|
Uber » El corazón de cristal » 19
:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::
—Te damos gracias, Señor, por los bienes que vamos a recibir y por haber reunido a mi familia esta noche —comenzó Gail—. Gracias por traer a mi hermana conmigo y haberme devuelto la salud. Bendice a la familia que no ha podido estar aquí hoy y vela por ellos así como velas por nosotros. Estamos felices de tener a Crystal hoy y te pedimos que la cuides a ella también.
Sorprendida, Crystal levantó la cabeza y sintió un leve apretón de complicidad en su mano izquierda. Después, Gail terminó de dar gracias y todo el mundo se soltó las manos. A pesar de que sintió alivio cuando los huesudos dedos de Helen se apartaron de los suyos, encontró un frío desagradable en la mano que antes había entrelazado con la de Laura. Para ser alguien que odiaba eso de que la tocaran y lo evitaba a toda costa, le desconcertó la idea de que parecía no importarle que fuese Laura quien lo hiciera. De hecho, al imitar los movimientos de los que la rodeaban, pasando platos y recipientes por toda la mesa para servirse, Crystal se encontró echando furtivos vistazos hacia su izquierda y mirando a Laura por el rabillo del ojo.
La escritora se encontraba interrogando a Bobby en aquel preciso instante sobre qué asignaturas pensaba coger para el primer semestre, permitiendo que la rubia la mirara sin que nadie se diera cuenta… aparentemente. Si hubiera echado un vistazo a su derecha, hubiera descubierto los ojos de halcón de Helen captando cada movimiento y cada mirada. Laura llevaba el cabello un poco más largo de lo habitual y las puntas empezaban a ondularse a la altura de su cuello. Debido a la multitud de botes de champú que había en el cuarto de baño, Crystal sabía que el pelo de Laura tendía a volverse quebradizo. Se le ocurrió entonces que su amiga no era la única que necesitaba hacerle una visita al peluquero, ya que sus áureos mechones empezaban a rebelarse contra su voluntad, y se planteó probar un corte más radical. Seguramente le facilitaría las cosas en el trabajo, ya que no tendría que preocuparse de hacerse colas de caballo todos los días.
Dejando a un lado ese asunto, siguió adelante con el tema… Las cejas de Laura, que mostraban una tendencia imbatible a juntársele por encima de la nariz y justificaban la eterna presencia de un par de pinzas junto a los cepillos de dientes. Un ligero abombamiento en el puente delataban la idea de Laura, tiempo atrás, de desafiar las leyes de la física y lanzarse a lomos de su bici cuesta abajo sin ni siquiera poner la mano en los frenos. Crystal sabía además que su compañera de piso había salido de aquella con una muñeca rota, aunque no le habían quedado secuelas.
Dándose cuenta de que había pasado de lanzar miradas furtivas a mirarla fijamente, Crystal se sonrojó y devolvió su atención al plato que tenía delante. A continuación alabó la comida, sin dirigirse a nadie en particular, y advirtió felizmente las sonrisas de Gail, Bobby y Laura, responsables del delicioso producto culinario que estaban disfrutando.
—Y dime, Crystal —comenzó Helen—. ¿Ya sabes por quién vas a votar?
—Pues… no, todavía no —mintió la chica a sabiendas de que se refería a las próximas elecciones. Tenía pensado votar por los demócratas, pero dado que la madre de Laura era republicana no estaba por la labor de suscitar una interminable discusión sobre el tema.
—Tía Helen, ya sabes que política y religión no suelen terminar en conversaciones agradables —dijo Laura con tono de fastidio. Crystal sospechaba que la escritora estaba intentando por todos los medios evitar temas que fueran a causar controversia entre las dos hermanas.
—Mis amigos y yo solemos hablar de política y no pasa nada —protestó Helen antes de suspirar—. Pero supongo que se puede encontrar un tema menos problemático. ¿Creéis que los Yankees tienen algo que hacer este año?
Bobby pareció dar un bote en su silla.
—¿Estás de coña? Con el jugador en corto que tienen seguro que se meten en las eliminatorias. No se le pasa ni una.
