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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::
PARTE ONCE
Exhausta por la desvelada de la noche anterior, sin mencionar el miedo que había pasado por lo de su madre, Laura no se sorprendió demasiado cuando abrió por fin los ojos y comprobó que era casi mediodía. Intentando despejar el sueño que aún le nublaba la vista, se levantó y caminó hacia el baño con aire desganado. Casi por inercia, tiró de la toalla que estaba colgada en la barra de la cortina de la ducha y quitó la ropa interior que la acompañaba y dejó ambas cosas sobre el borde del lavabo, cosa que ya formaba parte de su rutina mañanera, puesto que Crystal era quien normalmente se levantaba primero. Girando las llaves de paso hasta lograr la temperatura adecuada, Laura cayó en la cuenta del chorro que caía con fuerza y lo miró pensativamente, advirtiendo quién lo había cambiado.
Es la primera vez que lo hace. Una idea terriblemente lasciva cruzó su mente en aquel preciso instante. ¿Qué estaría haciendo aquí dentro? Cambiando la perilla de nuevo, Laura se metió bajo el agua y agarró el jabón con una sonrisa pícara en los labios.
Media hora más tarde, bajaba las escaleras. No se había preocupado de secarse el pelo, que le caía libremente hasta la altura de la mandíbula por delante y a la altura del cuello por detrás. Un agradable olor se las arregló en aquel momento para colarse en sus fosas nasales y sonrió.
—Mmmm… ¿qué huele tan bien? —preguntó, sabiendo que Crystal estaba en la cocina. Inmediatamente, le contestó una voz clara y animada.
—He encontrado una caja de tortitas y las instrucciones venían en el lateral —dijo Crystal regalándole a Laura una sonrisa—. He oído la ducha y pensé que tendrías hambre.
—Muchas gracias —contestó Laura, contemplando la torre de tortitas que había en un plato y sintiendo cómo su estómago rechinaba—. Ya se me ha olvidado la última vez que alguien me hizo el desayuno. —Después de pensarlo un momento, se dio cuenta, con cierta pesadumbre, de que Jenny había sido la última persona que había pasado la noche con ella y la había sorprendido de esa forma. De aquello hacía casi tres años, y Laura se preguntó a dónde había pasado todo ese tiempo. Encerrada arriba frente al ordenador y sin parar de escribir, contestó una voz en su interior.
—Tu vida sexual es tan aburrida como la mía, ¿eh? —dijo Crystal con una mueca irónica, sacando a Laura de sus pensamientos—. No me lo explico, con todas esas mujeres pululando a tu alrededor. —Crystal le dio la espalda para retirar la siguiente tanda de tortitas de la plancha.
Laura, por su parte, la miró con aire pensativo.
—Supongo que llevo un tiempo sin ocuparme de eso. —Acodándose en el mostrador, alcanzó la cafetera y vertió el líquido humeante en una de las tazas que había cerca—. En realidad, tampoco lo había pensado. —Perdida en sí misma, Laura no se dio cuenta del momento en que Crystal fue hasta la nevera y le acercó el cartón de leche—. Oh, gracias —dijo en ese momento, alargándole la taza—. Así está bien.
—Tú siéntate y relájate. —Crystal señaló en dirección a la mesa—. Yo me encargo de esto. Tengo la receta.
Laura asintió, se dejó caer en una silla y se llevó la taza a los labios. Hipnotizada por el vapor que se elevaba frente a sus ojos, Laura dejó que sus pensamientos vagaran con libertad mientras contemplaba a la mujer que iba y venía en la cocina. Después de todo el tiempo que habían vivido juntas, iba comprendiendo cada vez un poco más a su hermosa pero conflictiva compañera. Ahora entendía que Crystal era poco menos que un alma solitaria que sufría profundamente por ello. Cuando se había mudado, Laura podía captar el inquebrantable escudo de una mujer criada en las calles. El tiempo, sin embargo, le había mostrado lo que había bajo ese escudo. En ocasiones Laura lograba entrever a la adolescente confusa pidiendo a gritos que la protegieran de aquellos que debían haberla protegido y sentía encogérsele el corazón al pensar en la joven que jamás había recibido el amor que con tanta desesperación necesitaba. Pero la noche anterior y esa misma mañana le estaban mostrando otra parte de Crystal.
Laura sintió el cariño en la forma en que la había abrazado durante su ataque de llanto, los cálidos abrazos que llegaban justo cuando más los necesitaba, el café y las tortitas esperándola al despertar. Cuando Crystal dejó sobre la mesa el plato y el sirope, Laura se levantó y envolvió a la joven con sus brazos.
—Muchas gracias por haber estado conmigo ayer —susurró Laura con la boca enterrada en el rubio cabello de su amiga—. Fue muy duro para mí y sólo quiero que sepas que te lo agradezco. —Retrocediendo levemente, pero aún sin soltarla del todo, Laura miró con intensidad sus ojos azules—. No cualquiera se pasaría toda una noche sentada en la sala de espera de un hospital sólo para dar apoyo moral a una amiga.
La media sonrisa de Crystal parecía forzada y Laura se dio cuenta de que la joven era incapaz de mantener el contacto visual.
—Ya, bueno… —dijo la rubia antes de apartarse de ella—. Tú también me has apoyado. Es lo menos que podía hacer. Será mejor que comas algo antes de que se enfríe.
Captando la incomodidad de su amiga, Laura dirigió una última mirada a Crystal antes de volver a sentarse. La escritora apenas había dado el primer bocado a su desayuno cuando cerró los ojos y dejó escapar un gruñido de satisfacción.
—Oh, está buenísimo. —Otro bocado—. No me había dado cuenta del hambre que tenía.
—Bueno, ayer no cenaste nada —indicó Crystal, negando con la cabeza cuando Laura le señaló la torre de tortitas—. No, gracias. Me he levantado temprano y ya he comido. Ah, por cierto, te han llamado por teléfono.
