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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::
—Gracias —dijo Laura—. Me alegro de que estés aquí. —Acto seguido, devolvió su atención a los papeles y lanzó un sonoro suspiro—. Será mejor que siga con esto. Por suerte, mamá lo tenía todo organizado. Estos de aquí son los documentos del seguro. Los de la bolsa son todo lo del abogado y la casa.
Apartó varias hojas y las dejó a un lado.
—Oye, ¿por qué no te relajas unos minutos? —propuso Crystal.
Laura negó con la cabeza.
—No puedo. Tengo que encargarme de todo. —Echó un vistazo a su hermano por encima del hombro—. No puedo pedirle a él que lo haga.
—Ya no es un niño, ¿sabes? —le recordó la joven—. En unas semanas entrará a la Universidad.
—Así es —afirmó Laura—. ¿Cómo me las voy a arreglar? Alguien tiene que quedarse con ella ahora. —Comenzó nuevamente a mirar los papeles—. ¿El seguro cubre la asistencia a domicilio?
En ese momento, Crystal se sintió extrañamente fuera de lugar. Los hospitales eran sitios que uno visita muy de vez en cuando, y lidiar con la posible pérdida de un familiar no era algo de lo que tuviera que preocuparse. Por un instante, dejó vagar su mente, preguntándose si sus padres seguirían con vida. Esa idea derivó de forma natural en su hermana mayor y Crystal se perdió en otra época hasta que Laura llamó su atención.
—Perdona, ¿qué decías?
—Te preguntaba si no te importaría traernos algo de la máquina. Creo que me vendría bien algo fuerte en este momento.
—¿Chocolate caliente o café?
—Mmmm… cafeína y azúcar o chocolate con cafeína y azúcar. Mejor el chocolate.
—Vale —dijo Crystal, incorporándose—. Bobby, ¿quieres algo?
—Café con leche y azúcar, por favor —respondió él.
—Enseguida vuelvo —susurró a Laura, recogiendo el puñado de monedas que ella le alargaba. Será mejor que yo también me tome un café. Me da que nos espera una noche muy larga.
***
Crystal no se equivocaba en su apreciación de la noche que tenían por delante. Ya eran más de las dos, y laura no mostraba signos de querer abandonar el hospital. En varias ocasiones, los hermanos Taylor entraron a ver a su madre mientras ella se quedaba vigilando sus pertenencias en la sala de espera. En aquel momento, Bobby estaba profundamente dormido, tumbado sobre varias sillas, y Laura seguía inspeccionando la documentación familiar.
—A lo mejor deberías dormir un poco —dijo Crystal al ver a su compañera de piso ahogar otro bostezo.
—No. Quiero estar aquí por si mamá se despierta.
—Han dicho que seguramente eso no ocurrirá hasta mañana.
—Ya se han equivocado antes. No quiero que se despierte ahí sola —contestó Laura con severidad.
—Por lo menos date un respiro con todo eso de los papeles. —Alargó una taza de humeante de chocolate a Laura—. La última se te quedó fría antes de que dieras un sorbo. Recuéstate un minuto y bébete esto. Visto que la sutilidad no estaba dando resultados, Crystal levantó la taza y la puso en la mano de su compañera—. Bebe.
—Yo no…
—Bebe —repitió Crystal con voz firme. Su persistencia dio fruto y Laura agarró por fin el vaso, vaciando la mitad del contenido de un solo trago y dejándola sobre la mesa.
—¿Contenta?
—Sí. —Y en realidad, Crystal estaba contenta de que Laura le hiciese caso. No era el rol que la rubia jugaba normalmente y esperaba ser capaz de apoyar a su amiga Laura en todo lo necesario. Tras echar un vistazo al adolescente que descansaba al otro lado de la sala, Crystal recordó la charla que habían tenido en el coche—. Laura, Bobby puede hacerse cargo de las cosas de la casa de tu madre mientras ella esté aquí.
—Yo me encargo de eso —afirmó la mujer de pelo oscuro sin levantar la vista de la pila de papeles—. Él ya tiene bastante con prepararse para la Universidad.
—¿Qué le falta por hacer? Ya se ha graduado del instituto y le han aceptado donde quiera que vaya a ir.