—Pero no puede atrapar las que van por encima de la valla, y me da que los Mets son el único equipo de Nueva York que veremos en la post temporada —dijo Laura—. Tienen a siete en la alineación inicial con más de trescientos bateos y casi estamos en septiembre.
—Eso es porque están en la Liga Nacional, y ahí no hay buenos lanzadores —contraatacó él, acuchillando un pedazo de pollo—. Los Bronx Bombers van a subir, ya verás.
—Nunca podré entender cómo es posible que mis hijos hayan crecido en un hogar que adora a los Red Sox y sean fanáticos de los equipos neoyorquinos —afirmó Gail con aire frustrado. Acto seguido, miró a Crystal—. Deberías haberla visto en el ochenta y seis —dijo, refiriéndose a Laura—. Su padre aún vivía y estábamos viendo el sexto juego. —Sus ojos parecieron perderse en la nada a medida que recordaba la anécdota—. Deberías haberla visto. Los Mets estaban a punto de perderlo todo, era el último out y su padre estaba en éxtasis. Laura se quedó allí sentada poniéndose y quitándose su gorra de los estúpidos Mets.
—Pero ese año ganaron, ¿no? —preguntó Crystal.
—Sí, pero sólo porque el primera base de los Red Sox dejó que la pelota le pasara entre las piernas —afirmó Bobby. Al mirar a su izquierda, Crystal advirtió la sonrisa de Laura.
—En el amor, la guerra y las ligas mundiales todo vale —dijo ésta—. Papá se pilló un buen cabreo. No le había visto soltar tantos tacos en mi vida, pero yo me pasé un buen rato pegando botes por la sala.
—Y a tu padre no le hizo gracia que le quitaras el periódico a la mañana siguiente y le obligaras a leer el titular de la sección de deportes —dijo Gail con un tono de reproche en su voz.
—Era adolescente, mamá —se defendió Laura al tiempo que su sonrisa se borraba en un segundo.
—Pues claro que sí, calabacita —dijo Helen—. ¿Y tú qué, Crystal? ¿Qué equipo te gusta?
Crystal sospechó que a nadie le importaba realmente qué equipo le gustaba o le dejaba de gustar, pero Helen tan sólo estaba intentando meterla en la conversación. Dejó el tenedor a un lado y se tomó un segundo para limpiarse los labios con la servilleta.
—La verdad es que no soy muy aficionada al béisbol.
—Te sugiero que adoptes a los Mets si no quieres salir malparada —dijo Bobby—. Sobre todo porque van primeros y sólo quedan diez partidos para la temporada regular. Si llegan a las eliminatorias, te juro que mi hermana no se despegará de la televisión mientras estén jugando. —Con un guiño burlesco, miró de soslayo a su hermana antes de seguir hablando—. En cualquier caso, si te pones a animar a cualquier equipo que juegue contra ellos, verás cómo se pone Laura.
—No le des ideas, hermanito —le advirtió Laura.
—¿Y por qué no? —bromeó él—. Necesitas a alguien que te toque un poco las narices ahora que no voy a estar yo. —Sonrió con aire triunfal, recibiendo otra de su hermana.
—Tú sigue así y te mandaré un virus por mail —le amenazó Laura.
—Y yo escribiré tu teléfono en todos los lavabos de la facultad —contraatacó él con aire divertido.
—Vale, dejadlo ya —les amonestó su madre—. Te juro que es como cuando eran pequeños —le dijo a Helen, quien asintió reconociéndolo.
—¿Por qué crees que nunca los invitaba a los dos juntos a visitarme? —preguntó Helen—. No soy tan tonta.
Crystal escuchó la conversación que se desarrollaba ante ella. No era capaz de recordar una cena tranquila con su propia familia, puesto que solían ser frente a la televisión de la sala, con Patty, mientras su madre dormía la borrachera. En ocasiones especiales, como Acción de Gracias o Navidad, su padre acababa soltando gritos disparatados al miembro de la familia que hubieran ido a visitar y terminaba con una discusión acalorada entre sus padres cuando llegaban a casa. Crystal tenía serias dudas de que Laura hubiera experimentado algo así alguna vez y se preguntó si la invitarían a otra cena cuando llegaran las vacaciones. Para su sorpresa, se encontró deseando que así fuera.
