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Uber » Una
partida de ajedrez
Esta historia ha sido
traducida por Maui (Goyur)
y revisada por Ellen, ambas miembros de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su traducción y publicación
en Internet.
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Copyright en Octubre
de 1999 por Angharad Governal. Todos
los derechos reservados. No se pueden hacer
copias sin el consentimiento por escrito de
la autora. Contiene situaciones de carácter
sexual entre adultos del mismo sexo. Los comentarios
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únicamente a la discreción y
prerrogativa de la web de la autora de fanficción.
NOTA DE LA TRADUCTORA:
Al final de este fanficción se encuentra
un resumen del romance trágico medieval
al que la autora hace referencia para facilitar
la comprensión de la lectura.
:: UNA PARTIDA
DE AJEDREZ ::
(A GAME OF CHESS)
Por
Angharad
Governal
De hecho, aunque
se conocían desde hacía poco,
ellas habían supuesto, como siempre
acontece entre los amantes, que todo lo importante
a saber respecto a ambas llevaba dos segundos
como mucho, y ahora solo faltaba rellenar
los detalles insignificantes como sus nombres,
dónde vivían y si eran mendigos
o personas con dinero.
Virginia
Wolf, Orlando
***
Libros. He vivido toda
mi vida entre ellos. Las historias que encontraba
en ellos se tornaron en la mía propia.
Los personajes se convirtieron en mis amigos,
mi familia, mis amores. Los libros se convirtieron
en mi realidad. El mundo, ese mundo que todos
los demás veían, yo lo percibía
filtrado a través de los innumerables
ojos y voces que había en mi mente.
A veces me reía del mundo, me reía
ante la estupidez de todos porque yo, yo sola,
conocía el secreto. Yo tenía
un conocimiento singular que me trajo el esclarecimiento
y la comprensión. Todos los demás
estaban ciegos.
Lo vi. Lo entendí.
Lo supe. Pero nunca me lo creí. Nunca.
No soy estúpida. Sabía que era
ficción ese lugar que yo, y nadie más,
había visto. Sabía que era una
mentira porque, bueno, por cómo los
libros, cómo los autores a través
de los siglos habían retratado el amor.
¡Ja! ¡Qué gran porquería!
Rosalinda y Orlando en el bosque de Arden.
Sonetos y suspiros. Un mágico flirteo
sobre una partida de ajedrez. La locura que
siguió. Algo sin sentido. Absurda,
ridícula, completamente sin sentido.
Me encontraba sentada
en mi lugar habitual del café de la
librería, una apartada esquina con
vista a la calle y a la ajetreada tienda.
Oculta tras un estante lleno de libros sobre
estudios medievales. Desde allí, podía
observar sin ser vista. Adoraba este lugar
y lo frecuentaba regularmente, tanto que acabó
llamándose "mi esquina".
Solía ir al café, durante el
día o por la noche, agarraba mi taza
de java y me dirigía a la mesa de la
esquina sentándome a jugar una partida
solitaria de ajedrez. Nadie me molestaba y
así era como me gustaba.
Tenía preparado
el tablero. Me lo quedé mirando y sonreí.
Ajedrez. Había leído en algún
lado que las piezas simbolizaban la estructura
de la sociedad medieval. El peón, que
era el que más abundaba, representaba
las clases campesinas. La torre simbolizaba
el castillo y los bienes materiales. Caballo,
alfil, dama, rey, todos formaban parte de
una época muy distante de la mía,
pero cercana a las puntas de mis dedos y al
familiar funcionamiento de mi mente. Pero
tal como la ficción que existía
en mi mente y coloreaba mi visión de
la realidad, sabía que el tablero de
ajedrez, y la simbólica sociedad que
representaba, era falso. La sociedad medieval
era mucho más compleja, con sutiles
permutaciones y graduaciones que se burlaban
del simple tablero que tenía ante mí.
Aún así, pensé, eso también
significaba algo para ellos. Un forcejeo entre
lucha y paz, vida y muerte, así como
un simple juego para pasar el tiempo y ocupar
la mente. También significaba amor.
Un juego de amor que enfrentaba dos corazones
en una furiosa y apasionada lucha. Bueno,
al menos es lo que decían los libros,
y mi opinión sobre la verdad en los
libros siempre fue ambivalente.
