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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::

A regañadientes, Crystal se apartó de la cremallera adoptando una posición fetal de espaldas a Laura, aunque consciente del calor que emanaba el cuerpo que descansaba a unos pocos centímetros del suyo. Era una sensación extraña, puesto que no había dormido con nadie desde que era niña, pero al mismo tiempo le reconfortó tener a Laura al lado sabiendo que no había ningún tipo de cierre en la tienda. No es que tuviera miedo de las mujeres que acampaban junto a ellas, pero aun así siempre quedaba la duda.

—¿Mejor? —le preguntó Laura en voz baja.

—Sí. ¿Seguro que no estás muy apretada?

—No, para nada. Todavía queda sitio, por si lo necesitas.

—Tranquila, estoy bien —afirmó Crystal ajustándose los pantalones que le servían de almohada—. Buenas noches, Laura.

—Buenas noches, cielo —respondió la escritora, acercándosele en la oscuridad para darle un rápido apretón en el hombro.

Su intento de conciliar el sueño fue interrumpido minutos después cuando un claro e inconfundible gemido cortó el aire, seguido por varias risitas pícaras provenientes de las otras tiendas.

—Parece que alguien se lo está pasando de lo lindo —dijo Crystal, sonriendo en la oscuridad.

—Mmmmm… —respondió Laura medio dormida—. Sólo espero que no hagan demasiado ruido.

—A mí me da que no va a ser así —dijo Crystal tras escuchar otro gemido, esta vez un poco más fuerte—. ¿Quiénes crees que son?

—Ni idea. No me he dado cuenta de qué tiendas han quedado junto a la nuestra. —Esta vez, la gimiente mujer dejó escapar una mezcla entre suspiro y grito, y otra voz más grave pareció susurrar algo—. Creo que es Alex.

—¿Sí? —Crystal se dio la vuelta hasta quedar de cara a Laura y se incorporó apoyándose en un codo. Acto seguido, volvió a escuchar—. Puede ser. La voz parece demasiado ronca.

“Oh, Alex, sííííí…”

—Vale, es ella —dijo la rubia—. ¿Con quién crees que está? No he visto a nadie rondándola esta noche.

—Seguramente es Donna. Me han dicho que es un tanto… expresiva en ciertas actitudes —afirmó Laura.

Eh, Duncan —exclamó una voz desde una de las tiendas—. Haz el favor. Hay gente que intenta dormir.

Sí, no me hagas ir hasta allí y separaros con mis propias manos gritó otra de las mujeres, provocando un aluvión de risas ahogadas a su alrededor.

Yo pensaba que tus manos estaban ocupadas todas las noches.—Esta vez, reconocieron la voz de Jenny.

Que te jodan, Foster—respondió la voz con aire juguetón.

¿Eso es un insulto o una oferta?

Tú eliges, Jen. En mi tienda hay sitio de sobra.

—Me da que no vamos a poder dormir —se quejó Laura.

—Bueno, por lo menos alguien se lo está pasando bien —dijo Crystal antes de volverse de nuevo y acomodarse.

—Ojalá lo hicieran con menos escándalo.

—O se llevaran la tienda un poco más lejos.

—Me parece que, aunque estuvieran al otro lado de la casa, seguiríamos oyéndolas —dijo Laura antes de soltar un gran bostezo—. Debería haberme traído tapones para los oídos.

—En algún momento tendrán que parar, ¿no?

La escritora soltó una risotada incrédula.

—Cielo, estamos hablando de lesbianas. Son como en ese anuncio de la tele. Duran y duran y duran…

—Oh, genial —dijo Crystal con sarcasmo, golpeando sus pantalones—. Supongo que debería considerarme afortunada de que no tengas novia o me pasaría las noches en vela.

Laura se echó a reír.

—De hecho, no soy nada escandalosa. —En ese momento, se detuvo, ya que una nueva oleada de gemidos se dejaba oír desde el exterior—. Es Donna, no hay duda.

Crystal meneó la cabeza y cerró los ojos, tratando con todas sus fuerzas de aislar las imágenes que los sonidos nocturnos le inspiraban.

***

Crystal se despertó inmediatamente al sentir el contacto. Le llevó un par de segundos recordar dónde se encontraba y quién dormía a su lado… o mejor dicho, quién dormía pegada a ella, puesto que Laura le había rodeado la cintura con un brazo. Por eso mismo se había despertado. Era noche cerrada y lo único que oía era uno que otro ronquido ocasional en las tiendas cercanas y el repentino crepitar del fuego, ya casi extinto. Al darse cuenta de que Laura estaba profundamente dormida, la joven se debatió entre apartar el cálido brazo que la cubría o no hacerlo por no despertar a su amiga. Se quedó allí quieta varios minutos escuchando la respiración de quien tenía al lado, lo suficientemente cerca como para sentir el cálido aire contra su nuca. Al igual que cuando Laura la abrazaba de forma ocasional para mostrarle su apoyo, Crystal se descubrió sintiendo esa misma comodidad en aquel gesto inconsciente. Así, se relajó y pronto volvió a quedarse dormida.

