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Esta historia ha sido traducida íntegramente por el Equipo Canalla de Xenafanfics, y cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en español en internet.

Si quieres dar tu opinión sobre la misma, hacer algún comentario o recibir información sobre las actividades de nuestro grupo de traducción de fanficción de «Xena Warrior Princess», escribe un e-mail a: xenafanfics@hotmail.com

Descargo #1: Universal/MCA tiene los derechos de Xena, Gabrielle, Argo y todos los demás. Yo sólo los he tomado prestados un rato. Si quieres publicar este relato en tu página, sólo te pido que lo hagas íntegramente y que me avises por e-mail a IQ139@aol.com

Descargo #2: Esta historia contiene extensas, muy extensas escenas de dos mujeres haciendo el amor. Si eso te ofende, ¡¡¡No la leas!!! Si aun así lo haces, considérate advertida/o.

Nota de la autora: Esta historia tiene muy poca trama. Básicamente trata de Xena, Gabrielle y sexo. No hay temas de defensa social en ella. Nadie lucha, muere ni sufre el pinzamiento de Xena. Dicho esto, divertíos.

Último aviso: De acuerdo con Lunacy, esta historia no debería ser leída durante el trabajo.

:: EL ESPECTÁCULO ::
(THE SHOW)

Por B L Miller

Casi se dieron de bruces con las afueras de una pequeña aldea. Era el primer indicio de civilización que habían visto en casi un cuarto de luna.

—Dioses, espero que haya una taberna. —Gimió Gabrielle. Su estómago reafirmó sus palabras. Toda su ropa limpia se había acabado hacía tres días. El bosque y el río rendían poco, incluso para Xena, la poderosa guerrera; y su frustración sólo añadía tensión al sofocante sol veraniego. No podían avanzar ni siquiera durante una marca de vela sin acabar bañadas en sudor. Sus odres de agua no tardaban en agotarse, aunque ambas mujeres intentaban usarlos lo menos posible. Llevaba tiempo salir del camino y rellenar las pieles, un tiempo que ninguna de ellas deseaba perder. Hacía más fresco en el norte, y cuanto antes llegaran allí, mejor. El calor no ayudaba precisamente a mejorar los crispados nervios de ninguna de las dos, y las discusiones sólo acrecentaban la tensión. Ambas necesitaban un lugar donde descansar y relajarse durante unos cuantos días.

—Parece un poblado bastante nuevo. —Observó Xena mientras desmontaba.— ¿Estarás bien? —A Xena no le gustaba enviar a Gabrielle sola a una aldea desconocida, pero ambas convinieron que eso era mejor que entrar con Xena. Aún había mucha gente que guardaba malos recuerdos de la guerrera. A veces era mejor evitar completamente una aldea ante el riesgo de provocar una batalla innecesaria. Ya habían muerto bastantes a manos suyas.

—Todo irá bien, Xena. No te preocupes. —Gabrielle ya se había acostumbrado a ese modo de entrar en los poblados. Siempre se adelantaba y se dirigía a la posada con el aspecto más amigable que podía encontrar. Hablaría entonces con el dueño y se haría una idea de la actitud del local hacia su amiga. Allanarle el camino era una de las cosas que Gabrielle hacía sin problemas. Llegaba a la aldea, cayado en mano. Era hábil con su cayado y lo sabía. Sonrió al recordar su último entrenamiento con Xena. Había conseguido golpear a la guerrera en pleno trasero, lo cual sorprendió a ambas. Sólo era una cosa más de las que hacía con gusto para ayudar a Xena. A medida que habían permanecido juntas, había pasado de ser alguien totalmente indefenso a poder valerse por sí misma. Sabía que esa era una de las razones por las que Xena le dejaba entrar primero en las aldeas.

Tras un rápido vistazo, Gabrielle encontró una pequeña y confortable taberna que le gustó. Pidió una copa de vino y se sentó en la barra, entablando una frívola conversación con el camarero. Unas cuantas preguntas rápidas de la bardo rebelaron que no habría problemas con Xena. Se informó de la posibilidad de adquirir una habitación para ellas y un lugar para Argo. Tras varios minutos de regateo, otro de sus talentos por el que Xena le estaba agradecida, llegaron a un trato beneficioso para ambos. Gabrielle pagó al exasperado camarero y salió en busca de Xena.