Agarré un peón
y lo estudié en mi mano. Dónde,
pensé de repente, ¿Dónde
estaba mi Tristan, aquella que me ayudaría
a pasar las horas en este desquebrajado barco
de destino incierto, hacia un país
desconocido y hacia un matrimonio que nunca
había deseado? Mientras ponía
el peón sobre el tablero una voz interrumpió
mis pensamientos.
—¿Puedo
sentarme?
Levanté la vista
y encontré los ojos más azules
que alguna vez hubiera visto. Esta vez me
fallaron las palabras de mi mente. Me sentí
aturdida. Había vivido con palabras
toda mi vida. ¿Dónde estaban
ahora? Me las arreglé para asentir
con la cabeza y decir algo semejante a un
"sí".
***
Se sentó frente
a mí. El tablero se encontraba entre
nosotras. Su ceja se elevó en una sutil
pregunta y yo volví a asentir con la
cabeza, insegura de mi propia voz. Cogió
una pieza y la depositó en la superficie
de madera.
—Me llamo Tristan.
La pieza que tenía
en mis manos cayó ruidosamente sobre
el tablero y levanté la mirada con
sorpresa. Una sonrisa le cubrió los
labios, pero no había ninguna señal
de burla en sus ojos. Solté una risa
insegura, recogí la pieza caída
y la coloqué en el tablero.
—Si tú eres
Tristan —dije, regresando mi voz con
un tono ligeramente sarcástico—,
¿eso significa que yo soy Isolde?
Ella rió. Sentí
una descarga de sensaciones pasar a través
de mí. Sentí que se me había
quedado la boca seca y, de repente, me acordé
de la taza de café que tenía
en la mesa. Agarré la taza, demasiado
consciente de sus ojos siguiendo mis manos
mientras envolvían la porcelana. Sus
ojos continuaron mientras llevaba el humeante
líquido a mis labios. Miré por
encima del borde de la taza y nuestros ojos
se encontraron. Un mar azul martilleó
mi mente. ¡Oh!… ahogarse en esas
profundidades. Mis dedos se apretaron contra
la taza de porcelana. Hice acopio de mi fuerza
de voluntad para mantenerla firme y beber.
Tomé un sorbo experimentalmente y lo
tragué a continuación. Sentí
el cálido líquido calentar mi
garganta dejando un demorado sabor amargo
en la boca.
—Y eso —pronunció
ella suavemente señalando la taza en
mi mano—, ¿es la poción
mágica?
Extendió sus dedos
y sentí un suave toque en mis manos.
Sus dedos trazaron los míos. Con un
asentimiento de cabeza, dejé la taza
en su mano. Observé mientras se la
llevaba a los labios. Nuestros ojos se volvieron
a encontrar mientras ella tomaba un trago.
Mis ojos bajaron siguiendo el movimiento del
líquido mientras descendía por
su garganta. Cuando la separó de sus
labios, nuestros ojos se encontraron y yo
extendí mi mano para coger la taza
de entre las suyas. Ella negó con la
cabeza. Una suave sonrisa jugó en sus
labios mientras posaba la taza sobre la mesa.
Tomó mi mano extendida y la acunó
con la suya. Giró mi mano con la palma
hacia arriba y sentí su pulgar rozando
suavemente la zona del pulso en mi muñeca.
La miré, extasiada
y completamente cautivada por el color oscurecido
de sus ojos mientras acercaba su boca hasta
mi muñeca. Sentí un tierno beso.
Después noté su lengua acariciar
suavemente mi ahora pulso irregular. Y, por
último, un pequeño pellizco
con sus dientes contra la piel al soltar mi
mano. Sus ojos se encontraron con los míos
mientras se volvía a echar hacia atrás
en su silla. Habló. Su voz era un grave
retumbo que devastó mis ya sobrecargados
sentidos.
—Te toca mover.
Me toca. Me encontraba
allí sentada incapaz de respirar. ¿Confieso
mi amor?, pensé frenéticamente,
vamos bajo cubierta y a todo esto sigue, ¿sigue?
