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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::

Parte 14

—Coge pepinillos, ¿quieres? —solicitó Crystal, echando un vistazo a la atiborrada lista de la compra.

—¿Enteros o picados? —le preguntó Laura.

—Enteros… y asegúrate de que no estén rellenos —respondió la rubia sin levantar la mirada del papel—. La última vez trajiste de los otros y no me gustan.

—¿Es por eso que no has tocado el frasco? Me lo podrías haber dicho antes. —Laura agarró el recipiente correcto y lo metió al carrito con cuidado.

—Fuiste tú la que se ofreció a comprármelos —dijo Crystal—. Supuse que alguien se los comería en un momento dado.

—Nos los podríamos haber traído esta noche para llevárselos a mi madre —afirmó Laura—. Seguro que ella los usa para algo.

—No te olvides de que tenemos que ir a comprar un marco nuevo para tu foto, porque lo usaste para mi diploma. —Crystal arrojó una bolsa de galletas de chocolate a la cesta—. Ah, y una lata de galletas de mantequilla.

—¿Sólo una? Eso me lo como yo de una sentada —bromeó Laura—. Mejor compramos dos. Y coge un par de bolsas de malvaviscos, ¿quieres? Quiero enviarle una buena tanda a Bobby.

—Vale, creo que los he visto por aquí… —Crystal fue hasta el final del pasillo y echó un vistazo al estante inferior. Una mujer mayor, que se debatía entre qué tipo de caramelos comprar, se le atravesó en el camino—. Disculpe.

La mujer se giró y sus ojos se encontraron. Paralizada, Crystal tragó saliva para humedecerse la garganta que, de repente, se le había quedado seca.

—No puede ser… —dijo con voz apenas audible. Los años no habían pasado en vano, advirtió Crystal. Un sinfín de líneas y arrugas abigarraban su rostro, hermoso una vez; el cabello rubio ahora estaba encanecido y las gafas eran más gruesas… pero no había lugar a dudas… Los ojos, que la miraban con confusión y certeza, eran los mismos.

—C… ¿Crystal? —preguntó la mujer a media voz.

—¿Crystal? ¿Has encontrado los malvaviscos? —preguntó Laura poniéndose a su lado.

—Em… sí. —Señaló las bolsas que descansaban en el estante de abajo sin apartar la vista de la mujer que tenía enfrente. Dudando qué decir después de tantos años, Crystal simplemente se quedó allí, de pie.

—No puedo creer que seas tú de verdad —dijo la mujer con cara de infinito asombro al tiempo que levantaba una mano hacia el rostro de la joven.

—Ya… sí —farfulló Crystal, dando un paso atrás para ponerse aún más cerca de Laura y escapar al contacto.

—Estás viva… —continuó la mujer, llevando una mano temblorosa al interior de su bolso de mano y sacando un pañuelo.

—¿Crystal? —dijo Laura, sin duda preocupada por la repentina palidez del rostro de su amiga.

—Laura, ésta es… —En ese momento, se detuvo y consideró sus palabras—. Margaret Sheridan. Es… mi madre.

Al escuchar esa palabra, Margaret Sheridan soltó un sollozo y rodeó su carrito para atrapar a Crystal en un abrazo.

—No puedo creerlo —gimoteó—. Mi pequeña está viva. Mi Crystal está bien.

Crystal se soltó a la fuerza y volvió junto a Laura tomándole la mano y sintiéndose un poco más segura después de que ésta se la apretó.

—¿Has sabido algo de Patty?

—Tengo tantas cosas que contarte… —dijo Margaret mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. Eres una mujer preciosa. Siempre lo supe.

Crystal no protestó cuando Laura le rodeó los hombros con el brazo en un afán protector.

—¿Y qué hay de Patty? —insistió la joven.

Margaret le dirigió una sonrisa melancólica.

—Volvió a casa unos seis meses después de que tú te fueras. Estuvimos buscándote por todas partes.

—Seis… ¿Dónde está ahora? ¿Tiene teléfono? ¿Dónde vive? —Las preguntas surgieron raudas de entre sus labios y apretó con más fuerza a su amiga.

—Patricia vive conmigo —dijo su madre—. Y también Jessica y Thomas, tus sobrinos. —Echó mano del bolso una vez más y rebuscó en su interior—. Tengo fotos.

Crystal se sintió de repente mareada… como si le faltara el aire.

—Tengo que salir de aquí —dijo en voz baja. Laura le puso las llaves en la mano.

—Te veré en el coche —prometió la escritora. Acto seguido, echó un vistazo a la madre de Crystal y soltó a la joven—. Yo hablaré con ella.

Crystal miró largamente a su madre y sólo pudo advertir amor y preocupación en sus ojos, que tanto se parecían a los suyos. Sin saber bien qué decir, o siquiera si era capaz de decir algo, se dio media vuelta y echó a andar hacia la salida más cercana, sin detenerse hasta llegar al Jeep y estar encerrada en su interior. Acto seguido, bajó a medias la ventanilla, encendió un cigarrillo y se sorprendió al comprobar cuánto le temblaban las manos.

Patty está viva, pensó mientras veía consumirse el cigarrillo. Está viva y tengo dos sobrinos. Me pregunto qué edad tendrán. ¿Patty vive con mi madre? ¿Cómo puede ser eso? Jamás se quedaría en la misma casa que papá, estoy segura. ¿Es que mamá le echó a la calle? ¿Por fin la diñó el puto bastardo? Esas preguntas, y muchísimas otras, se abrieron paso en su mente a medida que pasaban los minutos. Dio un respingo cuando un leve golpe en la ventanilla del copiloto le indicó que Laura había regresado y abrió los seguros. Acto seguido, le alargó las llaves presumiendo que su amiga querría meter las bolsas en el maletero, pero cuando se abrió la puerta, Laura la abrazó con fuerza.

—Sé que ha tenido que ser un golpe para ti —afirmó la escritora en voz baja.

Crystal se limitó a asentir, agradecida por los reconfortantes brazos que la rodeaban. Temblando todavía, se agarró con fuerza al cuello de Laura y cerró los ojos. Abrió la boca para hablar, pero lo único que surgió de su interior fueron gemidos. No estaba segura de cómo Laura comprendió lo que necesitaba, pero durante un largo rato se quedaron así: Crystal estirada en los asientos delanteros mientras la escritora la abrazaba con medio cuerpo en el interior del vehículo.