***

Laura parpadeó repetidamente y miró a su alrededor, ya que la luz del sol iluminaba el interior de la tienda con un brillo amarillento. Para su sorpresa, se encontró totalmente abrazada a Crystal. Debí imaginármelo, pensó. Siempre he sido de las que abrazan. Pero estaba demasiado a gusto como para moverse. Inhaló el aroma del champú de Crystal y tuvo que reprimir el impulso de acariciarle su sedoso pelo rubio. ¿A quién intento engañar? Incorporándose ligeramente para observar las facciones de la joven, aún dormida, Laura se admitió a sí misma que había evitado deliberadamente mencionar aquella costumbre a Crystal por aquella misma razón. La sensación de tener a su amiga entre sus brazos era maravillosa, así como sentir la calidez que emanaba contra su cuerpo. Así, se quedó tal cual estaba durante un buen rato para disfrutarlo al máximo, y no fue hasta que oyó el jaleo de las demás mujeres al salir de sus respectivas tiendas que regresó a regañadientes a su lado del saco de dormir. Por muy a gusto que estuviera en aquel momento, no era tan tonta como para seguir así cuando Crystal se despertara. Probablemente pensaría que intento aprovecharme de ella. Entonces, escuchó un crujido en el exterior de la tienda y el cierre se abrió a medias.

—Laura, ¿estás despierta?

—Buenos días, Jen —dijo en voz baja—. Crystal sigue dormida.

—Carmen ha hecho café.

—Vale, salgo en un minuto.

Ahora tenía el problema de salir del saco sin despertar a Crystal, quien de hecho se encontraba del lado de la cremallera, así que intentó reptar hasta la parte superior.

—¿Mmmm?

—Shh… soy yo —dijo, sacando las piernas del saco—. Duérmete otra vez, es muy temprano.

—¿Qué hora es? —murmuró Crystal, poniéndose boca arriba y frotándose los ojos.

—Las siete, más o menos. —Encontró el reloj que había guardado en una de sus zapatillas—. Las siete y veinte. Voy a por café. ¿Quieres que te traiga una taza?

—No, me voy a levantar ya. Además, tengo que ir al baño.

Crystal se sentó, revelando a Laura algo que no había notado la noche anterior al mostrar la parte superior de sus piernas desnudas al borde del saco. Sólo entonces cayó en la cuenta la escritora de que la almohada de Crystal eran, de hecho, sus pantalones.

Oh, gracias a Dios que no me di cuenta anoche, pensó Laura, advirtiendo además los pezones de Crystal revelándose bajo su camiseta.

—Voy a salir para que te vistas —dijo, gateando por el borde de la tienda y abriendo por completo la cremallera.

—Salgo en un momento —oyó mientras salía al campo cubierto de hierba y parpadeaba para ajustar sus ojos al brillante sol del amanecer.

—Vale. —Laura se puso las zapatillas y se encaminó a la casa.

Carmen, Wendy, Jenny y algunas otras ya estaban en la cocina cuando Laura llegó.

—Buenos días —dijo, haciéndose con dos tazas vacías del escurreplatos y encaminándose hacia la cafetera. Acababa de llenar las tazas cuando Crystal hizo su aparición con el pelo alborotado todavía.

—Oh, gracias —dijo Crystal cuando su amiga le entregó su café.

—He pensado que podríamos parar a desayunar de camino a casa —propuso Laura apoyándose contra el mostrador e ignorando la caja de donuts que había encima—. Hay un sitio muy bueno cerca de aquí.

—Eso suena bien —afirmó la rubia, dejando a un lado su taza y encaminándose, haciendo eses, al baño que Alex acababa de desocupar.

—Aquí tenemos donuts —dijo Jenny.

—No me apetece dulce —contestó Laura—. Además, unos huevos Benedict son justo lo que necesito para arrancar.

—¿Qué pasa? —dijo Carmen—. ¿Es que os vais ya? Pensaba que ibais a quedaros un poco más.

—Tengo cosas que hacer —afirmó Laura con un leve tono de disculpa, consciente de que era una soberana mentira. Aparte de escribir, no había mucho más que hacer en todo el día—. Además, Crystal nunca ha desayunado en Ruby’s. Seguro que le gusta.

—Oh, sí, las dos solitas en un banco, ¿eh? —ironizó Alex.

—Compórtate, por favor —le advirtió Laura—. Nos merecemos un buen desayuno después de habernos pasado toda la noche en vela gracias a ti y a Donna.

—Oye, que no es culpa mía que tú no mojaras —dijo la policía con una sonrisa malévola mientras rellenaba su taza e intercambiaba una mirada de complicidad con Donna—. ¿Y cómo va el libro?

—Me voy acercando al final, pero ya llevo como cincuenta páginas dándole vueltas —dijo Laura—. Ya sabéis cuánto me cuesta cerrar las historias.

