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PWP » Mejor
amiga
Resumen:
Vaaaale. De acuerdo, esta historia no se ajusta
a la línea temporal normal. Gracias
a los dioses por eso. La gente podría
gritar reclamando sangre. Debería advertir
a los lectores que su calificación
se encuentra en algún lugar entre "No
recomendada para menores de 17" y "¡¡Dios
mío!! ¡¡Esta obscenidad
debería ser ilegal!!". En fin,
todo lo que puedo decir es: "Si puedes
soportarlo en televisión, también
deberías poder soportarlo en Internet".
Esta historia contiene una relación
sexual entre dos mujeres, así que si
te ofendes con facilidad o eres menor de edad
(18)... VETE. No necesito problemas legales.
Lo único que tengo es este ordenador.
Roll...
uh... descargo legal: Bueno, todos
conocemos esta canción, no seamos críos.
¡¡Cantemos todos juntos!! No son
míos Xena, Gabrielle, Argo ni ninguno
de los villanos. Pertenecen a la Action Pack,
Universal Television y Renaissance Pictures.
Ojalá fueran míos, sería...
¡¡Terriblemente rica!!! Pero bueno,
no se puede tener todo.
Ahora, que
comience el espectáculo.
Best
Friend (Mejor amiga). Traducción
de Ellen, miembro del Equipo Canalla
de XenaFanfics. Traducción
y publicación autorizada por la autora,
Katelin B. Toda su obra, en inglés,
puede ser encontrada en Ausxip. También
puedes leer las críticas de Lunacy
a sus fanfics.
:: MEJOR AMIGA
::
(BEST FRIEND)
De
Katelin B.
Había sido una
de sus batallas más peligrosas. La
desagradable cara de Draco había hecho
su aparición una vez más, tratando
de tomar una pequeña aldea por la que
habían pasado Xena y Gabrielle. Su
ejército era mayor que la última
vez y más fuerte de lo que habían
previsto. Draco había dado la orden
de asesinar a todo aquel que se resistiera.
E igual que la última vez, Xena le
había detenido.
Pero no
sin pagar un precio. Antes de que la batalla
terminara con la muerte de Draco, Xena había
resultado herida. Situándose a su espalda,
Gabrielle había tratado de protegerla
durante el breve tiempo que permaneció
en el suelo. Naturalmente, cuando Xena se
incorporó, ignoró el dolor y
terminó la pelea. Mató a Draco,
ayudó a atender a los aldeanos heridos
y vigiló su marcha antes de rendirse
ante la evidencia de la herida que había
recibido.
Xena sintió
cómo sus rodillas flojeaban y su cabeza
comenzaba a desvanecerse. Se le nubló
la vista y tropezó. La princesa guerrera
sintió entonces dos manos agarrándola
de la cintura para alzarla. Su visión
se aclaró con rapidez, pero aún
se sentía débil e incapaz de
permanecer de pie por sí sola.
—¡Xena!
—exclamó Gabrielle sobresaltada,
al tiempo que sujetaba a su amiga—.
¿Estás bien?
—Estoy
bien, Gabrielle —respondió, tratando
de impedir que su voz se quebrara. Pero al
intentar incorporarse se tambaleó de
nuevo, y Gabrielle empezó a preocuparse
de verdad.
—¡Xena!
—reclamó Gabrielle, ayudando
a su amiga a sentarse junto al fuego que había
preparado_. Necesitas descansar. ¿Quieres
que traiga a alguno de los aldeanos? No pueden
haber ido muy lejos. Podría montar
a Argo y estaría de vuelta en un momento.
—No,
Gabrielle —le contestó—.
Estoy perfectamente. Sólo es un pequeño
dolor de cabeza. No se puede hacer nada.
—¿Estás
segura?
—Sí,
no te preocupes. —Se detuvo para mirar
en los ojos de su joven amiga y vio cariño
e inquietud en ellos. Por un instante, Xena
sintió algo muy fuerte en su interior,
algo mayor incluso que la amistad, pero lo
acalló rápidamente.
En realidad, Xena sabía que los aldeanos
querían alejarse todo lo posible de
aquel lugar, y ella no los hubiera hecho regresar
ni aunque estuviera muriéndose. La
princesa guerrera sospechaba que también
Gabrielle lo sabía, pero le preocupaba
su amiga, y hubiera arrastrado al curandero
hasta allí si Xena se lo hubiera pedido.