—¿Ah, sí? —Laura cortó con el tenedor otro pedazo de tortita—. ¿Quién era?
—Tu tía Helen.
El tenedor de Laura se detuvo a medio camino entre el plato y su boca y miró a su compañera como si acabara de decir que los de Hacienda querían pedirle audiencia.
—Y… ¿qué ha dicho? —preguntó con turbación. La mención de la excéntrica hermana de su madre nunca era buena señal. Laura aún se acordaba de las muchas ocasiones en que sus padres se habían encerrado tras una reunión familiar para discutir acerca de algo que Helen había dicho o hecho.
—Que llegará al aeropuerto a las cuatro y veinte. Te he apuntado el número de vuelo. ¿Por qué pones esa cara?
Laura había cerrado los ojos y arrugado la nariz, completamente segura de que estaría sufriendo un horrible dolor de cabeza antes de acabar el día.
—¿Te ha dicho cuánto se va a quedar?
—No. Había mucho jaleo y su acento es algo extraño.
—Es de Boston —dijo Laura, abriendo los ojos y contemplando la tortita mientras la empujaba por el plato—. Vaya mierda —susurró.
—¿No es uno de tus parientes más queridos? —aventuró Crystal.
—La soporto —convino Laura con tono de fastidio—. Es un poco… es del tipo de personas que “lo que ves, es lo que hay”. La tía Helen no se calla nada y opina de todo. —Tras varios tragos de café, destinados más a ordenar sus ideas que a saciar la sed, Laura continuó—. No sería tan horrible si no pensara automáticamente lo contrario que mis padres sobre cada cosa.
—¿Se lleva bien con tu madre? —preguntó Crystal.
—Si hace tiempo que no se ven, la cosa no va tan mal durante un rato. Se ponen al día de sus respectivas vidas y cotillean sobre el resto de la familia.
—No suena tan mal.
Laura levantó la cabeza.
—No, esa es la parte buena. Luego mi madre empieza a fastidiarla con su costumbre de beber o fumar o el sinfín de novios que tiene o su vida descarriada. —Laura encerró esas últimas palabras entre comillas con los dedos—. Entonces empieza lo bueno. Cuando papá vivía, los tres se enfrascaban en unos profundos debates sobre todos los temas de este mundo y más. La última vez que vino de visita le dijo a mamá que se negaba a quedarse bajo el mismo techo que ella. —En ese punto, sus ojos se abrieron desmesuradamente ante una idea—. Oh, Dios, espero que ya se le haya olvidado. No quiero que se quede aquí. Voy a buscarle un hotel.
—Vaya, debe ser horrible, ¿eh? —Crystal negó con la cabeza—. Y yo pensando que te trizaba los nervios. Parece ser una buena pieza, si puede superar a tu infernal compañera de piso. —Tomada por sorpresa por el comentario, Laura vio a su amiga encogiéndose de hombros—. Te oí una vez hablando por teléfono —confesó Crystal.
—Yo… —Laura bajó la vista hacia el plato, lamentando en serio que la joven hubiese escuchado aquellas palabras saliendo de su boca—. Hace mucho que no lo digo. Por lo menos estas últimas semanas.
Crystal meneó la cabeza quitándole importancia.
—No te preocupes. Tenías todo el derecho. Debe ser difícil vivir con alguien tan…
—¿Vago? —aventuró Laura, provocando una media sonrisa de su compañera.
—Iba a decir alguien tan diferente a ti —concluyó Crystal, mirándola fijamente—. Tampoco es fácil convivir con la señorita Trapo y Fregona, pero oye, no nos va mal.
No parecía estar tan molesta por el comentario anterior como Laura había supuesto y la escritora decidió que Crystal ya debía haberla perdonado.
—Así es —convino Laura, al menos por ahora—. Alguien me dijo una vez que, con tolerancia y paciencia, no hay nada que no se pueda solucionar si la gente implicada está dispuesta a esforzarse para ello. Quién sabe, a lo mejor un día acabamos siendo buenas amigas.
—Mejor no adelantar acontecimientos —le advirtió Crystal con un deje de ironía y pareciendo mucho más relajada y amigable de lo normal—. Sigo pensando que eres un coñazo con todo eso de limpiar y lavar. —Acto seguido, se puso en pie y se tanteó el bolsillo del pantalón—. Hora de fumar. Volveré en un par de minutos y, si quieres, iré contigo al hospital. Bobby ha llamado y ha dicho que se reunirá contigo allí.
—Parece que he sido la última en caerme de la cama esta mañana —dijo Laura—. Y sí, puedes venirte si quieres, aunque luego tendrás que llevarme al aeropuerto para recoger a mi tía.
—No hay problema. Por lo que he oído de ella hasta ahora, será divertido. Ahora vengo. —Así, Crystal abrió la puerta corredera y salió a fumar.
Laura devolvió su atención al plato de tortitas que tenía delante, a pesar de que su apetito parecía haberse calmado al oír mencionar a su problemática tía. Tenía la esperanza de que Helen estuviera más preocupada por el estado de salud de su hermana que por traer a colación los seis mil tópicos que, invariablemente, terminaban convirtiéndose en una auténtica batalla dialéctica. ¿Quién la habrá llamado?, se preguntó. Seguro que la abuela Betty. Helen había sido una de las personas que no consiguió localizar en la primera ronda de llamadas, frustrada cuando el buzón de voz le indicó que no quedaba espacio en la cintapara dejar mensajes. Laura se hizo una nota mental para no recordarle a su tía la discusión que había terminado con su negativa a quedarse en la casa y evitar así que quisiera alojarse con ellas. Para consternación de Laura, sintió una punzada en la sien anunciándole el dolor de cabeza que estaba por llegar, y empezó a dudar de que aquel día fuera a resultar bien.
***
Bobby había estado esperándolas en el hospital y una mueca contrariada decoraba su joven rostro.