—Sí, por eso tus libros rara vez bajan de las trescientas páginas —afirmó Carmen—. Oh, pero esas escenas románticas merecen todo lo demás. Pondrás una por lo menos en este, ¿no?

—¿Es que no lo hago siempre? —contestó Laura llevándose la taza a los labios y disfrutando del fuerte sabor amargo—. Se trata de juntar a las protagonistas. —En ese momento, advirtió que Crystal había salido del baño, y se preguntó para sí por qué la vida real no era tan sencilla como la ficción. Por qué se estaba enamorando de alguien a quien nunca podría tener y por qué era incapaz de apartarse de ella o hacer que su corazón dejara de apegarse a la hermosa joven con quien compartía su hogar—. Tengo que desmontar la tienda. En seguida vuelvo. —Tras dejar la taza sobre el mostrador, salió de la cocina a toda prisa y respiró una gran bocanada de aire puro.

Ya casi tenía enrollada la tienda de nailon cuando Crystal se acercó a ella.

—¿Quieres que te ayude?

—No —dijo—, ya casi está.

Crystal se arrodilló y puso una mano sobre la funda de la tienda de campaña, interrumpiendo el trabajo de su amiga.

—Oye. —Aquella palabra, pronunciada con tremenda suavidad, obligó a Laura a elevar la vista hacia los ojos azules que la observaban con preocupación—. ¿Estás bien?

Tras tomar aire, la escritora asintió.

—Sí. Supongo que estoy cansada o algo así.

—¿Seguro? Pareces preocupada por algo.

Por un segundo, Laura se preguntó en qué momento Crystal se había vuelto tan eficaz a la hora de leer en su interior y esperó que su rostro le mantuviera el secreto.

—Estoy bien, en serio. Oye, ¿por qué no llevas el saco de dormir al coche? Yo voy en un minuto y luego podemos desayunar algo.

—Si estás cansada, podemos comer algo en casa —ofreció Crystal.

—No. Estoy segura de que te encantará Ruby’s y, además, casi nunca salimos a comer fuera. —En ese momento, se le ocurrió algo—. A menos que no quieras ir.

—No, no, sí quiero. Si hay comida de verdad y a ti te gusta, quiero ir. Porque tienen comida de verdad, ¿no? Nada de brotes de judía y cosas verdes que sueles comer, como si fueras un conejo.

—Comida de verdad, te lo prometo —dijo la mujer sonriendo—. Seguro que hasta te puedes poner una dosis extra de grasa si la pides.

—Qué graciosa. Pues venga, que me estoy muriendo de hambre. Ya me he despedido de las chicas.

Crystal le arrebató la tienda y la metió en la bolsa de nailon, echando a perder el cuidadoso doblaje que Laura acababa de hacer. Evadiendo la necesidad de volverla a sacar entera para ponerla bien, la escritora echó a andar hacia el coche seguida de Crystal, agradecida de perder de vista a sus amigas por ahora. Comprendía perfectamente por qué la hostigaban tanto con el asunto de Crystal, y también que en parte encontraba ese tipo de comentarios tan molestos porque no iban demasiado desencaminados. Le había resultado dificilísimo dormir junto a Crystal, especialmente con el repertorio de soniditos que llegaban desde la tienda de Alex. Daba gracias de que sólo hubiera sido una noche y no un fin de semana entero. Dos noches seguidas le hubieran supuesto una tentación tal que no estaba segura de haber podido manejarlo.

***

Crystal suspiró y se puso boca arriba, buscando a tientas el interruptor de la lámpara. Esto es ridículo. Ya llevaba dos horas en la cama, pero era incapaz de conciliar el sueño. Optó por sentarse y se hizo con el cuaderno y el boli que tenía en la mesita de noche. Acto seguido, empezó a escribir.

Son casi las dos y no puedo dormir. ¿Por qué? ¿Por qué siento esto? ¿Lo que siento es real o es sólo mi imaginación disfrazando una amistad como algo más? Ella me abraza a menudo, pero nunca ha intentado ligar conmigo ni nada, así que… ¿por qué sigo pensando estas cosas? Nunca he besado a una mujer, pero lo deseo tanto cuando me abraza… Quiero hacerlo. ¿Me devolvería el beso? Lo dudo. Probablemente se quedaría ahí sentada y me diría con ese tono suyo por qué nunca podría interesarle un montón de mierda como yo. Sólo soy una amiga, una compañera de piso. Sé que se preocupa por mí, pero, ¿podríamos llegar a algo más? ¿Y si decide que quiere vivir sola otra vez? ¿Y si se encuentra otra amante?

Tengo frío. La estufa está encendida, puedo oírla, pero lo que quiero que me mantenga caliente está al otro lado del pasillo. Quiero que me abrace como hizo la otra noche. Me pregunto si ni siquiera se dio cuenta. Es tan agradable estar entre sus brazos… como cuando estoy triste y me abraza. Ojalá conociera todas las respuestas. Nunca antes me había planteado estar con otra mujer y no creo que quiera hacerlo… si no es con Laura. No quiero a una mujer, la quiero a ella.