—Vámonos a casa —dijo Laura suavemente. Crystal, por su parte, tomó aire con dificultad unas cuantas veces antes de asentir y regresar a su asiento. Quiso limpiarse las lágrimas, pero Laura fue más rápida, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Menudo día has elegido para acompañarme a la compra, ¿eh?

—El puto destino —murmuró Crystal, sorprendida al sentir que Laura le acariciaba el labio inferior antes de apartarse de ella.

—Así es —convino la escritora. Crystal tomó el pañuelo que le ofrecía y se secó los ojos mientras su amiga cargaba las bolsas en el coche, sintiéndose más entera para cuando Laura ocupó el asiento del conductor y encendió el motor.

—Todavía no me lo creo —dijo Crystal, estrujando el pañuelo en su puño—. Mi madre… he visto a mi madre. —En ese momento, advirtió que habían salido del aparcamiento y que estaban en la autopista—. Y en el supermercado. ¿Vive cerca de aquí?

Laura echó un vistazo al pedazo de papel en el que había escrito su número de teléfono.

—Tiene el prefijo 527. Eso está más allá de las vías que hay al otro lado de la ciudad, así que no, no vive cerca. A lo mejor tenía algo que hacer por aquí y decidió hacer la compra ya de paso. Menuda coincidencia, ¿no crees?

—Sí —contestó Crystal con aire ausente al tiempo que encendía otro cigarrillo—. Hay un campo para caravanas por esa zona. A lo mejor vive allí. —Tras dar una larga calada al cigarrillo, contempló los coches que las rodeaban—. No la recordaba tan bajita.

—Probablemente porque tú has crecido desde entonces —dijo Laura.

—Y Patty vive con ella. Volvió a casa. —Crystal tomó una enorme bocanada de aire para evitar ponerse a llorar otra vez—. La echo tanto de menos…

—Lo sé, cielo —afirmó Laura dando una palmadita cariñosa a la pierna de Crystal—. Y en un par de horas, vas a poder hablar con ella.

***

Crystal miró su reloj y frunció el ceño al advertir lo despacio que estaba pasando el tiempo.

—Necesito un cigarrillo —anunció encaminándose a las puertas corredizas.

Laura se levantó de la silla e interceptó a la nerviosa joven.

—Te has fumado uno hace diez minutos —le recordó—. A lo mejor deberías llamar a Jenny.

—No —dijo Crystal, reconfortándose al sentir la mano que descansaba sobre su hombro—. Debe tener consulta, o a lo mejor ya va de camino a casa. Seguro que no la localizo.

—Entonces siéntate e intenta relajarte —insistió la escritora.

A regañadientes, Crystal se dejó guiar hasta la mesa.

—A lo mejor debería llamar ya. Puede que Patty llegue a casa temprano.

—Todavía falta hora y media —dijo Laura, poniéndose detrás de Crystal y posando sus manos sobre los hombros de la mujer—. Sé de una cosa que seguro que te tranquiliza.

Los ojos de Crystal se entornaron ligeramente cuando los fuertes dedos de su amiga comenzaron a masajearle los músculos del cuello y de los hombros. La cocina estaba en silencio, excepto por los gemidos ocasionales que surgían cuando Laura llegaba a un punto más sensible. Once años de preguntas entraron en tropel en la mente de Crystal, luchando por ser la primera en el momento en que hiciera aquella llamada. Laura tenía razón, pensó Crystal para sí cuando el pitido estridente de su reloj le indicó que había llegado la hora. El delicado masaje la había relajado, ayudándola a sobrellevar los minutos con más facilidad que si se hubiera pasado todo el rato paseando arriba y abajo por la cocina.

—¿Lista? —le preguntó Laura dando un paso atrás y retirando sus manos.

—Eso creo —contestó Crystal con nerviosismo—. Joder, ojalá pudiera echar un trago.

—Lo sé —respondió a su vez Laura alcanzando el teléfono inalámbrico—. Pero puedes hacerlo sin él. Yo sé que puedes. Tengo fe en ti.

Crystal rió con sorna y jugó con el teléfono.

—Menos mal que alguien la tiene. —Tras tomar aire, marcó el número escrito en el pedazo de papel—. Está sonando. —Laura no dijo nada, puesto que su mano en el hombro de la joven transmitía todo el apoyo que quería darle.

¿Sí?

—¿Patty?

¿Crystal? Oh, Dios mío, ¿de verdad eres tú?

—No pensé que volvería a verte —dijo Crystal apretando con fuerza el teléfono—. Ni siquiera puedo creer que esté hablando contigo. —A continuación, se dirigió a Laura—. Es ella de verdad.

Tenemos tanto de qué hablar… —dijo Patty, devolviendo a Crystal a aquel milagro telefónico—. ¿Adónde fuiste cuando te escapaste de casa? Llevo años buscándote.

—Yo también te he estado buscando —respondió Crystal, sonriendo a Laura cuando ésta puso una caja de pañuelos de papel frente a ella—. Tenemos que hablar de muchas cosas.

Ahora que volvemos a estar juntas, tenemos todo el tiempo del mundo. Hay tanto que quiero contarte…

—Empecemos por el principio —dijo Crystal acodándose en la mesa visiblemente más relajada—. Vale, te subiste al autobús… —A pesar de la atención que estaba prestando a su recién encontrada hermana, Crystal se dio cuenta del momento en que Laura abandonaba la estancia. Con una rápida mirada a la sala, observó que los canales de la tele pasaban con rapidez antes de detenerse en un partido de fútbol. Las dos horas siguientes fueron más agotadoras psicológicamente que cualquier sesión de terapia, una montaña rusa de emociones mientras las dos hermanas descubrían lo que habían sido sus respectivas vidas desde la trágica separación.

***

Laura levantó la vista al oír que el teléfono volvía a su base. Los ojos enrojecidos de Crystal lucían hinchados y una fina capa brillante delataba las lágrimas que habían caído por sus mejillas no hacía mucho.

—Ven aquí —dijo suavemente la escritora, apagando la televisión y yendo hacia su extremo del sofá. Cuando Crystal se sentó, Laura se acercó a ella, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo hacia sí—. ¿Cómo te sientes? —Sintió que Crystal se encogía de hombros antes de responder.

—No sé —dijo Crystal—. Pasaron muchas cosas cuando me fui. Si me hubiera quedado un poco más, todo habría sido tan diferente…

—No puedes dar marcha atrás y cambiar lo que pasó —dijo Laura, acariciando el antebrazo de Crystal mientras hablaba.

