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PWP » La
cascada
…Vale,
vale, sentía la necesidad de escribir
algo obsceno... Pero durante una semana más
o menos no pude encontrar el escenario adecuado.
Luego tuve un sueño muy... intenso,
en el que aparecía mi novia en la ducha.
Pensé... ¡qué gran idea
para una historia! :) Pero no había
duchas en la Antigua Grecia... así
que tuve que improvisar :)
Waterfall
(La cascada). Traducción del
Equipo Canalla de XenaFanfics.
Traducción y publicación autorizada
por la autora, Katelin B. Toda su obra, en
inglés, puede ser encontrada en Ausxip.
También puedes leer las críticas
de Lunacy a sus fanfics.
:: LA CASCADA
::
(WATERFALL)
De
Katelin B.
El amanecer se aproximaba
al pequeño claro junto al lago, iluminando
lentamente el cielo ante los atentos ojos
de Xena. Como de costumbre se había
despertado hacía ya rato y contemplaba
los cambios que se producían cada mañana,
cuando el mundo volvía a la vida. Los
pájaros gorjeaban en los árboles
y las ardillas correteaban arriba y abajo
por las ramas, sobre sus cabezas. Su aguzado
oído le reveló la presencia
de un ciervo pastando sobre la hierba, no
muy lejos de su campamento, y casi se sentía
la criatura más perezosa de todo el
bosque tumbada allí... hasta que escuchó
un suave ronquido proveniente de su derecha,
donde aún dormía Gabrielle,
agotada por la larga noche que habían
tenido.
"Vale,
la segunda más perezosa", admitió
la mente de Xena, consciente de que no tenía
ni la más mínima posibilidad
de vencer a la bardo en aquel tipo de duelo.
Aunque bien pensado, y dado lo exhausta que
se sentía, ese momento la pareció
perfecto para intentarlo. La princesa guerrera
observó a la hermosa mujer acurrucada
entre sus brazos con expresión pensativa,
dudando entre despertarla o dejarla dormir.
"No",
decidió finalmente al sentir un ligero
temblor en el cuerpo de Gabrielle, cubriendo
uno de sus hombros desnudos con la manta.
Sonrió cuando la bardo le acarició
el pecho con la nariz y suspiró satisfecha.
"¿Qué estará soñando?",
se preguntó Xena con una sonrisa furtiva,
recordando felizmente lo que habían
pasado en aquel lugar...
... —Xena,
¿no deberíamos buscar un sitio
para acampar? —inquirió Gabrielle
desde su posición al lado de Argo,
dejando entrever cierta fatiga en su voz—.
Está empezando a oscurecer.
Xena permaneció
callada un momento, pensando. Hubiera querido
cabalgar durante al menos una hora más,
pero era consciente de lo cansada que estaba
la bardo y por mucho que intentara convencerse
de lo contrario, Gabrielle era lo primero.
Siempre lo había sido y siempre lo
sería. —Tienes razón —contestó
finalmente, buscando un claro entre el denso
follaje que cubría el bosque.
Por un momento
creyó reconocer la zona, pero sacudió
la cabeza, refrenando a Argo para asegurarse.
"No", rogó en silencio, tratando
de ocultar su ansiedad. "Por favor...
aquí no". Su sospecha se vio confirmada
al descubrir un árbol de tronco bifurcado
justo delante de ellas, y en aquel momento
sólo deseó poder dar la vuelta
y regresar por donde habían venido.
El hecho
era que sí había un claro cerca,
aunque Xena habría hecho cualquier
cosa por evitarlo. "Lucharé desarmada
contra Gareth si es necesario", rogó
alzando la vista al cielo, preguntándose
si los Dioses se apiadarían de ella.
Esperó unos segundos y luego sonrió
con ironía. "No... no lo harán.
Supongo que tendré que disimular y
enfrentarme a esto", pensó. "Dioses,
va a ser la noche más dura de mi vida".