—En Union. Le han aceptado en Union.
—Pues en Union. Así que, ¿de qué más tiene que ocuparse? ¿De meter en la maleta las cosas que necesita llevarse a la residencia? Eso no le impedirá recoger el periódico y el correo por las mañanas. Estoy segura de que, de hecho, ya lo hacía con tu madre en casa. Ya no es un crío.
—No le corresponde ocuparse de esas cosas. —Laura cogió el bolígrafo y garabateó una nota en su agenda—. Lo tengo todo controlado.
—Como quieras. —Tras dejar escapar un suspiro, Crystal se dio por vencida y se recostó en la silla. Eres demasiado cabezota para mí.
—¿Dónde está…? —Laura rebuscó entre los papeles—. No la encuentro.
—¿Qué no encuentras?
—La otra póliza de mamá. Debe tener un seguro adicional que cubra los servicios que no entran en los del Ejército. No la encuentro, pero tiene que estar por aquí.
—¿Estás segura de que la tiene?
—Pues claro. Cuando papá se jubiló, las contrató él mismo. A lo mejor están en la carpeta de su documentación. —Laura abrió el maletín y sacó la carpeta grande de color Manila—. Por eso Bobby no puede hacerse cargo de estas cosas. Él jamás habría pensado en los seguros adicionales.
—A mí tampoco se me habría ocurrido, la verdad —admitió Crystal.
—Ya, bueno, yo debí haber caído en la cuenta antes, pero… ah, aquí está. En la carpeta de papá. —Laura meneó la cabeza—. No puedo creer que a mamá no se le ocurriera ponerla en la suya.
Yo no puedo creer que alguien tenga una carpeta, pensó Crystal. No pudo ocultar su sorpresa cuando Laura dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en la silla, ya que esperaba que su compañera de piso pasara toda la noche enterrada bajo aquella montaña de documentos.
—Bueno, ya está. Sólo tengo que llevar los números de la póliza a la oficina de pagos y mamá podrá estar tranquila hasta que esto acabe.
—¿Quieres entrar a verla otra vez? Si quieres, yo me quedo a vigilar tus cosas.
Laura no pudo contener a tiempo un bostezo.
—Oh, perdona. ¿Qué hora es?
—Casi las dos y media.
—Por suerte, mañana empieza el fin de semana. Me sentiría tremendamente culpable si tuvieras que levantarte mañana temprano y trabajar todo el día con Michael.
—Lo haría, en caso necesario —dijo Crystal—. Ve, anda. Si se despierte tu hermano, le diré dónde estás.
Laura le dirigió una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias. No tardaré mucho.
—Tarda todo lo que quieras.
Crystal vio a su compañera de piso abandonar la sala de espera y recorrer el pasillo antes de subir los pies a la mesa y buscar una posición lo más cómoda posible en su silla de plástico.
Otro motivo por el que detesto las salas de espera. Estas sillas son una mierda. Crystal bostezó y se frotó los ojos. Podría quedarme dormida en este mismo momento. No puedo creer lo cansada que estoy. Sólo voy a cerrar los ojos un momento mientras ella no está. Minutos después, estaba profundamente dormida.
Crystal se despertó de golpe al sentir que alguien le tocaba el hombro.
—¿Crystal? Crystal, despierta.
—¿Qué? —Incorporándose, la joven rubia se frotó los ojos y se tomó unos segundos para recordar dónde estaba—. Oh, Laura, lo siento. Me he quedado frita.
—Ya lo suponía. He tardado casi una hora en volver.
Crystal apartó las piernas para que Laura pudiera ocupar su asiento.
—¿Qué tal está? —preguntó, intentando todavía despertarse completamente.
—Se ha despertado un poco. —Laura dirigió una mirada a su hermano, quien aún estaba dormido—. Parece tan débil… y no podía dejar de toser. El médico ha dicho que es buena señal.
—¿Qué? ¿Qué se le vayan a salir los pulmones por la boca?
—De hecho, sí. Me ha dicho que eso quiere decir que la medicina que le han dado está haciendo efecto. El líquido está saliendo de los pulmones y por eso tose.
—Y eso es bueno, ¿no?
