|
Uber » Arrepentida
Renuncias: Ehmmm… no renuncio a nada y punto…:-P
Advertencia: No advierto nada, porque es amor y eso no necesita advertencia sea cual sea la forma en la que llegue a ser demostrado.
Agradecimiento: A esa loca inspiración que todos denominan: "Musa"…:-P… y a esas personitas que he tenido el gusto de conocer y no dudaron en brindar su apoyo, y a las cuales no pienso mencionar porque se les sube bien rápido el ego (aunque digan que no lo tienen)…:-P je,je,je…
Dedicatoria: A ti, que aunque ya no estás, nunca dejare de decirte: Lo Siento. Y a todas aquellas personas que nunca van a perder la esperanza de volverse a encontrar con la otra parte de su alma.
Ahora sí, disfruten la historia de esta impertérrita imaginación.
:: ARREPENTIDA
::
Por
Alphard
La familia Fecther, es una de las más acomodadas de este país, pero lamentablemente muy tradicional. Mi nombre es Dana, y por desgracia pertenezco a ella. Durante mucho tiempo viví pegada a sus reglas, que pueden llegar a parecer inaceptables, pero que no tienen trascendencia para una persona que fue subyugada desde que nació a su identidad con el objetivo de, según ellos, llegar a ser la mujer ideal para un perfecto matrimonio.
Nunca pensé que sus normas fueran a convertir mi vida, más adelante, en un infierno. Cuando me di cuenta de que había otra forma de amar que no dependía de la convivencia y la costumbre, una que distaba del momento, llegando y calándose en lo más hondo de tu ser con tan sólo una mirada, una sonrisa o un simple gesto sin palabra alguna, totalmente inacabable y penetrante. Por desgracia, el dueño de ese amor era una mujer. La mujer más hermosa que mis ojos divisaron. Nunca me llegué a imaginar que una mujer me enseñara el verdadero significado de la simple pero a la vez compleja palabra.
Hoy cumplimos ya siete años de habernos conocido. La primera vez que la vi fue en una fiesta de uno de mis amigos. Ella iba ataviada con unos vaqueros negros, una camisa celeste que resaltaba sus ojos, y un chaleco que encajaba perfectamente con su alta figura. Cuando nuestras miradas se cruzaron por vez primera, quedé hipnotizada, fue como si quedara presa en ella. Tanto fue, que ni siquiera me había dado cuenta que se acercaba a mí.
—Hola, me llamo Annell, y ¿tú? Ehmmm, no te había visto antes, ¿acabas de llegar?, ¿te encuentras bien? Creo que te incomodo… un gusto haber hablado contigo.
Tan sólo con esas palabras, amables, inseguras pero avergonzadas, derrumbó la pared hechizante que ella misma había construido en unos minutos.
Al ver que pretendía marcharse, desesperada, cogí su mano y le supliqué que no se fuera, me sentí como una tonta al pedirle a una perfecta extraña que me brindara su compañía.
—No te vayas…
—Disculpa, pensé que no tenías ganas de conversar.
—No, solo que… —me di cuenta de que mi mano aún tomaba la suya, rápidamente deshice el agarre y agaché la cabeza avergonzada.
—Annell.
La escuché decir, llegando con la simple palabra a aliviar mi vergüenza. Lo que me permitió, nuevamente, enfrentar su mirada e interrogar sorprendida.
—¿Perdón?
—Mi nombre, parece que no prestaste atención —sonrió, y sentí una ligera sacudida en el estómago que no me pareció que tuviera que ver con el nerviosismo.
—Lo siento… Un gusto, Annell, el mío es Dana.
Nuestra conversación se dilató hasta casi concluida la fiesta; en ella, me enteré que pretendía ser modelo de pasarela y que incluso ya había hecho algunas presentaciones. Lo poco que me enteré de su vida me pareció asombrosa y sumamente fascinante en comparación con la mía, que no veía por ningún lado interesante. Pero no todo quedó allí. Acordamos salir al día siguiente, o mejor dicho muchas horas después, y ésta fue la primera de muchas otras que duraron un año. Así es cómo y cuándo iniciamos una linda amistad.