—Mi padre tuvo un ataque al corazón dos meses después de que me escapara —dijo Crystal dejando caer su cabeza sobre el pecho de Laura—. Y Patty volvió cuatro meses después. Si me hubiera quedado un poco más no habría tenido que hacerlo.

Laura aspiró profundamente, pensando en lo que sabía que había sido la vida de Crystal después de que se marchara de casa.

—Volvió embarazada —continuó diciendo la joven—. Me necesitaba en aquellos momentos y no estuve con ella. Mamá dejó de beber y se buscó un empleo. Patty dice que es muy diferente de cuando éramos niñas. Cuida a Jessica y a Thomas cuando ella está trabajando. —Crystal meneó la cabeza—. No puedo creerlo. Mamá dejó de beber, mi hermana volvió a casa, tengo dos sobrinos… ¡y me lo he perdido todo!

—Cielo, no podías saber cómo iban a ir las cosas —dijo Laura—. Me has dicho que tus padres no tenían teléfono entonces.

—Es que nunca imaginé que Patty volvería… y mucho menos que ese bastardo se iba a morir tan pronto —dijo Crystal—. Debí haber aguantado. Debí haber sido más fuerte.

—Oye. —Atrapando la barbilla de la joven con sus dedos, la miró a los ojos, que delataban una profunda tristeza—. No puedes castigarte así por lo que deberías o no haber hecho hace tanto tiempo. Era imposible que supieras lo que iba a pasar. Hiciste lo que tenías que hacer para escaparte de ese monstruo. Si la gente que debe protegerte es precisamente la que te hace daño, ¿qué otra cosa te queda?

—Pero…

—Nada de peros —dijo Laura con firmeza, soltando la barbilla de Crystal y trazando con sus dedos la línea de su mandíbula antes de apartar la mano—. Tenías que alejarte de tu padre. —Esperó hasta obtener un asentimiento antes de continuar—. Ahora lo que importa es que has recuperado a Patty. ¿Cuándo vas a ir a verla?

—El sábado —afirmó Crystal, dejando caer su cabeza contra el hombro de Laura—. Me es más fácil ir yo que el que ella meta a sus hijos en el coche y haga todo el camino hasta aquí. —Hizo una pausa antes de preguntar algo—. ¿Vendrás conmigo para que la conozcas?

Laura, quien se había distraído momentáneamente por el aroma del cabello rubio que tenía junto a su rostro, inclinó la cabeza para mirar a su compañera.

—¿Quieres que vaya?

Crystal asintió.

—Sí.

—Pues si quieres que vaya… —dijo Laura suavemente—… allí estaré. —Sin pensarlo, dejó que sus dedos acariciaran el hombro de la joven mientras una dulce sonrisa se dibujaba en sus labios—. Será interesante oír cómo me presentas.

Crystal le devolvió la sonrisa.

—Les diré simplemente que eres una escritora de misterio lesbiana y que vivimos juntas. Con eso bastará.

—No eres lo que se dice muy convencional, cielo —dijo Laura—. Van a creer que somos amantes.

Para su sorpresa, Crystal se limitó a encogerse de hombros.

—¿Y qué? —dijo la rubia—. Seguro que a Patty no le importaría. —Acto seguido, se irguió para mirar a Laura—. ¿Es que te preocupa? —preguntó con toda seriedad—. ¿Qué la gente piense que somos amantes?

Laura aspiró profundamente con la esperanza de que los sentimientos que solía mantener escondidos no se delataran en su rostro.

—No, no me preocupa en absoluto. Eres una mujer preciosa y, debajo de esa actitud ruda que sueles mostrar a todo el mundo, sé que hay una persona cariñosa y que se preocupa por los demás. Cualquier mujer se consideraría afortunada de tener algo que ver contigo. Además, de todas formas la mitad de nuestros amigos ya piensan que somos amantes, así que…

—Apuesto a que más de la mitad —dijo Crystal apoyando su cuerpo contra el de Laura una vez más—. Claro que el hecho de que hagamos cosas como estas… —comenzó indicando el modo en que estaban acomodadas—… no ayuda mucho.

—Ya, pero no nos abrazamos así cuando estamos en público —apuntó la escritora—. Ellos no ven esta faceta de nuestra relación.

—No sé… —dijo Crystal fijando la mirada en la pantalla de la tele—. Supongo que es porque vivimos juntas.

—Eso debe ser —dijo Laura, a pesar de que su corazón le indicaba que eso no era cierto.

—O a lo mejor es que ellos ven algo que nosotras no vemos.

El primer impulso de Laura fue negar aquellas palabras, enfrentarse a la realidad que Crystal acababa de manifestar, pero algo en su interior se negó. Asintiendo con renuencia, la escritora se aprestó a navegar aguas turbulentas.

—Tal vez —dijo con un tono de voz tan leve que, en un primer momento, no supo si Crystal había oído. Sin embargo, cuando la joven se separó de ella para mirarla profundamente a los ojos, supo que había dado en el clavo.

—¿Laura?

La mujer pudo entonces escuchar con claridad todas las preguntas no pronunciadas, el miedo y, quizás, la anticipación que denotaba la voz de Crystal. Sintiendo que el corazón iba a salírsele del pecho, cubrió de nuevo la mejilla de la joven con la palma de su mano.

—A veces, cuando te veo sufrir tanto, lo único que quiero es rodearte con mis brazos y no soltarte nunca. —Acto seguido, se inclinó levemente hacia delante sin romper el contacto visual con su amiga—. Otras veces te muestras tan auto destructiva que desearía poder meterte en la cabeza un poco de sentido común, pero tengo que retirarme y esperar a que recurras a mí cuando estés preparada. —Laura retiró su mano, no sin antes acariciar brevemente el labio inferior de la joven—. Pero sobre todo estoy feliz de formar parte de tu vida mientras me lo permitas, porque detrás de todas esas cosas malas estoy segura de que hay una rosa que sólo espera una oportunidad para florecer y ser amada. —Encontrando confianza en el hecho de que la joven mujer no la rehuía, Laura se inclinó un poco más y sintió la suavidad de los labios de Crystal en los suyos. Fue un beso breve y efímero, pero, para Laura, fue perfecto—. Tú me importas mucho —susurró retirándose y sintiendo todavía el calor de los labios que acababa de besar.

Crystal inclinó la cabeza y se miró las manos.

—Cuando me mudé aquí, estaba segura de que esto no iba a funcionar. ¿Qué diablos tienen en común una stripper alcohólica que nunca acabó el instituto con una escritora lesbiana con carrera? —Acto seguido, miró a Laura—. Por no mencionar que eres la obsesa número uno con la limpieza.