—Ya era hora. Mamá pensaba que no ibas a venir.
—¿Está despierta? —preguntó Laura a medida que se aproximaban. Su hermano estaba en el pasillo, frente a la puerta de la habitación de su madre.
—Sí, estoy despierta —gritó la mujer desde dentro. Laura compartió una mirada con Crystal antes de entrar, saludando de inmediato a su madre y disculpándose por no haber llegado antes. Con pesadumbre, comprobó que su hermano y Crystal no la habían acompañado dentro, obligándola a lidiar con su siempre alerta y, a juzgar por la expresión de su cara, nerviosa madre.
—¿Cómo te sientes? Nos has dado un buen susto.
Gail Taylor agitó su mano con desgana, sin preocuparse por las vías inyectadas en su brazo.
—No os podréis librar de mí tan fácilmente. Tengo toda la intención de hacerte la vida imposible un poco más. —A pesar de la valentía que demostraba, Laura estaba segura de que su madre no había pasado un buen rato precisamente.
—¿Ha venido ya a verte el médico?
—Oh, sí, uno detrás de otro. Las enfermeras me han estado despertando cada hora para tomarme la presión y he conocido a un médico de cada área de este hospital. —La mujer extendió la mano, dejando ver una señal dentada en la base de su dedo anular—. Han tenido que romper los anillos por la hinchazón —dijo Gail con solemnidad—. Nunca me los había quitado desde que tu padre me los puso hace treinta años.
—Seguro que se pueden arreglar —aventuró Laura.
—No se trata de eso —afirmó su madre con tono cortante—. El doctor Stevens me ha dicho que esto podría volver a pasar. Quiere que lleve uno de esos botones de pánico alrededor del cuello para avisar a una ambulancia.
La idea de que su madre necesitara uno de esos chismes asustó a Laura más de lo que estaba dispuesta a admitir. Ya era suficiente con que su madre pareciera tan hinchada, puesto que apenas podía distinguir sus pómulos. Que algo así pudiera pasar otra vez sin previo aviso la aterrorizaba.
—Mamá… —Laura aspiró profundamente.
—Ah, no, de eso nada. —Gail negó enérgicamente con la cabeza—. Por muy serio que pueda resultar esto, no pienso tener una enfermera en casa.
—No iba a decir eso —respondió Laura, a pesar de que la idea había cruzado por su mente—. Pero tal vez deberías considerar tener a alguien que te eche una mano. No quiero que te esfuerces tanto.
—Tonterías. Tú estás sólo a una llamada de distancia y me sé de memoria el número de emergencias.
—¿Y si te caes y no puedes llegar al teléfono?
—Me estás hablando como a una abuela. No soy inútil, Laura. — El cansancio comenzaba a aparecer en el rostro de Gail—. Dejémoslo por ahora. Los médicos dicen que saldré de aquí a finales de semana. Ya veremos cómo van las cosas.
Laura asintió, ya que no quería molestar a su madre y tampoco estaba de humor para meterse en una discusión interminable.
—Otra opción es que me quede contigo hasta que te sientas mejor, si quieres. —Para cualquier otra persona, eso sería una oferta de lo más natural, pero en el caso de las determinadas mujeres Taylor, era magnánima en extremo. Laura amaba profundamente a su madre y el sentimiento era mutuo, pero hacía mucho que no se sentían cómodas la una con la otra. Esa idea le recordó de golpe al familiar que en aquel momento sobrevolaba sus cabezas en algún lugar—. Mamá… ¿te ha dicho Bobby quién va a venir?
—Helen no, ¿verdad? —preguntó la mujer con un deje esperanzado. Laura asintió, deseando para sí que su hermano dejara de escabullirse para fumar con su compañera de piso y entrara en la habitación—. Pues en mi casa no se queda —afirmó Gail rotundamente—. Estoy demasiado cansada como para aguantarla.
—No te van a dar el alta hasta dentro de una semana, ¿no?
—Y cuando salga de aquí no quiero tener que aguantarla —insistió su madre—. La ciudad está plagada de hoteles. Que se quede en uno. —Gail gruñó algo incoherente y su rostro mostró los esfuerzos que estaba haciendo por mantenerse calmada. Al verlo, Laura alargó la mano hacia el botón de auxilio, pero la mujer la detuvo—. No, no hace falta. Es que últimamente me canso mucho.
Aliviada, pero no sin preocupación, Laura retrocedió y dejó caer su mano hasta uno de los barrotes que rodeaban la cama.
—Vale —dijo al fin, no queriendo alterar más a su madre—. Le buscaré dónde quedarse. —A continuación, fue hasta la cabecera y acomodó una de las almohadas que su madre tenía detrás de la cabeza—. ¿Mejor?
—Mucho mejor —aseguró Gail a su hija con una sonrisa aprobatoria que pareció extraña en su rostro hinchado por el edema—. Siempre fuiste una buena chica.
—Porque tuve unos padres geniales —afirmó Laura palmeando el hombro de su madre antes de colocarse donde pudiesen mirarse a los ojos—. A lo mejor no has estado de acuerdo con todo lo que he hecho, pero me has apoyado y me has querido. —Para sorpresa de Laura, se encontró pensando en Crystal y la recorrió una oleada de empatía, deseando que su compañera de piso hubiese podido crecer con unos padres tan buenos como los suyos—. Te quiero, mamá —dijo, apretando la mano de su madre.
—Bueno, ya vale de ñoñerías —dijo Bobby mientras entraba en la habitación. Tras él, Laura pudo entrever a Crystal en el pasillo con aire de indecisión y le indicó que pasara también.
—Ya era hora de que volvieras —reprendió la mujer al chico antes de mirar a Crystal—. ¿Cómo estás?
—Bien —respondió ella educadamente—. Espero que ya se encuentre mejor.
