para disfrutar al mismo tiempo de esta música sublime.

           Philippe Pierlot y el Ricercar Consort acarician estas obras impregnándolas del solemne dramatismo que requieren, interpretándolas con una absoluta transparencia en las texturas vocales y apartándose de esos efectos confusos a modo de "enjambre de moscas" tan comunes en otras agrupaciones y de los que el propio Schütz recomendaba huir. El discurso resulta etéreo, pero en ningún caso lejano. Una profunda carga emotiva nos hace recordar que estamos oyendo en las palabras del Evangelista la Pasión del Hijo de Dios, sí, pero hecho hombre.

           RICERCAR 206412



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