Tras acomodar a Argo y llevar sus cosas a la habitación, Xena se unió a Gabrielle en una pequeña mesa cerca del fondo de la espaciosa y sencilla estancia, sonriéndole para demostrarle su aprobación hacia el sitio que había elegido. Contaban con una excelente vista del cuarto, algo que Xena prefería tener controlado. La cena ya estaba servida, junto con un vaso y una jarra de oporto.

—Supuse que querrías uno. —dijo Gabrielle mientras alcanzaba el vino.

—Gracias. —Xena sonrió y se hizo con la jarra. Hacía una semana desde la última vez que lo había probado, así que tomó un gran trago. Un segundo después, sus mejillas se hincharon mientras trataba de no escupir el contenido.

—¿Estás bien? —preguntó Gabrielle al ver los ojos de Xena abrirse desmesuradamente. La guerrera tragó varias veces antes de que sus mejillas volvieran a su tamaño normal.

—Oh dioses, es horrible. —Xena se llevó la mano a la boca. Se incorporó un poco y alcanzó el vaso de Gabrielle, bebiéndose la mitad del vino para deshacerse del sabor que el oporto le había dejado en el paladar.

—Déjame un poco. —dijo Gabrielle recuperando su vaso.— ¿Estaba demasiado fuerte? —nunca había visto a Xena reaccionar ante el oporto de ese modo, por muy malo que fuera.

—Estaba asqueroso. No sabía como ningún oporto que yo haya probado. —Xena dirigió de nuevo la atención hacia la comida.— Espero que esto sí sepa tan bien como aparenta. —Tomó una cucharada de estofado, se detuvo a medias de masticar, miró a Gabrielle, con una expresión igual a la suya en la cara, y se obligó a tragar.

—Por los Dioses, qué asco. —exclamó Gabrielle.— Está todo recocido. Caliente, pero eso es todo. ¿Qué imbécil aquí se hace llamar cocinero? —dijo estas últimas palabras en voz alta, captando la atención de todo el mundo sobre ellas. Xena le dirigió una mirada asesina, pero Gabrielle se la devolvió desafiándola. Un hombre bajo y rechoncho salió como una exhalación de la cocina, limpiándose las manos en su grasiento delantal.— ¿Eres tú el cocinero? —le espetó Gabrielle mientras se aproximaba. Luego se levantó y le miró.

—Soy yo. —contestó el hombre con furia, sin prestar atención a la compañera de la amazona.— ¿Te atreves a quejarte de mi comida?

—Me atrevo a quejarme de tu… —su mente de bardo intentó dar con la palabra adecuada.— Bazofia. Sí, eso es. Tu bazofia. Aunque no creo que quisiera alimentar con esto a los cerdos, podrían ofenderse. —El cocinero fue cambiando de color a medida que su presión sanguínea se elevaba.

—Si crees que puedes hacerlo mejor, mocosa, estás en tu casa. —Y dirigió su brazo hacia la cocina.

—Por supuesto que puedo. Pero no voy a prodigar mis servicios gratis. —Gabrielle, siempre por delante en agilidad mental, vio la oportunidad de ahorrar algunos dinares.— Prepararé algo que la gente estará encantada de comer, —sonrió al ver caer la mandíbula del hombre— y tú nos proveerás con una bolsa de avena para nuestro caballo, y esta cena gratis.

—¿Eso es todo? —parecía increíblemente aliviado. ¿Todo lo que querían era una cena y un poco de avena? Fantástico.— Trato hecho.

—Volveré en unos minutos. —dijo Gabrielle, mirando a Xena. La guerrera rió por lo bajo y le despidió con la mano.

—Intenta no meterte en líos, Gabrielle.

—¿Quién, yo? —Lanzó una rápida sonrisa a la guerrera mientras entraba en la cocina.

Una vez dentro, descubrió porqué la comida estaba tan sosa. Sobre la estufa hervían dos enormes ollas, rebosantes de comida para la jornada.

—¿La haces cocer todo el día?

—Así se mantiene caliente. —afirmó el cocinero.

—Aún está cociendo. —dijo Gabrielle, mirando al hombre con incredulidad.— Para cuando la gente lo pide, ya es una masa irreconocible. Además, ¿no te lleva demasiado tiempo guisar la comida en ollas tan grandes? —Colocó varias patatas sobre la mesa y empezó a cortarlas. El cocinero se acercó para ayudar.