La costa de Cornwall se va dibujando. ¿Y
entonces qué? ¿Me rescatarás
esta vez, Tristan? Un final feliz, ¿final
feliz? ¿O se repetirá nuestra
trágica historia? Tragué el
nudo que estaba subiendo por mi garganta.
Oí una pequeña risa escapar
de sus labios y la miré a los ojos.
Había un débil destello de diversión
y algo más que no conseguí descifrar.
—Ajedrez —afirmó,
el sereno tono de su voz instigó contra
la confusión de mi mente—. Y
te toca mover.
***
Jugamos durante lo que
me parecieron horas. Apenas hablamos una palabra.
El café, ahora frío y olvidado,
se encontraba tras un montón de piezas
blancas y negras entremezcladas. Me perdí
en el movimiento del juego y en la delicada
danza de nuestras manos por el tablero de
ajedrez.
***
—Jaque.
Enarqué una ceja
ante aquello, como una inconsciente imitación
del gesto que ella había hecho al principio
de nuestro encuentro, y la vi esconder una
pequeña sonrisa tras su mano. Sacudí
mi cabeza y le devolví la pequeña
sonrisa mientras movía mi pieza. Sus
ojos se movieron sobre el tablero que estaba
entre nosotras y pude oír un "mmmmm"
vibrando contra su boca cerrada. Su frente
se arrugó mientras pensaba y aguardé
a que hiciera su movimiento.
***
—Tablas —exclamé
al mover mi pieza sobre la superficie de madera.
Mis ojos examinaron el tablero. Tablas.
—Sí, eso
parece.
¿Y ahora? Extendí
mi mano sobre el tablero de ajedrez.
—Buena partida.
Sonreí mientras
ella cogía mi mano con la suya. Con
un movimiento veloz se puso en pie junto a
mi silla, con mi mano aún en la suya.
Me estremecí al sentir su pulgar dibujando
pequeños círculos sobre mi muñeca.
Nuestros ojos se encontraron cuando alzó
mi mano hasta su boca depositando un diminuto
beso en mis nudillos.
—Tristan el Galán
—dije serenamente.
No protesté cuando
me llevó fuera del café. Atravesamos
las frías calles en silencio. Mi mano
cálida por el contacto de la suya.
¿Dónde me llevas ahora, mi galante
Tristan?
***
Minutos después
nos encontrábamos frente a una casa
con la fachada cubierta de hiedra. ¿Son
estos los muros de piedra del castillo de
tu tío? Abrió la puerta y encendió
la luz. Oí un ladrido procedente del
recibidor y vi una fornida figura dirigirse
hacia mí. Ella no pudo atrapar a la
bestia a tiempo y yo aterricé en el
suelo de espaldas con un perro dorado sentado
sobre mi pecho que golpeaba alegremente el
suelo de madera con la cola. Soltó
una maldición y tiró al monstruo
de encima de mí. Tristan, el Caballero
Errante Rescatador de Damiselas en Apuros.
Levanté la mirada hacia sus horrorizados
ojos y después miré al gran
danés que ella estaba refrenando.
—Déjame
adivinar —mi voz se encontraba al borde
de la diversión cuando miré
su cara—. Husdant, ¿cierto?
Ella pestañeó
aún con un matiz de incomprensión
en sus ojos. Después, estalló
en una sonora risa cuando mis palabras fueron
registradas en su mente.
***
—Dame, permíteme
—dijo tomando la bolsa de hielo que
tenía en la mano—. Déjame
echarle un vistazo.
Sentí el trazado
de sus dedos sobre mi cabeza buscando algún
bulto inusual. Aunque no pude verlo, sentí
como arrugaba el entrecejo mientras volvía
a poner suavemente el hielo contra mi cabeza.
Me di la vuelta antes de que ella pudiera
esconder su mirada de preocupación.
Intenté poner algo de humor al asunto.
—¿Tristan
la Frenologista?
Una sonrisa se encendió
suavemente en sus labios. Hizo una ligera
negación con la cabeza y rozó
el lateral de mi temporal con la yema de sus
dedos.
—Tristan la Preocupada.
Tristan Quien debía haber Cerrado el
Perro en el Dormitorio antes de salir de Casa.