—Eso dicen. —Laura suspiró y negó con la cabeza—. Mi mamá me ha dicho que se siente demasiado mal como para soportar las pruebas y las preguntas de los médicos. Dentro de un rato la van a llevar a la UCC.
—¿La UCC?
—Es la Unidad de Cuidados Cardiacos. Quieren tenerla allí unos días hasta que expulse el líquido y al parecer va a haber un cardiólogo vigilándola. —Entonces, echó un vistazo a su hermano—. Él era sólo un niño cuando papá murió.
—Ahora ya no es un niño —dijo Crystal—. Es consciente de lo que está pasando.
—Lo sé —convino Laura. Una tosecilla educada les hizo girar la cabeza hacia un hombre alto que llevaba una impoluta bata blanca de laboratorio—. Enseguida vengo. —Laura salió al pasillo y habló un rato con el hombre. Minutos después, volvió a entrar en la sala—. Dicen que lo mejor es que nos vayamos a casa y regresemos mañana. Será mejor que le despierte. Puede dormir en el sofá.
—¿Quieres decir que vas a traértelo a casa?
—Lo más probable es que no quiera estar solo —razonó Laura—. En momentos como éste, la familia deber permanecer unida.
Yo no sé nada de eso de permanecer unidos, pensó Crystal con pesadumbre. Pero supongo que así se comportan las familias normales.
—¿Entonces nos vamos a casa y tú vuelves mañana?
—En cuanto me despierte. No quiero que mamá esté aquí sola mucho tiempo. —Laura se arrellanó en la silla y exhaló lentamente—. No puedo creer que esté pasando esto. —Sus dedos atraparon con rapidez una lágrima que empezaba a recorrer su mejilla—. S… sólo tiene cincuenta y cuatro años.
Crystal se dio cuenta en seguida que el control que Laura había estado manteniendo toda la noche amenazaba con desmoronarse. Sin saber qué otra cosa hacer, abrió los brazos y dejó que la inestable mujer se abrazara a ella.
—Todo saldrá bien —susurró, recorriendo lentamente la espalda de Laura con su mano. Sintió que el cuerpo que sostenía empezaba a temblar a medida que las lágrimas fluían. Oh, no, ahora sí que está llorando de verdad—. Shhh, Laura, venga. Todo va bien. Tu madre se va a curar. Shhh… —Crystal no estaba segura de cuál de las dos empezó a mecerse, pero tampoco hizo nada por detener el tranquilizador movimiento. Empleó su mano derecha para cubrir la cabeza que descansaba sobre su pecho mientras que seguía acariciando la espalda de Laura con la izquierda—. Todo irá bien. —Crystal sabía cómo manejar la ira, pero la tristeza era algo diferente. Y dado que quien estaba triste era una de sus mejores amigas, se sintió todavía más indefensa—. No sé qué más puedo hacer —susurró, dejando descansar su mejilla contra la frente de Laura. Sintió la humedad de las lágrimas traspasar su camiseta y la presión casi dolorosa de las manos de Laura en su espalda. ¿Qué coño puedo decirle? Los minutos pasaron y ella siguió abrazando a su amiga. Al advertir un movimiento por el rabillo del ojo, Crystal alzó la vista cuando Bobby se incorporaba frotándose los ojos. A continuación, miró a su hermana con gesto preocupado—. Tranquilo, ella está bien —informó Crystal al joven para tranquilizarle—. ¿Laura? —susurró—. ¿Laura? Bobby se ha despertado. —Tal y como esperaba, la escritora se apartó de ella y se irguió en la silla, haciendo enormes esfuerzos para recuperar la compostura.
—Lo siento —dijo Laura, rebuscando en uno de sus bolsillos hasta dar con el pañuelo—. Supongo que necesitaba una buena llorera. —Se secó los ojos y miró a su hermano—. Vas a llevar a mamá a la UCC y nos han sugerido que nos vayamos a descansar y volvamos mañana.
Bobby bostezó y se levantó, desperezándose aparatosamente para desentumecer los músculos tras estar tanto rato tumbado sobre las sillas.
—Ahh… pensaba que no me iba a dormir.
—No te preocupes por eso —dijo Crystal—. Yo también me he desconectado un rato. —Echó un rápido vistazo a los cercos de lágrimas que decoraban la parte delantera de su camiseta y miró a Laura—. ¿Nos vamos?