Hasta que me di cuenta de lo que empezaba a crecer en mi corazón, sintiéndome muy avergonzada y confundida por un sentimiento que no cabía en mi cabeza, era algo que se supone no debe ser, simplemente ilógico. Ni siquiera sabía como no me había dado cuenta antes, no, si lo sabía, es más, creo que ya estaba segura de que todo había empezado aquel día en la fiesta, pero negué obstinadamente a todo mí ser el aceptarlo. Mis pensamientos galopaban hacía ella, día y noche; mi piel bullía de nervios y mi corazón se sobresaltaba cuando la tenía cerca. Y lo peor de todo era que no quería ni podía evitarlo. Haciendo que ella se llegara a dar cuenta.
—Dana, quiero preguntarte algo. —Su mirada era sumamente inquisidora, provocando que imperiosamente mis nervios fluyeran.
—Ehmmm… —Preferí levantarme del sofá en el que nos encontrábamos y alejarme de ella e ir a contemplar, sin mirar siquiera, la vista que me ofrecía la ventana de su departamento—. Dime.
—Eso.
—¿Qué? —la sola palabra me llegó a confundir, girándome para verla.
—¿Por qué te comportas así?
La vi acercarse cautelosamente a mí como si fuera un animalito preso en su dominio, sin opción de escape.
—No… —mis nervios eran abrasadores—, no entiendo. A qué te refieres.
—Últimamente te he notado extraña.
—¿Extraña?
—A lo que me refiero es… Te noto muy nerviosa, distante… conmigo.
Esa palabra, tan salo esa última, me enclaustró en una batalla que había tratado de vencer en ese tiempo. Por ella. Toda la distancia era sólo con ella y no podía evitarlo. Trataba constantemente de comportarme como siempre lo había hecho, como una amiga, pero mis reacciones distaban de ser sosegadas, se alteraban, y ya no podía, simplemente no podía.
—Annell… te equivocas… ehmmm, yo no soy así sólo contigo…
—Sí, lo eres —asía delicadamente mis nerviosas manos entre las suyas—, justo ahora lo estás siendo. Tus manos tiemblan… —al ver que mi mirada había caído a nuestras manos, trató de enfocarla a la suya elevando mi rostro con una de sus manos sin dejar de tomarlas con la otra—. Por favor, dime qué te pasa, dime si he hecho algo para que te pongas así, dímelo por favor.
Al observar aquellos ojos de cerca percibí dolor y angustia unidos a sus palabras; lastimándome y haciendo darme cuenta de que la amaba más que a mi propia vida y moriría antes de dañarla, lo que me suena irónico ahora. Aquel conato subyugante de reprimir mis sentimientos se evaporó para dar paso a lo inevitable.
—No has hecho nada —trataba de no desviar mi mirada a sus labios—, no te preocupes.
—Entonces, ¿por qué te pones así?
Sus palabras clamaron insatisfechas por las mías, y repentinamente, sin evitarlo, mis ojos dejaron de enfocar los suyos para centrarme en lo más deseado desde hacía tiempo: sus labios. Pero eso no fue todo. Una de mis manos huyó acuciante de su trampa para posarse en su rostro y, más osadamente, tocar aquellos labios que al leve contacto temblaron, haciendo que dejara mí preciada vista y buscara algún desprecio en sus ojos. Lo único que encontré fue confusión; de algún modo eso me alivió pero aplacó hondamente una nueva osadía, conllevando un alejamiento.
—Lo siento, yo no quería hacer eso —preferí mentir para disculpar mi atrevimiento, y alejarme dándole la espalda.
—Dana, yo… No tienes porqué disculparte.
—Sí, yo… No sé que me paso, no debí hacer eso…
Se acerco y tomó mis hombros para girarme, por desgracia no pude evitar llorar ante el dolor de perderla por lo que podía haber ocurrido.
