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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::

Parte 15

Sentada en la cama con las piernas cruzadas, Laura contemplaba dormir a Crystal. La sábana yacía arrebujada junto a las caderas de la joven, permitiendo a la escritora gozar de la vista de sus delicadas y suaves curvas, las mismas que tan solo unas horas antes había explorado con todo detalle. Incapaz de resistirse, se tumbó junto a Crystal y comenzó a depositar sus besos a lo largo de la espalda desnuda.

—Buenos días —susurró al notar que su amante despertaba. Con sorpresa, notó además que el cuerpo de Crystal se ponía tenso y, bajo la sospecha de que la proximidad era la causante, Laura regresó a su mitad de la cama.

—Buenos días. —Crystal giró sobre sí misma frotándose los ojos frente al sol de la tarde—. ¿Qué hora es?

—Casi las tres. —Laura mantuvo las distancias, dudando de si el contacto físico sería bienvenido—. Oye… si quieres hago algo de comer —aventuró, más que nada para ofrecer una salida cómoda a su amiga.

—Como tú veas —dijo Crystal, mirando alternativamente las sábanas y a Laura—. ¿No me vas a dar ni un beso de buenos días? —preguntó a continuación con un deje de inseguridad en la voz.

Laura se movió rápido, dispuesta a dar todo a la mujer que se había adueñado de su corazón. Volcó todos sus sentimientos en aquel beso con la intención de borrar hasta el más mínimo rastro de dudas o temores que Crystal hubiera podido tener. Cubrió las mejillas de la joven con sus manos y le regaló un último roce de sus labios antes de retroceder.

—Empecemos de nuevo. Buenos días.

—Buenos días para ti también —dijo Crystal, aprovechando la posición de Laura para arrellanarse junto a ella—. Mmmmm… qué gusto. A lo mejor me vuelvo a dormir.

—Por mí no hay problema —contestó Laura—. Me encanta abrazarte. —En este momento, hizo una pausa—. Siento haberte asustado antes.

Crystal asintió con una sonrisa avergonzada.

—Perdona. Es que no estoy acostumbrada a que me despierten así —explicó acercándose más y enterrando la cara en el cuello de Laura—. O sea, me encanta que me toques, pero me costó un poco darme cuenta de que eras tú la que lo estaba haciendo.

Laura recorrió con la mano su espalda desnuda.

—Lo entiendo. Es una de esas cosas que llevan tiempo… —Acto seguido, besó a Crystal en la cabeza—. Y tenemos tiempo de sobra.

La joven levantó la vista.

—No, de eso nada —afirmó con los ojos como platos—. Hoy es sábado, ¿no?

—Así es.

—¡Pues tenemos que estar en casa de Patty a las seis! —exclamó, intentando apartar las sábanas a patadas—. Hay que prepararse.

Atrayendo nuevamente a Crystal hacia sí, Laura la besó junto a la oreja.

—Dentro de un minuto —susurró, trazando pequeños círculos sobre la espalda de la joven con sus dedos—. Quiero quedarme aquí abrazándote un poco más, ¿de acuerdo? —Sintió que Crystal asentía. Unos segundos después, ambas se acomodaron sobre la cama, Laura con la espalda sobre los almohadones y la cabeza de la rubia contra su pecho—. Así está mejor —afirmó la escritora.

—Oh. —Crystal levantó la vista con los ojos muy abiertos—. ¿Esto te lo he hecho yo?

Laura dirigió la mirada hacia abajo y contempló que en su brazo, justo donde la noche anterior Crystal se había agarrado con fuerza en un momento de pasión, se dibujaban una serie de marcas ovaladas color morado.

—Supongo que sí —dijo con aire casual—. Me salen marcas de esas casi con cualquier cosa, siempre he sido así. No te preocupes.

Pero Crystal se sentía apenada, tal y como delataba su expresión.

—No era mi intención —afirmó, depositando un beso sobre cada moratón a modo de disculpa—. Lo lamento.

—No hay nada que lamentar —dijo Laura—. Desaparecerán pronto. —Dándose cuenta de que sus palabras no surtían efecto, la escritora intentó otra táctica—. Crystal, no me hiciste daño, en serio. Ni me había dado cuenta hasta que me lo has dicho.

—No volverá a pasar —prometió Crystal con los ojos brillantes, sin dejar de contemplar los moretones y con la culpa y la vergüenza traduciéndose en su rostro.

—Ha sido un accidente —sentenció Laura firmemente, atrayendo el rostro de la joven hacia la suya—. Sé que no era tu intención hacerme daño.

—Jamás —la secundó Crystal.

