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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::
PARTE 13
—Joder, ¿quieres arrancar de una vez?
Tras asestarle un puñetazo al volante, Crystal volvió a girar la llave del contacto. Esta vez el Onmi arrancó, pero no sin expresar su desacuerdo con una estruendosa serie de chirridos y un petardazo del tubo de escape. Aquél había sido un buen día en el trabajo, pero el tener que pasarse diez minutos intentando que el coche se pusiera en marcha había mermado su buen humor considerablemente. Cuando tuvo la seguridad de que el armatoste no iba a calarse, metió primera y salió del aparcamiento.
Las manzanas se sucedían interminablemente y la rubia dejó vagar su mente, rememorando todo lo que había pasado aquel día. Tras seis semanas de sudor y trabajo duro, la renovación y la restauración del edificio casi estaban terminadas. Cuando Michael la había llamado a su despacho poco antes de terminar el turno, Crystal había temido que le dijera que ya no tenía más para ella. Para su sorpresa, lo que el hombre quería era asegurarse de que iba a seguir con él en el siguiente proyecto que tenía planificado: la transformación de una vieja escuela en un lote de apartamentos. Como colofón, le ascendió el sueldo un dólar más por hora para recompensarle por su flexibilidad de horarios y su interés por aprender y minimizar tiempos.
Para muchos, cuarenta dólares extras a la semana más impuestos no significaba gran cosa, pero para Crystal suponía que podría permitirse pagar las sesiones de terapia sin tener que deber las demás facturas o matarse a hacer horas extraordinarias.
Y las sesiones con Jenny Foster iban adquiriendo importancia con el paso de las semanas. Crystal aún se negaba a asistir al grupo de apoyo a mujeres de los martes por la noche, pero cada vez hablaba con más facilidad acerca de sus sentimientos. Las dinámicas y las charlas sobre su padre todavía le resultaban duras y solían terminar con su necesidad de tomarse más tiempo para controlar la rabia o, en raras ocasiones, las lágrimas. Incluso después, la experiencia requería una larga noche en vela junto a Laura en la que contaba a su mejor amiga cómo había ido la sesión y cómo le hacía sentir todo aquello. A Laura no parecía importarle, e incluso se tomaba la molestia de interrogarla sobre cada pequeño detalle de la sesión correspondiente. Ambas mujeres habían adquirido la costumbre de sentarse en los extremos opuestos del sofá, cara a cara. Eso facilitaba a Crystal el hablar teniendo el espacio personal necesario, pero lo suficientemente cerca como para recibir un cálido abrazo cuando el dolor la superaba.
Tras entrar en la autopista, los pensamientos de la joven se centraron en su relación con Laura. Desde que la observación de Helen le abriera los ojos, Crystal prestaba especial atención a la presencia y los actos de su compañera de piso. No había nada sexual, ni siquiera romántico, en el modo en que Laura la trataba, pero era innegable que la cercanía y el afecto entre ellas estaban creciendo por momentos. Era más cosa de detalles. Un roce casual en el hombro cuando la escritora pasaba a su lado, la cena esperándola cada noche, una tarde juntas en el sofá viendo la televisión o el tiempo que empleaban en revisar los temas de su examen GED en la mesa de la cocina. Casi podía jurar que, en una ocasión, había sentido los labios de Laura rozar su pelo durante una charla particularmente emotiva, en la cual había disfrutado la seguridad de los brazos de la escritora para dejar salir las lágrimas que desde hacía tiempo había estado guardándose.
Lejos de sentirse molesta por la creciente intimidad, Crystal cada vez la toleraba mejor. Asistía muy a gusto a los partidos de softball y a las inevitables visitas al bar de lesbianas que venía después. Cuando Bobby se fue a la Universidad, Crystal acompañó a Laura a desearle buena suerte. Incluso aceptó un abrazo del joven y le alborotó su cabello rubio, como si fuera su propio hermano pequeño. Dado que el hecho de trabajar temprano por las mañanas la obligaba a levantarse la primera, Crystal se había acostumbrado a dejar hecho el café para cuando Laura bajara a desayunar. Además, estaba el compromiso tácito por parte de las dos de no meterse en sus hábitos particulares en materia de orden y limpieza. Crystal se aseguraba de dejar el periódico más o menos como lo había encontrado y Laura no hacía comentarios sobre la ropa interior que, cada día, se secaba tranquilamente en la barra de la cortina de la ducha.
Aquella noche iba a ser especial, y Crystal no pudo reprimir una sonrisa al echar un vistazo al paquete envuelto que descansaba sobre el asiento del copiloto. Era el cumpleaños de Laura y, a pesar de lo poco que tenía ahorrado, se había propuesto darle a su mejor amiga un regalo especial. Le había llevado varias visitas a diferentes tiendas, antes de pasar frente a un quiosco del centro comercial y descubrir el regalo perfecto en uno de los estantes superiores. Sin pensar demasiado en el precio, lo encargó y pagó un tanto extra por los accesorios especiales que quería. Iba a tardar dos semanas en llegar. Crystal quería comprar además una tarjeta de cumpleaños, pero tras mirar dos o tres docenas no fue capaz de encontrar una que expresara concretamente sus sentimientos hacia Laura. Por fin, se dio por vencida y decidió que lo que realmente interesaba era el regalo.
Había llegado el momento de sacar la caja del coche y dárselo a su amiga, y Crystal se encontró extrañamente nerviosa a medida que se aproximaba a la puerta. ¿Le gustaría de verdad a Laura? ¿Habría sido mejor un vale de regalo? Librándose de esos pensamientos, llevó el Omni hasta el aparcamiento y apagó el contacto, comprobando con fastidio que el coche seguía emitiendo crujidos y ronroneos antes de quedar completamente en silencio.