—Y tú una versión femenina de Oscar Madison —dijo Laura, respondiendo con una sonrisa a la que Crystal le dirigió.

—Además de vaga —convino la joven—. Pero de alguna forma conseguimos arreglárnoslas. —Acto seguido, volvió a bajar la mirada—. No sé cuándo sucedió. Te juro que en mi puñetera vida me había planteado algo así con otra persona. Al principio pensé que era por el tiempo que paso contigo y con tus amigas, pero eso no se pega como una enfermedad contagiosa. —Tras encogerse de hombros, continuó—. Supongo que en un momento dado dejé de verte como una lesbiana y empecé a hacerlo como a una amiga… y después como algo más que una amiga. —Entonces levantó la vista y contempló la boca de Laura, incapaz de mirarla a los ojos—. Tú… también me importas.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Laura obligando a la joven a mirarla.

—No lo sé —admitió Crystal con aire vergonzoso—. Me siento un poco superada por todo lo que ha ocurrido hoy.

—No me extraña —dijo Laura, atrayendo a la joven hacia sí—. Pero tranquila. No tienes que tomar una decisión ahora mismo. —Incapaz de resistirse, inclinó la cabeza y depositó un beso sobre el cabello rubio de su amiga—. Las cosas no tienen por qué cambiar. Cuando llegue el momento, sabrás qué hacer.

—Pero, ¿hasta cuándo? —preguntó Crystal con la voz ahogada contra el pecho de Laura—. ¿Y si te cansas de esperar o encuentras algo mejor? ¿Y si no soy capaz de superar todo lo que me ha pasado y no puedo…? —La frase quedó inacabada en ese punto.

—Te preocupas demasiado por todo, ¿sabes? —dijo Laura con un tono de falsa desesperación antes de abrazar a la joven con fuerza. Comprendía perfectamente lo que aquello implicaba y, en su interior, el corazón de la escritora rugió con rabia renovada hacia el hombre que había causado tanto dolor a la joven mujer—. Ya te lo he dicho, todo a su tiempo. Y para que conste en acta… —añadió en voz baja—… no estoy buscando a nadie más. —Sintió que los brazos de Crystal se aferraban a ella—. Y no me pienso ir a ninguna parte.

—¿Te han dicho alguna vez que eso de hablar se te da muy bien? —preguntó Crystal separándose de la mujer a regañadientes.

—Es porque me paso la vida intentando pintar imágenes con palabras —dijo Laura, rompiendo el abrazo para que Crystal pudiera poner un poco de espacio entre las dos—. Tan sólo intento que comprendas lo que siento. —Tras tomar la decisión de no presionar más a la joven, cambió de tema—. Bueno, cuéntame más sobre Patty y tus sobrinos. Seguro que ya lo sabes todo sobre ellos. —Laura se recostó contra el brazo del sofá para oír con atención a Crystal, a pesar de que su mente seguía empecinada en revivir los asombrosos descubrimientos de aquella noche… y cómo iban a afectar a su futuro.

***

El aire era frío, lo bastante como para que Crystal se pusiera una sudadera encima de la camiseta antes de salir al balcón para fumarse el último cigarrillo de la noche. Los pensamientos se agolpaban en su mente impidiéndole dormir, a pesar de lo cansada que estaba. Las volutas de humo ascendieron hacia el cielo mientras ella escuchaba el lejano ulular de un búho y, aún más allá, el sonido del tráfico que discurría por la autopista. Durante un segundo, parte de ella deseó estar en esa autopista, alejándose a toda velocidad del torbellino en que su vida se había convertido. Ahora sabía con seguridad que Laura quería ser su amante y, aunque eso la aliviaba a cierto nivel, puesto que implicaba que sus sentimientos eran correspondidos, también le daba miedo. Haberse pasado las dos horas siguientes al momento en que se había metido en la habitación escribiendo en su cuaderno le había ayudado un poco, permitiéndole organizar sus ideas y expresar algunos de sus temores, pero con eso no bastaba. Tras arrojar la ceniza a la oscuridad, Crystal suspiró y se puso a pensar en lo que le depararía el día siguiente.

—¿No puedes dormir? —preguntó Laura antes de abrir por completo la puerta corrediza y salir al balcón.

—Es que tengo muchas cosas en la cabeza —contestó Crystal—. Ya sabes, con lo de ver a Patty el sábado y todo eso. —Sus labios se curvaron en una leve sonrisa—. Por no mencionar lo que ha pasado antes ahí abajo.

—¿Quieres hablar de eso? —preguntó la escritora, acercando una silla y tomando asiento.

Crystal le dio otra calada al cigarrillo antes de contestar a la pregunta con otra.

—¿Y tú?

—Creo que estaría bien, dado que ninguna de las dos podemos dormir —dijo Laura.

—¿Sabes? Me encantaría tener un trago en la mano ahora mismo —afirmó Crystal—. Las cosas se están descontrolando en mi cabeza y una parte de mí quiere escapar de todo. —Acto seguido, soltó una risotada cortante y despreciativa—. Parece que cuando las cosas van bien yo busco una manera de joderlas. —Estampó el cigarrillo en el cenicero e intentó ordenar sus pensamientos, aunque al ver que el esfuerzo iba a ser en vano, volvió su silla para encarar a Laura y se acodó sobre sus rodillas—. No sé qué coño ves en mí, te lo juro —dijo, bajando la vista hacia el suelo.

—Eso es porque no puedes ver a través de mis ojos —dijo Laura suavemente, extendiendo la mano para tocar el brazo de Crystal.

—Ojalá pudiera hacerlo —admitió—. Ojalá pudiera ver lo que tú ves. Laura… antes, cuando estábamos en el sofá… —El vello de su brazo se erizó y supo, de alguna forma, que aquello no tenía nada que ver con el gélido aire nocturno—. Cuando tú… nosotras… nos besamos… —En ese momento, aspiró una gran bocanada de aire y se obligó a levantar la vista para pronunciar la pregunta que llevaba acosándola toda la noche—. ¿Te… te gustó?

—Pues claro que me gustó —afirmó Laura con rotundidad—. ¿Es que no se ha notado?

—Sí, creo que sí, pero… quiero decir que… no es como que yo sea la primera mujer a la que besas. —Acto seguido, volvió a bajar la vista—. Supongo que no estaba segura. —Y tras una pausa—. Como no dijiste nada…

Sintió que la mano de Laura se movía para obligarla a levantar la cabeza.