—Sí, mucho mejor —respondió Gail antes de tomarse un momento para respirar profundamente. Laura decidió en ese instante que su madre necesitaba descansar… y que ella tenía que enfrentarse con el familiar que pronto llegaría a la ciudad.
—Mamá, nos vamos a ir ya para que descanses —dijo ella, cubriendo los hombros de la mujer con la manta—. Relájate un poco. Volveré más tarde.
—Supongo que vas a traer a Helen —dijo su madre con tono de fastidio al tiempo que se recostaba sobre las almohadas.
—¿Te crees que tengo elección, mamá? —le preguntó antes de terminar de ajustar bien la ropa de cama sobre el cuerpo de su madre y enderezándose—. Nos vemos luego.
Laura se inclinó para besar a su madre en la frente antes de hacerse a un lado para que Bobby pudiera despedirse también.
***
Los alrededores del aeropuerto estaban atascados de furgonetas y coches en constante batalla por ganar un hueco en el aparcamiento mientras una miríada de taxis trataban de colarse entre ellos.
—Odio venir aquí —dijo Laura cuando otro taxi metió el morro en el escaso metro de distancia de seguridad que las separaba del coche de delante.
—Me sorprende que no nos haya rozado —afirmó Crystal, mirando con desprecio al conductor—. ¿Quién fue el imbécil que diseñó este sitio?
—No creo que la responsabilidad sea de ningún imbécil. —Echando un vistazo a la señal de aparcamiento limitado, Laura comprobó el retrovisor y se metió en el carril izquierdo—. Estoy segura de que es cosa de un comité.
—De un comité hasta arriba de mierda —comentó Crystal—. Mira, allí hay un sitio.
—No, está demasiado cerca de la puerta. Debe ser para discapacitados. —Al aproximarse, el dibujo azul en el suelo confirmó las sospechas de la escritora. Les llevó tres vueltas más y, por tanto, volver a ver tres veces la señal de aparcamiento limitado, el que Crystal viera un coche salir en ese preciso momento y ocupar el lugar vacante.
—Esto es de locos —refunfuñó la rubia—. Ya sabía yo que debía haber una buena razón para no ir volando a ningún sitio. No por el avión, sino por el maldito aeropuerto.
—Y hasta aquí ha sido la parte fácil —dijo Laura, haciendo girar la llave y activando elsistema de alarma del coche—. Tenemos que ver por qué puerta va a salir. Sólo me dijo el número de vuelo. —Se abrieron paso entre los vehículos aparcados, aunque sólo para verse detenidas de nuevo por una doble hilera de coches que no parecían dispuestos a frenar lo suficiente como para que ellas pudieran cruzar. Tras asistir pacientemente al tremendo repertorio de frases coloristas de su compañera de piso, Laura aprovechó un espacio y se lanzó como una flecha hacia la Terminal principal.
Los brillantes carteles de señalización y el fluir constante de personas creaban una abigarrada colección de colores y sonidos. Laura se detuvo ante uno de los mapas el tiempo suficiente para orientarse, decepcionada al comprobar que la puerta a la que tenían que ir estaba justo en el otro extremo de la Terminal. El temperamento de Crystal estaba ligeramente sensible aquel día, hasta el punto de que Laura se vio temiendo que, si algún transeúnte le daba un golpecito por accidente, iban a intercambiar algo más que insultos y gestos obscenos. Para cuando llegaron a la puerta, Crystal estaba claramente nerviosa y sin darse cuenta sacó su paquete de cigarrillos.
—Cierto —dijo con tono frustrado—. Aquí dentro no se puede fumar.
Tras dejar escapar un suspiro de fastidio, Crystal se dejó caer en la silla baja de plástico. Laura se sentó junto a ella y observó que la zona empezaba a llenarse de gente que también esperaba el vuelo.
—Me temo que no —afirmó Laura con delicadeza. Sin pensarlo, levantó una mano y la posó sobre el hombro de Crystal, un poco dolida al sentir un estremecimiento bajo sus dedos. Planteándose por un momento si apartarse o no, la escritora dejó que su mano resbalara hacia abajo, masajeando con suavidad la parte alta de la espalda de la joven. Dado que ésta no hizo nada por apartarla, Laura alteró el movimiento, formando pequeños arcos con sus dedos hasta que sintió que la tensión y la tirantez de los músculos empezar a ceder—. Hemos llegado quince minutos antes —dijo sin cesar de aplicar el agradable masaje en la espalda de Crystal. Era cierto que había sentido cierto rechazo al principio, pero Laura sospechaba que se había debido más a la reticencia automática que la joven mujer a que la tocaran.
—Me da que, cuando se vaya, la vas a tener que traer tú sola —dijo Crystal, aunque su tono era definitivamente menos agitado que antes—. Yo no pienso volver a pasar por todo este rollo.
—¿Y cómo esperas que salgamos de aquí? —la interrogó Laura con aire irónico—. Dudo que el coche quiera venir a recogernos aquí. —Crystal pareció reflexionar sobre el problema y frunció el ceño aún más. Laura, por su parte, hizo todo lo posible por no sonreír, pero la mueca de su compañera de piso era demasiado mona como para evitarlo.
—Buen punto —farfulló Crystal.
—Sólo expongo los hechos, amiga mía. Y no olvides que Helen va a llegar con tres o cuatro maletas como mínimo.
—¿Es que piensa mudarse aquí o qué?
Laura sonrió al escuchar eso, puesto que su tía se caracterizaba, entre otras cosas, por llevar siempre consigo una cantidad de equipaje mayor a la que cualquier otra persona necesitaría incluso para dar la vuelta al mundo.
—Esperemos que no quiera quedarse más que unos días. Si no, vamos a necesitar uno de esos cochecitos portaequipajes.
—¿Cómo que vamos? —preguntó la rubia con tono cortante—. Es pariente tuya, no mía.
—Vale. Pues tú te vas con ella y que te dé la brasa hasta que se te caigan las orejas. A mí me da igual.