—Sí, así es. Tengo que empezar a primera hora de la mañana para tenerla lista cuando la muchedumbre llega casi al atardecer.

—Si utilizaras ollas más pequeñas, tardarías menos y la comida no quedaría tan recocida. —Sacó un puchero más pequeño y metió las patatas en él. Luego añadió agua y lo depositó sobre el fuego.

—Ya supongo, pero ¿y si recibo demasiados pedidos? ¿Cómo los atiendo todos al tiempo? —Agarró las zanahorias que ella le tendía y comenzó a cortarlas.

—Bueno, simplemente pon unas cuantas ollas más antes de que se te echen las prisas encima. —Ambos continuaron con la conversación, intercambiando ingredientes e ideas mientras la comida se hacía. Al final, el generoso camarero les concedió también el alojamiento gratis.

Justo antes de irse, Xena se detuvo para preguntar al camarero si había otras aldeas por las que tendrían que pasar.

—Hay un poblado nuevo camino arriba, a tres días de aquí. —Pensó en ello un momento, llevando su mirada de Xena a Gabrielle una y otra vez.— Puede que os guste aquello. —añadió. Xena le dio las gracias, y luego se marcharon.

Llegaron a la aldea sobre el mediodía, como siempre, Xena esperó a que Gabrielle entrara y allanara el camino. Ella por su parte aprovechó ese rato para atender a Argo. Gabrielle entró en la ciudad e inmediatamente se dio cuenta de la diferencia con respecto a las pequeñas aldeas que solían visitar. No vio ningún hombre allí. Reconoció a algunas mujeres con atuendo de amazonas, otras parecían guerreras y otras simples ciudadanas. Se introdujo en una pequeña taberna y pidió algo de beber.

—¿Tienes alguna habitación para alquilar? —preguntó a la tabernera tras asegurarse de que Xena no tendría problemas en el establecimiento.

—Podría encontrarte una gratis, preciosa. —La mujer lanzó a Gabrielle una sonrisa lasciva, que dejó al descubierto la falta de algunos de sus dientes.— Justo al lado de la mía. —El brazo de la camarera salió disparado y agarró a Gabrielle por la muñeca, y ésta utilizó su cayado para golpearla en la cabeza.

—¡Zorra! —gruñó la mujer mientras se llevaba la mano a la frente para comprobar si sangraba. Gabrielle retrocedió para ganar terreno en caso de tener que utilizar de nuevo su arma. La mujer saltó por encima de la barra y se encaró con Gabrielle con intención de pelear. Tenía una fea daga en la mano izquierda. Gabrielle se puso a la defensiva, preparándose para rechazarla.

—Deberías aprender a tener las manos quietas. —siseó Gabrielle mientras trazaban círculos una alrededor de la otra.— No todas las mujeres tienen que sucumbir a tus encantos.

—Eres terriblemente bajita para ser una amazona. —se burló la camarera.

—¡No lo soy! —exclamó Gabrielle.— ¿Desde cuándo se requiere un mínimo de altura para ser amazona? —Su cara enrojeció a medida que hablaba.— ¡Si soy lo suficientemente alta como para ser Reina, entonces también puedo ser amazona! —Todo el mundo enmudeció. La camarera retrocedió un paso y miró a la bardo con incredulidad. Entonces Gabrielle se dio cuenta del error que había cometido. ¿Cuántas veces le había dicho Xena que mantuviese esa información en secreto cuando entraban en una ciudad nueva? Simplemente no podía creer que algún señor de la guerra la tomase como objetivo. Xena le advertía constantemente acerca del tipo de rescate que podría ser demandado por una reina a la nación amazona.

—¿Eres Gabrielle? —preguntó la camarera con voz respetuosa. La bardo se irguió completamente, tanto como le fue posible, y respondió con el tono más autoritario que pudo encontrar.

—Sí, lo soy. —La camarera bajó su arma y se inclinó ligeramente ante las palabras de Gabrielle.

—Te pido disculpas. No sabía quién eras.

—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Podrías golpearme si no fuera reina? —La indignación de Gabrielle le impidió darse cuenta de la fácil salida que le era ofrecida.

—No me refiero a eso. Debí haberlo supuesto cuando mencionaste a Xena. No quiero problemas.

—¿Por qué ibas a tener problemas con Xena? Ya no es un señor de la guerra.

