La mayor parte de los musicólogos estarían de acuerdo en suscribir la definición de oratorio
como composición musical extensa para coro, solistas y orquesta escrita sobre un libreto
religioso, que se interpreta habitualmente en una iglesia o en una sala de conciertos, pero
sin puesta en escena ni caracterización de los personajes, como ocurre en la ópera. (Por
supuesto, esta es una descripción de carácter muy general que no recoge composiciones como el
oratorio de tema profano, por ejemplo). El nombre del género proviene de los ejercicios
espirituales de la Congregazione dell' Oratorio de Roma, fundada hacia 1550 por San Felipe
Neri. Allí, los servicios religiosos se preparaban especialmente, como si de obras teatrales
se tratara, para mantener despierta la atención de los jóvenes, y se ejecutaban en el oratorio,
en lugar de en la iglesia parroquial. Habitualmente se admite que el primer oratorio fue La
rappresentazione di anima e di corpo (1600), de Cavalieri, que tenía una danza al final que
sí se solía representar, y era muy parecido en su forma a la que se considera la primera
ópera, la Euridice de Peri. De esta manera, la generalidad del corpus musicológico vigente
admite que dos géneros tan importantes como la ópera y el oratorio tuvieron su origen en
Italia. Sin ánimo de poner en duda tal aserto, la aparición de la grabación del Officium
Sancti Willibrordi es una excelente excusa para plantearnos algunas preguntas y hacer al
respecto algunas consideraciones.
El referido Officium es un conjunto de cantos para la liturgia de la fiesta de San Willibrord;
en realidad se trata de una biografía musical, cuyos textos provienen de la Vita Sancti
Willibrordi de Alcuino de York (c. 735- 804), consejero de Carlomagno y director de su famosa
escuela palatina. Willibrord fue un monje anglosajón, nacido en Northumbria en el año 658 de
padres cristianoconversos. En el 690 llegó al continente (cuenta la leyenda que con 11
acompañantes) con la intención de convertir a los frisones al cristianismo. Fue consagrado
obispo de Utretch, y fundó la abadía de Etchernach en tierras donadas por la abadesa Irmine.
Murió en el 739 y su tumba, como la de tantos otros, se convirtió en un lugar de peregrinaje.
El presente registro no incluye desde luego la totalidad del oficio, que hubiera requerido
varios compactos, lo que nos da una idea de la magnitud de la composición. La grabación
completa hubiera sido sin duda muy interesante, pero inasequible económicamente. Antes de
lanzarnos cual polifónica jauría a protestar por la concisión de esta selección, preguntémonos
honestamente cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a comprar un oficio gregoriano inédito
que ocupe una caja de 5 ó 6 discos. (Yo conozco a tres, y de los otros tres que ustedes conocen
alguno coincidirá con los míos, porque en esto de la melomanía somos siempre los mismos). La
obra, en la forma que ha llegado hasta nosotros, data, según los más recientes estudios, de
finales del siglo IX y proviene de la abadía de Echternach, por lo que pertenece al pasado
musical de Luxemburgo. En un momento histórico como aquel, en el que Carlomagno tanto había
deseado de la unidad religiosa de sus vastos dominios, comprendiendo la importancia de este
hecho para la unificación política, no es descabellado pensar que alguien concibiera, tras el
fallecimiento del Emperador y ante el desmoronamiento del imperio carolingio, la idea de
elaborar un oficio que eliminara definitivamente las molestas liturgias galicanas
preexistentes, con demasiadas variantes "subversivas", sustituyéndolas por el rito
romano-franco oficial, aprovechando para su difusión la tumba de un santo héroe local que
recibía peregrinos de las zonas limítrofes. La abadía llegó a contar con un importantísimo
scriptorium que algunos resultará familiar por ser la cuna de bellísimos manuscritos
iluminados como el Codex Aureus Escorialensis de Madrid.
Detengámonos ahora a pensar unos instantes: una composición musical extensa dedicada a un solo
tema, religioso además; representada en una iglesia sin puesta en escena... de acuerdo, sólo
tiene partes vocales, no hay acompañamiento de instrumentos (aunque, ¿qué son entonces las
bellísimas campanas de la abadía que aparecen en el último corte de esta grabación, de las que
nunca sabremos si sonaron así o no?); hay solistas, pero no es polifónica... A pesar de esto,
¿no se parece todo esto bastante a la definición de oratorio? Tal es el planteamiento que se
hace desde las notas que acompañan a esta grabación.
No queremos ni mucho menos practicar desde aquí el artero vicio de la demagogia. Cualquier
oficio medieval podría parecerse a un oratorio primigenio. Se trata de una obra inmersa en los
cánones del gregoriano, al más puro estilo de la liturgia romano-franca. Pero se trata de una
biografía de un santo, y todo en este mundo, hasta el primer oratorio italiano, tiene
antecedentes que no se deben perder de vista.
Los intérpretes, procedentes de Estonia, Francia y Luxemburgo, nos ofrecen una cuidada versión
con un tempo que puede resultar a primera vista algo rápido, y que intenta resaltar el carácter
narrativo de la obra.
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