Cuando entró en la casa, se sorprendió de no ver a Laura esperándola en el piso de abajo, tal y como solía hacer de unas semanas para acá. El leve sonido de la ducha indicó a Crystal dónde estaba su amiga, así que escondió rápidamente el regalo entre el sofá y la estantería para dárselo después de cenar. Acto seguido, fue a la cocina y se sorprendió aún más de no ver la cena en el horno y ni siquiera una pista que indicara que Laura se proponía preparar algo. Al oír que la ducha se apagaba, asomó la cabeza hacia el pasillo.
—¡Ya he llegado! —exclamó cuando Laura salió del cuarto de baño.
—Bajo en seguida —respondió ésta antes de cerrar la puerta de su habitación.
Cuando Laura bajó la escalera minutos después, Crystal se sorprendió a verla vestida con unos pantalones deportivos y una camiseta lavanda con un doble signo del sexo femenino entrelazado. Aquella no era, desde luego, la vestimenta apropiada para salir a cenar.
—¿Qué tal en el trabajo? —preguntó Laura.
—Muy ocupada. Estamos intentando terminar para la primera semana de octubre y vamos mal de tiempo. ¿Tienes planes para la cena?
—Sí, pizza vegetariana de Coloso’s —dijo Laura mientras se sentaba en su sitio acostumbrado del sofá y, subiendo sus pies descalzos a la parte central, sonreía ante la cara de asco de Crystal—. Te he pedido una Suprema, sin anchoas, y también una de pepperoni, champiñones y queso. Deberían llegar sobre las siete.
Para ese momento, Crystal estaba francamente confusa.
—¿Y por qué tantas pizzas?
—Van a venir los chicos… y Jenny también. ¿No te lo dije?
—No.
—Siempre hacemos una fiesta de pizzas por mi cumpleaños. Supongo que se me pasó decírtelo.
—Ah, no pasa nada. Es que pensaba… bueno, no importa lo que pensaba —dijo Crystal—. Por cierto, feliz cumpleaños.
—Gracias. Jenny debe estar a punto de llegar y Peter ha llamado hace un rato. Llegarán un poco tarde, más o menos a las siete y media. Recalentaremos la pizza si hace falta.
—Suena bien. —Crystal intentó mantener un tono de voz alegre y desenfadado, pero en realidad estaba aún más nerviosa que antes. Una cosa era darle a Laura su regalo a solas, pero otra muy distinta que lo fuera a abrir delante de todo el mundo. ¿Por qué no le regalaría el cheque?—. Pues… si van a venir todos, tengo que ir a cambiarme.
Hizo ademán de encaminarse hacia la escalera, pero la mano de Laura en su muñeca la detuvo.
—Espera. ¿Te encuentras bien? Pareces preocupada por algo.
—No —mintió—. Debe ser el cansancio del trabajo. Voy a darme una ducha y a cambiarme de ropa. Vuelvo en seguida.
—Oye, Crystal.
—¿Sí?
—¿Estás buscando un nuevo estilo? —dijo Laura sonriendo—. El blanco sobre rubio no pega bien.
—¿Qué? —Crystal se llevó la mano a la cabeza y descubrió unos cuantos pegotes de pintura en su cabello—. Debo haberme manchado cuando estaba haciendo el techo. He tenido la brocha sobre la cabeza todo el rato. —Dándose cuenta de la hora, se levantó y fue hacia las escaleras—. ¿Queda agua caliente?
—Me temo que tendrás que darte una ducha muy rápida —afirmó Laura con tono de disculpa—. He tenido que esperar a que acabara el lavaplatos antes de entrar yo.
Crystal asintió, consciente de que tendría que lavarse el pelo antes de que se acabara el agua caliente si quería deshacerse de la pintura. Lo último que deseaba era recibir a sus amigos hecha un desastre. A medida que subía las escaleras, Crystal levantó uno de sus brazos y aspiró con vehemencia, decidiendo que había más de una cosa que no quería que sus amigos advirtieran al entrar en casa. Ojalá que durara el agua.
***
Crystal dio por terminada su ducha y acababa de bajar la escalera cuando sonó el timbre.
—Voy yo —exclamó Laura.
—¡Feliz veintinueve cumpleaños! —dijo Jenny en cuanto se abrió la puerta, dando a su ex amante un beso en la mejilla y un abrazo sin soltar el regalo de Laura.
—Gracias, cielo. —Laura dejó el paquete en la mesa del recibidor y señaló al sofá—. ¿Quieres beber algo? La pizza no llegará hasta dentro de quince minutos o así.
—Ya sabes lo que tomo —dijo Jenny—. Hola, Crystal.
—Hola, Doc.
—Siéntate —indicó Laura—. Crystal, ¿tú quieres algo?
—Luego, gracias —contestó ella ocupando su lugar de costumbre en uno de los extremos del sofá. Un rápido vistazo lateral le verificó que su regalo no estaba a la vista. Jenny se sentó en el lado opuesto a ella y se quitó los zapatos.
—¿Van a venir los chicos? —preguntó Jenny.
—Llegarán un poco tarde, pero sí. Jen, ¿naranja o root beer ?
—Naranja, gracias. Va bien con el pepperoni. —Jenny se inclinó hacia delante y bajó la voz para que no se le oyera en la cocina—. ¿Qué le has comprado?
Crystal titubeó.
—Pues… una cosa de nada. ¿Y tú?
—Ah ah, si tú no me lo dices, yo tampoco. —Jenny sonrió y se irguió en el mismo momento en que Laura salía de la cocina llevando dos vasos de soda en las manos. Con el ceño fruncido, Crystal miró de soslayo a la mesa lateral en la que descansaba una caja plana y rectangular envuelta en papel rojo y trató de adivinar qué habría dentro.