Después de cenar, Bobby se ofreció para limpiar la mesa mientras Laura hacía el café y Helen y Gail se retiraban a la sala. Sin estar muy segura de qué hacer, Crystal se disculpó y salió a fumar. Había asumido que las dos hermanas compartirían una agradable charla, y se sorprendió cuando Helen salió tras ella con su pitillera en la mano.
—¿Te importa que me quede contigo?
—Para nada —dijo Crystal, indicándole una silla vacía. El porche estaba enmarcado en ladrillo rojo y contrastaba agradablemente con los muebles color crema y el verdor del césped del jardín—. Esto es muy bonito —comentó.
—Gail pagó una fortuna cuando se lo hicieron —le explicó Helen—. Recuerdo que había un roble horroroso justo en medio del patio. Los chicos se lo pasaban en grande subiendo y bajando, pero echaba a perder el diseño. —La mujer dio una calada a su cigarrillo dejando el filtro rojo por el carmín—. Y dime, ¿qué te ha parecido la cena?
—Ha estado genial. Estoy que reviento —afirmó Crystal, mostrándose confundida cuando Helen negó con la cabeza sonriendo.
—No me refería a la comida —le explicó ésta—. Me da que no estás acostumbrada a las multitudes. Te has pasado la noche intentando mantenerte al margen de las conversaciones, a menos que te preguntáramos directamente.
Crystal parpadeó y le dio una larga calada a su cigarrillo, sorprendida de que alguien hubiera advertido su silencio.
—Supongo que no soy una persona sociable. Nunca sé qué decir.
Helen se echó a reír.
—Cielo, esto no ha sido un evento social. Sólo la familia cenando.
—Yo no soy de la familia —puntualizó la rubia.
—Bueno, la familia más uno —se corrigió Helen—. Parecías tan incómoda que pensé que ibas a salir corriendo cuando te cogí la mano para dar gracias.
—Es que no estoy acostumbrada —dijo Crystal—. Mi familia nunca lo hacía.
Helen asintió y se quedó callada un minuto.
—¿Sabes? Si pasara algo entre tú y mi sobrina, no me importaría. —Crystal la miró rápidamente y abrió la boca para protestar, pero la mujer alzó una mano para detenerla—. Ya sé lo que decís las dos, y a juzgar por el aspecto de vuestras habitaciones así parece ser, pero me he dado cuenta de cómo actuáis cuando estáis juntas. —Aplastó el cigarrillo a medio fumar en la maceta que hacía las veces de cenicero y continuó—. Personalmente, creo que no estáis viendo lo que tenéis frente a las narices.
—Yo no soy gay —dijo Crystal, preguntándose cuáles eran esas "señales que Helen había visto. ¿La forma en que Laura le había acariciado la mano durante la oración? ¿Las palmaditas amigables en su hombro?
—Eso dices tú —afirmó Helen sin mucho convencimiento—. El otro día me dijiste que no habías tenido ninguna relación seria hasta ahora, así que, ¿cómo lo sabes?
—Yo… —Bloqueada, Crystal trató de dar con una respuesta. Ella era hetero, ¿no? Después de todo, nunca había estado con una mujer si había visto a ninguna como posible pareja sexual. El hecho de que se sintiera más cerca de Laura que de ninguna otra persona en aquel momento no significaba que quisiera mantener una relación lésbica con ella. No, Laura era sólo una buena amiga que la abrazaba cuando lloraba, que le hacía la cena todas las noches y se tomaba la molestia de escucharla cuando necesitaba hablar. Sólo estaban tan unidas porque vivían juntas, ¿verdad?—. Yo… —Crystal tragó saliva y volvió a intentarlo—. Nunca lo había pensado. —Dio una última calada a su cigarrillo y lo apagó en el cenicero.
—Pues tal vez deberías —afirmó Helen con dulzura recorriendo con los dedos un mechón de su plateado cabello alborotado por la brisa—. Yo soy una romántica empedernida, pero sé que el amor surge a veces en los sitios más inesperados. No deberías cerrarte puertas sin al menos echar un vistazo a lo que hay dentro.
En ese instante, Laura asomó la cabeza desde el interior.