Tristan la del Estúpido Perro que tiene
la Inteligencia del Tamaño de una Molécula
—respondió mientras miraba al
gran danés que ahora se encontraba
dormido.
Me giré y seguí
su mirada hasta llegar al perro durmiente.
Era bastante bonito, pensé, especialmente
cuando no estaba sentado sobre mi pecho.
—No deberías
culpar al pobre Husdant —comenté
quedamente—. Él te adora y, obviamente,
estaba intentando protegerte de mí.
Se inclinó hacia
mí y la sentí reírse
entre dientes contra mi pelo.
—Goldie.
—¿Qué?
—Se llama Goldie.
Sentí un ataque
de risitas contra mi pelo.
—Fui a por lo obvio.
—Evidentemente.
Su cuerpo estalló
en una silenciosa risa. Cerré los ojos
al sentirla temblar contra mi cuerpo. Yo estaba
empezando a creer. Tristan el Milagro Creado.
Cuando su risa menguó puso el paquete
de hielo sobre una mesa cercana y deslizó
sus brazos alrededor de mi cintura. Me recliné
hacia atrás contra su cuerpo cerrando
mis ojos una vez más. Sentí
su respiración en mi oreja. Tristan
la Llamada de la Sirena.
—¿Isolde?
—¿Hmmm?
—Ese es tu nombre
verdadero, ¿cierto?
—Sí. Isolde.
Yseut.
—¿Yseut
de las Manos Blancas?
—No, no la de las
Manos Blancas. Isolde. Yseut. Hija del Rey
de Irlanda. Esposa del Rey Mark. Amante de
Tristan.
Se produjo un silencio
y me sobresalté al darme cuenta de
lo que acababa de decir. Sentí su abrazo
apretado alrededor de mi cintura. Su lengua
comenzó a trazar el contorno de mi
oreja. Me estremecí. Ella se volvió
a reír y habló una vez más.
—Bueno, aún
no, pero estoy segura de que podemos encontrar
alguna manera de remediar la situación.
***
Me di la vuelta en el
círculo de sus brazos y me encontré
a mí misma ahogándome en un
mar azul. Jaque, pensé, y me toca mover.
Comencé a trazar la línea de
su mandíbula. Las yemas de mis dedos
descansaron contra la suavidad de su mejilla.
—Ningún
Brangein va a actuar como suplente por nosotras,
mi Tristan —dije cuando nuestros ojos
se encontraron una vez más— ¿Tienes
algún tío rey para traicionar
o algún barón para frustrar?
Ella sonrió. Pasé
mis dedos por el perfil de su boca y observé
como sus ojos se cerraban lentamente.
—¿Ninguna
harina en el suelo ni ninguna herida que pudiera
hablar de nuestro placer?
Ella abrió lo
ojos y me revolvió suavemente el pelo
con su mano.
—Hay una herida
—confirmó con los ojos oscureciéndose
de preocupación.
Tragué contra
la sequedad de mi boca.
—¿Quieres
besarla para que se ponga mejor?
Alzó una ceja
y se rió suavemente. La sentí
atraerme gentilmente hacia su boca. Un suave
beso, vacilante, casi recatado. Se apartó
lentamente y me miró a los ojos. Tristan
la Tímida. ¿Cesarán alguna
vez las sorpresas?
—La herida no estaba
ahí —dije.
Una sonrisa se extendió
lentamente por sus rasgos y su mano volvió
a deslizarse delicadamente por mi pelo. Habló
suavemente, en un susurro.
—¿Y dónde,
mi señora Isolde, reside la herida?
—Aquí —respondí
poniendo mi mano en su corazón.
Me cogió la mano
y la giró poniendo la palma hacia arriba.
Bajó su boca hasta mi muñeca.
Me estremecí.
—Pasaste la marca,
mi señor.
Me miró con un
matiz de incredulidad en sus ojos. Me salió
una sonrisa que se convirtió en risa.
Me acercó a su cuerpo. Mis brazos rodearon
su cuello y los suyos hicieron lo mismo con
mi cintura. Se agitó en una risa silenciosa.
Cuando su temblor cesó finalmente,
habló con un aroma de regocijo en su
tono.
—Sí, jovencita.
Giré mi cabeza
y deposité un suave beso en su oreja.