—Aquí tienes —dijo la escritora, alargándole un vaso a Jenny y quedándose el otro antes de ocupar una de las sillas—. ¿A que no sabes quién me ha llamado hoy?
—¿De quién?
—Utiliza el posavasos, por favor.
Jenny puso los ojos en blanco y se acercó el posavasos.
—¿Contenta? ¿Quién te ha llamado?
—Shelly —dijo Laura con una sonrisa.
—¿Shelly? ¿Shelly la pija? ¿En qué anda metida ahora?
—Se va a casar… con un pescador de Alaska.
Jenny dejó escapar una expresión de sorpresa y dio una palmada.
—No me lo puedo creer. ¿La señorita bronceado va a irse a vivir al norte?
—Eso dice. —Laura dio un trago de su vaso—. Le doy un año antes de que empiece a buscar cielos despejados y climas cálidos.
—Nunca se sabe. A lo mejor va en serio. Cosas más raras ocurren.
Crystal, que no tenía ni idea de lo que estaban hablando, contempló en silencio el intercambio de información y siguió dándole vueltas al tema de su regalo. Perdida en sus inseguridades, no se dio cuenta de la primera vez que Jenny se dirigió a ella.
—Perdona, ¿qué decías?
—¿Cuál de las veces? —Jenny le asestó una palmada amistosa en el hombro—. ¿A qué planeta te has ido?
—No es nada —dijo Crystal, poniéndose en pie de golpe—. ¿Queréis algo de la cocina? —La respuesta era obvia a juzgar por los vasos llenos que Jenny y Laura sostenían—. Supongo que no. Ahora vengo.
La cocina no le ayudó gran cosa una vez que sacó la botella de cerveza de la nevera. El timbre de la puerta sonó en aquel momento, anunciando la llegada de Peter y Michael. Crystal salió de la cocina con creciente nerviosismo, temiendo que su regalo se quedara corto al contemplar la enorme caja que Michael traía en los brazos.
La pizza llegó poco después dándole un poco de margen hasta el tan temido momento y Laura se sentó en su lado del sofá. Michael ocupó la silla mientras Peter se acomodaba en uno de los brazos de la misma, junto a él. Crystal volvió a su posición acostumbrada y su regalo permaneció escondido. Jenny se sentó en uno de los brazos del sofá a la izquierda de la escritora, dejando la parte central para los regalos.
Laura abrió primero el regalo de Jenny, con los ojos como platos al sacar de la caja una gruesa bata de felpa. Era de color crema, un tono que Crystal juzgó perfecto para contrastar con el cabello de Laura. Ésta agradeció efusivamente a su ex amante el regalo, manifestando que le sería muy útil para el invierno que ya casi estaba por llegar.
—Nos toca —dijo Peter, recogiendo la enorme caja y dejándola sobre la mesita del café—. Pero antes de que te emociones con la caja, no es eso lo que hay dentro —le advirtió, agitando las manos con nerviosismo—. Vale, ya lo puedes abrir.
—El señor manitas casi se echa a perder la manicura buscándolas —dijo Michael, apartándose un mechón rebelde de pelo rubio de la cara.
Crystal observó cómo Laura desechaba la idea de haber recibido una preciosa vasija de barro, tal y como mostraba la ilustración de la caja, y empezó a romper la cinta aislante que la sellaba. Le llevó varios minutos encontrar el regalo en cuestión, oculto entre un montón de papel de periódico arrugado. Momentos después, Crystal se sorprendió al verla sacar un conjunto de lámparas de pared antiguas.
—Genial, son prefectas —dijo Laura, dejando una sobre la mesa para examinarla con más detalle. Personalmente, a Crystal le parecían horribles: una base de latón que soportaba toda una colección de espirales para cubrir el casquillo, diseñado en forma de algún tipo de criatura medieval con una malévola sonrisa. La joven decidió en aquel momento que su compañera de piso tenía un extraño sentido de la perfección—. ¿Dónde las habéis encontrado?
—Cuando te puse esas lámparas corrientuchas en el balcón supe que no eran de tu estilo —comenzó Michael.
—Y los grifos le dan un buen toque, ¿no crees? —le preguntó Peter, a toda vista orgulloso de su elección—. Vi un juego de hierro forjado, pero me parecieron demasiado sosas. Imagínate mi sorpresa cuando encontré éstas en el fondo de una caja en la parte de atrás de la sala de exposiciones.
—Te las instalaré antes de que llegue el frío —prometió Michael.
Laura pareció apropiadamente complacida con el regalo y lo volvió a depositar en la caja antes de que los ojos de todos se volvieran con expectación hacia Crystal.
—Oh. —Dándose cuenta de que era su turno, la rubia se inclinó sobre el brazo del sofá y sacó su regalo, entregándoselo a Laura con aire vergonzoso y deseando fervientemente haber optado por el cheque—. No sabía que comprarte —arguyó en su defensa mientras Laura rompía con cuidado el papel. Ya no había dónde esconderse, puesto que el regalo de madera y metal reposaba en las manos de Laura.
La sólida base de cerezo servía como lienzo para las letras curvas que formaban el nombre de Laura en la parte superior. A cada uno de los lados había una pluma y una lupa, mientras que una discreta placa de metal sostenía sendos apartados para un bolígrafo y un lápiz a juego.
—Es precioso —dijo Laura con sinceridad, visiblemente conmovida.
Crystal se encogió de hombros, casi segura de que su compañera estaba siendo indulgente.
—Bueno, eres escritora de misterio y… pues… lo vi por ahí y supuse que te gustaría.