—Sí —dijo Laura, devolviendo la mayoría de los documentos al maletín antes de cerrarlo—. Voy un momento a recepción para darles los datos del seguro de mamá y listo. Bobby, ¿quieres pasar por casa y recoger algo de ropa o prefieres esperar hasta mañana?
—¿Recoger mi ropa? Puedo quedarme en casa mientras mamá está aquí —dijo con firmeza y mirando a Crystal en busca de ayuda.
—Em… Laura, ¿puedo hablar contigo un momento? —Tirandosuavemente del codo de la escritora, Crystal se dirigió al otro extremo de la sala—. Él no quiere quedarse con nosotras —dijo en voz baja—. ¿Por qué no le dejas quedarse solo?
—Es demasiado jo… —Laura se detuvo, contemplando el rastro de barba que cubría parte del rostro de su hermano.
—No es demasiado joven —le recordó Crystal.
Laura suspiró y asintió a regañadientes.
—Vale. —Acto seguido, se volvió hacia Bobby—. Entonces nos vemos mañana. Asegúrate de cerrar con llave todas las puertas y que nadie que no sea de la familia sepa que estás solo en casa.
Bobby inclinó la cabeza y miró a su hermana.
—No tengo doce años, ¿sabes?
—Lo sé. —Laura fue hasta él, le puso las manos sobre los hombros y sonrió con aire pensativo—. Pero por muchos años que cumplas, siempre serás mi hermanito pequeño y me preocuparé por ti, ¿vale? —preguntó, alborotándole el ya de por sí rubio cabello—. Tú ganas. Nos vemos mañana. Conduce con cuidado.
—Siempre lo hago.
—Por eso tienes ya una multa por exceso de velocidad. A mí no me pusieron una hasta que pasé los veinte.
—¿Qué puedo decir, hermanita? —dijo él sonriendo—. Supongo que me he desarrollado antes que tú. —Se sacó las llaves del bolsillo—. Mañana traeré la colcha de mamá.
—Buena idea. Seguro que le alegrará tener algo suyo aquí. —Laura le dio un golpecito en el brazo y miró a su hermano mientras éste abandonaba la sala de espera. Después se giró hacia Crystal y, con un gesto, le indicó que ellas también debían irse ya a casa.
***
La luz del amanecer empezaba a teñir el cielo y a colarse en el dormitorio de Crystal, como desafiando a la joven a despertar. Con un gruñido molesto, se giró en la cama y extendió el brazo hacia el cenicero y los cigarrillos que estaban en su mesita de noche.
Será mejor que lo vaya dejando, pensó con aire apesadumbrado llevándose un cigarrillo a los labios y encendiéndolo. Después de llegar del hospital, Crystal se había pasado casi una hora sentada en el sofá mientras Laura recorría la sala de arriba abajo, limpiando cosas que en realidad no estaban sucias y hablando sin parar sobre su madre. Menos mal que no ha dejado el hábito de la limpieza, porque si no esto sería una leonera. Yo nunca malgastaría mi tiempo en sacarle brillo a las patas de la mesa de café. Con tanta actividad, es imposible que el polvo vaya a posarse en ningún sitio. A pesar de la falta de sueño, Crystal se sentía extrañamente a gusto. La madre de Laura estaba enferma y, a pesar de que la cosa iba en serio, los médicos parecían mostrarse optimistas y capaces de controlar la situación. Tras una larga calada, Crystal contempló la pintura abstracta que decoraba una de sus paredes. Todavía no entiendo qué le ve Laura a esa cosa. El cuadro no mostraba más que unos cuantos brochazos de color brillante que formaban un patrón regular. Hasta un crío de cinco años podría hacerlo. Crystal siguió mirando el cuadro mientras se consumía su cigarrillo, reflexionando sobre lo ocurrido la noche anterior. Comprendió que había tenido que llevar a Laura al hospital, puesto que ella se encontraba demasiado afectada para conducir, pero no comprendía por qué no había llamado a Jenny. Había dado por hecho que Laura telefonearía de inmediato a su ex – amante para que la ayudara. En realidad, yo no he servido de mucho. Sólo estuve… allí. Crystal se encogió de hombros, incapaz de determinar en qué momento había hecho algo útil por Laura. Aun así, le agradaba pensar que al menos había sido capaz de consolar un poco a su compañera de piso.