¿Por qué no puedo tener una vida como las de sus libros, donde una heroína encuentra a la mujer que ama y se van cabalgando hacia la puesta de sol?

¿Por qué no puedo ser lo que ella busca?

***

—Cuando escribí eso no pensé que lo ibas a leer —dijo Crystal avergonzada, tirando de un hilo suelto que sobresalía de la costura del puff.

—Te creo —afirmó Jenny cerrando el cuaderno y dejándolo en el suelo junto a ella—. Tenemos que hablar de eso.

—No hay nada de qué hablar —sentenció la joven encogiéndose de hombros—. No le intereso de esa forma.

—Eso no hace que tus sentimientos sean menos reales —dijo Jenny—. ¿Te habías enamorado alguna vez?

—¿Con la gente con la que andaba, Doc? —Crystal meneó la cabeza—. Me he acostado con un par de tipos de vez en cuando, pero nunca he salido con nadie, y menos en plan romántico.

—¿Has considerado la posibilidad de que esto sea sólo una reacción lógica al hecho de que pasas mucho tiempo con Laura? Por lo que me has contado, no permites que nadie se acerque a ti desde lo de tu hermana.

—¿Piensas que por que Laura sea mi amiga y sea lesbiana me estoy planteando que yo puedo serlo también?

—Has sido tú la que has escrito que nunca antes te habían interesado las mujeres —dijo la terapeuta—. Y lo que yo piense no importa. ¿Cómo te sientes?

Crystal soltó una risa sardónica.

—Ahí mismo lo tienes escrito, Doc. —Hizo una pausa—. ¿Crees que estoy confundiendo la amistad con el amor?

—Creo que esa pregunta tienes que contestártela tú misma —afirmó Jenny con dulzura—. Por lo que respecta a las relaciones sentimentales, me da que no estás preparada. Apenas estás empezando a asumir los abusos de tu padre. Añadir romance a la ecuación sin duda culminará en un desastre emocional.

—En otras palabras, que estoy demasiado jodida como para ser novia de nadie —dijo la joven con un tono de auto desprecio.

—En otras palabras, necesitas tomarte tiempo para quererte a ti misma antes de aprender a querer a otra persona, sea quien sea —la corrigió Jenny—. Sigues consumiendo alcohol y drogas para ahogar lo que sientes sin importar los progresos que consigas aquí. Y has progresado mucho —la animó—. No importa lo duro que te resulte a veces. Ten por seguro que cada vez que te enfrentas al dolor y lo superas, vas mejorando. —Acto seguido, miró su reloj—. Por desgracia nos hemos quedado sin tiempo.

—No pienso contarle nada de esto a Laura —advirtió Crystal—. Lo que menos necesito ahora mismo es ponerme a buscar otro sitio para vivir.

—¿De verdad crees que te echaría a la calle si le dijeras lo que sientes? —preguntó Jenny—. Yo no.

—No, probablemente me dejaría quedarme —admitió—. Pero yo no sería capaz de hacerlo. —Dirigió una media sonrisa a la terapeuta—. Ya sabes lo buena que soy echando a correr.

—El único problema que tienes es que no puedes huir de ti misma —dijo Jenny poniéndose en pie. Crystal la imitó antes de recuperar su cuaderno.

—¿Qué voy a hacer con ella?

—No es Laura quien debería preocuparte, Crystal, sino tú. Te sugiero que sigas escribiendo lo que sientes y, sobre todo, sé sincera contigo misma. —En ese momento, extendió los brazos—. Hasta la semana que viene.

—Aquí estaré —dijo Crystal cediendo al obligado abrazo—. Y Doc…

—¿Sí?

—No me has ayudado nada, ¿sabes? Estoy aún más confusa que cuando entré.

Jenny sonrió.

—Lo sé. Ése es mi trabajo.

Crystal salió al recibidor y esperó a que la secretaria colgara el teléfono para concertar su siguiente cita. En la pared más cercana a la puerta había un estante lleno de panfletos, así que se puso a hojearlos para pasar el rato. De pronto, sus ojos cayeron sobre un pliego azul en el que resaltaban las palabras “¿Necesitas ayuda?”. Tras sacar uno del estante, lo abrió para descubrir que se trataba de un programa de reuniones de Alcohólicos Anónimos.

—Señorita Sheridan, ¿el martes que viene a las cinco y media?

—¿Qué? Ah, sí, está bien —dijo ella, metiéndose el folleto en el bolsillo trasero y recogiendo la tarjeta que le ofrecía la mujer de mediana edad—. Hasta la semana que viene.