—Me da que voy a arrepentirme de haber querido pasar el día contigo —afirmó Crystal con cautela, como dejando una puerta abierta a la esperanza.
Cuando por fin aterrizó el avión y los pasajeros comenzaron a salir en tropel por la puerta, Crystal no tuvo ninguna duda de quién era Helen. Ataviada con sedas de brillantes colores y un sombrero a juego, Helen Chick sobresalía entre la multitud. Laura corroboró las sospechas de Crystal con un movimiento de cabeza y empezó a gesticular para atraer la atención de la rimbombante mujer.
—¡Ooh, Laura Elizabeth! —exclamó Helen, con una voz que pareció ahogar el jaleo que las separaba. Saludando efusivamente, se abrió paso entre los demás viajeros y envolvió a Laura en lo que a Crystal le pareció un abrazo de oso.
—Hola tía, ¿cómo estás? —preguntó Laura cuando consiguió recuperar el aliento.
—Ah, como siempre, calabacita. Ocupada, ocupada, ocupada.
Crystal enarcó las cejas al escuchar el apodo cariñoso de su compañera de piso y haciéndose una nota mental para vacilarle después con eso. Al darse cuenta de que de repente era el centro de atención, alargó su mano.
—Yo soy Crystal, la compañera de piso de Laura.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Helen alegremente, abrazando a la joven con fuerza—. Eres una monería de chica. —Demasiado sorprendida como para resistirse, Crystal no se resistió al cariñoso gesto. A esa distancia, fue capaz de ver más claramente a la tía de Laura. Bajo el pomposo sombrero, una masa de cabello plateado rodeaba el rostro que, sospechaba, rara vez salía a la luz del sol sin una buena capa de maquillaje. De hecho, casi podían adivinarse varias capas de base y sombra de ojos que constituían la imagen pública de Helen Chick.
—Ah… gracias —farfulló Crystal, pidiendo ayuda a Laura en silencio.
—Tía Helen, no es… —comenzó a decir Laura.
—Salgamos de aquí antes de que nos quedemos copadas una hora —dijo Helen, cortando sin miramientos a su sobrina—. Aborrezco este aeropuerto.
Crystal no estaba segura del auténtico alcance de la palabra aborrecer, pero a juzgar por la cara de asco de Helen, no debía ser bueno. Claro que otra idea le rondaba la cabeza a raíz del comentario anterior a ese. Helen pensaba que entre ellas había algo más que amistad. En cualquier caso, dado que ya se dirigían hacia la zona de equipajes y que Helen había pasado a enumerar las múltiples cosas que funcionaban mal en el aeropuerto local, Crystal decidió dejar para después las aclaraciones pertinentes acerca de ese punto. El brazo de Helen sostenía un bolso de cuero con ribetes dorados. La joven suspiró profundamente al ver la miríada de bolsas de viaje que daban vueltas en la cinta transportadora. Estaba segura de que no iban a caber en el Jeep y se preguntó si Laura habría traído cuerdas para el portaequipajes del coche. Sin embargo, una vez retirada la primera maleta, Crystal pasó a preocuparse por el hecho de que su espalda fuera a sobrevivir al esfuerzo de meter los bultos en el maletero. Al parecer, Helen empacaba cada accesorio de la cocina cuando viajaba, pero no le preocupaba demasiado tener que cargarlos, puesto que en ese momento de limitaba a señalar con el dedo qué maletas eran las suyas e indicando a Laura el orden preciso en que debían ser colocadas en el carrito.
En cuando salieron al cálido aire de agosto, Crystal echó mano de sus cigarrillos. Sin embargo, antes de encenderlo, una nube de humo la rodeó, ya que al parecer Helen era más rápida en lo que a utilización de mecheros se refería. Crystal terminó de encender el suyo y, antes de guardar el encendedor, se vio sorprendida por una voz jovial.
—¿Tú también fumas? —Lo cual hizo que se ganara una palmada en la espalda.
Joder, qué fuerza tiene.
—Sí —respondió Crystal medio tosiendo.
—Pues en mi coche no se fuma —dijo Laura con firmeza, deteniendo el carrito justo detrás del Jeep—. ¿Prefieres un hotel en concreto?
—No hay motivo para enriquecer a esos antros… y menos en este pueblo —dijo Helen—. A tu madre le sobra espacio en esa casucha que tiene.
Crystal, que en ese momento intentaba acomodar dos maletas en el coche mientras mantenía su cigarrillo en precario equilibrio entre los dientes, sintió que Laura se estremecía.
—Mamá quiere que te quedes en un hotel. Supongo que no se le ha olvidado lo que dijiste la última vez que estuviste de visita.
—Chorradas. ¿Recorro no sé cuántos kilómetros para verla y no tiene la decencia de abrirme las puertas de su casa? No, calabacita, hay que poner la más grande abajo.
—Pensaba que ésta era la más grande —refunfuñó Laura, volviendo a sacar la maleta del Jeep y echando un vistazo a la que Crystal empujaba hacia ella—. No te puedes quedar en casa de mamá —repitió.
—Joder, vale. —Helen se cruzó de brazos mientras su cigarrillo arrojaba volutas de humo a la atmósfera—. Si va a estar en ese plan, por mí no hay problema. Al menos tú no eres tan maleducada como para dejar a un familiar en la calle.
Crystal estaba haciendo enormes esfuerzos para no entrar en la conversación, pero se vio incapaz de no dar un respingo al escuchar esa última frase. No había que ser físico nuclear para suponer a dónde quería llegar Helen.
—Em… ¿Laura?
—¿Sigues teniendo esa casa junto al lago? —prosiguió Helen, ignorando las miradas que se dirigían las dos jóvenes—. Debe tener una vista genial ahora que empieza el otoño.
—Tía Helen, no tenemos cuarto de invitados.