Cerré los ojos y, despacio, comencé
a trazar el delicado contorno de su oreja
con mi lengua. Respiró con dificultad
cuando introduje el lóbulo en mi boca.
—Isolde.
Me separé y acuné
suavemente su cara entre mis manos. Mi pulgar
dibujó pequeños círculos
contra su piel mientras la miraba a los ojos.
—¿Me llevarás
a tus aposentos? Te prometo que ninguna espada,
ni barón, ni rey se interpondrá
entre nosotras.
***
Cerró la puerta
y se dio la vuelta para encararme. La resolución
que me había traído hasta aquí
estaba lejos de menguar. Se acercó
a mí.
—No tenemos por
qué hacerlo —susurró sintiendo
mi vacilación al sentir las yemas de
sus dedos trazar el contorno de mi cara.
A pesar de mi nerviosismo,
anhelé sentirla contra mí, sentir
la dulzura de su boca. Capturé la mano
con la que me estaba acariciando y empecé
a besar la punta de sus dedos. Luché
contra la vibración de mis nervios
al hablar.
—¿Ha sido
la poción de amor la que nos ha llevado
tan lejos, Tristan? ¿Me mandarás
de vuelta a tu tío, el rey?
Sus dedos jugaron con
mi mandíbula cuando habló con
una sonrisa asomándole por las esquinas
de sus labios.
—Él no te
puede tener de vuelta, mi amada Isolde. No
me iré afligida por el bosque hacia
la locura.
Bajó su cara hacia
la mía. Este beso no tuvo nada de recatado.
Sentí mis rodillas colapsarse cuando
su lengua acarició mi labio y entró
en mi boca. Lentamente, con infinita ternura,
separó su boca de la mía. Tristan
la Fastidiosa. Mis ojos, que habían
flotado cerrados durante nuestro beso se abrieron
para encontrar, una vez más, una serena
sonrisa en sus labios. Su ceja se alzó
al ver el ceño fruncido en mi cara.
—¿Tristan?
—¿Sí,
mi bella Isolde?
—Cama. Ahora.
Ella sonrió y
me llevó hasta su lecho.
***
Su boca se movió
contra la mía y nuestras manos peregrinaron
a lo largo de nuestros cuerpos. Mi camisa
yacía arrugada en el suelo mientras
nuestro viaje nos conducía junto a
su cama. Se separó de mi boca y apoyó
su frente contra la mía. Una sonrisa
se dibujó en sus labios. Sus dedos
se enredaron en mi pelo. Cogí su mano
y le besé la palma.
—No recuerdo que
la historia retratara eso.
Sonreí contra
su mano.
—¿Hay algo,
quizá, que te esté distrayendo?
—le pregunté suavemente mientras
ella me tumbaba gentilmente sobre la cama.
Besé la línea
de su mandíbula. Su respuesta vino
lentamente y mi creencia en sus palabras sonaba
falsa.
—No… nin…
gu… na… dis… trac…
ción.
Solté una suave
risa cuando deslicé mis manos por su
parte anterior y, lentamente, empecé
a desabrocharle la camisa. Arrojé su
ropa fuera de la cama y acerqué su
cara a la mía. Capturé sus labios
en un beso. Sentí una sonrisa contra
mi boca y me separé suavemente. Ella
volvió a hablar.
—¿Tú…
tú recuerdas alguna escena como ésta
en los romances?
Deslicé mis manos
por su cuerpo y sus dedos viajaron por la
curva de mi pecho. Mi mente se quedó
en blanco mientras nos deshacíamos
del resto de nuestra ropa. La oí reírse
entre dientes suavemente mientras me acariciaba
con sus dedos.
—¿Hay algo
que te esté distrayendo, Isolde mía?
Reí mansamente
y negué con la cabeza.
—Nunca hubo detalles
—advertí. Sus dedos y su boca
continuaron a lo largo de mi cuerpo—.
Siempre fue im…
Respiré con dificultad
cuando sentí su boca contra mi pecho
con su lengua trazando círculos alrededor
de mi pezón. Se apartó y colocó
sus dedos donde había estado su boca.
—¿Siempre
fue qué?