Minutos más tarde, mientras esperaba a que el coche entrara en calor, Crystal se sorprendió leyendo el panfleto. Había una reunión sólo para mujeres una hora más tarde en la vieja iglesia que quedaba junto a su casa. Tras comprobar el texto, vio que se trataba de un grupo abierto, por lo que cualquiera podía entrar, tanto si se consideraba alcohólico como si no.

Podría pasarme a ver cómo es, pensó para sí. No es como que tenga que dejar de beber o admitir que soy una borracha ni nada parecido.

El aparcamiento estaba lleno de coches, algunos viejos como el suyo y otros que parecía que acababan de salir del concesionario. Sentada en su asiento, Crystal contempló a las mujeres que se sonreían unas a otras y charlaban animadamente antes de entrar.

¿Qué coño estoy haciendo yo aquí?

Con la plena seguridad de que estaba cometiendo un error, Crystal salió del coche y se encaminó hacia la puerta.

***

—Ya era hora —dijo Laura cuando la joven llegó por fin a casa—. Ya me estaba empezando a preocupar. —Limpiándose las manos en el trapo de cocina, la escritora fue hacia ella—. ¿Ha ido todo bien con Jenny?

—Sí —afirmó sin dar más detalles—. Es que he tenido que hacer una cosa de camino. ¿Qué hay para cenar?

—Se me ha ocurrido hacer pollo al horno. Esta noche es la eliminatoria. ¿Te apetece ver cómo los Mets barren a los Braves?

—Suena bien —contestó ella—. Sólo iba a echarle un vistazo a lo del GED. Puedo estudiar y ver el partido al mismo tiempo.

—¡Oh! —Laura se dirigió hacia las escaleras—. Se me olvidaba. Te he hecho unas fichas mnemotécnicas para ayudarte con las fórmulas. En seguida bajo. Dale una vuelta a la verdura, ¿quieres?

—Todavía no entiendo para qué se necesita saber geometría o álgebra en el mundo real —dijo Crystal mientras entraba en la cocina. Removió la comida con una cuchara de madera antes de abrir el refrigerador automáticamente y echar mano de una cerveza. Con la puerta abierta y la lata de aluminio en la mano, se detuvo. Poco a poco. Como si fuera tan fácil. Tras soltar un suspiro de resignación, volvió a dejar la cerveza y sacó una gaseosa.

Laura regresó con un mazo de tarjetas hechas a base de carpetas recortadas.

—Te he puesto las definiciones en un lado y la fórmula en el otro para que te las puedas estudiar mejor —dijo, depositando las tarjetas en el mostrador—. Podemos probarlas en el intermedio.

—¿Vamos a cenar dentro o fuera? —preguntó Crystal mientras abría el estante y sacaba un par de platos.

—Donde prefieras. El previo empieza dentro de cinco minutos.

—Mejor en el salón —decidió la joven, haciéndose con los cubiertos y las servilletas—. Me apetece quitarme las botas y relajarme un poco.

—¿Un día largo?

—Demasiado. —Crystal sonrió cuando Laura le acarició el hombro—. Ya sabes lo que pasa después de las sesiones con Jenny.

—Sospechaba que traías algo en la cabeza —dijo Laura con suavidad—. ¿Quieres hablar de ello?

Crystal echó un vistazo a la lata de gaseosa que había dejado sobre el mostrador.

—Todavía no —afirmó—. A ver cómo van las cosas.

***

Cuanto más intentaba Crystal no pensar en beber, más necesidad sentía. Sus viajes al escritorio en busca de un cigarrillo eran más frecuentes que de costumbre, y maldijo en silencio el momento en que se había quedado sin hierba el día anterior. Los Mets iban perdiendo, lo que sólo añadía tensión al asunto. Cuando su mejor bateador falló una bola que iba claramente fuera de la zona de strike, perdiendo la oportunidad de anotarse tres carreras, estalló.

—Me voy a fumar —anunció.

—Pero si has salido hace menos de un cuarto de hora —indicó laura—. ¿Por qué estás tan nerviosa? Sólo van dos abajo. Pueden remontar.

—No es por eso —dijo Crystal desde la puerta que separaba la cocina de la sala—. Es que tengo muchas cosas en la cabeza. Necesito tomar el aire.

Abrió la puerta corrediza y salió al exterior, sacándose con aire iracundo el paquete de tabaco y prendiendo un cigarrillo.

Esto no debería ser tan jodidamente difícil. No estoy tan colgada de la botella como el viejo. No puede ser.

Puesto que tenía la mirada fija en la silueta de los árboles, no se dio cuenta de que Laura estaba a su espalda sino hasta el momento en que le puso las manos sobre los hombros con suavidad.

—Dime qué te pasa —le solicitó la escritora.

Crystal asió con fuerza la barandilla de metal, espachurrando la colilla de su cigarro.

—Odio sentirme tan… indefensa.

—¿Indefensa contra qué?

—Cosas que no puedo controlar —dijo con aire críptico, al tiempo que meneaba la cabeza—. Debería ser lo suficientemente fuerte como para superar esto, pero me temo que no puedo.