—Lo sé, he oído alguna de vuestras historias. Pero todavía es alguien a quien no quiero tener como enemiga. Por favor, dile que no quería ofenderte

—¿Decírselo? —La voz de la bardo se elevó una octava.— ¿Por qué debería importarle si me golpeas o no? Es a mí a quien deberías pedir perdón.

—Mira, nunca habría intentado nada si hubiera sabido quién eres, lo juro.

—¿Porque soy una reina?

—Por a quién perteneces. No suelo perseguir a las mujeres de otros. No es bueno para el negocio. —Gabrielle dejó a esas palabras tomar todo su sentido.— Piensa que Xena y yo somos amantes —, meditó la bardo. Mirando a su alrededor, descubrió a varias mujeres de apariencia guerrera. Tal vez dejar que pensaran que era de Xena no fuese una idea tan mala.— Mira, me llamo Diana. Tengo habitaciones para alquilar, y son confortables. ¿Qué te parece si te hago una rebaja en el precio? —El talento natural de Gabrielle para regatear se puso en alerta.

—Añade un establo para nuestro caballo.

—Hecho. —Diana suspiró cuando vio a la amazona marcharse. No había visto una mujer como esa en años. Lástima que estuviera ocupada.

Xena se mostró complacida al oír que Gabrielle había conseguido un buen trato por una habitación y un lugar para Argo, y más aún con las características del pueblo. Había visto otros como ése, pero estaban muy alejados unos de otros. Excepto los de la Isla de Lesbos y Amazonia, el resto habían acabado por desintegrarse. Sería agradable entrar en una taberna y que no te noqueara el olor de hombres que no se habían lavado en semanas. Tampoco estaría mal del todo echar una miradita a algunas de las ocupantes más atractivas de la aldea, pensó. Sus sentimientos por Gabrielle eran profundos, pero era consciente de que su compañera no estaba interesada en ella en ese aspecto. Hacía mucho que no disfrutaba de la compañía de otra mujer. Tal vez pudiera encontrar algo de diversión en esta parada. Gabrielle no tenía ni idea de lo que había detrás de la media sonrisa que la guerrera lució durante todo el camino hacia la aldea.

Una vez allí, Diana las acomodó en una mesa al fondo del salón y les llevó algo de beber. Gabrielle pidió la cena y se recostó en su silla. Descubrió entonces un escenario improvisado en la esquina opuesta.

—Xena mira, hay un escenario. Tal vez pueda conseguir unos cuantos dinares extra mientras estamos aquí.

—Si te apetece, Gabrielle… Necesitamos provisiones. —Xena vació la mitad de su jarra.— ¿Me haces un favor? No cuentes historias sobre mí esta noche.

—Iré a hablar con Diana. —y se levantó de la silla.

—Tráeme otra jarra de oporto cuando vuelvas. —dijo Xena.

Gabrielle encontró a Diana cerca de la barra.

—¿Te interesarían los servicios de una bardo?

—¿Una bardo? —se carcajeó Diana.— No lo creo, querida. Mis clientas prefieren otro tipo de entretenimiento. —Sus palabras insinuaron un doble sentido. Sin comprenderlo, Gabrielle insistió.

—Pero todas las tabernas necesitan uno. Seguro que a alguna de ellas les gustaría escuchar una historia. —La camarera rió de nuevo.

—Pareces demasiado… —Diana buscó la palabra adecuada.—… pura para contar el tipo de historias que a ellas les gustaría oír.

—Pero tienes un escenario. ¿Qué daño puede hacer que lo intente? —Si algo era la bardo, era insistente.

—Mira, tenemos un espectáculo programado para dentro de media marca de vela. Pregúntame de nuevo mañana durante el día. Tal vez haya alguien interesada en uno de tus relatos. —Gabrielle no notó la inflexión de la voz de Diana en la palabra «relatos». Pidió otra ronda de bebidas y se encaminó de nuevo hacia la mesa. Allí vio con alegría que la cena ya había llegado.

—Estupendo, estoy muerta de hambre. —exclamó mientras se llevaba un gran bocado de comida a la boca.

—¿No lo estás siempre, mi pequeña bardo? —bromeó Xena.— ¿No te necesitaban? —preguntó cambiando de tema.

—No. —respondió Gabrielle.— Tiene gracia. Diana dijo que ya tienen otro entretenimiento preparado para esta noche. —El tenedor de Xena se detuvo en el aire.

—Gabrielle, ¿te dijo qué tipo de entretenimiento?