—Al igual que yo nunca te haría daño a propósito —continuó la escritora cubriéndole la mejilla con la mano—. Significas demasiado para mí. —Inclinándose hacia adelante, permitió que sus labios se encontraran y que aquel contacto dijera el resto. Cuando sintió que los labios de Crystal se entreabrían, profundizó el beso ignorando el sabor rancio a cigarrillo. Notó que su cuerpo reaccionaba ante la sensación de la piel desnuda de Crystal contra él. Laura no tenía mayores pretensiones, en aquel momento, que dejarse arrastrar hacia la suavidad de los pechos de su amante, que escucharla gritar su nombre, que amarla… simplemente eso. Cuando notó una pierna presionando contra las suyas, fue consciente de que no iban a salir de la cama de inmediato. Permitió que su deseo tomara el control, rompió el acometedor beso que las unía y se dejó caer hacia el cuello de Crystal—. Te deseo —susurró, presionando sus caderas contra ella.

—Sí —murmuró la joven.

Con el valor que le confirieron las manos que tiraban de su cuerpo, Laura recorrió todo el camino hacia los pechos de Crystal con sus labios y atrapó uno de sus pezones endurecidos, acariciándolo suavemente con la lengua. Segundos después, las delgadas caderas de la joven se elevaron bajo su cuerpo en una súplica silenciosa. Utilizando sus piernas para separar los muslos de Crystal, Laura se desplazó hacia el otro pecho, dedicándole toda su atención antes de cubrir ambos con las manos y masajearlos rítmicamente.

Al mismo tiempo, comenzó a descender más y besó su vientre y pasó a acomodarse entre las piernas de Crystal. Con los ojos cerrados, Laura besó los humedecidos pliegues, sonriendo para sí ante el temblor que recorrió el cuerpo que la acompañaba.

—¿Te gusta eso? —preguntó con seguridad, repitiendo la caricia una vez más.

—Oh, sí —exclamó Crystal separando aún más las piernas.

—Lo sospechaba —murmuró la escritora, abriéndose camino con la lengua y probando la dulce substancia que comenzaba a inundar la zona. Incapaz de resistir un segundo más, alcanzó el clítoris erecto y comenzó a acariciarlo sin

perderse ni uno solo de los sonidos de placer que provocaba en la garganta de Crystal. Pronto no tuvo más remedio que apartar las manos de los pechos de la joven para sujetar las caderas que se sacudían con vigor. Los gemidos se hicieron más ahogados al tiempo que unos fuertes muslos aprisionaron la cabeza de la mujer, anclándola precisamente en su lugar. Las contracciones sobre sus labios le hicieron saber que el orgasmo estaba próximo, así que incrementó la presión y la velocidad con su lengua, viendo recompensado su esfuerzo al momento en que el cuerpo de Crystal se puso tenso y se abandonó por fin. En ese momento, coordinó el ritmo de sus caricias con las acometidas de las caderas de la joven mujer prolongando el clímax hasta que ella se dio por satisfecha. Laura, por fin, retrocedió y besó cálidamente la cara interna de los muslos de Crystal.

—Te quiero —susurró tan débilmente que apenas si podía oírse a sí misma.

—Oh, Dios… —gimió Crystal con un suspiro. Laura, por su parte, se acodó sobre la cama sin abandonar su posición entre las piernas de su amante. Con una sonrisita de auto-satisfacción, miró fijamente a la joven.

—Nada mal, ¿eh? —Se arrodilló sobre las sábanas y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre un brazo mientras acariciaba uno de los muslos de Crystal—. Me alegro de que te haya gustado. —Sonrió al ver que los ojos de la joven se dirigían hacia la zona en que sus dedos trazaban círculos, peligrosamente cerca de la zona más sensible de su cuerpo, e internamente feliz al comprobar que su rostro no mostraba el menor signo de miedo o indecisión… tan solo deseo.

Utilizó en primer lugar uno solo de sus dedos, y después otro más, deslizándose hacia el interior de aquella sedosa superficie con la mayor delicadeza puesto que no quería hacer nada que asombrara o atemorizara a su amante. Acto seguido, respondió al gesto de urgencia de Crystal tumbándose cerca de ella, mitad sobre la cama y mitad sobre su cuerpo. La pierna izquierda de Laura estaba engarzada en la derecha de la joven, permitiéndole un acceso absoluto al tesoro que apenas comenzaba a explorar.

—Adoro esto… —susurró al tiempo que besaba a Crystal—. Adoro tocarte…

—Yo… yo… —Crystal intentó responder, pero lo que Laura le estaba haciendo convertía algo tan sencillo en una misión imposible.