Gabrielle
sostuvo la mayor parte del peso de Xena y
la ayudó a situarse junto al fuego.
Cuando Xena estuvo sentada, Gabrielle sacó
su manta y la colocó alrededor de los
hombros de la guerrera a pesar de sus protestas.
—Gabrielle
—le regañó Xena—,
necesitas algo sobre lo que dormir. —Trató
de deshacerse de la manta, pero su joven amiga
la mantuvo donde estaba con cuidado.
—No
—aseguró firmemente—, quédatela.
Estás fría como un témpano
de hielo. Además, no pienso dormirme
hasta que me asegure de que estás bien.
Xena iba
a protestar de nuevo, pero decidió
callarse. Llevaban siendo amigas el tiempo
suficiente como para saber cuándo la
bardo no daría su brazo a torcer. Ya
había tomado una decisión sobre
aquello y por nada del mundo iba a echarse
atrás. La princesa guerrera sonrió
ligeramente ante el gesto desinteresado de
Gabrielle. Era realmente conmovedor.
Gabrielle
sujetó la manta hasta que estuvo segura
de que Xena la mantendría ahí
y dejaría de aparentar resistencia,
a pesar de estar herida. Ninguna de las dos
dijo nada más. Se limitaron a contemplar
el fuego, que rápidamente se estaba
convirtiendo en la única fuente de
luz entre la oscuridad que poco a poco las
envolvía. Fue entonces cuando Gabrielle
percibió, al mover Xena la manta, lo
rígida que estaba.
Frotó
con firmeza sus manos sobre los hombros de
la guerrera, masajeándolos y deshaciendo
los nudos que encontró en ellos. Xena
gimió suavemente y echó los
hombros hacia atrás, requiriendo sin
palabras mayor presión. La joven obedeció
e imprimió toda la fuerza que fue capaz
de reunir. Sin embargo, esta acción
no le alivió demasiado, ya que las
hombreras de Xena se encontraban en su camino.
—¿Sabes?
Sería mucho más fácil
si te despojaras de tu armadura —propuso
Gabrielle al tiempo que alcanzaba el borde
de la manta. Xena la dejó caer y ayudó
a su amiga con los broches situados sobre
su pecho. Un momento después, la pesada
armadura cayó a plomo sobre el suelo,
y Gabrielle volvió a colocar la manta
donde estaba antes.
Reanudó
el masaje, con toda la firmeza que se atrevió,
y permaneció callada hasta que comprobó
cómo Xena dejaba caer la cabeza hacia
delante en reconocimiento a sus cuidados.
—¿Mejor?
—inquirió Gabrielle sin parar
ni por un instante.
—Mucho
mejor —musitó Xena tratando de
permanecer erguida. La extenuación
y los sentimientos que normalmente mantenía
ocultos se habían añadido a
su ligero aturdimiento, y lo único
que deseaba era tumbarse y relajarse. Pero
no podía permitir que sus emociones
salieran a la luz; tenía miedo de lo
que sería capaz de hacer. Y también
tenía claro que, fuese lo que fuese
aquello, después no podría arrepentirse.
Y Gabrielle tampoco.
Se quedó
rígida ante la idea de que Gabrielle
lo advirtiera. El masaje se detuvo un instante,
pero la bardo continuó al dar por hecho,
erróneamente, que Xena estaba pensando
en la batalla.
—Gabrielle
—pronunció suavemente Xena, tratando
de que su voz no titubeara—, creo que
es mejor que pares.
—¿Por
qué? —preguntó, disminuyendo
el ritmo pero sin llegar a detenerse—.
¿Te hago daño?
—No
—admitió Xena—. Es demasiado
bueno.
—¿Qué?
—Gabrielle se detuvo, dejando sus manos
descansar sobre los hombros de Xena.
Xena tomó
entonces la decisión de no ocultar
nada a su amiga.
—Gabrielle
—comenzó, dejando que sus hombros
se relajaran ligeramente—, he tenido
ciertos sentimientos hacia ti. Sentimientos
que no soy capaz de explicar. He tratado de
ignorarlos, pero si continúas con esto,
no podré resistirme mucho tiempo. Y
tampoco puedo ceder ante ellos.