—Eh, acabo de encontrar las cintas viejas y Bobby ha subido al desván a por la pantalla. Crystal, ¿te apetece ver un par de pelis caseras?
—Oh —dijo Helen entusiasmada al tiempo que se levantaba de la silla—. Hace años que no veo una de esas. Eras una cría tan mona…
—Claro, parece divertido —convino Crystal levantándose también. Los retratos y las fotos que decoraban las paredes de la casa le habían dado una idea de cómo era Laura de niña, pero verla en una película le serviría para dar vida a las imágenes. Además, así se acababa aquella maldita charla con Helen. La mujer entró primero en la casa y Crystal advirtió que la escritora sostenía la puerta para ella y que le rozaba el hombro al pasar.
—¿Qué? —preguntó Laura, con lo que Crystal cayó en la cuenta de que se la había quedado mirando fijamente.
—Ah, nada, pensaba en mis cosas —respondió la rubia sin demasiada convicción, aunque con la esperanza de que Laura no encontrara su respuesta tan estúpida como le parecía a ella.
La sala de estar constaba de dos sillones y un sofá bajo, y Bobby había reacomodado los muebles de forma que todos quedaran frente a la pantalla portátil. Él tomó asiento a la derecha de la misma mientras Gail y Helen ocupaban los sillones. Sintiendo que sería una bobada sentarse en el suelo cuando había sitio de sobra en el sofá, Crystal ocupó el lado izquierdo dejando el centro a Laura, quien estaba demasiado ocupada metiendo la película en el proyector. Cuando por fin se sentó, a Crystal le dio la impresión de que, de hecho, el sofá no era tan amplio como parecía. Su cuerpo estaba pegado al de Laura desde el hombro hasta la cadera. En ese momento, empezó la película, y pudo ver a una desgarbada niña de diez años y a un bebé vestido de azul sentados en el césped delantero de una casa.
—Voy a apagar las luces —dijo Bobby levantándose. Crystal dirigió una mirada a Helen y se sorprendió al encontrar una sonrisa pícara en su rostro. Deseaba poder fruncir el ceño, pero encontró que sería un gesto inapropiado, ya que era la invitada, así que volvió a prestar atención a la pantalla, que ahora mostraba a la madre de Laura junto a un hombre fornido de pelo corto y canoso, al cual identificó como el padre de Laura. Crystal se paralizó al sentir un aliento cálido en su oreja.
—Hay algunas partes muy divertidas —susurró Laura—. Como cuando Bobby mete la mano en la pecera de papá intentando agarrar su querido Pez Ángel. Mamá le pilló y le grabó antes de que mi padre llegara a casa.
—Ahá —murmuró Crystal esperando que Laura volviese a mirar al frente y con la convicción de que Helen era capaz de ver en la oscuridad y de que en aquel momento sonreía ampliamente.
***
—No ha estado tan mal —dijo Laura dando marcha atrás al Jeep.
—A mí me ha gustado. Tu familia es muy agradable —afirmó Crystal mirando a través de su ventanilla a medida que la casa de los Taylor se perdía de vista.
—Pero no había necesidad de que mamá sacara los álbumes de fotos, sobre todo el de cuando éramos bebés.
—Eran muy bonitas, sobre todo las de cuando os bañaban —dijo Crystal, aunque el predecible tono irónico de su voz no apareció.
—¿Estás preocupada por algo? —aventuró Laura.
—No, es que tengo muchas cosas en la cabeza —surgió la evasiva respuesta. Por supuesto, aquello no satisfizo a la escritora en absoluto, sobre todo cuando advirtió que Crystal tenía la mirada perdida.
—Hablar ayuda, ¿sabes?
—Ya, no, sólo necesito aclarar algunas cosas.
Estaba claro que Crystal no quería compartir aquello. Laura intentó iniciar una conversación dos veces durante el trayecto, pero desistió al no sacar a la joven más que un par de monosílabos. Al legar a casa, Crystal le dio las buenas noches y desapareció en el interior de su habitación, dejando a Laura con la intriga de qué es lo que habría pasado en casa de su madre como para haber afectado hasta tal punto el humor de su amiga.
:: ANTERIOR :: ::
ARRIBA :: :: SIGUIENTE ::
|