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Simple curiosidad. —contestó con tono aburrido. Gabrielle pareció satisfecha con la respuesta y centró su atención en la cena. Xena miró a su alrededor, deteniéndose en cada detalle. Además de varias guerreras de aspecto fuerte, había multitud de mujeres más delicadas. Xena miró a su compañera. A pesar de no ser como las primeras, tampoco podía considerársele alguien delicada. Los dos años que habían viajado juntas habían transformado a la jovencita de Potedaia en una poderosa amazona, capaz de cuidar de sí misma y aún lo suficientemente dulce como para tocar una mariposa. Xena pensó una vez más en lo afortunada que era por tener a Gabrielle con ella. La primera vez que se propuso redimirse, estaba segura de que no lo conseguiría. Entonces llegó Gabrielle, llena de asombro y sorpresas, y sí, tal vez algo de adoración hacia ella. No sabía por qué había permitido a esa mocosa parlanchina ir con ella, pero lo hizo y ahora no podía imaginarse su vida sin esa mujer de cabello color miel. La inquebrantable fe de Gabrielle en la capacidad de Xena para hacer el bien era lo único que muchas veces le animaba a seguir adelante, superar sus interminables pesadillas, sus recuerdos y la tentación de rendirse de nuevo a su lado oscuro. Xena no se dio cuenta de que había estado con la mirada perdida hasta que sintió los ojos verdeazulados de Gabrielle sobre ella. Entonces sonrió tímidamente.

—¿En qué estabas pensando?

—En nada. — respondió Xena, volviendo su atención a la comida, que de hecho sabía casi tan bien como la que Gabrielle había preparado hacía tres días en la otra aldea.

—Oh, parece que están preparándose para el espectáculo. —dijo Gabrielle al ver a una de las muchachas de la taberna encender algunas de las velas que recorrían la pared. Otros candelabros estaban ya encendidos sobre el escenario, haciéndolo resaltar en la oscuridad de la sala. Xena se dio cuenta de que aún había la suficiente luz como para distinguir al resto de las que allí se encontraban, medio o totalmente ensombrecidas. Varias jóvenes bajaron la escalera, deteniéndose cerca de la barra, y Xena supo inmediatamente qué clase de mujeres eran. Una guerrera de pelo rubio y corto se dirigió hacia allí y se situó junto a una de ellas. Intercambiaron unas palabras y luego situó su mano sobre el muslo de la chica, justo bajo el dobladillo de su corta falda. Una rápida mirada le reveló que la atención de la bardo estaba puesta sobre el escenario, donde dos chicas se afanaban en preparar la actuación. Pequeñas herramientas y mesas habían sido colocadas sobre él, así como una pequeña barandilla para separar a las actrices de las clientas. Xena regresó la vista a la barra. Ahora, la guerrera tenía su lengua enterrada en la boca de la mujer y no había duda de dónde se encontraba su mano de forma que Xena la distinguió fácilmente entre las piernas de ésta. La guerrera arrojó unos cuantos dinares sobre la barra y siguió a la chica escaleras arriba. La aguda percepción de Xena le rebeló que allí había más monedas de las necesarias para pagar unas simples bebidas, y arqueó una ceja ante el tipo de servicio que la guerrera acababa de adquirir.

—Se están preparando para empezar. —dijo Gabrielle, atrayendo la atención de Xena de nuevo sobre el escenario. Una pequeña mujer ocupó su lugar al frente de un tambor, lo que provocó que parte del público comenzara a lanzar vítores y silbidos. Los ojos de Xena se agrandaron cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de comenzar allí.

—Uh, Gabrielle, tal vez sea hora de que vayas a descansar. —Xena trató de evitarle la violenta situación a la joven bardo.

—¿Por qué? El espectáculo está a punto de empezar. —dijo Gabrielle. Diana saltó entonces al escenario.

—Señoras, tenemos varias actuaciones planeadas para esta tarde. —La multitud estalló en gritos y aplausos.— La primera es una de vuestras favoritas. Chicas, os presento a Nikki.

—Sí, a mí me encantaría como «presente». —exclamó una de las mujeres del público, provocando una enorme carcajada entre quienes compartían su mesa.

—Gabrielle, en serio, creo que deberíamos irnos. —volvió a intentar Xena. No sabía cuál sería la reacción de Gabrielle ante ese espectáculo. Conocía lo limitado de la experiencia de Gabrielle en lo referente al sexo, así como su intenso pudor. Tuvo que transcurrir un año desde que se conocieron antes de que Gabrielle se sintiese lo suficientemente cómoda con ella como para bañarse desnuda.