—¿Tiene algo que ver con el hecho de que no te hayas bebido ninguna cerveza esta noche? —preguntó Laura.

—No sabía que prestaras tanta atención a lo que bebo o dejo de beber —dijo Crystal girándose para encarar a su compañera de piso.

—No suele haber noche que no te tomes una en la cena. Ahora, que pasen tres horas y el paquete de seis cervezas siga entero en la nevera… es lo nunca visto. —Laura le dirigió una sonrisa y le dio un apretón en el brazo—. ¿Vas a dejar de beber?

Crystal volvió a darle la espalda.

—No lo sé.

En ese momento, los delicados brazos de Laura le rodearon la cintura y su barbilla cayó sobre el hombro derecho de la joven.

—¿Sabes cuál es tu problema? Que no crees lo suficiente en ti misma.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó—. Laura, me he jodido la vida. Tengo veinticinco años y ya estoy viendo que voy a acabar siendo una borracha, como mis padres.

El suave ulular de un búho cortó el aire de la noche, haciendo que Crystal perdiera el hilo de sus pensamientos.

—Te equivocas —dijo Laura tras un minuto de silencio.

—¿Sobre qué? —preguntó la joven sin volverse.

—Sobre lo de acabar como tus padres. —Laura rompió el cálido abrazo, dejando su mano izquierda sobre la pequeña espalda de Crystal—. No lo harás.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Laura se apoyó también sobre la barandilla, permitiendo que sus codos se tocaran.

—Porque tú quieres cambiar. Ellos no. Has admitido que tienes un problema con lo que te pasó cuando eras pequeña y has buscado ayuda. Te has dado cuenta de que tienes un problema con el alcohol y estás intentando superarlo.

Crystal soltó una risotada.

—Déjate de chorradas. Lo que he hecho no es nada del otro mundo. He ido a una reunión, he intentado no beber una noche y no puedo creerme lo difícil que es —afirmó en voz baja.

—¿Sabes por qué estoy segura de que no vas a acabar como tus padres? —preguntó Laura suavemente.

—¿Por qué? —Crystal se encontró de pronto envuelta en un breve abrazo.

—Porque me tienes a mí… y no voy a dejarte —dijo Laura con firmeza—. Y ahora, ¿vas a seguir torturando a tus pobres pulmones o volvemos adentro a ver si los Mets salen del atolladero una vez más?

***

—Siento llegar tarde —dijo Crystal dejándose caer sobre el puff y advirtiendo la mirada de amonestación que le dirigía Jenny—. ¿Qué?

—¿No has traído el cuaderno esta semana? —preguntó la terapeuta desde el otro puff.

—Se me ha olvidado. He ido mal de tiempo todo el día. —Crystal se limpió la suciedad de las manos en los vaqueros—. Menuda semanita…

—¿Y eso?

—Esta noche ha sido la primera que he salido antes de las seis, y cuando llego a casa es tan tarde que Laura ya ha cenado, por no mencionar que el sábado en el examen del GED. Si me lo pierdo, voy a tener que esperar otros dos meses.

—¿Y crees que estás preparada? —preguntó Jenny.

—Con algunas partes sí. —La rubia se encogió de hombros—. Pero las matemáticas siguen dándome dolor de cabeza. Laura me ha estado ayudando con las fórmulas, pero son tantas que no soy capaz de distinguirlas. Estoy segura de que, en cuanto entre ahí, se me va a olvidar todo.

—Te recomiendo que visualices este examen como si fuera una prueba. No importa y apruebas o no. Si pasas, genial. Si no, te servirá para ver en qué vas mal y ponerte al día para dentro de dos meses.

—De hecho, si suspendes tienes que esperar seis —dijo Crystal—. Y no quiero. Nos hemos esforzado mucho. —Si Jenny se dio cuenta del “nos”, no lo mencionó para nada—. Estoy deseando enseñarle el certificado a Laura.

—Deberías estar haciendo esto por ti, no por ella —dijo la terapeuta—. Es tu GED.

—Pero ni siquiera lo estaría intentando de no ser por todo lo que Laura me ha ayudado. Gracias a ella he conseguido entender el maldito álgebra, y ni de coña sabría analizar una frase si no me hubiera enseñado. —Crystal meneó la cabeza—. No hubiera sobrevivido a esta semana sin ella. Ni de coña.

—¿Y por qué ha sido tan difícil esta semana? —le preguntó Jenny.

—Llevo… llevo tres días sin beber. —Los ojos de Crystal quedaron fijos en la alfombra—. Lo intenté dos días, pero… no sé. Es muy difícil.

—¿Quieres decir que estuviste sin beber dos días, luego bebiste, y ahora llevas en seco otros tres? —intentó clarificar la mujer.

—Sí. —Acto seguido, miró a Jenny—. Ni siquiera me acuerdo de la última vez que me pasé tanto tiempo sin echar un trago.