—Shhh… relájate y disfruta —dijo Laura, profundizando sólo un poco más—. Sí, así…

Sintió la presión de los músculos que aprisionaban las yemas de sus dedos y, no sin dudas, añadió un tercero sin dejar de contemplar el rostro de Crystal por si aparecía en él algún rastro de incomodidad. En su lugar, la respuesta que obtuvo fueron las caderas de la joven elevándose para encontrar las caricias y acompañarlas, obligándole a incrementar el ritmo más de lo que había pretendido. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás contra la almohada y una serie de sonidos incoherentes surgían de su boca entreabierta. Laura cerró los labios sobre uno de los pezones de Crystal y comenzó a penetrarla rítmicamente. Los gritos que tanto ansiaba escuchar llenaron sus oídos, urgiéndola a continuar, y demasiado pronto para su gusto esos mismos músculos se atenazaron, dejándola enterrada en lo más profundo. No sin esfuerzo, consiguió alcanzar el punto más sensible de su prisión y Crystal gritó cuando el orgasmo recorrió su cuerpo y se aferró al brazo de Laura como si en ello le fuera la vida en el punto milimétricamente exacto al que lo había hecho la noche anterior.

Laura la abrazó durante largo rato y, en un momento dado, recibió el mismo placer que había prodigado antes de que el reloj les recordara que su día de descanso había tocado a su fin.

***

Crystal contempló con nerviosismo las señales de tráfico.

—¡Ahí! —exclamó de repente—. La siguiente a la derecha. —Laura hizo lo que se le ordenaba y momentos después el Jeep avanzaba a trancas y barrancas por una calle llena de baches, flanqueada de postes de electricidad y aceras de cemento agrietadas. Varios contenedores de basura abollados yacían junto a los bordillos y en un par de ocasiones Laura tuvo que aplastar a fondo el pedal del freno para no llevarse por delante a un perro callejero—. Muy bien —dijo Crystal, echando otro vistazo al papel en el que llevaba apuntada la dirección—. Gira a la izquierda allí arriba, donde está la señal de alto, y luego a la derecha en la segunda manzana. —Dobló cuidadosamente el papel y se lo guardó en el bolsillo de la camisa—. El parque debería estar ahí mismo, a la derecha.

Crystal se sorprendió al ver que el parque de caravanas no estaba tan lleno como ella había esperado. Los lotes eran grandes en comparación con los del lugar en que había crecido y los caminos estaban nivelados, acotados por árboles y césped y libres de vehículos. Las caravanas, por su parte, presentaban un inmejorable aspecto, con tejado y ventanas salientes. La señalización también era buena, así que Crystal no tuvo dificultad para encontrar el camino Pine y, desde allí, la caravana azul y blanca de doble tamaño con un patio al frente repleto de juguetes y un par de bicicletas a un costado.

—¡Ahí está! —exclamó entusiasmada al tiempo que empezaba a abrir la puerta del coche. Laura giró hacia el camino de grava y aparcó detrás de un viejo Toyota. Crystal apenas se había bajado del Jeep cuando la puerta principal se abrió de par en par y una mujer, que sólo podía ser su hermana, salió al exterior—. ¡Patty!

—¡Crystal!

Ambas se abrazaron con fuerza.

—No puedo creerlo —dijo Crystal, aferrándose a una realidad que en numerosas ocasiones había dejado de considerar posible—. Dios, cuánto te he echado de menos.

Patty se separó un poco secándose las lágrimas.

—Estuve a punto de caerme de la silla cuando mamá me contó que te había visto en el supermercado. Llegué a pensar… bueno, eso ya no importa. Estás aquí. —Patty se fijó en Laura, quien se había quedado junto al coche—. Y esa debe ser Laura, tu compañera de piso.

Crystal las miró mientras se estrechaban las manos.

—Encantada de conocerte —dijo Laura, sin moverse de al lado de Crystal.

A un metro de distancia, la joven advirtió la huella que el tiempo había dejado en su hermana. Su joven piel mostraba una serie de leves arrugas junto a sus ojos y el cabello que antaño refulgiera dorado a la luz del sol presentaba tintes cenizos. Además, Patty lucía un cuerpo que sin duda evidenciaba sus dos embarazos y algo de falta de ejercicio, y sin embargo vibraba dentro de ella algo que ni los kilos de más ni las patas de gallo podían esconder. Seguía siendo la misma hermana con la que Crystal había pasado horas jugando al Monopoly, compartiendo secretos y temores, y a quien había extrañado a morir.

—Entremos —dijo Patty, señalando al modesto porche.

“Sin la menor duda, aquí habitan un par de chiquillos”, pensó Crystal mientras esquivaba un robot de juguete y una muñeca para ocupar un puesto en el sofá junto a Patty al tiempo que Laura tomaba asiento en el sillón reclinable y alcanzaba una de las revistas que se apilaban en una mesita cercana.

—Bueno, ¿y dónde están todos? —preguntó Crystal.

—Mamá se ha llevado a Jessica y a Thomas a cenar en Happy Mary. Hay una sala de juegos en ese lugar y yo quería pasar un tiempo contigo sin tener a todo el mundo aquí armando jaleo.