—No llores —me aferró entre sus brazos—, primero te pongo nerviosa y ahora te hago llorar.
—No, no eres tú, soy yo, sólo yo.
—No digas tonterías… —se dispuso a alejarme de su abrazo para poder verme—, deja de llorar —me susurró.
Con sutileza, limpió mi rostro de aquellas aventuradas lágrimas. A la vez, fui sorprendida por el acuciante acercamiento de su rostro, los océanos que brindaban sus ojos inundaron impacientes los míos. Dejándome atrapar por ellos, los cerré, invitándola a concluir lo que anhelaba.
Empezó así una nueva relación, no sólo de amistad como tantas, si no de amor. Pero lamentablemente se tuvo que mantener en secreto porque así se lo pedí, ya que ella sabía cuales eran las costumbres de mi círculo familiar. Todo nuestro amor tuvo que ser marcado por las circunstancias durante dos años, hasta que cometí el error más grande de mi vida, aceptar la costumbre familiar: casarme con un hombre predestinado, sin derecho a reclamar.
Por desgracia oculté esa nueva decisión en mi vida, creyendo que en algún momento hallaría una salida. Sencillamente nunca la encontré, o me empeñé en no hallarla. Sabía perfectamente que había una solución; revelarle mis nuevas intenciones a ella y pedirle que huyéramos. Si el miedo no se hubiera colado en mis huesos más de lo que ya estaba con el posible descubrimiento de nuestra verdadera relación, lo hubiera intentado, pero el prejuicio acusante pudo más que aquel lícito amor que osaba formular por ella.
No sólo eso me llevo a tomar la decisión de finiquitar todo lazo existente entre nosotras, si no que me di cuenta que su futuro se estaba truncando si seguía a mi lado, rechazaba tantas cosas por quedarse conmigo para protegerme de mi familia, decía, cuando en realidad la que protegía en esta relación era yo. Mi obstinada familia era muy influyente, y si se enteraban de lo nuestro iban a hacer de su vida un infierno.
Si hubiéramos huido en esos momentos, todas las puertas, hasta las más pequeñas, se habrían cerrado para ambas. Todo iba a ser martirizante. Sé que bastaba con que estuviéramos juntas, y sí que ansiaba esa vida sin miedos y reproches, pero no deseaba eso nunca más para ella. En sí, el amor encerrado en nuestras almas y en su departamento nunca pudo ser liberado. Llegando así el día de la amarga y trágica despedida.
—Annell… yo… Dios… —hundí el rostro en mis manos ante el miedo que me embargó en esos momentos.
—¿Qué pasa?
—Yo…
Preferí no hablar y aferrarme a ella lo más fuerte que pude, como si en el simple abrazo se me fuera la vida; lo peor era que sí se me iba, la iba a perder y vagar en una acuosa oscuridad viviente que yo misma crearía. Al ver mi muerte en vida próxima, no pude controlar el torrente salado que comenzó a fluir de mis ojos.
Tan linda ella, trataba de tranquilizar mi llanto, sin saber cual era la razón. Sencillamente me abrazaba y acariciaba tiernamente el cabello. Una simple caricia que adoraría tener ahora.
—Shhh… Tranquila mi vida…
Mi vida. Siempre decía que yo era su vida, una vida que gustosa daría por volver a verla aunque sólo durara un instante. Ese apaciguamiento me hizo llorar más, y requerir inquieta aquella cercanía que pronto se iba a disipar.
—Abrázame por favor, no me sueltes…
—No te voy a soltar, pero por favor deja de llorar, sabes que no me gusta verte así…
—Te quiero, te quiero tanto…
—Lo sé, yo también te quiero…
No sé cuanto tiempo pasó hasta que mis sollozos cesaron, por que lo único que recuerdo fue despertar entre sus brazos, al parecer de tanto llorar me quedé dormida, me sentía segura y protegida en ellos. No quería moverme por temor a que se diera cuenta de mi despertar. Quería permanecer así para siempre. Por desgracia notó que mi apacible respiración había cambiado, haciendo factible mi pérdida de sueño.