—Xena, déjalo ya. Quiero ver el espectáculo. —gruñó Gabrielle, todavía sin percatarse de lo que trataría realmente. Xena suspiró, sabiendo que no había modo posible de evitar esto.

La mujer del tambor comenzó a tocar un ritmo constante mientras Nikki bailaba alrededor del escenario, y la gente aumentó el volumen de sus gritos cuando el baile se volvió más seductor. Xena tomó un gran trago de oporto mientras contemplaba a la bailarina mover sus caderas del modo más incitante posible. Nikki deshizo el nudo que sujetaba la larga falda a su cintura y utilizó sus manos para dejar ocasionalmente al descubierto pequeñas superficies de su cuerpo, provocando los gritos y los vítores de las que la rodeaban.

—Uh Xena, ¿está haciendo lo que creo que está haciendo? —preguntó Gabrielle con los ojos abiertos como platos ante lo que se desarrollaba en el escenario.

—Podemos irnos si te sientes incómoda. —propuso Xena. Nikki continuó con su juego en el escenario, arrojando la falda y dejando al descubierto su visiblemente ligera y ceñida ropa interior.

—Umm, —Gabrielle seguía mirando cómo la mujer se desnudaba. Consciente de que Xena le acababa de hacer una pregunta, apartó su mirada de Nikki y la dirigió hacia la guerrera.— Perdona, ¿qué has dicho? —Xena arqueó una ceja y una mirada de sorpresa cruzó su cara.

—He dicho que si te sientes incómoda podemos marcharnos.

—Uh no, está bien. Quiero decir, se trata de aprender cosas nuevas, ¿verdad? —Gabrielle devolvió su atención a la bailarina, que ahora lucía un corpiño de encaje aún más revelador que el suyo. Xena sonrió irónicamente a la bardo, y también observó el escenario. Nikki entonces se desabrochó el corpiño, causando que los gritos de las mujeres se elevaran aún más. Xena miró a su alrededor, a la multitud. Descubrió varias mujeres besándose, abrazándose o acariciándose mutuamente. Vio también, y eso fue algo que realmente sorprendió a la experimentada guerrera, a una mujer sentada sola con la mano enterrada en lo más profundo de su falda. Miró entonces a Gabrielle, que mantenía toda su atención en el escenario. Nikki se deshizo entonces también de la ropa interior.

—Oh d… —dijo Gabrielle con voz entrecortada. Había visto mujeres desnudas antes, pero nunca de ese modo. Únicamente a Xena cuando se bañaban o nadaban juntas, nunca a alguien tan deseoso de quitarse la ropa delante de extraños. Esa mujer quería que la miraran, e incitaba a ello con su seductora danza. Varios dinares cayeron entonces sobre el escenario.

—Gabrielle, podemos irnos. —propuso Xena una vez más, aunque estaba más interesada en quedarse y disfrutar del espectáculo. Ya empezaba a sentir la creciente humedad entre sus piernas.

—Uh Xena, va a… —Los ojos de Gabrielle aún estaban fijos en Nikki. Sus pechos se movían libremente, llevando a cabo su propia danza.

—Eso creo. —contestó Xena, tomando otro gran trago de su copa.

—Oh. —dijo Gabrielle en tono de aceptación, aunque su boca permanecía aún ligeramente abierta y su mirada prendida de la bailarina. Xena mantuvo la mitad de su atención en la mujer del escenario y la otra mitad en la que tenía a su lado. Gabrielle había movido su silla para ver mejor, aunque Xena no sabía exactamente cuándo. Gabrielle casi se atragantó con el vino cuando la mujer se inclinó, mostrando a toda la sala sus zonas más íntimas. Xena le golpeó en la espalda suavemente, sonriendo irónicamente ante su reacción.

—¿Estás bien? —Fue todo lo que Xena pudo decir para no reírse ante la incomodidad de Gabrielle.

—Bien. —susurró Gabrielle, con el azoramiento coloreándole el rostro. Dio gracias por la penumbra de la habitación. Era consciente de que se había sonrojado, y no quería que Xena la viera así. A pesar de todo no le sirvió de nada, pero la guerrera lo dejó pasar por el momento. Estaba disfrutando, demasiado, de ambas actuaciones; la del escenario y la de su mesa. Gabrielle estaba completamente cautivada por las actividades que estaban teniendo lugar sobre el escenario, más de lo que debería, pensó Xena.