—Crystal… —dijo ésta tras tomar aire—. Me gustó. Y me gustó mucho.

Echando mano a la silla, Crystal se acercó más a ella, de forma que sus rodillas casi quedaron pegadas.

—¿Te puedo decir una cosa? —preguntó con aire tímido.

—Lo que quieras.

—Pues… —En ese momento se detuvo, puesto que la inseguridad que sentía ganaba terreno. Las palabras que quería pronunciar simplemente no acudían a ella. Entonces, levantó la cabeza para ver que Laura había tomado sus manos y las apretó para darle valor—. Yo… —comenzó de nuevo—… antes, cuando me levanté y te dije que me iba a la cama…

—¿Sí?

—Pues… —Sintió que el pulgar de Laura le acariciaba la muñeca y, antes de darse cuenta, fue ella quien le cogió las manos—. Esperaba que tú… bueno, que tú… ya sabes… un beso de buenas noches…

—Lo pensé —admitió Laura, sin dejar de acariciar las palmas de las manos de Crystal, lo cual no ayudaba precisamente a que ésta se mantuviera centrada en el tema—. De hecho, quería hacerlo, pero después de que me soltaste pensé que tal vez era presionarte demasiado… y no quería asustarte. Ni siquiera sabía si te había gustado el anterior.

—Ah, sí que me gustó… —dijo Crystal en voz muy baja—. Fue… —Acto seguido, negó con la cabeza, incapaz de describir el modo que en aquel brevísimo beso la había estremecido de la cabeza a los pies. Había sentido miedo, pero no el tipo de miedo que aparece cuando te pueden hacer daño, sino más bien miedo ante lo desconocido. Había sido dulce, sin pretensiones ni demandas, sólo una expresión del más asombroso de los sentimientos y, a pesar de que casi se había sentido sobrepasada por la intensidad del momento, la pérdida se hizo patente cuando había terminado—. No soy tan buena con las palabras como tú, pero si… —En ese momento, miró a Laura a los ojos y vio algo que ni la sombra de la noche podía ocultar—. Si quieres hacerlo otra vez… por mí no hay problema.

Ya que no era capaz de dar el primer paso, confió en que Laura lo hiciera por ella.

—Me encantaría —dijo Laura con suavidad—. De verdad.

Crystal intentó pensar, grabar a fuego en su memoria cada segundo mientras Laura se inclinaba hacia ella acortando el espacio que las separaba, pero cualquier atisbo de pensamiento desapareció en el momento en que sus labios se tocaron… y sólo quedaron las sensaciones. No fue sólo un beso, sino varios, a medida que las dos se buscaban. Ni siquiera intentó resistirse cuando las delicadas manos de su amiga la instaron a acercarse, a pesar de que el borde de la silla de Laura se le clavaba en la rodilla. Nada tenía importancia para Crystal excepto aquel torbellino en el que voluntariamente se estaba hundiendo. El mundo quedó limitado sólo a ellas dos, fundidas en un irrompible abrazo.

Pronto, la necesidad de obtener algo más la obligó a incorporarse de la silla y presionar su cuerpo contra el de Laura, sintiendo el calor de su piel a través de la fina tela de su camisa. Crystal sintió crecer el deseo en su interior y a su cuerpo pedir algo más que una serie interminable de besos. Cuando por fin se atrevió a entreabrir los labios y rozar apenas el de Laura con la lengua, recibió un leve gemido como respuesta. Sintió que la mujer le correspondía, dando profundidad a aquel beso y convirtiéndolo en algo más intenso, más erótico y cargado de más amor del que jamás había conocido. La lengua de Laura se lanzó a una delicada exploración de su boca, arrancando suaves murmullos de placer a Crystal mientras ésta se rendía a las sensaciones que la embargaban. Entonces, enterrando sus dedos en el oscuro cabello de su amiga, empezó a actuar por cuenta propia, recorriendo con su lengua el borde de los dientes de Laura y permitiéndose sentir a plena potencia.

Cuando por fin se separaron, Crystal descubrió que estaba sentada en el regazo de Laura y agradeció los brazos que la rodeaban, porque sentía que sin ellos no sería capaz de sostenerse. Captó cómo el pecho de Laura subía y bajaba con rapidez al tiempo que ella intentaba regular los latidos de su corazón y, cuando por fin pudo hablar, su voz surgió entrecortada.

—A eso… llamo yo… un buen beso.

Laura se echó a reír y la abrazó con más fuerza.

—Me alegro de que te haya gustado.

Crystal sonrió recostándose sobre el pecho de la mujer y aspiró profundamente.

—Claro que me ha gustado. Nunca me… habían besado así. —El búho ululó en ese momento, dando profundidad a su afirmación—. Vaya, parece que esta noche está muy hablador, ¿no?

—A lo mejor está buscando compañía —supuso Laura. Acto seguido, intentó desperezarse—. Me da que estas sillas no están hechas para dos personas.

—A lo mejor —dijo Crystal, refiriéndose al búho, pero pensando en realidad que aquél era más un grito de soledad. A regañadientes, deshizo el nudo que habían formado los brazos y las piernas de ambas y regresó a su silla, no sin antes asegurarse de que quedaban lo suficientemente cerca la una de la otra como para acariciar con sus pies desnudos los tobillos de Laura. Acto seguido, alcanzó sus cigarrillos, encendió uno y dio un par de hondas caladas antes de volver a hablar—. Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó en voz baja, en parte temiendo una respuesta que no quería oír.

—Eso depende de ti —contestó Laura. Crystal se dio cuenta de que aquella era una respuesta muy bien calculada, dejándolo todo, incluido cuándo dar el siguiente paso, en sus manos.

—¿Y si no estoy segura?

—Pues entonces creo que lo mejor es esperar hasta que lo estés —dijo Laura, silenciando con un dedo la protesta de Crystal—. No hay ninguna prisa, ya te lo he dicho. Pienso quedarme por aquí un buen rato. —Entonces, se inclinó hacia ella y la besó nuevamente con dulzura—. Anda, tira esa porquería y vete a dormir —le ordenó antes de levantarse—. Yo voy a ver si escribo algo. Estas lagunas creativas me están matando.

Crystal apagó el cigarrillo y se levantó también, quedando cara a cara con su amiga.

—¿Por qué será que no me lo creo? —preguntó—. Antes no estabas escribiendo. Te habría oído teclear.

—¿Es que me oyes desde tu habitación?