Crystal asintió reconociendo que era una estupenda idea, sobre todo cuando miró a Laura por el rabillo del ojo y recordó que tenía que contarle a su hermana la verdad acerca de su relación.

—Patty… Tengo algo que decirte. —Aquel era un tema del que nunca habían hablado de niñas y, a pesar del coraje que mostró en casa frente a Laura, la verdad es que en su interior guardaba un cierto temor por el hecho de que su hermana no lo aprobara—. La otra noche no fui del todo sincera contigo por teléfono.

—¿En serio? —dijo Patty al tiempo que alargaba la mano hacia un paquete de cigarrillos y un encendedor que estaban en la mesita central—. Hay que ponerse al día de los últimos once años. Yo también tengo muchas cosas que contarte. —Acto seguido, encendió un cigarrillo y dio una larga calada antes de continuar—. Tú primero.

Con evidente nerviosismo, Crystal miró a Laura y recibió una expresión que pretendía infundirle valor.

—Laura y yo… somos algo más que compañeras de piso. —Terminó la frase lo más deprisa que pudo si apartar los ojos de la escritora.

La mano de Patty se detuvo a medio camino del cenicero y contempló a Laura. Después a Crystal.

—¿Eres feliz? —le preguntó.

En esa ocasión, la voz de la joven emergió sin el menor atisbo de duda.

—Sí —contestó Crystal—. O sea, todo esto es nuevo para mí, pero sí, soy feliz.

—Entonces eso es lo único que me importa —afirmó Patty, dejando caer la ceniza sobre el recipiente—. La verdad es que yo misma lo intenté una vez —confesó encogiéndose de hombros—. No veas cómo se puso mamá.

—¿Quieres decir que se enteró? —preguntó Crystal boquiabierta—. ¿Y no le dio un ataque?

—Claro que sí —concedió su hermana—. Pero el caso es que este hogar me pertenece y ella no puede permitirse vivir por su cuenta con su pensión y el dinero extra que le doy por cuidarme a los niños. No fue nada serio. Yo tenía curiosidad, más que otra cosa, después de todas las putadas que me han hecho los hombres. Ahora mismo no puedo ponerme a buscar al Señor Perfecto, ya tengo bastante con mis hijos. Oh, Crystal, ya verás cuando los conozcas. Las fotos de Jessie en primer grado son casi iguales que las tuyas. —Depositó el cigarrillo en el cenicero y se levantó—. Espera, voy a por los álbumes. Ahora mismo vuelvo.

Cuando su hermana salió de la estancia, Crystal vio que Laura se arrodillaba a su lado.

—Ha ido muy bien —afirmó en voz baja para que Patty no pudiese oírla.

—Pues sí —convino, relajándose ahora que su mayor temor había pasado—. Es muy raro verla después de tanto tiempo, pero sigue siendo la misma Patty con la que crecí, sólo que un poco más vieja, y supongo que todavía puedo contarle cualquier cosa.

Laura sonrió y le besó en la mejilla.

—Me alegro de que puedas hacerlo. —Ambas volvieron la cabeza al escuchar la portezuela de un coche al abrirse y cerrarse—. Parece que han regresado temprano.

—No encuentro el que tiene las fotos de Jessie cuando era un bebé, pero sí los demás —dijo Patty, regresando cargada de gruesos tomos de fotografías. Laura regresó al reclinable en el mismo momento en que la puerta de entrada se abría dando paso a dos estelas enérgicas que llenaron al instante la silenciosa habitación.

—¡Mami, mami! ¡Happy Mary se ha quemado! —informó Jessica con excitación, dejando caer su chaqueta rosa al suelo, junto a la puerta.

—Sí y han llegado unos camiones de bomberos enormes y todo —añadió Thomas, el pequeño de seis años, imitando el movimiento de su hermana mayor con su propia chaqueta—. Hacían un montón de ruido.

—Colgad vuestros abrigos donde deben estar —indicó Patty—. Hay aquí alguien a quien quiero presentaros.

Crystal se estremeció al ver que su madre entraba lentamente en la casa. Dado que ambas habían estado quietas cuando se encontraron en el pasillo del supermercado, no había podido percatarse de la pronunciada cojera con que caminaba su madre o los dedos marcados por la artritis que luchaban por sostener las dos coloridas chaquetas que los niños le alargaban. Imágenes de la mujer, borracha y sentada a la mesa, noquearon su memoria haciéndole revivir sentimientos de rabia y dolor que había mantenido mucho tiempo bajo control. Cuando sus ojos se encontraron, la mirada de Margaret Sheridan mostró primero alegría y después tristeza.

—Jess, Thomas, ésta es vuestra tía Crystal —dijo Patty—. Y ésta es su amiga Laura.

—Yo también me llamo Crystal —afirmó Jessica con orgullo, quitando de en medio a su hermano pequeño con un leve empujón y dando inicio a una batalla silenciosa entre ambos para estar lo más cerca posible de su recién descubierta nueva pariente.