—Tristan —suspiré
devolviéndole la sonrisa traviesa que
jugaba en sus labios—. Siempre fue implícito
—dije cerrando los ojos mientras buscaba
en mi memoria—. Y no me acuerdo de haber
leído alguna historia que envolviese
tanto diálogo cuando dos personajes
están haciendo…
Volví a respirar
con dificultad cuando mi habladora Tristan
encontró otra manera de distraerme.
***
El comienzo del nuevo
semestre produjo las habituales reuniones.
Ésta era para presentar los nuevos
facultativos al resto del departamento. Llegaba
tarde. Un estudiante graduado me había
parado en el vestíbulo y me envolví
en una larga conversación. Mientras
me precipitaba en la sala de conferencias,
fui saludada por la alegre voz del Dr. Peterson,
el residente sabelotodo y "eminente Victorianista".
—Ah, ya está
aquí. Dra. Malory, ésta es la
Dra. Isolde Beroul de Troyes, la otra única
medievalista del departamento. Estoy seguro
de que ustedes dos tendrán mucho en
común.
Levanté la vista
y me encontré con los ojos más
azules que alguna vez hubiera visto.
—Isolde, ¿eh?
Bueno, si usted es Isolde entonces yo debo
de ser Tristan.
Reí suavemente
y nos saludamos con un apretón de manos.
—Hola.
Me estremecí al
sentir su pulgar trazando pequeños
círculos en mi muñeca. Enarqué
una ceja, imitando deliberadamente aquel gesto
que había acabado por adorar. Ella
sonrió traviesamente. El Dr. Peterson
volvió a hablar cuando nuestras manos
se separaron.
—¿No es
una increíble coincidencia? ¡Oh!
¡Tristan e Isolde! Esto es realmente
magnífico. ¡Es precioso!
Ambas reímos.
—¿Dra. Malory?
—Por favor, llámeme
Tristan.
—Tristan. Entonces
debe llamarme Isolde. ¿Puedo hacerle
una pregunta?
—¿Sí,
Isolde?
—¿Le gusta
jugar al ajedrez?
FIN
NOTA DE LA TRADUCTORA:
Aquí está el resumen del romance
de Tristan e Isolde.
Se trata de una trágica
historia de amor recogida en manuscritos situada
en la época medieval durante el reinado
del Rey Arturo. Isolde de Irlanda era la hija
de Angwish, Rey de Irlanda. Estaba prometida
con el Rey Mark de Cornwall. El Rey Mark envió
a su sobrino, Tristan, para escoltar a Isolde
durante su camino a Cornwall.
Antes de salir de Irlanda,
la madre de Isolde le dió una poción
de amor a la criada de Isolde con estrictas
instrucciones de mantenerla guardada hasta
que llegaran a Cornwall. Allí se la
daría a Isolde en su noche de bodas.
En un momento del viaje, Isolde y Tristan
bebieron la poción por accidente y
se enamoraron perdidamente el uno del otro
para siempre.
Isolde se había
casado con Mark pero no podía evitar
su amor por Tristan. La aventura amorosa continuó
después de la boda. Cuando el Rey Mark
se enteró de la aventura, perdonó
a Isolde, pero Tristan fue desterrado de Cornwall.
Tristan se mudó a la corte del Rey
Arturo y más tarde se marchó
a Bretaña. Allí conoció
a Iseult de Bretaña. Él se sentía
atraído por ella por la similitud de
su nombre con el de su verdadero amor. Se
casó con ella pero no llegó
a consumar el matrimonio por su amor hacia
la "verdadera" Isolde. Tras caer
enfermo, mandó buscar a Isolde esperando
que ella lo pudiese curar. Dio instrucciones
para que si ella decía que sí,
la bandera del barco de regreso sería
blanca, y si decía que no sería
negra. Iseult, al ver la bandera blanca, mintió
a Tristan y le dijo que la bandera era negra.
Él murió por la pena antes de
que Isolde pudiese llegar hasta él.
Isolde murió poco después con
el corazón roto. Iseult se lamentó
de sus acciones tras ver el amor que habían
sentido el uno por el otro.
Asimismo, Wagner creo
una ópera a partir de dicho romance,
«Tristán e Isolda»,
estrenada en Munich en 1861.
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