—¿Por
qué? —la dulce voz de Gabrielle
apenas era más que un susurro.
—Porque
tengo miedo —susurró Xena, admitiéndoselo
a sí misma por primera vez.
—¿Miedo
de qué?
—De
perderte. Si me dejo llevar por esos sentimientos,
tengo miedo de que puedas odiarme, y no soportaría
perder tu amistad.
Gabrielle
apartó sus manos y se situó
frente a Xena. La princesa guerrera había
dejado caer más su cabeza hacia delante
tras aquella confesión, por lo que
Gabrielle tuvo que colocar un dedo bajo su
barbilla para provocar el contacto visual.
—Xena
—dijo Gabrielle con delicadeza—,
conozco tus sentimientos. Los conozco desde
hace tiempo.
—¿Cómo?
—empezó a decir. La voz de Gabrielle
estaba tan llena de honestidad que no podía
dejar de creerla.
—Hablas
en sueños —afirmó Gabrielle
con una pequeña sonrisa. Xena cerró
los ojos y maldijo silenciosamente a Morfeo
por enviarle aquellos sueños, siendo
como eran una realidad imposible. Una solitaria
lágrima trazó su camino sobre
la mejilla de Xena, que de nuevo agachó
la cabeza.
—Gabrielle,
lo siento —pronunció con sumisión.
Su voz era apenas audible sobre el crepitar
del fuego.
—No
—contestó Gabrielle en tono tranquilizador—,
no hay nada de lo que arrepentirse. —Se
detuvo y esperó un momento mientras
Xena alzaba la cabeza y abría los ojos
para calibrar la reacción de la rubia.
—Gabrielle,
¿qué estás diciendo?
—Digo
que yo tengo esos mismos sentimientos, y los
tengo desde hace tiempo. Pero no podía
decir nada hasta que supiera que los mantendrías
estando despierta. No quise arriesgarme a
que todo fuera una treta de Morfeo como venganza
por haberle vencido el año pasado.
—Gabrielle alcanzó una lágrima
y la apartó con su pulgar.
Xena buscó
el contacto físico y atrajo a su amiga
hacia un feroz abrazo. Gabrielle lo devolvió
con el mismo ímpetu, acunando la cabeza
de Xena con su mano. La joven se mecía
lentamente, reconfortando a su amiga guerrera
con suaves sonidos, tratando de apaciguarla.
Xena era
muy consciente de la presencia de Gabrielle.
Con la cabeza descansando sobre el hombro
de la joven la guerrera podía oler
la dulzura de su piel, y repentinamente sus
sentimientos regresaron con más fuerza
que antes. Decidió lanzarse al vacío,
al otro lado del precipicio. Sus labios rozaron
con delicadeza el hombro de Gabrielle. Una
vez, y después otra más. Sintió
a la joven ponerse rígida un instante,
pero después giró su cabeza
hacia el cuello de Xena.
Gabrielle
se relajó de nuevo bajo su tacto y
la guerrera sintió un tierno beso en
su cuello, justo bajo la oreja. Aquello le
hizo sentir insegura y dubitativa y, sin embargo,
fascinada. Habían llegado muy lejos
en tan poco tiempo... Xena tembló,
y entonces hubo un segundo beso, ligeramente
por debajo del primero. Xena volvió
a temblar y sintió cómo Gabrielle
suavizaba el abrazo.
La guerrera
besó entonces su hombro una vez más
y sonrió. Había cruzado el precipicio
y alcanzado el otro lado. La princesa guerrera
se echó hacia atrás lentamente
y contempló los ojos de su amiga, buscando
en silencio permiso para continuar.
Los ojos
de Gabrielle se habían oscurecido anticipadamente,
y por fin Xena pudo observar sus sentimientos
reflejados en ellos. Se inclinó hacia
delante con suavidad, y entonces se detuvo,
esperando pacientemente que Gabrielle decidiera
el siguiente movimiento.
Del mismo
modo que Xena, Gabrielle se inclinó,
incluso más pausadamente. La guerrera
imitó los movimientos de su joven amiga.