—Tenemos que hablar —me dijo, mientras removía un mechón de mi cabello para poder ver mejor mi rostro.
Preferí acurrucarme más a ella, y cerrar fuertemente los ojos para retener las nuevas lágrimas.
—Sabes que tenemos que hablar… por favor necesito saber la razón… Dana…
Era tarde, no podía hacer más por aplacar lo que inevitablemente tenía que suceder, aunque no quisiera. Su calmada insistencia me inquirió una aclaración.
—Te quiero.
—Yo también, y por eso quiero saber qué te pasa… No seas así conmigo, por favor, dime que pasa —acariciaba pasivamente mi espalda, animándome a responder—. ¿He dicho o hecho algo para que te pongas así?
Me limité a negar con la cabeza; aunque había hecho algo muy grave, algo que se pagaba con un sufrimiento peor que el encierro en un calabozo, y del que por desgracia fui el verdugo y el juez que dictaminó el castigo. La mortifiqué tan sólo por cometer un único delito: amarme.
—Dana, respóndeme… —con sumo cuidado izó mi rostro para ver mis ojos, pero los encontró cerrados—. Dana…
Al ver mi terquedad en no abrirlos, besó dulce y delicadamente mis labios para "despertarme" y tratar de llevarme a su realidad, a una que en ese momento prefería no vivir. Pero logró llevarme a él, cautamente, con la calidez de sus besos. Me aferré a ellos como los últimos que iba a dar y recibir, trasmitiéndome tanta confianza y amor.
Lentamente fui abriendo los ojos quedando sumergida en el pacifico mar de los suyos. Me limité a mirarla y rememorar los tres años de nuestra vida juntas; en primacía como incondicionales amigas y luego acérrimas amantes.
Su sonrisa me trajo nuevamente a la realidad, haciéndome casi llorar, pero preferí no hacerlo más y regalarle una última sonrisa en la que le trasmití todo mi amor, tan sincero y único que esperé que en ese momento fuera suficiente para entender lo que iba a hacer.
Me alejé de su seguro abrazo y decidí ir a la cocina por algo para refrescar mi garganta seca por el llanto, pero ella retuvo el andar tomando mi mano y obligándome así, con ese simple acto, a exhalar alguna palabra.
—Voy a la cocina, tengo sed, por favor espera aquí… cuando regrese responderé a tus preguntas —dije tratándome de dar tiempo.
Cuando estaba en la cocina busque por todos los medios alguna bebida fuerte, lo necesitaba, aunque a mi parecer es algo estúpido enfrascarse en ese tipo de bebidas para salir y disipar los problemas cuando en realidad los empeora. Pero era inútil buscar ya que ella no bebía, siempre lo detestó. Preferí tomar agua y envalentarme a mi maldito destino.
Al divisarla en mi llegada, jugaba con sus manos, signo de nerviosismo en ella; al parecer ya estaba conjeturando, y fue mejor. Inhalé todo el aire necesario y entré a la batalla. Tomé asiento en el sofá frente a ella y esperé a que comenzara.
—¿Dana, qué pasa?
Sus ojos mostraban el miedo que había en su interrogante, provocándome más dolor del que ya sentía y obligándome a retirar esa visión, cerré fuertemente mis ojos, descendiendo el rostro.
—Por favor habla… no me angusties más de lo que ya estoy.
—Tenemos… tenemos que…
Ante mis quebradas palabras, provoqué que se acercara y arrodillara frente a mí, tomando mis manos me incitó a continuar.
—… terminar.
El simple vocablo llegó a mi atormentada garganta, siendo emitido casi como un susurro. Temí tener que repetirla a su imperceptible sonido. Pero lo que me confirmó su audición fue el alejamiento de las fuertes y delicadas manos. Dejando de hincarse incrédula ante las palabras.