—¿Ah, sí? —preguntó Crystal sin disimular su sorpresa.

—Síp. Mi nombre completo es Jessica Crystal Sheridan. Mamá dice que los cristales son especiales. Tengo una colección entera en mi habitación, ¿las quieres ver? —preguntó la pequeña de cabello rubio al tiempo que tomaba a su tía de la mano.

—Luego, Jessica —dijo Patty—. La tía Crystal acaba de llegar. Ya tendrás oportunidad de enseñarle todas tus cosas. —A continuación, se dirigió a su madre—. ¿Qué ha pasado?

—Ni idea, pero el humo se veía a dos manzanas de distancia —informó Margaret, echando un rápido vistazo a Crystal antes de dar media vuelta—. Será mejor que prepare algo de cenar a estos dos muchachitos. ¿Tenéis hambre, chicas?

—No —respondió rápidamente Crystal—. Laura y yo acabamos de comer —mintió.

—Gracias de todas formas —añadió Laura con una imperceptible mirada de desconcierto a Crystal. Ésta la ignoró, concentrándose en estudiar la mesita de café hasta que oyó que las puertas abatibles de la cocina se cerraban indicando que su madre había abandonado la habitación.

—Tía Crystal, tía Crystal —exclamó Thomas con excitación quitando de en medio a su hermana—. Había camiones de bomberos y hacían mucho ruido. Yo me tapé las orejas así, pero no funcionó. —Muy al contrario que su hermana, quien había sido agraciada con el pelo rubio y la complexión espigada de los Sheridan, Thomas había salido a su padre, a quien Crystal atribuía por instinto raíces hispánicas. El pelo corto del niño era castaño oscuro, al igual que sus ojos, y su tono de piel era mucho más oscuro que el suyo propio. Sin dudarlo dos veces, escaló hasta el regazo de Crystal obligándola a rodearle con los brazos para evitar que se fuera a caer—. La abuela no nos ha dejado acercarnos, pero he visto a los bomberos conectar las mangueras a las bocas de riego y todo.

—¿Sí? ¿En serio?

Thomas asintió enérgicamente con la cabeza.

—Sí. Y había un montón de gente corriendo por todas partes y Jessica me empujó y casi me caigo.

—Jessica —dijo Patty con un tono delicado pero no menos desaprobador—. ¿Qué te he dicho sobre empujar a tu hermano? —Depositó los álbumes de fotos sobre la mesita de café y se arrodilló frente a su hija—. No debes hacer esas cosas. ¿O quieres que te quite la bici una semana?

—No mami, pero es que no se quitaba de en medio —protestó Jessica.

—Esa no es razón para empujarle. Podría haberse golpeado con la acera y hacerse daño. —Patty negó con la cabeza y miró a su hermana—. A veces no sé en qué piensan estos dos. Nosotras nunca fuimos así.

—¿Estás de coña? —preguntó Crystal—. ¿Ya no te acuerdas de cuando me tiraste por aquella colina?

—Empezaste tú —contraatacó Patty—. Y yo no sabía que ibas a acabar rodando cuesta abajo.

Thomas se echó a reír por lo bajo, con una sonrisita traviesa aún sobre el regazo de Crystal.

—Mamá tiró a la tía Crystal por una colina —dijo con su tono de voz más aniñado.

—Ni se te ocurra quedarte con la copla, jovencito —dijo Patty con aire indiscutiblemente maternal—. Y ahora id los dos a poneros la ropa de jugar y podéis salir con las bicis hasta que esté lista la cena. —Levantó a Thomas del regazo de Crystal y le indicó la dirección hacia su cuarto—. Andando. Y ponte también las zapatillas viejas. Esas tienen que durarte para la escuela.

—Vale, mami —contestó él—. Jessica, te echo una carrera.

—No, nada de carreras —dijo Patty… pero demasiado tarde, porque los dos niños ya iban de camino al pasillo y sus risas y zapatazos resonaban por toda la casa—. Los tornados gemelos estarán de vuelta en un minuto —afirmó al tiempo que volvía a ocupar su asiento—. A veces pienso que ninguno de los sabe lo que significa caminar.

—Son geniales —dijo Crystal, girándose hacia su hermana—. Parece que son muy felices.

—Así es —convino su hermana mayor—. A veces dan mucho trabajo, pero mamá me ayuda mucho cuando me colman la paciencia.

Crystal se metió la mano en el bolsillo y sacó su paquete de cigarrillos.

—Sigo sin poder creer que vivas con ella —dijo al tiempo que prendía uno—. Yo sería incapaz.

—Ha cambiado mucho —afirmó Patty—. Es mucho mejor persona ahora que ha dejado de beber. —Crystal sintió que su hermana le rodeaba los hombros con su brazo—. Dale una oportunidad y verás. Te echa mucho de menos —añadió en voz baja.