—Cuando tenemos la puerta abierta, sí. —Estaban tan cerca que a Crystal le pareció lo más natural del mundo rodear la cintura de Laura con sus brazos—. A veces me pongo a escucharte. —Cerrando los ojos, dejó que su cabeza descansara contra el hombro cubierto de sedosa tela—. Tu silla cruje un poco, ¿sabes? —susurró, como si acabara de revelar un tremendo secreto—. Puedo adivinar cuándo estás releyendo lo que has escrito o si te estás tomando un descanso. Cuándo te da la vena y escribes sin parar y cuándo se te atranca una frase. Pero esta noche, no has trabajado para nada.

—¿Y también sabes lo que he estado haciendo? —preguntó Laura imitando la posición de los brazos de Crystal y acercándola más hacia sí—. Estaba tumbada en la cama oyéndote ir de acá para allá y… —Aspiró profundamente antes de continuar—. Estaba preocupada por ti. Normalmente no eres tan inquieta.

—Tenía muchas cosas en la cabeza —dijo Crystal—. Y supongo que tú también.

—No tantas —le corrigió la escritora—. En realidad, sólo una.

Con eso bastaba. Crystal lo entendió y se preguntó cuál de las dos estaría más sorprendida cuando se inclinó hacia la mujer e inició un nuevo beso. Efectivamente, a Laura le tomó medio de sorpresa aquel movimiento, pero su experiencia le permitió rehacerse con rapidez y fue Crystal quien se vio poseída por la avidez de sus labios. Sintió la presión del borde de la mesa contra la parte trasera de sus muslos, pero la ignoró, concentrándose en lo que estaba ocurriendo frente a ella. Mientras que sus experiencias pasadas habían sido rudas y ausentes, encontró que el cuerpo de Laura era suave y que se amoldaba perfectamente al suyo. Su boca daba en la misma medida que recibía, se exploraban sin conquistar, acariciándole el cuello, reclinando su cabeza, haciéndole sentir activa y pasiva al mismo tiempo.

—Oh… —Fue lo único que acertó a decir por la descarga eléctrica que provocaron los labios de Laura al recorrer su garganta.

—… tanto… —Y eso fue lo único que pudo escuchar, susurrado contra su piel. Entonces enterró sus dedos en el pelo de la mujer, instándola a acercarse más. Sintió que la mano de Laura bajaba lentamente por su cintura, deteniéndose para levantar un poco la camiseta que la cubría. Ahí se pararon, acariciando la piel recién descubierta, pero sin intentar ir más allá. Cuando le rodeó los hombros con las manos, aquellos labios que la reclamaban dejaron también de actuar y se apartaron—. Crystal…

No necesitaba haber estado antes con una mujer para detectar el tono de voz de Laura. Su significado estaba muy claro. La anticipación, el deseo e incluso la vacilación la embargaron. Todas esas noches preguntándose cómo sería iban por fin a encontrar respuesta. Sólo entonces se dio cuenta de que estaba sentada sobre la mesa, así que se levantó, dejándose envolver por los brazos de Laura. Tras aspirar profundamente, dejó que sus dedos se entrelazaran.

—Sí… —susurró, buscando los labios de la mujer una vez más. Entonces empezó a caminar hacia atrás, confiando en que Laura la guiara entre las sillas. Hubo una parada cuando ésta extendió su mano y Crystal oyó deslizarse la puerta transparente para, un momento después, entrar en la inmaculada habitación.

Allí no había montañas de ropa sucia por el suelo, así que enseguida sintió la suave superficie de la cama contra sus piernas. Aprovechó los pocos segundos que Laura se tomó para encender la lamparita que tenía a un lado para recuperar el aliento y, tal vez por la oscuridad en la que habían estado hasta entonces, tuvo que parpadear varias veces para adecuarse al torrente de luz.

—Oye… —La visión de Crystal se encontró entonces con la más tierna de las miradas de su compañera—. Quiero hacer esto bien —susurró la escritora—. Así que dime, por favor, si en algún momento quieres que pare, ¿de acuerdo?

Crystal asintió y un escalofrío le recorrió la espalda cuando Laura le cubrió las mejillas con las manos. Entonces se dejó atraer hacia otro beso, permitiéndose la libertad de recorrer los brazos de su amiga y sentir la calidez de sus hombros a través de la camisa. Durante lo que pareció una eternidad, se quedaron ahí de pie, junto a la cama, simplemente besándose y abrazándose, pero sin mostrar intención de ir más allá. Sospechando que le correspondía dar el siguiente paso, Crystal dio por terminado el beso y se apartó, mirando fijamente a Laura.

—Tengo miedo —admitió en voz muy baja al tiempo que recorría con sus dedos el faldón de la camisa de su amiga—. Debes pensar que soy idiota —dijo con una leve risotada—. Ya sabes a lo que me dedicaba hace tan sólo seis meses.

—Lo sé —contestó Laura, dando un paso adelante y acariciando con suavidad los hombros de Crystal para tranquilizarla—. Pero eso era entonces y esto es ahora. Ya no estás en un escenario con un montón de personas mirándote. Sólo somos tú y yo haciendo el amor. Iremos poco a poco y no haremos nada que te haga sentir incómoda, ¿de acuerdo?

Tras emitir un profundo suspiro, Crystal asintió y levantó el faldón de su sudadera con aire nervioso, cerrando los ojos cuando la tela gris le acarició la cabeza. Después la dejó caer al suelo, avanzó ligeramente hasta sentir la suavidad de la camisa de Laura contra su pecho y dejó que sus labios se encontraran de nuevo. Casi dio un respingo cuando las manos de Laura recorrieron su espalda desnuda, haciendo que todo su cuerpo reaccionara.

—Eso me gusta —murmuró.

—No tanto como a mí —contestó la mujer imitando su tono de voz y rozando con sus labios la oreja de Crystal. Los bultitos gemelos que se dibujaban a través de la parte superior de su pijama daban buena prueba de las palabras de la escritora.

Crystal, por su parte, cerró sus dedos sobre el primer botón de la camisa de su amiga.

—Eso parece —dijo al tiempo que empezaba su tarea. Antes de darse cuenta, dos faldones de seda azulada colgaban libremente sobre el torso de Laura, dejando entrever lo que tan celosamente guardaban. Acto seguido, hizo ademán de descubrir los hombros de la mujer, pero las manos que hasta ese momento habían acaparado sus sentidos la interceptaron.

—Déjame a mí —dijo Laura al tiempo que encogía los hombros y dejaba resbalar sobre ellos los tirantes de su sujetador, atrapándolo a continuación con la mano izquierda. Crystal, por su parte, se apartó de ella y contempló cómo lo doblaba pulcramente, al igual que la parte superior de su pijama. Cuando la escritora se inclinó para dejarlos sobre el escritorio, Crystal aprovechó para recorrerle la espalda con los dedos.