Aquel era
uno de los lugares más románticos
que Xena había visto nunca. Lo había
descubierto con Marcus muchos años
antes, pero tuvo que desplazar a su ejército
antes de que surgiera la oportunidad de que
ambos se quedaran solos. Ahora se enfrentaba
a ese mismo lugar en compañía
de alguien a quien sabía que amaba
más de lo que nunca había amado
a Marcus. Más de lo que nunca había
amado a nadie. Incluso aunque la destinataria
de ese amor no lo supiera.
Resignándose
por fin a lo inevitable, Xena espoleó
a Argo en los costados. —Por aquí,
Gabrielle.
"Respira,
Xena", se recordó a sí
misma con decisión. "Eres una
guerrera, por todos los dioses, puedes hacerlo.
Respira".
—¿Habías
estado aquí alguna vez? —preguntó
Gabrielle cuando pasaron junto al árbol
de dos troncos, abriéndose camino a
través de la espesa maleza. Entró
en el claro justo después de Xena y
se quedó clavada en el suelo, sin respiración,
con los ojos desmesuradamente abiertos. —Xena
—susurró—, es precioso.
—Sí.
—murmuró la guerrera mientras
desmontaba, comenzando enseguida a desatar
metódicamente los arreos de Argo—.
Precioso.
Gabrielle
no parecía haberla oído puesto
que tras una veloz carrera se encontraba ya
junto al lago, mirando fijamente el muro de
roca de la otra orilla. Por él descendía
una vaporosa cascada que reflejaba el sol
perfectamente y dibujaba un brillante arco
iris entre las gotas. Los cristales, formados
tras siglos de sedimentación, nacían
de las rocas a su alrededor atrapando la luz
del agua y refulgiendo de un modo casi mágico.
La bardo
sintió acumularse las lágrimas
en sus ojos ante semejante visión,
unida al gorjeo de los pájaros y el
pequeño grupo de mariposas que revoloteaban
justo sobre la superficie del agua. —Xena,
ven a ver la cascada —dijo rápidamente,
temiendo que el arco iris desapareciera si
se daba la vuelta.
—Ya
la he visto, Gabrielle —dijo enseguida
la guerrera, apresurándose para encender
el fuego y poder así empezar a cocinar.
Sin embargo, dejó de golpear el pedernal
al darse cuenta de que no tenían nada
para la cena, y la bardo probablemente querría
pescado. "Estupendo", pensó
con el ceño fruncido. "Desnuda
en el agua con Gabrielle y de todos los lugares
del mundo precisamente aquí. Que los
dioses me den fuerzas".
Xena había
acertado, como casi siempre, y ahora se encontraba
sumergida hasta los hombros en agua helada,
observando a Gabrielle chapotear no muy lejos
de ella. Un rato antes había atrapado
una trucha de tamaño considerable y
se había esmerado mucho en su preparación,
pero incapaz de retrasar más el momento,
admitió para sí que debía
lavarse el pelo. "Quizás el agua
fría me ayude", había pensado
esperanzada. Pero nada más lejos de
la realidad.
El estar
otra vez en el lago y ver a Gabrielle retozar
cerca de la cascada provocó que sus
ya endurecidos pezones comenzaran a doler,
puesto que el agua sólo había
logrado sensibilizar aún más
su cuerpo. "Será mejor que deje
mi pelo para otro momento y salga de aquí
antes de hacer algo de lo que luego me arrepienta",
se dijo a sí misma. De pronto, la voz
de Gabrielle hizo pedazos cualquier intención.
—Xena,
ven aquí —llamó la bardo—.
Tienes que ver esto. —Su voz estaba
tan llena de ilusión que Xena no pudo
evitar acercarse. No quería hacerlo,
pero tampoco se le ocurrió una buena
excusa, así que ascendió lentamente
la roca a la que estaba encaramada Gabrielle,
haciendo todo lo posible para que sus cuerpos
no se tocaran.
—No
veo nada, Gabrielle —afirmó tratando
de que su voz sonara normal, aunque sospechando
no haberlo logrado del todo.