Crystal le dio una larga calada al cigarrillo y miró a Laura.

—Joder, esto es muy duro para mí.

—Si ves que no puedes… —comenzó a decir Laura, pero Crystal meneó la cabeza.

—No, sé que puedo hacerlo —afirmó, volviendo la vista hacia su hermana—. Sencillamente no soy capaz de aceptarla como una madre amorosa, pero mantendré las formas.

—Ha cambiado de verdad —dijo Patty, echando un vistazo hacia el pasillo cuando oyó que se abría una puerta—. Los niños la adoran —añadió.

—Ya… —concedió sin pasarle desapercibido el mensaje oculto en aquella frase, “no montes una bronca delante de ellos”—. Me voy afuera. —Cogió el cigarrillo—. No me gusta fumar con los pequeños por aquí.

—Tía Crystal —dijo Jessica mientras corría por el pasillo—. ¿Quieres verme hacer un caballito con la bici?

—Ponte el casco —le ordenó Patty—. La Señorita Catcher me ha dicho que hace poco te vio montar sin él.

—Por supuesto —contestó Crystal a la niña—. De hecho estaba a punto de salir.

Minutos más tarde, Crystal y Patty estaban sentadas a la mesa de picnic redonda que ocupaba el patio delantero. Laura por su parte contemplaba a los dos niños dar vueltas con sus bicicletas arrodillada en la acera. El ocaso estaba cerca y sólo las dos terceras partes superiores del sol asomaban ya por encima de las caravanas vecinas.

—Y dime, ¿cuánto tiempo lleváis juntas? —preguntó Patty.

—No mucho —dijo Crystal—. De hecho… bueno, ayer fue nuestra primera vez.

—¿Qué? Estás de coña. —Patty empujó con el hombro a Crystal juguetonamente—. Qué suertuda. Pero ya lleváis un tiempo viviendo juntas, ¿no?

—Más o menos cuatro meses —respondió ella, agitando la mano en dirección a Jessica—. Laura es escritora de novelas de misterio lésbicas. Y además cocina muy bien —añadió.

—Me alegro de que seas feliz —concedió Patty—. Todos estos años me he estado preguntando sin parar dónde estarías, cómo sería tu vida. Ni siquiera estaba segura de que siguieras viva. —Acto seguido, negó con la cabeza—. Hasta pensé en contratar a un detective privado, pero nunca conseguí el dinero necesario.

—Yo pensaba lo mismo sobre ti —dijo Crystal—. Lo gracioso es que nunca me fui del condado. Simplemente bajé a la ciudad y me perdí por allí. No te lo dije por teléfono, pero… he estado trabajando en clubes de strip-tease mucho tiempo.

Patty encendió un cigarrillo y contempló la calzada en que estaban Laura y los niños.

—En cuanto me bajé de aquel autobús, pensé que sería muy sencillo encontrar un sitio donde vivir y trabajar. Para tener diecisiete años no era más que una mocosa estúpida. Me quedé sin dinero tres días más tarde.

Crystal asintió dándole una profunda calada a su cigarrillo. No hacía falta preguntar cómo se las había arreglado su hermana mayor para sobrevivir. Para una chica joven sólo hay una manera de hacer dinero rápidamente en las calles. Aun así, se sintió apenada al corroborar lo que desde hacía tiempo venía sospechando.

—Me alegro de que aquello no durara mucho tiempo —dijo.

—Lo suficiente como para quedarme embarazada de Jessica —confesó Patty—. Su padre fue uno más de los muchos don nadie que no llevaban un condón encima. Además yo no tenía forma de conseguir la píldora ni nada parecido. Simplemente tenía que ocurrir.

—Supongo que a mí me fue bien —murmuró Crystal sin quitarse el cigarrillo de entre los labios—. Nunca me quedé embarazada. —Tras exhalar con parsimonia, vio la fina línea de humo elevarse hacia el cielo—. Era un desastre tan grande que mucho menos hubiera valido un carajo como madre. —A continuación, gesticuló con la barbilla hacia los niños—. Tú en cambio has hecho muy buen trabajo con esos dos.

—Gracias —dijo Patty—. Ahora mismo es lo más importante para mí.

—Darles lo que nosotras nunca tuvimos —añadió Crystal, echando un agrio vistazo a la ventana de la cocina.

Patty dejó caer su colilla al suelo y la aplastó con el pie.

—Así es —afirmó—. Después de que él muriera le costó bastante tiempo el meterse en tratamiento y aprender lo que significa ser una madre, aunque ya fuera tarde para nosotras dos. Adora a estos niños y haría cualquier cosa por ellos.

Crystal sintió crecer la rabia en su interior y apretó con tanta fuerza el cigarrillo que acabó rompiendo el filtro.