—¿Estás nerviosa? —preguntó, acariciando la piel de la mujer en círculos, ahora con ambas manos.

—Probablemente tanto como tú —dijo Laura sin dar señales de querer apartarse por el momento de las caricias de Crystal.

—Me alegro de no ser la única —afirmó la joven avanzando un paso más y rodeando con sus brazos la cintura de la escritora. Cerró los ojos, posó sus labios sobre la espalda de Laura sintiendo los músculos contra su pecho y las caderas cubiertas de seda rozando su abdomen. Entonces dejó ascender sus manos, acercándose peligrosamente a los firmes pezones de la mujer que le daba la espalda.

Laura inhaló violentamente y se enderezó en toda su estatura.

—No, no eres la única, créeme —dijo al tiempo que giraba entre los brazos de la joven para quedar cara a cara con ella.

Crystal la abrazó con más fuerza, disfrutando la sensación, completamente nueva para ella, que proporcionaba el roce de unos pechos femeninos contra los suyos. Mientras se besaban, las manos que momentos antes habían acariciado sus hombros viajaban ahora, de manera insinuante, recorriendo sus brazos.

—Crystal, ¿confías en mí? —emergió la cálida voz de la escritora, muy cerca de su oído.

—Sí —contestó ella. Sólo le costó un segundo comprender lo que Laura pretendía hacer a continuación y se reclinó sobre la cama dejando colgar la parte baja de sus piernas sobre el borde. La suavidad del colchón se le antojó una superficie burda comparada con el cuerpo de Laura, que ahora cubría el suyo.

—Mmmm —suspiró Laura sin dejar de besarla—. Ojalá pudiera estar así para siempre. —Crystal emitió un ronroneo para expresar su conformidad y cerró los ojos con fuerza al sentir que los labios de su amiga empezaban a recorrer su cuerpo hacia abajo, muy despacio. Sin pretenderlo en realidad, arqueó la espalda para acercar uno de sus pechos a la cálida boca de la mujer—. Tranquila —murmuró Laura en voz muy baja—. Tenemos todo el tiempo del mundo.

—Para ti es fácil decirlo —gruñó la joven enterrando sus dedos en el oscuro cabello de Laura. Le tomó casi por sorpresa que ella se apartara de su cuerpo y le robara un rápido beso.

—No, no lo es —dijo la escritora—. Llevo tanto tiempo deseando esto… —Los avorazados labios alcanzaron con maestría la oreja de Crystal—. Y ahora voy a demostrártelo —afirmó antes de atrapar en su boca uno de sus rosados pezones, endurecidos por la anticipación.

La caracoleante lengua encontró el lugar de máximo placer con exactitud, provocando sonidos que Crystal se encontró incapaz de sofocar. Tanto si eran comprensibles o no, Laura parecía comprenderlos a la perfección, moviéndose de un pecho al otro constantemente. Tras levantar su pierna derecha, Crystal apoyó firmemente el talón en el borde de la cama y arqueó su cuerpo hacia arriba demandando con ardor y fuerza más de lo que estaba recibiendo. Las manos y la boca de Laura descendieron al tiempo que sus delicados dedos jugueteaban con la banda elástica del pantalón de la joven.

—Sí… —murmuró ésta levantando las caderas al notar las dudas que parecían embargar a Laura.

Sintió ponérsele la piel de gallina, pero no supo decir con seguridad si era debido al roce de los dedos de Laura sobre su cuerpo o por el aire frío al mezclarse con el extremo calor que notaba recorriéndola de arriba abajo. De lo que sí estaba segura era de que nunca antes había disfrutado tanto esa sensación. Contempló con paciencia cómo la escritora le quitaba el pantalón y lo doblaba cuidadosamente para dejarlo junto al resto de la ropa.

—Ven aquí… —susurró, necesitando sin demora el cuerpo de Laura contra el suyo. Ansiando los labios de su amiga una vez más, Crystal utilizó toda su fuerza para hacer rodar sus cuerpos hasta que no sólo quedó encima, sino que ahora estaban en diagonal sobre la cama. Esa nueva posición limitaba a Laura a alcanzar poco más que la espalda de la chica, pero no perdió el tiempo intentando cambiarla.

—Esto me gusta —dijo Crystal, regodeándose en las manos de Laura, que descansaban sobre su trasero.

—Bien —añadió la mujer sin dejar de acariciarla—. No quiero hacer nada que no te guste. —Acto seguido, empezó a dirigirse hacia abajo, pero la muchacha la detuvo.

—Espera. —Crystal se incorporó hasta quedar sentada, con las manos sobre el pecho de Laura—. Es que… —comenzó a decir al tiempo que contemplaba el cuerpo que tenía debajo. Después de tragar saliva, recorrió lentamente la curvatura de los pechos de la mujer, parando justo al borde de sus oscuros y erectos pezones—. Eres preciosa —susurró—. Pero no… —Su voz se quebró y tuvo que volver a empezar la frase—… No sé qué es lo que te gusta.

—Por ahora vas muy bien —afirmó Laura tomando una de las manos de Crystal entre las suyas y besándole la palma. Tras mirarse fijamente a los ojos, la joven se dejó guiar de nuevo hasta el pecho y uno de ellos llenó completamente el hueco de su mano. Con nerviosismo, se permitió cerrar los dedos y sentir el pequeño bultito de piel entre ellos. Laura gimió levemente y recostó su cabeza sobre la cama—. Sí, Crystal —suspiró—. Muy bien.

La muchacha repitió el movimiento sobre el otro pecho provocando un nuevo sonido placentero de los labios de Laura. Rápidamente advirtió que lo que estaba haciendo causaba además que las caderas de la escritora se alzaran bajo su cuerpo, de manera que su sexo entraba en contacto de tanto en tanto contra el suave abdomen de Laura. Crystal podía sentir ya su propia humedad y estaba segura de que el último empellón de Laura había delatado su presencia a ella también.

Las manos que habían estado recorriendo sin descanso su espalda la atraparon firmemente de forma que intercambiaron posiciones una vez más, quedando Crystal tumbada sobre la cama y mirando fijamente a la mujer que estaba a punto de hacerle el amor.

