Cuando en 1723 el emperador Carlos VI decidió trasladar su corte a Viena, la floreciente
perspectiva que ofrecía hasta aquel momento la ciudad de Praga cambió de manera radical. Los
nobles y aristócratas que ayudaban a mantener a los numerosos músicos y orquestas abandonaron
sus castillos y palacios para seguir al emperador, y la increíble concentración de genio
musical que existía en Bohemia y Moravia se dispersó por toda Europa. Georg Benda se trasladó
a Gotha, mientras que su hermano Franz marchó a Berlín como maestro de capilla de Federico el
Grande. Richter y los Stamitz se desplazaron a Mannheim, Reicha alcanzó el éxito en París,
Myslivecek se fue a Nápoles...Tuma, como otros muchos artistas, escogió acompañar a Viena al
emperador y a su corte.
Tuma, perteneciente a una familia de organistas, fue tenor en la misma iglesia de Praga en la
que Cernohorsky fue maestro de capilla, por lo que se supone que recibió de él instrucción
musical. Fue un virtuoso de la viola de gamba y la tiorba. De hecho, intervino junto a S. L.
Weiss y Tartini -quien más tarde le presentó al noble Kinsky, que influyó notablemente en su
carrera profesional- en la representación de la ópera de Fux Constanza e Fortezza, escrita para
la coronación de Carlos VI como rey de Bohemia. Su traslado a Viena le proporcionó la ocasión
de estudiar contrapunto con Fux, así como italiano y francés.
Tuma es más conocido por su música instrumental, lo que no deja de resultar sorprendente si
tenemos en cuenta que casi el ochenta por ciento de su obra es vocal. Se le consideraba el
único compositor capaz de emular a Fux siguiendo fielmente sus principios, como prueba la
carta de recomendación de Kinsky. Fue muy popular en su tiempo ; Haydn y Mozart tuvieron
conocimiento de sus obras, dotadas de una especial solidez contrapuntística. Capaz de
comunicar a cada una de sus creaciones un cromatismo rayano en lo audaz, Tuma destaca por su
especial sensibilidad en el tratamiento de los textos. Sus misas están influenciadas por
Palestrina, pero sus obras tardías son más próximas a Caldara.
El disco esconde cuatro bellísimas obras tras su carátula, que reproduce una virgen de Tiépolo.
La primera es un Stabat Mater a 4 voces y bajo continuo que deleitará especialmente a los
coleccionistas del género, ya que era hasta ahora inédito, salvo fragmentos de la partitura
publicados en alguna tesis doctoral. Me temo que todavía tendremos que esperar bastante tiempo
hasta que a alguien se le ocurra la idea de grabar los otros cuatro Stabat Mater compuestos por
Tuma, así que mientras tanto podemos consolarnos con éste. Le siguen dos salmos, Cum invocarem
y In te Domine speravi, este último con un sobrecogedor dúo de trombones que precede al de
tenor y alto del In manus tuas comendo spiritum meum. La manera en la que Tuma expresa,
mediante un magistral empleo de las reglas de la armonía, cómo dos almas -unidas pero
diferentes, conservando su individualidad en la comunión de sus espíritus- se encomiendan sin
condiciones a la voluntad de Dios con la única protección de la fe, debería de ser escuchada
por todo mortal al menos una vez en la vida, como antídoto de las absurdas depresiones que nos
produce la vida diaria. Por último, un Miserere mei Deus, compuesto por encargo para la
emperatriz María Teresa, y que alcanza las cotas más altas de dramatismo en el Tibi soli
peccavi y en el Sacrificium Deo.
La calidad de Currende y Erik van Nevel está avalada por grabaciones como el Stabat Mater de
D. Scarlatti, la música para coro doble de G. Gabrieli y Willaert o la música sacra de
Cererols o De Wert. La pureza de sus voces, el puntual y discreto acompañamiento instrumental
que arropa al coro sin eclipsar su protagonismo y la delicada atención que dedican al
tratamiento de los matices más ocultos de la partitura convierten a este disco en una obra de
arte.
ACC95108D
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