—Solía quedarse sentada a la mesa e ignorar la situación mientras él nos molía a palos, ¿o es que lo has olvidado?

—No lo he olvidado —dijo Patty—. Créeme, lo recuerdo perfectamente. Pero ahora ha cambiado. Va a sus reuniones, a las citas con su asesor y no ha probado ni una gota de alcohol desde hace años. Para ella ha sido muy duro el no saber nada de ti.

—Pues no me da ninguna pena —afirmó Crystal tajantemente—. Nos hizo vivir en un infierno y le permitió absolutamente todo. No tienes ni idea de cómo se volvió él después de que te marcharas. —Dio una larga calada a lo que quedaba de su cigarrillo antes de arrojarlo con fuerza al suelo—. Perdónala tú si eso es lo que quieres. Yo prefiero no tener nada que ver con ella.

Acto seguido, cerró los ojos y aspiró profundamente esperando que aquello le permitiera recuperar la calma y que sus manos, crispadas en forma de puño, se relajaran un poco. Después sintió que Patty le acariciaba el hombro.

—Si necesitas odiarla, hazlo —dijo su hermana mayor—. Pero ten en cuenta que ya hemos perdido demasiados años. ¿No crees que es hora de dejar atrás el pasado? No quiero perderte otra vez, Crystal.

—No vas a perderme —afirmó levantando la mirada hacia Patty—. Lo solucionaré todo. —Meneando la cabeza, Crystal se concedió una media sonrisa y volvió a coger su paquete de tabaco—. No cabe duda de que estoy yendo a terapia, ¿eh?

Patty se echó a reír y le acarició el hombro una vez más.

—Creo que todo el mundo debería hacerlo.

Crystal soltó una risotada y encendió otro cigarrillo.

—Pobre Jenny. Así se llama mi terapeuta. La sesión del próximo martes va a ser un infierno. —Y añadió meneando la cabeza—. Ni siquiera puedo creer que esté aquí hablando contigo.

—Lo mismo digo —afirmó Patty—. Eres mucho más alta de lo que me había imaginado. Siempre te había llevado ventaja.

—Sólo porque eras más mayor, pero aun así me las arreglaba para que no pudieras ganarme en la mayoría de las cosas, ¿verdad? —preguntó Crystal.

—Así es —admitió su hermana—. Y esos dos van por el mismo camino —añadió dirigiendo una mirada a los niños—. Thomas no para de intentar superar a Jessica.

—Igual que nosotras —sentenció Crystal obligándose a borrar la seriedad de su rostro al ver que el trío avanzaba hacia ellas.

—¿Has visto mi caballito, tía Crystal?

—Sí Jessica, lo he visto muy bien —dijo ésta agradeciendo internamente la distracción y cómo se ponía así fin al hilo de la conversación anterior—. Y dime, ¿se te da bien el Monopoly?

La niña negó con la cabeza.

—Tengo el juego de La Mariposa Twiddles en el ordenador. Eso sí que me gusta.

—Oh, me da que Laura no tiene ese —dijo echando un vistazo a su amante.

—No, y sospecho que no lo he visto en mi vida —afirmó Laura.

—Mami, ¿puedo enseñarles el juego a la tía Crystal y a Laura? —preguntó Jessica.

—¿Es seguro entrar en tu habitación? —la interrogó Patty.

—Te aseguro que no puede ser peor que la de tu hermana —dijo Laura.

—¡Oye! —Crystal le dio un empujón en broma, pero la sonrisa desapareció de su rostro tan pronto como captó movimiento a través de la ventana de la cocina—. Venga, Jess. Enséñanos ese juego —dijo a continuación extendiendo ambas manos hacia los niños.

No le hacía falta mirar a ninguno de los dos para saber que habían visto exactamente lo mismo que ella. Puedo hacerlo, pensó para sí mientras seguía a Jessica escaleras arriba. Decidió en ese momento que por estar junto a su única hermana y los niños era capaz de soportar el compartir habitación con su madre. Al fin y al cabo, ya soy una persona adulta. ¿Qué podría hacerme? Y aun así, mientras avanzaban por la sala, se cuidó mucho de permitir que sus ojos se dirigieran hacia la cocina.

***

Una vez que los niños hubieron terminado de cenar, se sentaron en el suelo de la sala, Patty y Crystal ocuparon el sofá y Laura regresó al sillón reclinable. Cuando Margaret salió de la cocina, Laura hizo amago de levantarse para dejar su asiento a la anciana, pero ésta la frenó en seco y atravesó la estancia a pasos cortos y lentos.

—Estoy cansada. Voy a acostarme temprano —dijo Margaret.

Crystal no pronunció una palabra y se limitó a evitar la mirada de su madre mientras los niños se levantaban para darle su abrazo de buenas noches.