—Laura… —susurró, rozando apenas sus muslos todavía cubiertos por el pantalón del pijama. El calor que sentía en la parte baja del abdomen le confirmó la excitación creciente de Laura—. Por favor… quítatelos…—. Como el mejor de los voyeuristas, Crystal se descubrió incapaz de apartar la mirada de su amiga cuando ésta se puso de pie para quitarse lo que quedaba de ropa sobre su cuerpo.

Al contrario que en su cabeza, el oscuro triángulo de vello que cubría el sexo de Laura estaba conformado por pequeños rizos, de los cuales los más cercanos a la parte central brillaban cubiertos de un fluido transparente. El resto del pijama fue a reunirse con las demás piezas de ropa y Crystal pudo volver a disfrutar la calidez del cuerpo de Laura junto al suyo y la sensación de hormigueo que la recorría una vez más de pies a cabeza. Sintió humedad contra uno de sus muslos cuando los labios de ambas volvieron a unirse, fue consciente de que estaba dejando un rastro similar sobre su compañera y sus cuerpos comenzaron a amoldarse de forma casi natural.

Crystal sintió cortársele la respiración cuando Laura se zafó del beso y atrapó con los labios uno de sus pezones al tiempo que le acariciaba sugerentemente la cadera, acercándose poco a poco hacia su sexo. Parecía como si todos sus sentidos se arremolinaran intentando organizarse sin éxito para captar el sinfín de sensaciones que la acometían a cada segundo. Los cálidos y sedosos labios sobre uno de sus pechos, el sugerente cuerpo haciendo presión sobre el suyo, los dedos rogándole en silencio que se rindiera a ellos, prometiéndole la más dulce de las recompensas. En ese momento, tomó la decisión de dar un último salto de fe, fe en Laura y fe en ella misma, y entreabrió los muslos permitiendo total acceso a la escritora.

Y allí estaba, el momento mágico en que uno solo de los dedos de la mujer se abrió paso entre los húmedos pliegues del sexo de Crystal y tomó posesión del centro mismo de la joven.

—¡Oh, Dios, Laura! —gritó, elevando las caderas para repetir el contacto.

En algún momento, la joven se había cuestionado si sería capaz de alcanzar el orgasmo con otra mujer. Ahora, lo que le preocupaba es que, de hecho, éste llegara demasiado rápido. Había pasado tanto tiempo desde que había permitido a otra persona el que la tocara de aquella forma… y nunca antes había sido tan dulce, tan natural y tan perfecto. Laura parecía saber cómo y cuánto tocarla, sin permanecer en un solo lugar más de lo necesario antes de mutar sus caricias, aprendiendo con delicada precisión todos y cada uno de los secretos de Crystal.

La respiración surgía ahora regular, mezclada con pequeños gemidos guturales que escapaban de su garganta pronunciando apenas el nombre de Laura a medida que las sensaciones crecían en su interior. Aferrándose con firmeza al hombro de su amiga, Crystal aguantó mientras que las oleadas crecían más y más y sus muslos comenzaban a temblar sin control. Finalmente, el orgasmo se abrió paso en su interior y gritó sin soltar a Laura, como si se tratara de un pedazo de madera en medio de una tormenta tropical. La suave voz de la mujer llenó sus oídos, musitando palabras que en realidad no podía entender cuando uno de sus muslos tomó el lugar de sus dedos y una serie de temblores más leves siguieron recorriendo su cuerpo mientras descansaba entre los protectores brazos de Laura.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer en voz baja segundos después, dándole tiempo a Crystal para que su respiración volviera a algo parecido a la normalidad.

Crystal asintió besando la piel que quedaba más cercana a sus labios.

—No puedo creer… —Negando con la cabeza, emitió una risita gutural—. Casi nunca armo tanto escándalo.

—Me lo tomaré como un cumplido —dijo Laura, besándola una vez más para eliminar de su rostro cualquier atisbo de vergüenza—. Adoro cómo gritas mi nombre, ¿sabes? —Su mano recorrió lentamente el costado de Crystal—. Y adoraría aún más volver a escucharlo —añadió rozando apenas uno de los muslos de su compañera.

Crystal, por su parte, sonrió estremeciéndose bajo su cuerpo.

—No estoy segura de poder soportar otro como ese. Además… —comenzó empujando a Laura hasta hacerla quedar de espaldas a la cama—. ¿No quieres que…? Bueno, ya sabes… ¿No quieres que me ocupe de ti? —Dejó que su cabeza descendiera, depositando una serie de sugerentes besos en el cuello y la garganta de la escritora—. Porque quiero hacerlo —susurró sin detenerse en su camino.

Acto seguido, cerró los ojos y escuchó claramente la profunda aspiración de Laura mientras seguía besando su cuerpo. Era innegable que estaba nerviosa, pero Crystal lo ignoró completamente y se centró en la sensación que le prodigaban las manos de su amiga sobre su espalda y la parte posterior de su cabeza. Oír los leves gemidos placenteros que escapaban de entre sus labios hizo que con más seguridad empleara su lengua para saborear la piel de la otra mujer, el pecho de otra mujer por primera vez en su vida. En un momento dado, el entusiasmo le hizo morder a su presa un poco más fuerte de lo aconsejable, pero no tardó mucho tiempo en establecer los límites de lo permisible y memorizar el sonido de su nombre al ser pronunciado en medio de la excitación por los apetitosos labios de Laura. Necesitaba tocar cada centímetro, hambrienta por llevar a Laura hasta el punto que ella misma había alcanzado minutos antes, para hacer suyo el cuerpo con el que amenazaba fusionarse.

E indudablemente lo hizo suyo. Desde el punto sensible justo a la izquierda de las costillas hasta la casi imperceptible hilera de fino vello rubio que nacía bajo su ombligo y que se ponía de punta cuando lo recorría con su lengua, todo quedó memorizado. Los secretos de Laura se le revelaron uno tras otro a medida que la excitaba. La cantidad exacta de presión que imprimir y el ritmo que mejor se acomodaba a sus necesidades. Por un momento, sentir los poderosos músculos de la intimidad de Laura cerrándose sobre sus dedos y la fuerza del placer estimulando su propia piel la sobrecogió.

Hicieron el amor una vez más, compartiendo palabras amorosas y suaves caricias, antes de quedarse dormidas una en los brazos de la otra. Aquella noche, las pesadillas no visitaron a Crystal, como si la calidez del cuerpo que descansaba junto a ella la protegiera de los demonios del sueño y guerreros ancestrales las velaran de alguna manera. En los brazos de Laura, el peligro no existía, exorcizado por la seguridad y comodidad que únicamente sienten aquellos que se saben amados.

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