—A
lo mejor no estás lo suficientemente
cerca —respondió la bardo, irguiéndose,
con el agua resbalando por su cuerpo desnudo—.
Espera, me bajaré para que puedas acercarte
más. —Justo cuando comenzaba
a rodear a Xena perdió pie y resbaló,
con un pequeño grito de sorpresa. Lo
único que la detuvo fueron los firmes
brazos de la guerrera, rodeándola de
inmediato, manteniendo sus cuerpos unidos
bajo aquella cascada.
Xena sintió
su abrazo intensificarse sobre la mujer a
medida que ésta perdía sujeción.
Llamaradas de deseo la desgarraron por dentro
mientras su desnudez continuaba en contacto
con ella, y sus ojos se encontraron. Sostenía
a la bardo por la cintura, y Gabrielle había
colocado sus manos por detrás de la
cabeza de Xena haciéndolas parecer,
a los ojos de cualquiera, dos amantes compartiendo
un momento íntimo.
—Gabrielle...
yo... —La voz de Xena falló al
sentir cómo su propia cabeza descendía,
abandonada por la razón ante la idea
de saborear los colmados labios que tenía
enfrente. Su mente le gritaba que aquello
era precisamente lo que llevaba tanto tiempo
tratando de evitar, pero quedó silenciada
bruscamente por otra parte de su cuerpo, que
iba adquiriendo fuerza con cada momento que
su piel permanecía en contacto con
la de la bardo.
Gabrielle
no dijo nada, pero centró su mirada
en la de Xena, con la cabeza inclinada hacia
arriba y la boca ligeramente abierta. Lenta,
muy lentamente, sus labios se unieron, con
suavidad, apenas rozándose al principio.
"¡¿¡Qué estoy
haciendo!?!", gritó la mente de
Xena. Su razón intentó una vez
más tomar el control y comenzó
a retirarse, hasta que advirtió un
quejido procedente de la garganta de Gabrielle.
Xena abrió
los ojos un instante, buscando los de la bardo.
No había forma posible de malinterpretar
el deseo y la lujuria escritos en aquellas
órbitas verdes, y la débil voz
de su razón quedó acallada definitivamente
por su corazón cuando se zambulló
en busca de un nuevo beso.
Xena sintió
cómo los labios que tenía debajo
se abrían en un suspiro, lo que disparó
una oleada de calor directa a su centro. Levantó
a Gabrielle hasta que quedaron a la misma
altura, gimió débilmente al
sentir que las piernas de la bardo se enrollaban
sobre sus caderas y hundió su lengua
en la boca que se le ofrecía, explorando
cada uno de los nuevos sabores que había
deseado durante tanto tiempo. Sintió
a la pelirroja ceñir los brazos alrededor
de su cuello y se lanzó en un duelo
apasionado contra su lengua dejándola
viajar entre ellas una y otra vez.
Xena equilibró
con cuidado sus dos cuerpos empujando la espalda
de Gabrielle contra la pulida piedra del acantilado
para poder tocarla libremente con las manos.
Sin perder en ningún momento el contacto
con su suculenta boca, Xena las deslizó
entre sus cuerpos humedecidos para cubrir
los pechos de Gabrielle, masajeando suavemente
sus pezones, duros como rocas entre sus dedos.
Aquella
suave presión envió a la bardo
una chispa de tenue y placentero calor directa
a su centro, arrancando de su garganta un
gemido gutural que fue engullido inmediatamente
por la boca de Xena. Cada pequeña zona
que tocaba la guerrera le devolvía
una deliciosa sensación, como si estuviera
en llamas. "Dioses, ¿por qué
he esperado tanto tiempo para hacer esto?",
reflexionó fugazmente justo antes de
que las manos de Xena comenzaran a descender
aún más y silenciaran cualquier
pensamiento coherente.