—Terminar… pero… ¿por qué?
—Voy a casarme.
—¿Qué, casarte?… ¿con quién?
—Es alguien que conozco desde pequeña, mi madre…
—¿Y nosotras? —había dolor en sus palabras.
Mis cuerdas vocales se negaron a emitir sonido alguno, preferí callar antes de repetir las palabras de separación definitiva. No podía enfrentarla, su mirada me daba miedo. Pero ella se negó a mi respuesta silenciosa. Se arrodilló nuevamente y tomó mis manos temblando.
—Por favor mírame, y dime que estás jugando… que… todo esto es una burla cruel… pero… te perdonaré si me dices que estás bromeando… que sólo intentas averiguar cuánto te amo… por favor —su última suplica fue emitida casi en llanto, oprimiéndome tanto el corazón que me negué aún más a verla. Alzó mi rostro hasta el suyo para ver reflejadas mis palabras en él. Pero por desgracia mostró la cruda realidad. Así pude ver el sufrimiento que embargaba sus hermosos ojos mezclados con lágrimas—. Es broma, ¿verdad? —Preferí abrazarla y unir mis lágrimas a las suyas—. ¿Verdad?… —Me limité a llorar—. ¿No lo es…? —sus palabras llegaron susurrantes a mis oídos y me abrazó fuerte como entendiendo la tácita respuesta, pero negándose a aceptarla. Incluso concluyó rápidamente que todo era por culpa de mi familia—. No voy a permitir que te aparten de mi lado, me escuchas, no lo permitiré… —su abrazo era tan desesperante que no pude evitar desarmarme más—. No quieres casarte, ¿verdad?, huyamos… vayámonos lejos…
Hundiéndome más en el abrazo reflexioné su propuesta, pero mi atormentada cabeza me dictaba las miles de negativas que ya habían sido planteadas. Forzándome a la rotunda respuesta.
—No.
Lentamente desprendió sus miembros de mi cintura y me miró incrédula ante la negativa.
—¿No?
—No.
El violento desprendimiento y su repentino alejamiento me mostró una perspectiva de su dorso, junto a la opresión de sus puños. Me dio a entender que no aceptaba mi negativa.
—¿Por qué?
—Mis padres se pueden enterar de lo nuestro y…
—Mentira… —decidió hacerme frente y refutar mis palabras—, hemos mantenido oculta nuestra relación durante dos años, y ahora me dices que temes que se enteren.
—No quiero que mis padres te hagan daño…
—¿Por qué no dejas que me encargue yo de eso?
—No entiendes… ellos te pueden lastimar no sólo a ti sino a tu familia, y yo no lo voy a permitir…
—Y crees qué yo sí.
—No he dicho eso… ¡demonios!… yo sólo quiero protegerte porque te amo —enfaticé la última palabra, creyendo que así aplacaría su exaltación.
—¿Me amas? Si lo hicieras no me lastimarías como lo estás haciendo ahora.
—Sí, te amo —trataba de decir entre sollozos acercándome a ella.
—¿Entonces por qué no te vienes conmigo? —Sus ojos nuevamente me suplicaron compasión.
—No puedo… mis padres…
—¡DEMONIOS! —Fui sorprendida cuando sus puños se descargaron en la lámpara que descansaba en la mesita junto al sillón. Haciendo que su mano sangrara donde había recibido el impacto—. Deja de decirme que son tus padres.
—Te lastimaste… —intenté acercarme y tomar su mano herida.
—Esto no es nada en comparación con lo que le has hecho a mi alma… —Sus palabras calaron en mi ya maltrecho corazón, junto al océano de sus ojos, desbordándose—. Cómo puedes hacerme esto, yo creía en ti, pensé que me querías —exclamaba desesperada por el dolor que le había causado y que yo también sentía.
—Tú sabes muy bien que te amo.