La mano de Gabrielle salió de la oscuridad
y ascendió para acariciarle la mejilla,
y Xena hizo lo mismo. Sintió un hormigueo
que le bajaba desde el rostro hasta el estómago,
pero permaneció inmóvil.
Gabrielle
se echó hacia delante y dejó
que sus labios rozaran los de Xena, suavemente.
Tentativo y repleto de incertidumbre, así
resultó aquel primer beso. Entonces,
repentinamente, la mano de Gabrielle se trasladó
de la mejilla de Xena hasta su nuca, acercándola
hacia sí. Xena hizo lo mismo, y el
beso se hizo sólido.
Xena contuvo
un gemido antes de que se le escapara. Años
de silencio, ocultando lo que sentía
ante sus enemigos, habían desligado
los sonidos de sus más intensas emociones.
Pero Gabrielle no había necesitado
ese entrenamiento. Un suave suspiro se escapó
de su garganta, enviando un fuego que atravesó
todo el cuerpo de Xena, despertándolo.
Incapaz
de seguir el lento ritmo de Gabrielle, Xena
permitió que sus emociones se revelaran
y acercó más a su amiga. Su
lengua se lanzó al exterior antes siquiera
de pensarlo, y chocó con delicadeza
contra los labios de Gabrielle, invitándoles
a abrirse. Así lo hicieron, más
rápido de lo que se esperaba, como
si Gabrielle hubiera estado esperando el permiso
de Xena.
Profundizaron
el beso rápidamente, y las manos de
Xena comenzaron a vagar. Acariciaron la espalda
de su amiga, se deslizaron a sus caderas y
de ahí avanzaron por sus muslos. Gabrielle
gimió profundamente desde el interior
de su garganta, y empezó a hacer lo
mismo sobre el cuerpo de Xena. Desde que aquel
beso había comenzado, el mayor sonido
que había emitido la guerrera había
sido el de una ráfaga de aire, tan
leve que Gabrielle apenas pudo escucharlo.
Sin embargo, Xena se puso tensa tras el sonido
y la joven intuyó que algo iba mal.
La guerrera quería hacer ruido, cualquier
sonido que incentivara a su amiga, pero no
era capaz. No podía dejarse llevar
por completo.
Gabrielle
decidió ayudarla. Rompió el
beso y arrastró sus labios a lo largo
de la mandíbula de Xena, subiendo hasta
aquel punto por debajo de su oreja otra vez.
Lo besó y lo lamió suavemente
mientras Xena alcanzaba su cabeza para abrazarla.
Gabrielle optó entonces por ser atrevida
y una de sus manos abandonó la cintura
de Xena para subir por su costado. Arrastró
sus dedos tan ligeramente sobre el cuero que
la mujer apenas pudo notar el contacto. Entonces
aquella mano se cerró completamente
sobre su pecho izquierdo, y la dejó
acomodarse ahí. Sintió a Xena
estremecerse y la acercó más.
Gabrielle
sonrió ligeramente y jugó con
su mano. Fue más lejos y chupó
el lóbulo de su oreja. Nada. Xena sólo
se apretaba contra ella más ávidamente.
Gabrielle liberó el lóbulo y
alzó sus labios para susurrarle algo
al oído.
—Xena
—musitó, justo antes de apretar
su pecho levemente—, quiero oírte.
—Fue lo primero que pronunció
desde que se habían abrazado.
Xena simplemente
se presionó más contra la mano
de Gabrielle. Por su parte, la bardo lo oprimió
con mayor intensidad, lo que fue recompensado
finalmente con leves gemidos.
—Más,
Xena —clamó, pellizcando y chupando
el lóbulo de nuevo—. Quiero saber
qué te hace feliz, déjame escucharte.
—Su mano abandonó el pecho y
se deslizó sobre el estómago.
Siguió descendiendo hasta detenerse
entre sus piernas, cubriéndola delicadamente
a través de la tela. Xena volvió
a gemir, más alto esta vez, y balanceó
ligeramente sus caderas hacia delante.
Gabrielle
se echó hacia atrás lo suficiente
como para permitirse contemplar la expresión
de su cara. Los ojos de Xena estaban prácticamente
cerrados por el deseo, y se había atrapado
el labio inferior entre los dientes.