—Me encanta —dijo Laura envolviendo a Crystal en un fuerte abrazo—. Es un regalo fantástico. Muchas gracias.
—De nada —farfulló la rubia, no sabiendo aún si esas palabras eran del todo sinceras.
—Es muy bonito —dijo Jenny al tiempo que los chicos asentían, reforzando su opinión. Uno a uno, se fueron pasando el regalo para verlo mejor y llegaron por fin a la conclusión de que era perfecto para su escritora de misterio favorita.
***
—Menuda noche —dijo Laura tras acompañar a sus amigos a la puerta. Miró la hora y suspiró, considerando seriamente la idea de dejar la aspiradora para la mañana siguiente. Acto seguido, plegó y guardó la caja de la bata junto a las otras que tenía en el armario. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar una caja. Dejó el regalo de Michael y Peter tal y como se lo habían entregado y lo llevó a una esquina hasta que su amigo tuviera tiempo de venir a instalar las lámparas. Con la bata bajo el brazo y su juego de escritura personalizado en las manos, Laura dirigió a su compañera de piso una sonrisa más—. Es precioso —dijo, refiriéndose al regalo de Crystal—. ¿Cómo se te ocurrió algo así?
Crystal, por su parte, se encogió de hombros.
—De hecho no tenía ni idea de qué comprarte. Vi uno de esos en el centro comercial y pensé que te gustaría.
—Nunca había visto uno de estos con pluma y lupa. Es único. Lo voy a poner en mi escritorio para verlo cada vez que escriba. —Antes de que Crystal pudiera reaccionar, Laura utilizó el brazo que tenía libre para atraer a la joven hacia sí y abrazarla de nuevo—. Es algo muy especial y me encanta. Gracias.
Crystal ya se sentía mejor por el asunto de regalo y sonrió cuando Laura la soltó.
—Me alegro mucho de que te guste.
—Así es, y mucho —convino la escritora. Sonrió de nuevo al ver los intentos de su compañera por ahogar un bostezo y le dio una palmada amigable en el hombro—. Venga, ya es muy tarde.
—Y tanto que sí —afirmó la rubia.
***
—¿Me puedes repetir por qué estamos haciendo esto? —preguntó Crystal arrojando otro montón de ramas secas a la carretilla.
—Las fogatas se hacen con madera —dijo Laura imitándola—. Además, es la forma que tiene Carmen de reunir a sus amigos en casa para ayudarle a limpiar la hojarasca.
—Eso me parecía —afirmó la rubia sonriendo—. Por lo menos hay cerveza.
—Eso es. ¿Sabías que hay dos barricas más aparte de la del porche?
—Ah, una recompensa por tanto trabajo duro. —Crystal le lanzó a su compañera una sonrisa irónica—. Por lo menos, contigo aquí no tengo que pasarme el rato luchando con esa versión cubana de Don Juan.
—Así es, tú no te separes de mí —dijo la escritora—. Yo protegeré tu virtud.
Acto seguido oyeron una risa de incredulidad y se volvieron para ver a Alex saliendo de entre los arbustos.
—Menudo discursito, Taylor —dijo arrojando las ramas que traía en los brazos al interior de la carretilla—. No te preocupes por ella, Crystal —afirmó al tiempo que le propinaba una palmadita en el hombro—. Soy policía, puedes confiar en mí.
Crystal sonrió.
—No sé si puedo confiar en una mujer que lleva un par de esposas encima todo el tiempo.
—Vaya, qué poco sentido de la aventura —dijo Alex imitando con las manos una flecha que le hubiera atravesado el corazón—. Vale, vale, os dejaré solas, tortolitas. Aunque será mejor que os deis prisa. La comida casi está y Carmen acaba de abrir el segundo barril de cerveza.
Acto seguido, la policía desapareció entre los arbustos dejándolas solas de nuevo.
Laura, por su parte, meneó la cabeza.
—Ya le he dicho doscientas veces que no somos amantes.
—Yo ya me he dado por vencida —dijo Crystal—. Además, si piensa que estoy contigo no me tira tanto los tejos.
—De hecho, a algunas de mis amigas les atrae eso. A Wendy le encanta ir a por mujeres comprometidas. Creo que se lo toman como un reto.
—No debo ser su tipo —dijo la rubia, deteniéndose para hacerse con una rama cubierta de hojas y tierra—. Ella es una de las pocas que no han intentado nada conmigo.
—Es que las prefiere pelirrojas y morenas, creo, así que estás a salvo. ¿Quieres que te ayude?
Crystal intentó de nuevo desenterrar el pedazo de madera, exhalando fuertemente.
—Si no te importa. —Juntas, consiguieron sacar el tronco, pero lo desecharon al ver que el extremo inferior estaba plagado de insectos—. Tanto para nada —dijo la rubia, soltándolo de nuevo.
—Bueno, no es como que haya escasez de ramas por aquí —afirmó Laura al tiempo que sacaba su pañuelo y se limpiaba las manos—. De hecho… —continuó, echando un vistazo a la carretilla, ya casi llena hasta el tope—… creo que ya tenemos bastantes.
—Yo voto porque volvamos antes de que se acabe la cerveza —dijo Crystal utilizando sus vaqueros a modo de toalla para quitarse la mugre de las manos antes de agarrar los mangos de la carretilla.
—La puedo llevar yo —se ofreció Laura.
—Nah, no pesa nada —dijo la rubia. Hubo un tiempo en que una de aquellas le habría supuesto un gran esfuerzo, pero tras dos meses aplicando cemento y levantando tablones, sus músculos le permitían llevar aquella carga sin apenas notarlo—. ¿Sabes qué? ¿Por qué no vas a buscar un par de cervezas mientras yo llevo todo esto hasta el montón?