—Es una clase de amor que prefiero no tener, porque si esa es tu forma de amarme pues… no la quiero —pronunció de forma casi imperceptible, dándome la espalda.
—No digas eso, por favor —estiré mi brazo para tocar su espalda pero me negó el contacto.
—Piensas que debo aceptar todo esto así sin más. Te casarás, y ¿yo? ¿Dónde quedo, Dana? ¡¿Dónde?!
—Yo… —incapaz de darle respuesta, cubrí mi rostro, por unos segundos, con mis manos, para luego pasarlas por mi cabello desesperada—. Déjame tratar de explicarte.
—¿Qué me quieres explicar? ¿Acaso me quieres convencer que todo es culpa de tus padres? —Volteó bruscamente para mirarme—. Déjame decirte que no te creo… Fui una estúpida al creer que me amabas y permitirte controlar mi vida. Sólo fui tu maldito títere, ¿verdad, Dana?
—¡NO! ¡Nunca jugué contigo, yo te amo, no lo entiendes! —Sus palabras llegaron a herirme, conllevando mi alteración.
—Maldición, Dana, fueron dos malditos años de mi vida… MI VIDA… pero sabes, la estúpida de Annell acaba de morir, ya no existirá más, y no creas que malgastaré mi vida sufriendo al verte casada. Ve y cásate, ya no me importa. —Consiguió su objetivo, lastimarme como yo la había lastimado, con las palabras más crudas que pudo haber formulado, incentivando aún más mis lágrimas—. Deja de llorar, maldita sea… Demonios, Dana… ¿Por qué lo haces? Dime… ¡¿por qué?! —me dijo agarrándome fuertemente de los hombros, con una mirada tan fría que nunca había conocido.
—Suéltame por favor, me lástimas —supliqué tratando de liberarme, esquivando su mirada.
Me dejó caer en el sofá que se encontraba detrás de mí.
—Odio. ¿Me escuchas?, en odio es lo que has convertido todo el amor que siento por ti. Ojalá ya estés feliz de haber terminado con todo esto. Porque yo sí lo estoy, porque gracias a ti me he dado cuenta de que… no vale la pena seguir luchando por algo que nunca existió.
Con esas últimas palabras se marchó, cerrando la puerta del departamento en el que habíamos compartido nuestro amor. Las palabras que cada vez que recuerdo vuelven mi vida más vacía y oscura de lo que ya está.
Desde ese día nunca volví a saber de ella. El mismo día que yo empezaba una nueva pero desconsolada vida con el que sería mi esposo, ella emprendía otra, lejos de mí, en las pasarelas de Madrid.
Me dio mucho gusto saber que por fin había aceptado el trabajo que tantas veces rechazó por no alejarse de mí. Muchas veces terminábamos discutiendo. Yo le decía que estaba loca por dejar pasar una oportunidad como ésa, a lo que ella me respondía que sí lo estaba, pero por mí, y que, lo que más le importaba no era las grandes pasarelas sino el amor que yo sentía por ella, ésa era la más codiciada de las pasarelas en la que quería modelar para siempre.
Se convirtió en una de las mujeres más codiciadas del mundo del modelaje. Es así que gracias a las innumerables portadas de revistas y entrevistas televisivas llegué a saber de ella.
Un día, también como hoy, mientras me encontraba pintando uno de mis tantos cuadros que un tiempo atrás iban a parar al desván de mi casa, me llegó la noticia de la muerte de Annell Covish.