Gabrielle
gimió profundamente dentro de la boca
de Xena al sentir las poderosas manos de la
guerrera apretar con firmeza sus nalgas. Saboreó
a su vez la respuesta de Xena mientras el
agua se precipitaba sobre ellas, rodeándolas,
y cerró sus labios alrededor de la
lengua de la mujer, succionándola con
lentitud. La bardo sintió estremecerse
el cuerpo de Xena y enredó sus dedos
en aquel intenso pelo negro, aferrándolo
con fuerza.
De pronto,
los labios de Gabrielle no encontraron otra
cosa que el vacío. Los abrió
y jadeó en busca de aire mientras la
boca de Xena viajaba hacia su garganta. Los
dientes de la guerrera pellizcaron la curva
en que se unían su cuello y su hombro,
provocándole nuevas ráfagas
de placer.
—Oh,
Xena —gimió Gabrielle con voz
cavernosa atrayendo el cuerpo de la guerrera
más hacia el suyo, haciéndolo
resbalar uno contra otro. El insistente palpitar
entre sus piernas estaba convirtiéndose
en algo insoportable, y cuando estaba a punto
de revelar esa frustrada necesidad unos largos
dedos encontraron el mayor de sus secretos.
Gabrielle
gritó en puro éxtasis cuando
las inquisitivas manos de Xena se empaparon
con la prueba de su deseo, separando los pliegues
resbaladizos por algo más que el agua,
y presionando hacia el interior. Meciendo
sus caderas de forma inconsciente contra la
pelvis de la guerrera, Gabrielle se abrió
más, enlazando sus piernas sobre la
cintura de Xena, confiando en que ella las
mantendría a ambas en equilibrio sobre
las resbaladizas rocas.
Xena devolvió
un pequeño gemido de placer al sentir
la esencia femenina de Gabrielle, resbaladiza
y dilatada, bajo las yemas de sus dedos. Ya
desde el primer contacto sus pliegues se abrieron
como los pétalos de una flor. La abundancia
de fluidos le facilitaba el acceso hasta convertirlo
en un movimiento perfecto. El interior de
Gabrielle, casi nunca explorado, era de una
plenitud enloquecedora, y Xena sintió
una chispa de deseo recorriéndola de
arriba abajo cuando las paredes se cerraron
sobre sus dedos, atrapándolos firmemente.
—Dioses,
Gabrielle —susurró Xena con voz
ronca contra la garganta de la bardo, concentrada
en mantener un ritmo estable, extrayendo los
dedos casi en su totalidad antes de volver
a enterrarlos fácilmente, una y otra
vez, gracias a la abundante cantidad de fluidos—.
Estás tan húmeda...
La boca
de Gabrielle estaba abierta aunque ni un solo
sonido salía de su garganta, ante la
voz de Xena, tratando de impulsar sus caderas
hacia abajo con cada suave acometida de los
dedos de la guerrera en su interior. Xena
pareció comprender los movimientos
de su cuerpo porque, tras unos instantes,
la velocidad y el impulso de sus caricias
aumentó, tocándola cada vez
más profundamente.
—Unh....
Xena.... más fuerte —gimió
Gabrielle, moviendo sus caderas con descaro
y sin ningún control al tiempo que
los dedos arremetían contra su centro,
aumentando el placer. Hizo retroceder sus
manos, enlazadas aún en el cabello
de la guerrera, para apartar su cabeza y contemplar
una vez más aquellos ojos, tan azules
como todo un océano. Sus músculos
se tensaron e intentó transmitir todo
el amor que sentía por ella en un momento,
cuando sus miradas se cruzaron, antes de fundir
sus bocas en un ardiente beso.
Xena supo
que Gabrielle se encontraba al borde del abismo,
a punto de caer, en el momento en que su cuerpo
se puso rígido. Advirtió las
sensaciones de la bardo reflejadas en sus
ojos y sintió cómo un amor ciego
comprimía su corazón al mismo
tiempo que compartían ese último
beso, antes de que la furiosa tormenta arremetiera
contra la mujer que tenía entre sus
brazos.
—Oh...
oh... ¡sí!... ¡Xena!...