—Me parece muy bien —dijo Laura—. Te veo allí. —Dio media vuelta y se encaminó a la casa al tiempo que Crystal recorría el pequeño sendero que las demás carretillas habían dejado entrever hacia el lugar de la fogata.
Esta hoguera se va a ver desde el espacio, pensó echando un vistazo a la enorme cantidad de ramas.
—Estábamos a punto de mandar una patrulla de búsqueda a por vosotras —dijo Jenny, con una cerveza en la mano, cuando se aproximó—. ¿Dónde está Laura?
—Ha ido a la casa a por una cerveza para mí y quién sabe qué para ella —afirmó Crystal—. Ayúdame a descargar esto, ¿quieres?
Tras dejar su cerveza en el suelo, la mujer de pelo castaño empezó a ayudar a Crystal a trasladar la madera desde la carretilla a la pila.
—¿Vas a quedarte a pasar la noche o te va a llevar Laura a casa?
—Dice que se quiere ir a casa más tarde, pero hemos traído la tienda de campaña por si acaso —dijo Crystal—. Ya veremos cómo va la cosa.
—Te llevaría yo, pero no creo que vaya a estar en condiciones de conducir para cuando se haga de noche —afirmó la terapeuta—. Apenas soy capaz de meterme en el coche la mañana siguiente a estas fiestas otoñales de Carmen.
—¿Y ellas qué están haciendo? —preguntó Crystal señalando a un grupo de mujeres agrupadas en mitad de un campo plano cubierto de hierba.
—Intentan poner la red de voleibol —contestó Jenny, quitando la última rama de la carretilla antes de recoger su cerveza—. Aún faltan un par de horas antes de que Carmen prenda la fogata, así que hay que buscar algo para mantener ocupadas a veinte mujeres.
Crystal sonrió.
—Seguro que a Carmen se le ocurriría otra cosa para entretenerse un buen rato si encontrara alguien dispuesto a acompañarla.
—¿Te ofreces voluntaria?
La rubia resopló y negó con la cabeza.
—No es mi tipo, ya lo sabes —dijo al tiempo que veía a Laura aproximarse a ellas con dos vasos de plástico llenos de cerveza en las manos—. Ah, genial. —Interceptándola a medio camino, Crystal le arrebató uno de los vasos y se echó al gaznate un par de buenos tragos—. Mi héroe —bromeó.
—Ya veo que te has buscado ayuda para descargar la carretilla —dijo Laura, dándole un trago a su cerveza—. ¿Te apetece ver jugar a las chicas?
—¿Y a ti?
—Claro —afirmó la escritora mientras Jenny se unía a ellas—. A lo mejor les echo un par de juegos.
—Será mejor que te quedes mirando —dijo Jenny—. Tiene un remate bestial.
—Al parecer eres alguien a quien querría en mi equipo —dijo Crystal mientras se aproximaban a la zona de juego, sin comprender del todo la extraña mirada que le dirigió la terapeuta.
Poco después, los equipos estaban hechos. Laura y Crystal iban con Carmen y Jenny se puso del lado de Alex. La pelota blanca pasó volando sobre la red y comenzó el partido. Si aquellas mujeres jugaban duro al softball, cuando se trataba de voleibol no tenían piedad. Cada punto se jugaba al límite, acompañado de toda una serie de gruñidos y maldiciones que
dejaban en pañales al inocente intercambio de expresiones que la joven estaba acostumbrada a oír. Como principiante, Crystal se vio pronto en franca desventaja cuando la rotación la puso en primera línea. Incapaz de defender los poderosos remates de Alex, se comió un par de puntos antes de rotar nuevamente, con lo que Laura quedó a su izquierda.
—No le tengas miedo al balón —dijo la escritora, balanceando su peso de un lado a otro preparándose para el siguiente servicio—. Estaré aquí si me necesitas.
Crystal asintió, rezando para que la pelota no volviera a ir en su dirección. Para desgracia suya, la bolea de Carmen envió el balón justo a las manos de Alex. Crystal se preparó para encarar un nuevo remate cuando sintió una presencia a su espalda. Elevó la pelota cuando ésta cayó en picado a su campo, dejándola elevarse suavemente en el aire, exactamente lo que Laura necesitaba para engañar a Alex con un remate autoritario que golpeó a la policía en el hombro antes de caer al suelo.
—Eso ha sido suerte —dijo Alex, recuperando la pelota y lanzándosela a Carmen.
Laura, por su parte, se acercó a su compañera de piso y le susurró al oído.
—La próxima vez que te pasen la pelota, elévala y yo me encargo del resto, ¿vale?
Acto seguido, palmeó el hombro de Crystal y volvió a su posición.
El partido mejoró a partir de ese momento. Crystal dejó de intentar devolver balones y se concentró en la colocación para que Laura pudiera rematar. La estrategia funcionó, permitiendo la victoria de su equipo. Aunque no les fue tan bien en la revancha, Crystal disfrutó de lo lindo el juego y se apuntó sin reservas a la pachanga de baloncesto que se organizó a continuación en el camino de acceso mientras Laura y Jenny se fueron a ayudar a Carmen con la barbacoa.
Crystal fintó a la izquierda y luego a la derecha, superando a Alex y encestando el balón limpiamente.
—Un golpe de suerte —dijo la policía.
—Ya te digo —contestó Crystal, limpiándose el sudor con el dorso de la mano—. Espera un momento. Voy a por una cosa.