—John… tenemos una trágica noticia de último minuto… el Airbus 310 que salía de Francia con destino a Seattle, acaba de tener un accidente… Nos comunican que el vuelo tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto principal de Galway, al occidente de la república de Irlanda… por unos desperfectos en las turbinas. Por desgracia no pudo llegar al aeropuerto a tiempo precipitándose aparatosamente al mar… las pérdidas han sido cuantiosas… Otra de las desgracias, John, es que en el vuelo se hallaba el grupo de modelos que iban a formar parte del número de pasarela más importante que se llevaría a cabo en nuestra ciudad, incluso se rumorea que entre ellas se encontraba una de las modelos más importantes del mundo del modelaje… nos referimos a Annell Covish… Como bien sabemos esta mujer que para todos era una completa extraña llegó a convertirse en tan poco tiempo en una de las mejores modelos de de este fastuoso mundo…
No pude escuchar más, mis sentidos se negaron a aceptarlo. No podía ser verdad. Ella no. Había logrado aceptar que el destino nos negara a estar juntas y saber de ella sólo por noticias televisivas e incluso a su odio porqué me lo merecía, pero no aceptaba que fuera tan desgraciado de separarnos sin la sola oportunidad de volver a vernos, simplemente separándonos y ya, pero esta vez y por desgracia para siempre.
Al escuchar su nombre, me deshice por completo. No sé qué pasó después, sólo recuerdo que no desperté en sus brazos como deseaba y me encontraba en mi sueño, un maravilloso ensueño en el que ella regresaba a mí, me abrazaba y me decía que todo estaba bien, que sólo había sido un sueño. No dejé de llorar y culparme durante meses. Sabía que no era mi culpa pero no podía evitar hacerlo. Pero hubo algo en toda esa circunstancia que nunca se supo, y fue que el último viaje que ella emprendió no sólo era para unas de sus tantas sesiones, sino para venir a verme. Yo le había mandado una carta, aunque muy temerosa por su reacción, después de mucho tiempo, en la que le decía que me había enfrentado por fin a todo y a todos por ella, y que si aún quería volver a intentar una nueva vida juntas para siempre, sin reproches, porque yo seguía amándola.
Por tal motivo obtuve el desprecio de mis padres, fue muy difícil afrontar todo sola. Pero gracias a unos amigos fundé una galería con las pinturas que siempre dormían en mi desván y gracias a esto no dependo de mi marido y familia.
—Mami, mami, mira lo que hice para ti.
—Qué lindo hija, gracias.
Mi hija Annell, el segundo gran amor de mi vida, y lo único hermoso del desastre de mi matrimonio. Lo único que no tuve el valor de revelarle en aquella última carta. La existencia de una hermosa niña producto de la unión que nos separó. Más por el miedo a un rechazo, uno que estoy segura que nunca se hubiera dado, por el simple hecho de ser parte de mí.
Mi bella y adorada hija me sacó de mis pensamientos para mostrarme un retrato que ha hecho de mí. Con tan sólo cuatro años ya es toda una artista. Mi hija es la única de la familia Fecther que no va a sufrir la desgracia de casarse con alguien que no ama. Porque yo no lo voy a permitir.
¿Saben? Hay algo irónico en toda mi vida, que se suscitó no sólo con su alejamiento para siempre, si no que llegará a condenarme hasta el final de mi vida, y es revivir anhelante el mismo día que nos conocimos y el desconsolante día de su muerte.
Tal vez hubiera sido mejor nunca conocerla, quizás así aún estaría con vida, o tal vez no. Porque si no la hubiera conocido, nunca habría conocido el sentimiento más puro que puede sentir el ser humano: el amor.
De lo que me arrepiento es de no haberle pedido perdón personalmente, y mucho menos haberle dicho que gracias a su fuerza y amor me dio el valor suficiente, aunque un poco tarde, de enfrentar mis estúpidos miedos, y por supuesto a mi familia, para así tratar de ser feliz aunque ahora lejos de ella, pero con mi gran tesoro, mi pequeña hija. Por lo menos tengo el consuelo de que algún día nos volveremos a encontrar aunque no sea en este mundo, pero esta vez nada ni nadie nos volverá a separar.
FIN
Nota: ¿Creen que debí renunciar?
Es mi primera publicación, así que se agradecerían comentarios a Alphard: anhankt@yahoo.es
:: ANTERIOR ::
:: ARRIBA :: ::
SIGUIENTE ::
|