¡¡XENA!! —Los labios de
Gabrielle se abrieron bajo los de Xena cuando
empezó el orgasmo, gritando y sollozando
cada descarga contra su garganta. Espasmos
y sacudidas atravesaron su pequeño
cuerpo, apresado entre la roca y la firme
figura de la guerrera, ondeando y latiendo
en su interior, alrededor de sus dedos mientras
la poseía.
Xena siguió
penetrando a Gabrielle hasta que las oleadas
de placer se debilitaron, ralentizándose
hasta desaparecer, pero mantuvo sus dedos
anidados profundamente en aquel ardiente núcleo
de cálida humedad. Cerró los
ojos, saboreando todavía los leves
ecos que sacudían el cuerpo de la joven
y cómo éstos la hacían
rozarse contra ella. Gemidos sordos surgían
de su garganta mientras se aferraba a la guerrera,
con la cara enterrada en su hombro y abrazada
fuertemente a su cuello...
...Xena
sonrió con dulzura al recordar el descenso
de ambas hasta las entonces ya cálidas
aguas, cómo había acariciado
delicadamente la espalda de Gabrielle hasta
hacerla volver en sí y cómo
la bardo la había mirado a través
de sus ojos entreabiertos y adormecidos. Finalmente
consiguieron llegar a la orilla, donde el
fuego de campamento había reducido
su cena a un carbonizado montón de
ceniza sobre el improvisado asador hacía
tiempo.
Gabrielle
se había entregado ávidamente
a devolver el obsequio que Xena le había
entregado bajo la cascada, llevando a la guerrera
a un demoledor clímax junto a la hoguera.
Las dos mujeres se habían tocado y
besado, lamido y acariciado mutuamente, agitándose
y retorciéndose sobre las pieles, y
deteniéndose sólo cuando ninguna
pudo continuar debido a la extenuación.
Susurraron
palabras y promesas de amor eterno que acompañaron
el crepitar del fuego antes de que el sueño
las reclamara por fin, envueltas en una maraña
de mantas con sus cuerpos saciados y empapados
en sudor.
Xena suspiró
al evocar esos recuerdos y rió entre
dientes al recordar también la confesión
que Gabrielle le había hecho justo
antes de quedarse dormidas. No había
nada en aquella cascada que la bardo quisiera
enseñarle y nunca había resbalado
sobre las rocas. Todo formaba parte de un
plan concebido mientras ella pescaba y preparaba
la cena. Un plan perfecto, hasta el más
mínimo detalle.
"Bien
hecho, mi amor", pensó Xena al
tiempo que besaba suavemente la cabeza de
la bardo, saboreando el pequeño susurro
que aquello hizo surgir de su garganta. "Y
muy astuto. Realmente astuto. Creo que te
he subestimado". Xena dejó que
sus ojos se cerraran cuando el sueño
la envolvió de nuevo y que los tranquilos
sonidos del bosque la arrullaran hasta volverse
a dormir. Sus últimos pensamientos
fueron acerca de cómo compensar a su
amante cuando despertara.
Mientras
el sol ascendía sobre las copas de
los árboles, dos trémulas luces
revolotearon encima de los durmientes cuerpos
de las amantes. El eco de sus voces apenas
era audible.
—Un
golpe maestro, madre.
—¡Por
supuesto! ¿Acaso esperabas otra cosa,
Cupido?
—Bueno...
no has estado muy inspirada últimamente.
—¡Qué
remedio! No es culpa mía que tu Padre
me echara por tierra lo de Hércules
e Iolaus.
—Ya
deberías saber que no hay que jugar
con el ojito derecho de Zeus.
—No
seas tan derrotista, Cupido. Aún no
he acabado con esos dos.
—Como
quieras, pero yo me marcho. Tengo lugares
y personas que visitar.
—Sí,
lo mismo digo.
Las brillantes
luces se desvanecieron y las amantes se quedaron
solas otra vez, acurrucadas bajo la cálida
luz del sol, soñando con las posibilidades
de los días que aún estaban
por llegar.
Fin
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