Los coches estaban aparcados en la hierba que había a cada lado del camino de acceso y le llevó un momento localizar y llegar hasta el Jeep de Laura. Tras echar un vistazo a los asientos, y al no vez lo que andaba buscando, fue hasta el maletero y lo abrió. La bolsa de deporte de Laura estaba encajada entre el saco de dormir y la parte de atrás del asiento. Crystal rebuscó en su interior y sacó su cinta para la cabeza. Decidiendo que a Laura no le importaría que la usara, se la puso con la esperanza de que mantuviera a raya el sudor y le apartara el pelo de la cara.
—Ah, maldita sea —bromeó Alex cuando Crystal se aproximó—. Teníamos la esperanza de que te volvieras a quitarte la camiseta.
Crystal se echó a reír junto a las demás, recordando aquella vez en que lo había hecho en uno de los partidos de softball.
—Lo siento, pero no llevo nada debajo excepto el sujetador.
—No te cortes —dijo la policía, causando un coro de silbidos por parte de las demás mujeres.
—Vale, después de ti —contraatacó Crystal, esperando que la mujer diera el tema por zanjado. Para su sorpresa, Alex empezó a sacarse la camiseta de los pantalones—. No, no, espera, era una broma.
Alex sonrió con aire engreído.
—Rajada.
—Zorra —contestó la rubia, sonriendo mientras cada quien volvía a su posición. La pelota entró en juego y Crystal no pudo evitar reírse a carcajadas después de sobrepasar nuevamente a Alex y encestar nuevamente, valiéndose del tablero. Se sentía relajada y cómoda con las amigas de Laura, y también suyas ahora, agradeciendo las palmaditas de felicitación de su equipo mientras esperaban a que Wendy sacara el balón de debajo de uno de los coches. A alguien se le ocurrió la idea de traer una nevera llena de cervezas y cogió la que Alex le ofrecía. Tras recuperar la pelota, el juego se reinició con creciente rivalidad e igualada puntuación. Al final, el equipo de Alex ganó sólo por tres puntos y todas se vieron de pronto deseando hincarle el diente a la carne que les esperaba junto a las parrillas.
La música fluía a todo volumen de un altavoz instalado en una de las mesas de picnic. En total, había seis, fabricadas con un gran tablón de madera sobre dos caballetes de serrar, junto a un montón de sillas plegables y otras de plástico blanco. Crystal se alegró al ver que Laura ya se había hecho con dos platos a rebosar y se encaminaba a una de las mesas.
—Huele de miedo —dijo aproximándose a ella.
—Supuse que tendrías hambre después de tanta carrera —dijo Laura, apartando la silla vacía que tenía al lado. Crystal cogió una costilla asada y le dio un mordisco, manchándose de salsa toda la comisura de los labios.
—Está un poco pringoso.
Laura, por su parte, se echó a reír.
—Espera —dijo, limpiándole la boca con una servilleta—. Listo, ya no pareces una cría pequeña.
—¿Sólo vas a comer eso? ¿Una mazorca de maíz y ensalada de patata?
—Ya sabes que no como carne roja —afirmó la escritora llevándose la mazorca a la boca y frunciendo el ceño cuando varios pegotes de mantequilla fueron a dar a sus vaqueros—. El pollo todavía no está listo.
—Luego voy a ver y te digo cuándo salga —dijo Crystal, con la boca pringada de nuevo.
—Puedo ir yo.
—Tranquila, probablemente necesite rellenarme el plato para entonces. ¿Qué tal está la ensalada?
—Toma, prueba un poco. —Tras cargar el tenedor, Laura lo dirigió a la boca de Crystal, que se abrió tras unos segundos de duda.
—Oh, mira, si le da de comer y todo —bromeó Alex desde la mesa contigua, provocando un aluvión de carcajadas a su alrededor y el consecuente sonrojo de Crystal.
—Lo que te pasa es que estás celosa —dijo Laura, enterrando su tenedor en la ensalada de macarrones de la rubia y llevándoselo a la boca.
—Puedes jurarlo —contestó Alex, haciendo reír de nuevo a la concurrencia. En ese momento, alguien anunció que el pollo ya estaba listo y Crystal saltó de la silla.
—Dame tu plato —dijo—. ¿Cuántos trozos quieres?
—Con una pechuga basta —dijo Laura, entregándole el plato—. Y un poco más de ensalada de patata y macarrones si quedan, por favor.
—Claro, no hay problema. —Crystal se encaminó hacia las parrillas y volvió minutos después con el plato de Laura y dos cervezas—. He pensado que tendrías sed —se justificó, dejándolo todo sobre la mesa.
—No suelo beber tanto —dijo Laura, cogiendo su lata de cerveza y dándole un trago—. Ya llevo tres.
—Y yo unas cuantas más —admitió Crystal, empezando la suya con ahínco antes de enterrar el tenedor en la ensalada de macarrones del plato de Laura—. ¿Y qué vamos a hacer después de comer? Todavía hay demasiada luz para encender la hoguera.
—Seguramente echarán otro partido de voley.
—¿Vas a jugar?
Laura meneó la cabeza.
—No creo. ¿Por qué? ¿Tú sí?
—Si tú no juegas, no —dijo Crystal, ganándose una risita por lo bajo de Alex. Sintiéndose en la necesidad de explicarse, añadió—. No se me da demasiado bien.
—Vale, haremos esto. Si de verdad te apetece jugar, te acompaño —afirmó Laura, apuñalando a Alex con la mirada antes de que la policía tuviera oportunidad de meterse en su conversación privada.
Como era de esperar, una vez que todos los estómagos estuvieron repletos, alguien sugirió echar otro partido. Crystal negó con la cabeza, puesto que quería esperar a que se le bajara un poco la comida antes de ponerse a correr. Laura se llevó los platos vacíos al cubo de basura mientras ella se acababa la cerveza. Dándose cuenta de que varias mujeres se escabullían en el interior de una de las cabañas de almacenaje, la rubia sonrió y se excusó para ir con ellas, consciente de lo que pretendían hacer allí.