—Eso
es —murmuró la joven, inclinándose
para besar la comisura de los labios de su
amiga—. Vamos, no tienes que preocuparte
porque nos encuentren. Sólo estamos
Argo y yo. Relájate. —Con esa
la última palabra, Gabrielle llevó
su mano levemente hacia delante.
Xena gimió
mudamente y llevó su mano al pecho
de Gabrielle, aferrándose a él
con firmeza. Un profundo jadeo fue la respuesta
a tal acción, y Gabrielle inclinó
la cabeza para atrás cerrando los ojos.
Xena acarició a su amiga con ternura
al tiempo que un hormigueo se esparcía
por todo su cuerpo. Se dio cuenta de que quería
volver a escucharlo. Le excitaba saber que
ella era la causante de aquello, que tenía
esa clase de poder sobre su amiga.
Su amiga.
De pronto,
Xena se detuvo y se echó hacia atrás
rápidamente. Notó cómo
la mano de Gabrielle se apartaba de su entrepierna,
y de pronto ambas tenían los ojos clavados
la una en la otra. El temor había regresado,
y tenía la certeza de haber hecho algo
terrible.
—Xena,
¿qué ocurre? —inquirió
Gabrielle. El tono de su voz reflejaba preocupación.
—Gabrielle
—comenzó Xena, aclarando su confusa
mente—, necesito saber que deseas esto.
Que realmente lo deseas.
—Xena...
—Gabrielle no logró decir lo
que pensaba porque la princesa guerrera la
interrumpió.
—No
quiero que lo hagas sólo porque yo
quiera. Necesito saber que nuestra amistad
no cambiará.
—Xena
—dijo Gabrielle colocando un dedo sobre
los labios de su amiga para acallar sus temores—,
lo deseo. Más de lo que te puedas imaginar.
Pero no puedo decirte que nuestra amistad
no va a cambiar, porque sí lo hará.
—Se detuvo un instante para tomar aliento
y tranquilizarse—. Estaremos más
unidas que antes. Incluso ahora estamos compartiendo
sentimientos y pensamientos como nunca antes
lo habíamos hecho.
—Pero
ésta será tu primera vez —protestó
Xena tímidamente. Sonaba como una niña
asustada.
—Sí,
es cierto —concedió Gabrielle—.
Pero soy incapaz de pensar en nadie mejor
para compartirlo que no sea mi mejor amiga.
—Alzó la barbilla de Xena, con
lo que se miraron profundamente al interior
de sus ojos—. Y tú eres mi mejor
amiga.
Aquella
afirmación era todo lo que Xena necesitaba
para que sus miedos desaparecieran. Se abalanzó
una vez más hacia delante para capturar
los labios de Gabrielle con los suyos. Pronto
se separaron, invitando a su amiga hacia el
interior. Xena comenzó a tirar del
top de Gabrielle mientras sus lenguas se batían
fieramente en duelo.
La joven
aceptó la indicación y soltó
los enganches. El manto que envolvía
la túnica cayó, y la armadura
de Xena y la manta quedaron juntas en el suelo.
Las manos de Xena la rodearon hasta alcanzar
sus recién descubiertos pechos, haciendo
que Gabrielle gimiera con fuerza. Los aferró
firmemente y los acarició, notando
los pezones erectos contra las palmas de sus
manos. Recordó lo mucho que le había
gustado antes, y lo hizo ella esta vez con
la esperanza de que la bardo también
se deleitara con el contacto. Por sus gemidos
y movimientos parecía que estaba disfrutando
aquellas sensaciones.
De pronto,
Gabrielle no estaba satisfecha de ser simplemente
la receptora. Alcanzó el tirante del
corpiño de cuero de Xena y lo apartó
de su hombro, deseando alcanzar su objetivo.
Y lo consiguió. Xena rompió
el beso, jadeando en busca de aire, y tiró
de sus ropas sacándolas por la cabeza
y arrojándolas a un lado.
Gabrielle
hizo lo mismo, despojándose de su falda,
y ambas mujeres comenzaron a quitarse las
botas. En poco tiempo estaban desnudas y unidas
otra vez. Ambas gimieron al hacer contacto
sus cuerpos y renovaron sus besos.
