De entre todos los hijos de Johann Sebastian Bach, la historia de Wilhelm Friedemann, su
primogénito, fruto de su primer matrimonio, es una de las más curiosas y, probablemente, una de
las más oscuras. Su madre, María Bárbara, murió cuando él contaba con tan sólo diez años de edad.
Año y medio más tarde, su padre se caso en segundas nupcias con Anna Magdalena. Se ha escrito
mucho sobre la posible influencia de estos acontecimientos en su infancia y en su madurez, que le
impidió desarrollar su prometedor talento y le condicionó a tener una vida inestable. Johann
Sebastian manifestó sus preferencias por su hijo mayor en múltiples detalles. El famoso
Clavier-Büchlein, que sirvió para el aprendizaje de todos sus hijos y alumnos y que es
casi un adelanto de El clave bien temperado está dedicado a él ; aunque demostró desde muy niño
unas magníficas dotes para los instrumentos de teclado, J. S. Bach no se conformaba con que
fuera un simple virtuoso, y le envió durante un año a estudiar violín con Graun. También se
ocupó de sus estudios universitarios de matemáticas, filosofía y leyes en Leipzig. Gracias a la
influencia de su padre consiguió un puesto como organista en Dresde, donde gozó de la amistad de
Goldberg, Weiss, Buffardin y los Hasse. Poco después consiguió una situación envidiable como
organista en Halle; ni siquiera se le hizo una prueba de ejecución. Acompañó a su padre a la
corte de Federico el Grande en el viaje cuya consecuencia fue la Ofrenda Musical. Al poco tiempo
murió Johann Sebastian, y comenzó el declive de Wilhelm Friedemann. Se casó a los 41 años, pero
sólo una hija sobrevivió más allá de la infancia. Su relación con sus superiores en Halle
se tensó hasta obligarle a abandonar su empleo. Sobrevivía dando clases particulares; tuvo que
vender las partituras manuscritas de su padre, de las que era el principal custodio y propietario
, y que se perdieron inexplicablemente. Murió de una enfermedad pulmonar, dejando a su viuda y su
hija en la miseria.
Se ha dicho que su estilo es oscilante e indeciso; no llegó a adoptar abiertamente las nuevas
tendencias, a la manera de su hermano Johann Christian, ni intentó fusionar éstas con la herencia
de su padre creando una síntesis personal y singular, como hizo Carl Philipp Emanuel. ¿Qué lugar
queda entonces para la música de el hijo favorito, tan prometedor en sus primeros años? Estas
polonesas desnudan el alma de un compositor dominado por la tempestad desatada de sus
sentimientos. Presentan contrastes intensos, desde la alegría más desbordante, generalmente
expresada en modo mayor (nº 1) hasta la actitud reflexiva ante el recuerdo melancólico de un
momento sombrío, en modo menor (nº 6, 10 y 12). Se ha intentado clasificar a Wilhelm Friedemann
entre los compositores prerrománticos en un momento en el que esta estética aún no había sido
"inventada". Estas obras presagian, desde luego, el nacimiento del romanticismo, y preparan el
camino para la llegada de Chopin o incluso Beethoven. Fueron escritas hacia 1765, pero
inexplicablemente no fueron publicadas hasta 1819; a lo largo del siglo XIX alcanzaron una gran
popularidad.
Conocía estas obras a través de la versión de Rousset al clave; en fortepiano resultan todavía
más desgarradoras, como si el instrumento expresara con dificultad, casi balbuceando, el
soterrado dolor que subyace entre algunas de las notas de los pasajes más tristes, mientras que
allí donde se manifiestan la jovialidad y las ganas de vivir lo hacen de manera casi tímida,
recelosa, como si la alegría fuera a extinguirse al proclamarla. Por otra parte, las fantasías
nos sumergen plenamente en la atmósfera de la sonata clásica. Harald Hoeren, que ha sido alumno
de K. Gilbert y de G. Leonhardt y cofundador de Trio y la Camerata Köln dota a estas páginas de
un colorido universo de matices que convierten a este compacto en una apetecible delicia.
CPO 999501-2
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