Cuando regresó, unos minutos más tarde, sus ojos parecían considerablemente más pequeños. Laura, por su parte, le echó un vistazo y meneó la cabeza.
—Debí imaginar que encontrarías fácilmente a tus colegas fumadoras de hierba —dijo—. Supongo que estás totalmente colocada.
—No, sólo lo justo para sentirme bien —dijo Crystal—. ¿Te molesta?
Laura dudó un momento antes de contestar.
—Me molesta cuando lo haces para evadirte de la realidad, pero si es por pasar un rato con tus amigas, no. No me molesta. —A pesar de que no había nadie cerca que pudiese oírla, bajó la voz antes de seguir hablando—. Es que me preocupo por ti, ¿sabes? No me gusta ver cómo te haces daño a ti misma.
—Lo sé —dijo Crystal, cubriendo el hombro de Laura con su mano—. A mí no me gusta ver cómo te matas quedándote despierta toda la noche para escribir sólo para acabar en un punto muerto, así que estamos en paz. Venga, ¿qué me dices de ese partido?
—¿Seguro que puedes jugar? Quiero decir, mareada y todo.
—Claro, a lo mejor así la pelota va más despacio y hasta puedo darle un par de golpes —dijo Crystal, dando un ligero apretón al hombro de Laura antes de retirar la mano.
—De todas formas, no creo que juguemos mucho más —dijo Laura mientras se dirigían al terreno de juego—. Ya casi es de noche. Carmen no tardará en encender la fogata.
La predicción de Laura se cumplió, ya que menos de una hora después empezó el fuego y todo el mundo fue a ocupar un lugar alrededor de la hoguera. Crystal se sentó a un lado de la escritora y Jenny al otro. Alex se las arregló para quedar junto a la rubia y empezó a pasar latas de cerveza de la nevera que había llevado con ella mientras las otras rellenaban sus vasos de plástico en el barril del porche.
—¿Cuántas llevas ya? ¿Cinco? —preguntó Crystal cuando Laura se llevó a los labios su vaso.
—Creo que sí —respondió la escritora—. Me da que no vamos a ir a ninguna parte esta noche.
—Por suerte tenemos la tienda de campaña en el coche —dijo Crystal—. ¿Es lo suficientemente grande para las dos?
—Sí, es doble, igual que el saco de dormir, así que no hay problema —afirmó Laura—. No eres de las que dan vueltas y patadas toda la noche, ¿verdad? Porque entonces te vas a dormir al césped.
—Seré buena, lo prometo —dijo Crystal sacándose los cigarrillos del bolsillo y encendiendo uno—. Además, seguro que entre la cerveza y la hierba caeré redonda en cuanto cierre los ojos.
—Vale, pero no antes de ayudarme a montar la tienda —le advirtió Laura, arrugando la nariz cuando el humo del cigarrillo fue hacia ella—. Jenny te puede contar por experiencia el trabajo que da esa tienda.
—Sería mucho más fácil reclinar el asiento del Jeep y dormir ahí —arguyó Jenny tras oír su nombre en la conversación—. Lleva casi una hora ensamblar ese monstruito. Yo no he bebido demasiado, por si queréis que os lleve a casa —se ofreció.
—¿En tu trampa mortal? —preguntó Laura—. Ni de coña. Una cosa es sufrir esa tortura cuando estás sobria, pero no estoy dispuesta a ponerme en tus manos medio borracha.
—Cierto —dijo Jenny—. Seguro que acabáis echando la pota en el asiento.
—Pues a lo mejor es para bien, Doc —bromeó Crystal—. ¿Cuándo vas a librarte de ese montón de chatarra y comprarte un coche decente?
—El día que nuestra querida Laura deje de ordenar todo a su paso.
—Entonces me da que esa Cosa seguirá rodando hasta que se parta por la mitad.
—¡Oye! —exclamó Laura, adoptando un falso aire ofendido—. ¿Por qué me metéis a mí en medio de todo?
—Porque, de hecho, estás en medio —dijo Crystal, propinándole un codazo.
—Eh, Laura —dijo Alex—. Cuéntanos en qué estás trabajando ahora. ¿Otra historieta de la detective Bobbie?
Laura terminó de darle un trago a su bebida antes de asentir.
—Sí, será la tercera de la serie.
—¿Y le vas a buscar novia de una vez o qué?
—Creo que sí. Por lo menos voy a meter una atracción de las fuertes. Si acaba en amor o no… todavía no lo he decidido.
—Oh, deberías hacerlo —se inmiscuyó Crystal—. Con un montón de romance y pasión.
—Sí, sobre todo pasión —dijo Alex—. Quiero por lo menos tres escenas de sexo.
—Escenas de amor —le corrigió Laura—. Y eso tampoco lo he decidido todavía. Ya veré cómo va el tema. Me dijeron que la semana pasada te metiste en una buena persecución.
—Oh, sí —dijo la policía—. Fue muy raro. Paré al imbécil porque tenía rota una de las luces traseras, pero cuando comprobé la matrícula no coincidía con el modelo del coche. Resultó que el tipo trabajaba en un desguace y sólo estaba llevando el coche al solar cuando di con él. —Alex derivó la conversación durante un rato antes de cambiar de tema y ponerse a hablar con alguien más.