Muy pronto,
aquello no fue suficiente para ninguna de
las dos. Xena sintió cómo Gabrielle
la empujaba suavemente contra la manta que
cubría el suelo y se situaba sobre
ella, manteniendo sus labios unidos en todo
momento.
Repentinamente,
Gabrielle se apartó y comenzó
a besar la garganta de Xena, bajando por ella.
Cuando llegó al valle situado entre
los senos de la guerrera, se movió
hacia la izquierda y chupó el endurecido
pezón. Lo rozó unas cuantas
veces antes de cerrar por entero su boca sobre
él.
El calor
húmedo que producía aquella
succión estaba volviendo loca a Xena.
Gritó, sin miedo ya de que la escucharan,
y aprisionó dos mechones del dorado
pelo de Gabrielle, sujetando su cabeza. El
placer era increíble. Después
agarró una de las manos de Gabrielle
y la guió hasta la humedad que crecía
entre sus piernas.
Gabrielle
continuó succionando uno de sus pechos,
después el otro, mientras su mano acariciaba
suavemente los rizos que encontró en
la cima de los muslos de Xena. La mano de
la guerrera se apartó y Gabrielle dejó
que la suya viajara más abajo, desplazándose
hasta el interior de los resbaladizos pliegues.
Xena tiró
de Gabrielle para besarla de nuevo. Así
prosiguieron un rato hasta que las caricias
de Gabrielle cambiaron.
Delicadamente
empujó un dedo, y después otro,
al interior de la guerrera, que rompió
el beso jadeando de placer. Gabrielle sonrió
y entonces comenzó a acariciarla lentamente,
entrando y saliendo, rozando el endurecido
clítoris de Xena con cada movimiento
de su mano.
Xena gimió
de nuevo y echó su cabeza atrás.
—¿Así?
—preguntó Gabrielle manteniendo
el mismo ritmo.
—Así,
Gabrielle, justo así. ¡Oh, dioses!
—Xena gimió y comenzó
a mecer sus caderas al ritmo de cada acometidas.
Sus quejidos y gemidos se habían hecho
constantes con cada empuje de los dedos de
Gabrielle, y la joven sintió crecer
su deseo con cada uno de ellos. Se reclinó
para mordisquear y chupar el lóbulo
de su oreja una vez más.
La respiración
de Xena se entrecortó en su garganta
y empezó a mecerse contra la mano de
Gabrielle con más rapidez. La bardo
siguió aquella indicación y
empezó a incrementar el ritmo del empuje
de sus dedos.
—Más
rápido, Gabrielle. —Los gemidos
provenientes de ambas cortaban la gutural
voz de Xena—. Ya casi estoy...
Una parte
de Gabrielle casi preguntó “¿Dónde?”,
hasta que recordó lo que su hermana,
de recién casada, le había contado
la última vez que la visitó.
Lila le dijo que un cuerpo podría alcanzar
el mayor placer antes de ser liberado, y eso
era lo más hermoso que había
sentido nunca. De pronto, Gabrielle no quiso
otra cosa que hacérselo sentir a Xena,
y embistió con mayor firmeza y rapidez.
Tras unos
instantes, vio cumplido su deseo y todo el
cuerpo de Xena se puso rígido. Chilló
mientras se aferraba a su joven amiga, sujetándola
fuertemente. Sus caderas subían y bajaban
con salvajismo y sus muslos se tensaron en
torno a la mano de Gabrielle.
La joven
continuó con el movimiento de su mano,
presionando cuanto se atrevía, sobrellevando
aquel arrebato junto a su amiga. Un último
empuje de las caderas de Xena, y sucedió.
Gabrielle sintió a su amiga disminuir
el ritmo y detuvo el movimiento por completo,
aunque sus brazos permanecieron amarrados
a su alrededor. Gabrielle todavía sentía
pequeños temblores y estremecimientos
recorriendo el cuerpo de la mujer mientras
se relajaban sus músculos.
—Para,
para —imploró Xena, con voz apenas
audible. La mano de Gabrielle fue ralentizándose
hasta detenerse, pero sin apartarse aún,
escuchando los jadeos provenientes de la guerrera
al tiempo que trataba de controlar su respiración.