—Bah, haremos como cuando tú venías de visita en verano —dijo Helen con un gesto casual—. Vamos a cargar todo esto para ver qué se ha hecho Gail esta vez. Por tu estado de ánimo, supongo que no es grave.
—Necesita tiempo y medicación —comenzó a decir Laura—. Pero oye, no te puedes quedar con nosotras.
—Venga, Laurita —dijo Helen como si estuviera hablando con un niño—. ¿Ya no te acuerdas de cuando vine a veros y tuvimos esa agradable y prolongada charla sobre tu “compañera de piso”? No tienes de qué avergonzarte.
—No soy esa clase de “compañera” —afirmó Crystal por fin—. Tengo mi propia habitación.
—Oh. —Helen frunció el ceño y Crystal prácticamente daba por zanjado el tema cuando la estrambótica mujer encontró la solución perfecta—. A lo mejor tendrás un sofá, ¿no? —A continuación, rió con ganas—. Te prometo que no apareceré con ningún jovencito.
Crystal miró a Laura a tiempo de captar su característica caída de hombros en señal de derrota. Supongo que vamos a tener compañía unos días. Contemplando la montaña de equipaje que esperaba ser acomodado en el interior de Jeep, lo único que pudo pensar con claridad fue que al menos se tratara de días, y no de meses.
Al final, Laura decidió que ella se iría al sofá mientras su tía ocupaba su cuarto, ya que sus modales le impedían hacer menos por un invitado, sin importar lo desquiciante que fuera. Helen ocupó el asiento del copiloto y automáticamente e hizo dueña de la radio durante todo el trayecto. Los altavoces comenzaron a escupir música discotequera mientras Helen destripaba las vidas de sus familiares más cercanos. Intentando por todos los medios alejarse el altavoz de su puerta, Crystal, en medio del asiento trasero, no podía evitar captar ráfagas de la conversación. En realidad, no era difícil, porque Helen insistía en hablar por encima de la música en vez de bajar el volumen, digamos hasta el umbral de tolerancia humana. La imagen de la familia de Laura, tan perfecta e impoluta, empezó a desvanecerse de la mente de Crystal a medida que su tía hablaba.
—Y el idiota lo habría conseguido si no hubiera estornudado cuando estaba escondido en la alcantarilla —dijo la tía de Laura, dando por terminada la historia de uno de sus primos—. Tuvo suerte de que sólo le pusieran en periodo de prueba.
—Ahá —dijo Laura con aire ausente, prestando más atención a la carretera. En ese momento, Helen se volvió hacia Crystal.
—Y dime, ¿sigue mi sobrina con esa obsesión por mantener la casa como los chorros del oro?
—Em… —Dándose cuenta de lo comprometido de su situación, Crystal aspiró profundamente y se rindió a la evidencia—. Sí.
—Lo que le hace falta es soltarse el pelo y vivir un poco —continuó la mujer—. Es demasiado estirada. A lo mejor podemos sacarla del cascarón mientras yo esté aquí. ¿Qué te parece?
Oh, por favor, que alguien me saque de aquí, imploró en silencio Crystal cuando una batería de imágenes de bingos y museos cruzó por su mente.
—Pues no sé, depende de lo que quiera hacer Laura —dijo por fin—. Yo trabajo bastante, así que no creo que pueda ir con vosotras. —Por favor, haced planes entre semana. Espero que Michael tenga un montón de horas extra.
—Chorradas —contestó Helen—. Ya buscaremos tiempo.
Crystal frunció el ceño al darse cuenta de que Helen era el tipo de persona que nunca acepta un no por respuesta.
—¿Cuánto vas a quedarte?
—Supongo que una semana o así. Ya veremos. No me gusta poner fechas exactas.
La respuesta no ayudó a que Crystal se sintiera mejor.
***
—Me está volviendo loca —refunfuñó Crystal, dejándose caer en el puff—. ¿Conoces a esa petarda?
Jenny, que se había pasado la mayor parte de la semana hablando con Laura por teléfono sobre su tía, su libertad de espíritu y cómo le había puesto la casa patas arriba, esperaba recibir algún tipo de queja por parte de Crystal, pero no aquélla. Apenas la había saludado antes de empezar a despotricar de la mujer.
—¿Y concretamente qué es lo que te molesta de ella?
—Todo —farfulló Crystal, pasándose los dedos por el pelo—. Yo pensaba que Laura era un fastidio a veces, pero esta mujer me saca de quicio. ¿Sabes que Laura siempre tiene respuesta para cada jodida pregunta de cada jodido juego?
Jenny asintió, familiarizada con la situación.
—¿Y eso te incomoda?
—No tanto como cuando Helen, la enciclopedia andante, lo hace. La pregunta era qué presa era, no cuándo se construyó y toda la historia. Pues Laura va y dice Hoover y Helen salta con cómo eso dio lugar a Boulder City y así un buen rato. —Crystal se estaba disparando, por lo que interrumpirla quedaba fuera de lugar—. Dijera lo que dijera Laura, ella empezaba a hablar hasta que la conversación no tenía nada que ver con lo que era al principio. Va a volverla loca. —Crystal miró de soslayo a Jenny—. Sí, lo sé, no podemos hablar de Laura.
Jenny asintió y abrió el cuaderno de la joven.
—Por lo que veo, ha sido una semana muy intensa.
—En casa, en el trabajo, en todo. —Arrellanándose para adaptar la forma del puff a su cuerpo, Crystal entrelazó los dedos detrás de su cabeza y dejó la mirada perdida—. Como si no tuviera ya bastante con lo de su madre, que por cierto cada día que tiene que estar en el hospital se vuelve más zorra… —A pesar de que la regla de no hablar de Laura parecía haberse evadido nuevamente, Jenny dudó si interrumpir a la joven, ya que aquella era una de las líneas de pensamiento más largas que Crystal había compartido con ella hasta la fecha—. Apuesto a que ni siquiera ha escrito una página desde que llegó ella… y eso que se ha bajado el ordenador a la sala. Está justo debajo de mi cuarto, pero todavía no la he oído teclear. —La rabia y el nerviosismo presentes en la voz de Crystal en el momento de entrar parecían estar disipándose, reemplazados por un tono mucho más suave y reflexivo—. ¿Sabes que nunca lo había pensado? —Sonrió—. El baño está entre medias de nuestras habitaciones, pero cuando las dos abrimos las puertas del balcón, puedo oír cómo escribe.