Tras estrujar la colilla en el cenicero, Crystal salió de la cama y se encaminó al cuarto de baño. Si no puedo dormir, será mejor que me vaya arreglando. A medida que se acercaba a la ducha, se preguntó con curiosidad si Laura recordaría que tenía un partido de softball. Claro que no vamos a ir. Me pregunto a qué hora querrá irse al hospital. En ese momento, la idea de que quizá Laura no iba a necesitarla cruzó por su mente. Tras silenciar la necesidad más apremiante de la mañana, sin duda debido a la gran cantidad de café y chocolate que había ingerido el día anterior, Crystal se aseguró de que la puerta estaba cerrada y se metió en la ducha. Corriendo la cortina transparente, se maravilló otra vez de que nunca tuviera restos de jabón. Seguro que la limpia a conciencia después de ducharse todos los días, pensó dejándose empapar por la cascada de agua caliente.
Consciente de que Laura estaba aún profundamente dormida y de que probablemente quería seguir en ese estado un poco más, Crystal se premió con una sesión extra larga de ducha, dejando que las cálidas gotas recorrieran su cuerpo. A pesar de que lo estaba disfrutando de lo lindo, de pronto sintió curiosidad por la perilla multifunción. Un rápido giro y el agua cambió de caer suavemente a un chorro concentrado de mayor potencia.
—Ohhh… —exclamó, cubriéndose los pechos por la fuerza del agua—. Es la última vez que hago estas cosas. —Girándose para que el agua le masajease la espalda, Crystal se dio el lujo de pasar allí unos minutos más antes de cerrar la llave y salir, situándose sobre la esponjada alfombrilla azul. La ducha había resultado vigorizante, pero aprendió la lección y decidió no jugar con la perilla de ahí en adelante… o al menos, no cuando ésta apuntaba a zonas sensibles de su cuerpo—. Mierda…
No tuvo necesidad de echar un vistazo al baño para asegurarse de que se le había olvidado traerse laropa limpia. La ropa interior que había traído descansaba ahora, empapada, sobre la barra de la cortina. Por lo menos, Laura sigue dormida. Tras arrojar la toalla sobre la barra, empezó a pasarse el cepillo por el pelo, estudiando su imagen en el espejo y advirtiendo, no sin pesadumbre, que sus pechos parecían algo más caídos de lo que normalmente estaban. Genial, tengo veinticinco años y ya me estoy arrugando, pensó para sí. Aunque es lógico, las tengo demasiado grandes como para que se queden ahí arriba toda la vida. Inclinándose hacia delante, estudió su reflejo con detenimiento en busca de arrugas en su frente y alrededor de los ojos. Al no encontrar ninguna, y sintiéndose bastante estúpida por lo que acababa de hacer, Crystal terminó de peinarse y se lavó los dientes. Cuando iba a dejar otra vez el cepillo en el soporte, su mirada cayó sobre la bandeja del jabón.
—Joder —murmuró. De alguna forma, se las había arreglado para dejarla llena de agua y los jabones literalmente flotaban en ella. Alcanzando la toalla, secó a conciencia la bandeja y los jabones, acomodándolos después de forma que no se notara demasiado el desastre.
¿Para qué demonios tiene esos jabones en el baño si nadie los puede usar? Para que huela bien, basta con poner un ambientador. Aquélla era sólo una más de las muchas molestias tolerables de su compañera de piso. A Laura no le gustaba la cortina de la ducha ni que Crystal utilizara la barra como tendedero de su ropa interior y a ella no le gustaban los jabones que “no se pueden usar", la funda de pelo de la taza ni el papel, duro y reseco, que su amiga insistía en comprar. Tú tienes tus caprichos y yo los míos, pensó Crystal colocando el último jaboncito en su lugar. Simplemente, los míos no son tan molestos. Tras arrojar la toalla húmeda otra vez sobre la barra, abrió la puerta y miró hacia la izquierda para asegurarse de que la habitación de Laura estaba cerrada antes de echar a andar, totalmente desnuda, hacia la suya.
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