—¿Y qué hay de la marihuana?

—No me tientes —dijo Crystal con sequedad—. Sigo fumando cigarrillos, y ni se te ocurra intentar quitármelos.

—No tiene sentido avocarte al fracaso quitándote todos los vicios de una vez —afirmó Jenny.

—Eh, que yo no he dicho que quiera dejar la hierba, Doc —le advirtió Crystal—. Es que he estado demasiado ocupada como para llamar por teléfono, eso es todo. Además, no he tenido tiempo para fumar desde que Laura y yo nos quedamos media noche en vela estudiando para el maldito examen.

—Ya veo que te está ayudando mucho —dijo la terapeuta con toda seriedad—. ¿Has ido a alguna reunión?

Crystal asintió.

—Hay una todas las noches a las seis. Llego un poco tarde por el trabajo, pero normalmente me paso. También hay una los sábados, pero estábamos ocupadas, así que no fui. —Tras cruzarse de brazos, miró a Jenny con aire desafiante—. Ya sé que se debe ir todos los días para sacarle el jugo al asunto, pero si estoy haciendo algo con Laura, no voy a dejarlo todo de lado para presentarme. —Frunció el ceño al advertir una sonrisilla irónica en el rostro de Jenny—. ¿Qué?

—Yo nunca te he dicho que vayas todos los días —contestó la terapeuta—. De hecho, estoy sorprendida de que vayas tan a menudo. Contenta, pero sorprendida. Si te apetece saltarte una sesión de vez en cuando porque estás haciendo algo divertido, no hay problema. Tan sólo no dejes que se convierta en una excusa para no ir o te encontrarás con una botella vacía en las manos más deprisa de lo que se tarda en decir “recaída”. —Jenny elevó las rodillas y se rodeó las piernas con los brazos—. ¿Y cómo te sientes físicamente?

—No lo sé. —La posición de Crystal imitó a la de la terapeuta—. Me duele el estómago de vez en cuando y ya me estoy hartando de la gaseosa, pero aparte de eso… bien, supongo.

—¿Comes regularmente?

—Vivo con Laura —dijo Crystal con sequedad—. Desayunamos juntas, me pone el almuerzo en una bolsa y tiene la cena lista casi todas las noches cuando llego a casa. —Señalando su costado, frunció el ceño—. Peso casi cuatro kilos más que cuando trabajaba en el Tom Cat. Si esto sigue así, no voy a caber por las puertas.

—Seguro que buena parte es músculo, a juzgar por tu trabajo —dijo la terapeuta al tiempo que se levantaba. Acto seguido, fue hasta su escritorio y sacó dos cintas de vídeo de uno de los cajones inferiores—. Toma. Te las puedes llevar para verlas en casa. Una es sobre los efectos que tiene el alcohol en el cuerpo humano y la otra es para personas que están empezando la recuperación, los obstáculos que pueden encontrarse y cómo deben manejarlos. No son muy actuales, pero si eres capaz de obviar la ropa de los ochenta, el resto te puede servir.

—Genial. Gracias, Doc —dijo Crystal. Tras echar un vistazo a su reloj, se levantó del suelo y cogió las cintas que le ofrecía Jenny—. Justo lo que necesito. Más deberes.

—Ya que no te has traído el cuaderno, tenía que sacarme algo de la manga, ¿no crees? —bromeó la terapeuta.

—Cierto —convino la rubia—. Lo veré por el lado bueno. Podríamos habernos pasado toda la hora hablando de lo que siento por Laura.

—Ya te las has arreglado para meterla en la conversación —dijo Jenny—. Doy por supuesto que no le has dicho nada sobre eso.

—No —admitió Crystal—. Aún no estoy… segura.

—Pues te sugiero que sigas escribiendo lo que sientes en el cuaderno hasta que lo estés —dijo Jenny—. Mientras tanto, ve a las reuniones de AA tanto como puedas… y suerte en el examen. Seguro que apruebas con todos los honores.

***

—Voy a suspender —dijo Crystal con aire miserable mientras contemplaba el enorme edificio de piedra.

—No vas a suspender —insistió Laura acariciando suavemente la espalda de su amiga. Se encontraban en el aparcamiento del instituto, rodeadas de otros adultos que fumaban y charlaban animadamente.

—Para ti es fácil decirlo —farfulló la rubia.

—Y para ti también debería serlo —dijo Laura—. Has sacado sobresaliente en los dos exámenes de práctica y te sabes las fórmulas de memoria. Puedes hacerlo, Crystal. Sé que puedes. —Acto seguido, puso un par de lapiceros en la mano de la joven—. Venga, ya abren.

Crystal aspiró profundamente y echó un vistazo al edificio, plagada de dudas y temores que hasta entonces había conseguido mantener a raya.

—A lo mejor debería esperarme y estudiar más.

—No. Ya has estudiado bastante. Es que estás nerviosa, eso es todo.

Incapaz de detenerse, Crystal rodeó a Laura con sus brazos y la apretujó con fuerza.