—¿Y por qué crees que te gusta escucharla? —aventuró Jenny.
—No sé… —Crystal se encogió de hombros con su aire habitual—. Supongo que me recuerda que está ahí al lado.
—¿Al igual que estaba tu hermana cuando eras pequeña?
—Algo así. —La joven estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos—. Es diferente a cuando escuchaba a Patty. No sé cómo explicarlo.
Jenny, tras hojear una o dos páginas mientras Crystal hablaba, levantó la vista.
—¿Quieres hablar sobre este sueño?
Una expresión de sorpresa cruzó el rostro de Crystal, quien inmediatamente frunció el ceño.
—La verdad, no. Ni sé para qué me molesté en escribirlo. Es una tontería.
—Es la primera vez que mencionas haber tenido un sueño erótico —apuntó la terapeuta—. Además, creo que es importante el hecho de que te despertaras durante los juegos preliminares. ¿Habías soñado cosas así antes?
—No pienso discutir mi vida sexual, o la falta de ella, contigo —dijo Crystal con firmeza, apretando la mandíbula y cruzándose de brazos—. Hablemos de otra cosa.
—Buscando un tema más seguro, ¿eh? Vale. ¿Fuiste a la reunión del martes por la noche? —La falta de respuesta y la mueca de Crystal fueron significativas—. Ya veo. Esas sesiones están ahí para ayudarte, Crystal. No te las recomendaría si pensara que no van a servirte de nada.
—A mí no me hace falta sentarme a escuchar las desgracias de nadie —manifestó la chica—. Además, estaba ocupada con Laura y la chalada de su tía.
Jenny dejó pasar el comentario, rehusando morder el anzuelo y regresar así al tema tabú.
—Nunca deberías estar lo bastante ocupada como para cuidar de ti, y eso es para lo que sirven esas reuniones. No puedo obligarte a asistir, pero sí te lo sugiero.
—Vale, mamá —surgió la irónica respuesta, seguida de un resoplido—. De hecho, si tú fueras mi madre, estarías demasiado borracha como para saber lo que hago o dejo de hacer. —Hubo un largo silencio antes de que Crystal siguiese hablando—. A Patty tampoco es que le hiciese mucho más caso, pero siempre que íbamos a enseñarle algo de la escuela o algo así, nos ignoraba.
—No daba importancia a las mismas cosas que vosotras —dijo Jenny—. ¿Y cómo te hacía sentir eso?
—Patty y yo lo odiábamos, claro.
—No. No te he preguntado cómo se sentía Patty. ¿Qué sentías tú cuando llegabas a casa con algo que querías que tu madre admirara y no lo hacía?
Crystal pensó en ello un momento, abriendo la boca para decir algo y cerrándola de nuevo. Una leve sonrisa curvó la comisura de sus labios.
—Iba a decir que jodidamente mal, pero creo que en realidad me sentía herida. —Volvió a ponerse las manos detrás de la cabeza—. Dolía pensar que todos los demás niños se iban a casa con madres que les querían y les prestaban atención y la mía no era igual. —Crystal tomó aire profundamente—. No sé por qué. —Las palabras, tanto tiempo guardadas en su interior, salieron por fin de forma tenue mientras que ella rehusaba dejar de mirar el techo—. Llegué a casa con el primer lugar en clase de arte y ella lo tiró a la basura. Cuando saqué noventa y cinco en una de las pruebas preliminares, Laura lo pegó con un imán a la nevera. —Los ojos de Crystal parpadearon con rapidez en un vano intento por eliminar las lágrimas que empezaban a formarse en ellos—. ¿Has oído eso de que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde?
—Sí.
Crystal aspiró profundamente.
—Supongo que es igual de cierto que uno no sabe lo que se ha estado perdiendo hasta que lo tiene.
—¿O sea? —inquirió Jenny.
—O sea que… —Incorporándose, Crystal levantó las rodillas y apoyó en ellas los brazos—. Desde que Patty desapareció, nadie se había preocupado por mí. —Las emociones empezaban a traducirse en el rostro de Crystal a medida que intentaba poner orden en sus pensamientos—. He tenido amigas, pero ninguna tan cercana, no como Laura. —La joven lanzó una leve carcajada y miró a Jenny—. Ya se me había olvidado lo que se siente cuando le importas a alguien. Cuando le interesa lo que pasa en su vida. Cuando…
—Cuando alguien pega tu examen con un imán a la nevera —concluyó Jenny.
—¿No te parece estúpido? —le preguntó Crystal—. Me pongo en plan ñoño sólo con que Laura haya hecho eso. —Se limpió los ojos para impedir que las lágrimas empezaran a caer.
—Hace mucho tiempo que nadie se ha dado cuenta de tus habilidades y logros. —Jenny dejó el cuaderno a un lado y se inclinó hacia delante—. Hace mucho tiempo que no permites que nadie se acerque a ti lo suficiente como para que le importes. Te escondes en tu caparazón intentando aislarte de todo, pero muy dentro de ti eres consciente de que ese caparazón es un lugar muy frío.
—Ahí dentro nadie puede hacerme daño —afirmó Crystal sin demasiado entusiasmo.
—Si no corres el riesgo de que te hieran, vas a perderte el placer de que te amen. Es lo que implica vivir, en lugar de sólo existir.