Una vez
que Xena recuperó el control suficiente
como para abrir los ojos y liberar sus brazos
de la tensión que habían adquirido,
Gabrielle sacó los dedos del interior
de su amiga lenta y cuidadosamente. Incluso
este leve movimiento provocó de nuevo
que Xena contuviera el aliento, mientras otro
temblor la recorría de arriba abajo.
—¿Xena?
—De pronto Gabrielle se sentía
tremendamente cohibida, y necesitó
la confirmación de que no había
hecho nada desacertado.
—Gabrielle
—susurró Xena, volviendo despacio
a la realidad—, por los dioses, ha sido
maravilloso. —Estrechó su abrazo
sobre la más joven—. Ha sido
lo más increíble que he sentido
nunca.
—¿De
verdad? —preguntó Gabrielle,
alejándose lo suficiente como para
contemplar el interior de los ojos de Xena.
La princesa
guerrera le dio a su joven amiga la única
respuesta de que fue capaz en ese momento.
La besó. Y aquel beso fue diferente
a los anteriores, repleto de ternura y emoción.
Dando más que recibiendo.
Xena posó
sus manos sobre los senos de Gabrielle, acariciándolos
con ternura. Se tomó su tiempo, deseando
que la primera vez de su amiga fuera significativa
y especial. Algo que nunca olvidara. Sus lenguas
giraron una en la boca de la otra pausadamente,
como si de bailarinas exóticas se tratara.
Tras unos
minutos, Xena pudo sentir tensarse y contraerse
el cuerpo de Gabrielle por el deseo, así
que fue un poco más lejos. Colocó
a su amiga sobre la manta y rodó hasta
situarse encima de ella. Sus cuerpos presionándose
hicieron a Gabrielle gemir de placer y atraer
más hacia sí a su amiga guerrera.
Xena rompió
el beso y empezó a recorrer el cuerpo
desnudo de Gabrielle con sus labios. Cuando
alcanzó los pechos de la joven, los
succionó brevemente, provocando en
ella un suave lamento, algo parecido a un
ronroneo. La guerrera sintió una oleada
atravesar su cuerpo ante aquel sonido, y comprendió
por qué Gabrielle había querido
escucharla. Era algo tan embriagador como
el vino más fuerte que hubiese probado
nunca.
Los labios
de Xena abandonaron los senos de Gabrielle
y comenzaron de nuevo un sendero descendente.
La guerrera reubicó sus manos sobre
los pechos y pellizcó los duros pezones
suavemente con el pulgar y el dedo índice.
Gabrielle se retorció y gimió
ruidosamente ante aquella presión.
Las caderas
de Gabrielle habían comenzado a mecerse
casi sin que ella se diera cuenta, y cuando
lo percibió a través de la bruma
que ocupaba su razón, éstas
no obedecieron ante su muda orden de detenerse.
Finalmente se rindió y cerró
los ojos, concentrada en las oleadas de placer
que atravesaban su cuerpo.
Xena besó
y lamió todo el camino que descendía
al estómago de su amiga, y se detuvo
al alcanzar el suave vello dorado para contemplar
la expresión en la cara de la joven.
Su cabeza estaba echada hacia atrás,
sus ojos cerrados y su boca abierta por el
éxtasis. Xena sonrió malévolamente
con el espectáculo y bajó su
cabeza para depositar un suave beso entre
los rizos.
Gabrielle
exhaló un gemido y sus caderas se elevaron,
acercándose a aquel beso. Obviamente
quería sentir más, y Xena estaba
más que dispuesta a obedecer. La princesa
guerrera entreabrió los labios y descendió
dibujando los suaves pliegues con su lengua.
Al instante, Gabrielle gritó y apresó
la cabeza de Xena con sus manos, empujando
sus caderas hacia ella con descaro.
Las estrellas
se hicieron pedazos tras los ojos de la joven
mujer al tiempo que se movía contra
la tentativa lengua. El calor húmedo
de la boca de Xena no se parecía a
nada que hubiera sentido antes. Era maravilloso.
Gabrielle podía sentir el placer comenzando
a erigirse en la boca de su estómago.
Xena trasladó
sus manos a las caderas de Gabrielle para
estabilizar su cadencia. Una mano descansó
en la zona plana del estómago de la
joven mientras la otra viajaba hacia abajo.