—Deséame suerte.

—Buena suerte, cielo —le susurró Laura al oído mientras le devolvía el abrazo—. Ya verás como te va a ir bien… y cuando salgas te compraré unas palomitas gigantes e iremos a ver la peli que tú quieras.

—Me conformo con unas de microondas y algo del videoclub. —Crystal se apartó a regañadientes y comprobó que sus lápices tenían punta—. ¿De verdad crees que puedo hacerlo?

—No lo creo —la corrigió Laura—. Lo sé. Ya he elegido el trozo de pared en el que vamos a colgar tu diploma. Y ahora entra ahí y enséñales cómo se hace.

***

Crystal estaba demasiado nerviosa como para darse cuenta de las hojas que cubrían la carretera. Por fin había llegado… un sobre de la Comisión Estatal de Educación. Cuando había llamado a casa en su descanso y Laura le había dicho que tenía un enorme sobre blanco esperándola, había estado a punto de pedirle permiso a Michael para salir temprano. Se pasó de largo sin titubear la iglesia en la que se llevaban a cabo las reuniones de AA y de dirigió como una bala a casa. En pocos segundos sabría si había aprobado el examen que había hecho tres semanas antes.

Justo cuando iba a agarrar el pomo de la puerta, ésta se abrió para dejar ver a Laura allí con el sobre en las manos.

—¿Buscabas esto? —dijo la escritora mostrando su mejor sonrisa.

—No puedo creerlo —afirmó Crystal con nerviosismo, recogiendo el sobre y entrando en la casa—. Tiene que ser mi diploma. No enviarían un sobre tan grande sólo para decirme que he suspendido, ¿no?

—Ábrelo y a ver qué pasa —dijo Laura.

Con manos temblorosas, Crystal rasgó el sello y sacó dos trozos de papel. Uno era una carta, la cual ignoró con rapidez para contemplar el diploma con aire oficial que tenía en la mano, el cual mostraba su nombre elegantemente escrito.

—Lo he conseguido —susurró.

—Sí, así es —convino la escritora.

Crystal siguió con la mirada fija en el pliego.

—No me puedo creer que lo haya hecho. —Unas manos reconfortantes se posaron sobre sus hombros—. He aprobado. Tengo mi Graduado Escolar. Ya no tengo que ir diciendo por ahí que nunca acabé el bachillerato, porque soy graduada. Lo he conseguido.

—Sabía que podías hacerlo —afirmó Laura con dulzura.

—Pero no habría podido de no ser por ti. —Tras dejar el papel en la mesita, se giró para quedar de cara a Laura. Todas aquellas semanas de estudio, la lucha por recordar nombres y fechas, los intentos por hacer feliz a Laura cuando lo único que ella quería era tirarlo todo a la basura y rendirse… todo había acabado. Una hoja de papel declaraba sin lugar a dudas que el error que Crystal cometió cuando era una adolescente ya no iba a hostigarla más. Mirando a Laura, Crystal supo de dónde había salido la fuerza para hacer que lo que una vez fue sólo un sueño ahora se hubiera convertido en realidad—. Gracias —susurró al tiempo que parpadeaba para no llorar.

—Yo sólo te he ayudado a estudiar. Has sido tú la que…

Crystal interrumpió la protesta de su compañera de piso con un fuerte abrazo.

—No. Ni siquiera lo habría intentado de no ser por ti, Laura. —Su voz sonaba ahogada contra el cuello de la escritora—. Tú me has dado ánimos y me has enseñado trucos para recordar cosas… y me hiciste esas malditas tarjetas. —Sonrió y Laura la abrazó con más fuerza—. Gracias —susurró de nuevo.

—De nada. —Se quedaron así un momento más antes de que Laura deshiciera el abrazo—. Bueno, creo que esto merece una celebración.

—¿Como cuál? —preguntó Crystal mientras se daba la vuelta para limpiarse las lágrimas, a sabiendas de que Laura la había visto.

—¿Cena y peli? —propuso Laura—. Sea lo que sea, yo invito.

—Lo único que dan son esas paranoias sangrientas para adolescentes—dijo Crystal.

—Es la época —afirmó la escritora—. Después de todo, Halloween está a la vuelta de la esquina. Podemos pasarnos por el videoclub y alquilar una comedia, si quieres.

—Nah… no me apetece ver una peli.

—Podemos llamar a Jenny y a los chicos a ver si quieren venir a cenar con nosotras al chino —dijo Laura a continuación.

—¿No te apetece una pizza? —contraatacó la rubia—. Hoy ponen la maratón.

—Vale —dijo Laura—. Pero, ¿estás segura de que quieres quedarte en casa?

—Segurísima —afirmó Crystal—. No me apetece quedar con más gente. Voy a cambiarme, llamamos a Jenny para darle la noticia y luego decidimos de dónde pedimos la pizza y nos relajamos en casita, ¿qué te parece?

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