"¿Qué está pasando por esa pequeña cabecita tuya?" Se preguntó.

Nikki terminó su actuación entre estridentes vítores y silbidos. Diana y algunas otra chicas se repartieron por la estancia, rellenando jarras y atendiendo a las peticiones de comida. Gabrielle apuró entonces rápidamente su copa y miró a su alrededor. Vio a varias parejas inmersas en su conversación, y algunas cosas más. Ya había presenciado algo durante su estancia con las amazonas, pero nunca exhibiciones públicas tan descaradas como éstas. Había visto parejas asidas de la mano o besándose, pero nada más. Había oído de boca de algunas aldeanas el tipo de cosas que dos mujeres podían hacer, y había leído descripciones de amor como ése en los escritos de Safo, pero nunca lo había visto. Le resultaba incluso extraño tocarse a sí misma, y siempre aprovechaba momentos en los que Xena salía a cazar. Se moriría de vergüenza si la descubriese haciéndolo. Entonces, un nuevo pensamiento la asaltó. ¿Tenía Xena esas necesidades alguna vez? Si era así, nunca hablaba de ello, aunque en general la poderosa guerrera no le hablaba nunca de esas cosas. Recordó su azoramiento la primera vez que Xena le comentó acerca de la maldición de Hera. Aunque Gabrielle nunca la había experimentado, Xena siempre se las arreglaba para suavizarla. Tenía unos polvos que tomaba cuando la luna lo indicaba. Gabrielle le había preguntado sobre esos polvos, y Xena se lo había explicado todo con detalle. Gabrielle había enrojecido tanto y se había sentido tan aturdida que nunca volvió a sacar el tema.

Su atención se dirigió de nuevo al escenario, en el que había ahora dos mujeres. El público manifestó de nuevo su entusiasmo a través de sus gritos. Dirigió una rápida mirada a Xena. ¿Qué podían hacer dos mujeres en un escenario?

—Xena, ¿qué van a hacer?

Xena se volvió hacia la bardo.

—Espera y observa. —dijo con voz baja y gutural. Por el rabillo del ojo la guerrera descubrió que movían una mesa hacia el centro del escenario. Sabía exactamente lo que esas mujeres iban a hacer, y también lo sabía la cálida zona entre sus piernas. Volviendo su atención hacia Gabrielle, la miró con atención, estudiando sus reacciones.

—Chicas, os presento a Tawni y Syres. —La voz de Diana causó un estruendo procedente del público, ya bastante bebido. A continuación abandonó el escenario y las dos mujeres comenzaron. La mujer al tambor inició un nuevo ritmo mientras ellas bailaban juntas. La danza era sugerente y sensual, exploraban con las manos el cuerpo de su compañera. Cuando sus lenguas se lanzaron una contra la otra, Gabrielle casi dejó caer su vaso. Fue la rápida reacción de Xena la que evitó que lo derramara completamente. Esa acción produjo un ligero rubor en la mejilla de Gabrielle, y Xena lo contempló con curiosidad y sorpresa.

Tawni le quitó el corpiño a Syres, dejando al descubierto su abundante pecho ante la multitud. La mente de Gabrielle finalmente cayó en la cuenta de lo que iba a ocurrir.

—Xena, yo um, creo que tal vez tienes razón. Debería irme a dormir. —Intentó levantarse, pero sintió que Xena la agarraba del antebrazo, obligándole a sentarse de nuevo.

—Querías conocimientos, Gabrielle. —Su voz era profunda, inquisitiva.— Siéntate y aprende. —Xena devolvió la vista hacia la pareja, que ahora estaba desnuda de cintura para arriba. La boca de Twani se movía en círculos entre los pechos de Syres, y los sonidos de succión y los gemidos apenas se oían sobre la multitud. Mantuvo la presión sobre el antebrazo de la bardo. Por el rabillo del ojo, Xena vio que Gabrielle estaba pendiente del escenario, y sólo entonces la soltó, tomando un trago de su bebida y repartiendo su atención entre las mujeres y la bardo. Gabrielle se acabó su copa y pidió otra, sin apartar la vista ni un momento. Estaba completamente fascinada por lo que ocurría en el escenario, y así lo revelaba su expresión.

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