Xena se llevó su mano a la boca y se
humedeció dos dedos. Gabrielle ya estaba
empapada, pero Xena quería asegurarse
de que no sintiera ningún dolor.
Hizo retroceder
su cabeza y observó cómo sus
dedos empujaban la abertura de Gabrielle y
se deslizaban sin esfuerzo dentro de ella.
La guerrera movió su mano lentamente,
empujando más fuerte hacia el interior
de la bardo con suaves acometidas. Escuchó
a Gabrielle gritar con cada impulso, balanceando
las caderas al ritmo de la mano de Xena.
La guerrera
pudo sentir crecer el placer de Gabrielle
como si fuera el suyo propio. Encontró
el duro montículo del clítoris
de la bardo y lo rozó con su lengua.
Luego aceleró las embestidas de su
mano y sintió las caderas de su amiga
corresponder a aquel ritmo. Los movimientos
eran frenéticos y Xena podía
observar que su amiga estaba cerca, muy cerca.
Sin previo aviso, retiró sus dedos
y aferró con sus manos las caderas
de Gabrielle. En ese instante, cerró
sus labios sobre el centro de placer de Gabrielle
y lo succionó. Con fuerza.
—¡¡Xena!!
¡¡Xena!! ¡¡¡Oh
dioses, síííí!!!
—Gabrielle chilló al explotar.
Sus caderas se encabritaron salvajemente y
Xena las controló, empeñada
en exprimir hasta el final las sensaciones
de su amante. En prolongar su placer todo
lo que fuese capaz.
Éste
era tan intenso que Gabrielle creyó
que iba a desmayarse. Sentía todo su
cuerpo como si estuviera en llamas, y su respiración
permanecía atrapada en su garganta
de forma casi dolorosa. Parecía que
aquello iba a durar una eternidad, y la boca
de Xena se mostraba implacable.
Finalmente
las sensaciones comenzaron a desvanecerse,
y no fue capaz de mantener el movimiento de
su cuerpo. Cuando Gabrielle cayó sin
fuerzas sobre la manta, Xena terminó
depositando un último beso en los suaves
rizos dorados. Ascendió y se recostó
junto a su agotada amiga, recogiendo su fláccida
figura entre sus fuertes brazos. Xena se colocó
a su espalda y arrastró la manta de
Gabrielle sobre sus cuerpos desnudos.
Gabrielle
se revolvió para acurrucarse más
cerca de su amante, descansando su cabeza
sobre el pecho de Xena. Suspiró satisfecha
al tiempo que regresaba a la consciencia y
se daba cuenta de dónde se hallaba.
—¿Xena?
—llamó la más joven, con
voz entrevelada por la confusión. Aquella
consecuente cercanía era algo nuevo,
como otras muchas cosas aquella noche, y no
sabía qué se esperaba de ella.
Xena pareció
comprenderlo y estrechó el abrazo sobre
su amante.
—Shhh...
Gabrielle —la apaciguó, frotando
con delicadeza la espalda de la bardo—.
Ésta es una de las mejores partes.
Vamos a dormir, seguras en los confortables
brazos de la otra. —Xena sintió
a Gabrielle acercarse más a ella y
exhalar con desahogo y felicidad.
—Lila
tenía razón —murmuró
Gabrielle en el cuello de Xena dejándose
llevar por el sueño—. Es lo más
maravilloso que he sentido nunca.
Las lágrimas
brotaron de los ojos de Xena mientras la respiración
de Gabrielle se regulaba y el sopor se hacía
más profundo.
—Sí
—susurró Xena suavemente, depositando
un beso en el cabello de Gabrielle—.
Lila tenía razón.
La princesa
guerrera se relajó y suspiró
satisfecha. Entonces, ya cuando el sueño
la estaba embargando, un pensamiento cruzó
su mente. Un pensamiento que sentía
que debía expresar, incluso aunque
su receptora estuviera profundamente dormida.
—Gracias
por compartir esto conmigo, Gabrielle —dijo
justo antes de que el sopor la reclamara—.
Te quiero. —Y mascullando esas palabras,
la guerrera se unió a la bardo en el
reino de los sueños.
¿Fin?
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