Crystal no estaba segura de en qué momento había ocurrido, pero ahora se encontraba más cerca de Laura y sus rodillas se tocaban. Dudó un momento si apartarse o no, pero desistió, ya que no quería que Laura prestara excesiva atención a aquel contacto casual. En vez de eso, intentó concentrarse en la discusión que se desarrollaba a su alrededor. Laura estaba hablando con Jenny, permitiendo a Crystal estudiar sus facciones a la luz del fuego. Un brillo anaranjado bailaba sobre el rostro de la escritora, iluminándolo y oscureciéndolo alternativamente. En ese momento, tomó un trago de cerveza y miró a su alrededor, advirtiendo que Carmen parecía haber encontrado compañía para pasar la noche, si es que ver a las dos mujeres besándose era algo indicativo. Crystal se dio cuenta de que la nueva conquista de la anfitriona era Wendy, quien en ese momento intentaba comprobar hasta qué punto de la garganta de la mujer cubana podía llegar con su lengua. Incapaz de apartar la vista del espectáculo que se desarrollaba frente a ella, Crystal observó detenidamente a las dos mujeres.
¿Cómo diablos hacen para respirar?
De la nada surgió una imagen de ella misma siendo besada con una pasión y un deseo semejantes a los que estaba contemplando, pero lo que conmocionó en realidad a Crystal fue el rostro de su compañía imaginaria.
Como si hubiera sentido de alguna forma los pensamientos de Crystal, Laura se giró y la miró, regalando a la rubia una delicada sonrisa.
—¿Estás bien?
—¿Qué? Oh, sí —dijo ella, prácticamente segura de que el calor que sentía no provenía del fuego—. Me he ido a otro mundo un momento, supongo.
—Parece que Wendy no va a dormir esta noche en una tienda de campaña —dijo Laura, señalando con la barbilla a las dos mujeres que todavía se besaban.
—Si es que llegan a la cabaña —respondió Crystal, pasando el brazo por detrás de Alex para alcanzar otra cerveza de la nevera—. Apuesto a que no necesitan la hoguera para calentarse.
—Ya te digo —dijo Laura, posando su mano en la rodilla de Crystal—. ¿Te sientes incómoda? —le preguntó en voz baja para que nadie más la oyera.
Negando con la cabeza, la joven trató de librarse de la imagen que la acosaba, es decir, una en la que la mujer que tenía al lado la besaba apasionadamente.
—No. Ya he visto a tus amigas besándose antes. Lo hacen constantemente en el campo de softball.
Claro que nunca antes había pensado que me besabas tú, pensó echándole un rápido vistazo a Laura antes de volver su atención a las llamas. Debe ser porque paso mucho tiempo con ellas. Sólo he pensado que Laura me besaba porque es mi amiga y me siento muy cercana a ella, eso es todo. Sin embargo, mientras se planteaba eso, Crystal se descubrió contemplando la mano que, de forma tan familiar, descansaba sobre su rodilla, y combatió el impulso de cubrirla con la suya para asegurarse de que no desparecía.
***
El área de voleibol hacía las veces de campamento improvisado para la docena de mujeres que, en aquel momento, se peleaban con sus tiendas de campaña. Por desgracia, estaba lo suficientemente lejos de la fogata como para que la luz les permitiese ver lo que estaban haciendo, así que Crystal acabó yendo a buscar una linterna al Jeep mientras Laura luchaba contra la indómita estructura. Al parecer, las otras tenían el mismo problema y, una vez que la tienda estuvo dispuesta, la rubia fue a auxiliarlas. Al final había siete tiendas de campaña en formación más o menos circular. A continuación, ayudó a Laura a desplegar el saco de dormir en el interior de la suya y se fue a la cabaña para usar el baño, cosa que le llevó más tiempo del que esperaba porque, por lo visto, todas las demás mujeres habían tenido la misma idea que ella en aquel preciso momento. La ingente cantidad de cerveza ingerida durante la jornada había predispuesto que el cuarto de baño de Carmen estuviera ocupado durante buena parte de la noche, si es que las mujeres acampadas fuera no decidían usar los arbustos en su lugar.
Tras quitarse las zapatillas de deporte, Crystal se metió a gatas en la tienda. Dentro estaba oscuro, pero se las arregló para orientarse, localizando la cremallera del saco y abriéndolo. Acto seguido, se quitó rápidamente los vaqueros, se desabrochó el sujetador por debajo de la camiseta, se lo quitó y enrolló los pantalones para usarlos a modo e almohada. Por un momento, se planteó quitarse también la camiseta, pero desistió, ya que no sentía tanta seguridad como en casa, por no mencionar que tenía que compartir un saco de dormir con Laura. Frotándose las manos contra los muslos desnudos, Crystal se preguntó si debía volver a ponerse los vaqueros, pero el sonido de la cremallera de la tienda al abrirse puso fin a la diatriba.
—¿Laura?
—Sí. ¿En qué lado vas a dormir?
—A la derecha… pero si lo quieres tú…
—No, a mí me gusta la izquierda. Además, es mejor que tú estés del lado de la entrada por si tienes que salir al baño. Has bebido más que yo.
—Sí, seguro que me levanto por lo menos una vez. —Crystal sintió que el saco de dormir se abría y se le puso la piel de gallina antes de que Laura se tumbara y el agradable calor de la franela volviera a cubrir su cuerpo.
—¿Tienes bastante sitio?
Crystal, que estaba tan al borde del saco que podía sentir el frío metal de la cremallera contra su piel, asintió antes de recordar que la oscuridad la hacía invisible para Laura.
—Sí, ¿y tú?
—Sí, tranquila. Puedes acercarte más, si quieres. Hay mucho espacio.
—No te quiero agobiar —dijo Crystal.
—Aunque lo hicieras, no tendría ningún problema. —Laura dejó escapar en ese momento un largo bostezo—. Venga, ponte cómoda para que podamos dormir un poco.
Nota de la traductora:
Root beer:
Literalmente, cerveza de raíz. Es un refresco de origen norteamericano,efervescente y sin alcohol. Muy rico.
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