—¿Cómo coño me has metido ese topicazo? —gruñó Crystal—. Estábamos hablando de la insoportable tía de Laura.
—Y tú estabas cabreada cuando has entrado por la puerta. Ahora estás tranquila. Es sorprendente lo que ocurre cuando te abres con alguien, ¿no? —Jenny sonrió, ignorando la mirada de impotencia que la joven le dirigía—. Bueno, así que quieres hablar de tu inquilina temporal.
—Inquilina del demonio —aclaró Crystal, recordando el hecho de que Laura solía llamarla así cuando empezaron a vivir juntas—. Ya sabes que Laura es una obsesa del orden. Pues comparada con Helen, yo también. Te juro que es imposible entrar a una habitación sin que parezca que acaba de pasar un huracán. Por lo menos, con Laura sé dónde están las cosas. ¿Sabes que está usando mi taza?
—¿Quién está usando tu taza?
—Helen. —Crystal se sentó y miró a Jenny—. Nadie usa esa taza excepto yo.
—¿Y sabía que era tuya?
—¿Cómo no lo iba a saber? —respondió ella. El que otra persona hubiese usado su taza era visto por Crystal como una afrenta personal y la calma con que Jenny se tomaba el asunto ya le estaba fastidiando—. Es la única que lleva mi nombre.
—No recuerdo haberla visto por allí —señaló Jenny.
—Laura me la compró la semana pasada —dijo Crystal—. ¿No te lo contó?
—Casi no hablamos desde lo de su madre. —Tomando consciencia de dónde estaba, Jenny se enderezó y se aclaró la garganta—. Has vuelto a meterte en el tema, Crystal.
—Ya, bueno, es que es difícil no hablar de la persona con la que paso la mayor parte del tiempo —se quejó la rubia. Considerando que había dejado clara su postura, volvió al tema que en realidad le importaba—. Pues eso, que le importa un pito mi taza, e incluso muchas cosas de Laura. Utilizó esos jaboncitos con forma de flor del baño porque dijo que lo le gustaba cómo olía el normal. —En este punto, negó con la cabeza—. Hace un montón de ruido y le importa un carajo lo que diga su sobrina.
—¿Sabes qué? —Esta vez, la terapeuta no fue capaz de contener una sonrisa—. Creo recordar que hace como dos semanas tú estabas echando pestes por la boca sobre esos… y cito textualmente… putos jabones de Laura.
Crystal se sonrojó levemente y bajó la cabeza en gesto de derrota.
—Ya, bueno, es que eso fue antes de que Laura me dijera dónde los había comprado y lo bien que se sentía al entrar al baño y olerlos.
En este punto, Jenny sonrió con deferencia, tal y como hacía siempre que Crystal llegaba por sí misma al punto que ella quería.
—La tolerancia y la comprensión marcan la diferencia. Tú eras incapaz de soportar ciertas cosas de convivir con otra persona, pero con el tiempo no sólo has aprendido a aceptar las diferencias, sino también a apreciarlas.
Crystal no hizo ninguna objeción al respecto y se limitó a encogerse de hombros.
—Ella no está tan mal. Una vez que superas lo de la limpieza compulsiva, al menos. Hay que conocerla, eso es todo.
—Me da que mucha de la gente de ahí fuera cae en la misma categoría —dijo Jenny—. Hay personas que merecen la pena, si te tomas la molestia de abrir los ojos.
El rostro de Crystal adquirió una mirada ausente y Jenny esperó algunos segundos antes de aclararse la garganta con educación.
—Oh, perdona —dijo la rubia—. Estaba pensando en algo.
—Cuéntamelo —la animó Jenny, abandonando el sofá y ocupando uno de los puffs para estar más cómoda, con las piernas en el suelo y la espalda recargada—. A juzgar por tu cara, no era malo.
—Me estaba acordando de una vez, como hace tres años, en que salí a conducir por una carretera secundaria. Me paré en un mercadillo de esos que montan en los garajes. Parecía que habían sacado todo aquello de un vertedero. —La cara de Crystal empezó a animarse a medida que se incorporaba para seguir con la historia—. Tenían ventanas con los cristales rotos, lámparas que no funcionaban y cosas así. Si parecía basura, allí estaba. Así que empecé a echar un vistazo. No sé por qué. Nunca compro cosas de esas.
—Me gustan las ventas de garaje —dijo Jenny—. Uno nunca sabe qué se va a encontrar.
—Exacto —afirmó Crystal con entusiasmo—. Bueno, pues detrás de todos esos chismes inútiles encontré una caja con un reloj, una navaja y varias herramientas. Estaba todo a cinco pavos y me dio buena espina, así que la compré. Fui llevando cada cosa a un montón de tiendas de antigüedades y me saqué casi cien pavos. Todavía conservaba algunas baratijas de madera hasta lo del incendio.
—Y la moraleja del cuento es… —preguntó Jenny con tono juguetón.
—Que incluso la basura merece que le echen un segundo vistazo.
—Nunca se sabe dónde vas a encontrar un tesoro —concluyó la terapeuta. Tras mirar el reloj, Jenny frunció el ceño—. Bueno, ya vale de hablar de todo lo que se mueve sobre la Tierra. Creo que es hora de jugar un poco, ¿qué te parece?
—Lo mismo que la última vez —respondió Crystal, adoptando en seguida su faceta más desafiante. Tras recostarse contra el puff, se cruzó de brazos—. Me parece una estupidez fingir algo que nunca sucederá.
—De eso se trata el fingir —explicó Jenny con calma—. Uno encuentra seguridad en poder gritarle a alguien con quien estás cabreado sin preocuparse de las repercusiones físicas. —Aquella era una batalla eterna con Crystal: el conseguir que
se sintiera lo bastante segura como para abrirse y dejar salir un poco de la rabia y el dolor que tenía dentro. A pesar de la actitud que mostraba en ese momento, Jenny juzgó que valía la pena intentarlo.
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