—Hasta mañana —dijo Patty sosteniendo el álbum de fotos sobre su regazo. Además, empujó levemente a su hermana con el hombro, cosa que no obtuvo ni la más mínima respuesta. Sólo cuando oyó cerrarse la puerta del cuarto, Crystal levantó la vista—. Serás consciente de que lo ha hecho por ti.

Tras encogerse de hombros, Crystal alcanzó el álbum.

—Lo sé —afirmó simplemente—. Venga, vamos a ver las fotos.

El resto de la tarde transcurrió lentamente, diluyendo todos los años de separación a medida que compartían las fotografías y los recuerdos. Thomas, quien mostraba poco interés en tal entretenimiento, mantuvo a Laura ocupada mostrándole con orgullo su modesta colección de videojuegos. Jessica, por su parte, se turnaba en ambas actividades, uniéndose a su madre en la narración de alguna historia y luego describiendo a Laura la finalidad de uno o dos juegos. Ignorando de forma selectiva cualquier tipo de referencia por parte de su hermana o su sobrina, a Crystal se le facilitó enormemente el relajarse y fingir que su madre ni siquiera vivía allí.

De hecho, cuando llegó la hora de marcharse, comprobó que no quería hacerlo y sí pasar unas cuantas horas más con su adorada hermana. Al final, ambas se despidieron con los ojos llenos de lágrimas y un abrazo demoledor, prometiendo llamarse por teléfono y volver a verse enseguida. Incluso Laura recibió sendos abrazos de Jessica y Thomas, quienes estaban deseando que regresaran y poder jugar juntos otra vez. Tras un rápido reajuste en el estacionamiento del coche de Margaret para dejarlas salir, la visita llegó a su fin.

—¿Quieres hablar? —preguntó Laura mientras sacaba el Jeep del parque de caravanas y llegaba a la carretera, disminuyendo la velocidad para pasar los baches sin dañar el coche.

—No —dijo Crystal sacando un cigarrillo—. Gracias por acompañarme. Me alegro de que estuvieras ahí, a pesar de que me pasé la mayor parte del tiempo con Patty y te dejé a ti sola para mantener entretenidos a los niños.

—No tiene importancia —afirmó Laura—. Al fin y al cabo, la finalidad es que pasaras tiempo con ella. Yo encantada de echar una mano.

Crystal contempló las volutas de humo blanco a medida que las farolas del exterior las iluminaban alternativamente.

—¿Sabes? No entiendo por qué actúa como si nada hubiera pasado —dijo a continuación.

—¿Quién? ¿Patty? —quiso asegurarse Laura.

—Sí —contestó—. Soy consciente de que quiere que haga las paces con ella, pero de eso nada. No tengo por qué perdonarla por lo que pasó. —Crystal captó, por el rabillo del ojo, un enorme cartel luminoso que anunciaba el delicado sabor de una conocida marca de whisky—. No me vendría mal uno de esos ahora —murmuró.

—¿Un qué?

—El cartel de ahí atrás. —Suspiró y dio otra calada al cigarrillo—. Da igual. —El contacto de la mano de Laura en su muslo la hizo estremecerse e incluso tuvo que agarrarle la muñeca para evitar que la retirara al captar su reacción—. No, no pasa nada —dijo, devolviendo la mano al lugar en que había estado antes—. Es sólo que tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo.

—¿Quieres compartirlas conmigo? —le ofreció su amante.

¿Por dónde empezar? Crystal no era capaz de aclarar sus pensamientos lo suficientemente como para comprenderlos, así que mucho menos para explicárselos a otra persona. ¿Hasta qué punto me enfurece el hecho de ver a mi madre tratando tan bien a los hijos de Patty? ¿Por qué me molesta que Patty se preocupe por la mujer que permitió que me golpearan y me aterrorizaran? ¿Qué diferencia marcaron en mí dos miserables meses entre haber vivido con mi hermana y haber vivido en las calles? ¿Cómo es posible que la niña que hay dentro de mí siga anhelando a la madre que nunca estuvo allí? Las razones atisbaban su mente, pero el resultado seguía siendo el mismo: una inmensa rabia que la recorría y se resistía a ser enterrada y olvidada.

—No sé cómo explicarlo —dijo finalmente entrelazando los dedos de Laura y los suyos—. Lo único que quiero hacer ahora mismo es llegar a casa.

—Ya estamos muy cerca de la autopista —afirmó Laura, soltando la mano de la joven cuando llegaron al desvío—. ¿Te apetece ver una peli en la tele?

Crystal dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad de la noche.

—Sí, eso suena bien —dijo sin excesivo entusiasmo.

—¿Seguro que no quieres hablar del tema?

Crystal mantuvo fija la vista en el exterior unos segundos más antes de contestar.

—Es que no lo entiendo, en serio —dijo entonces—. ¿Cómo diablos ha sido capaz de olvidar todo lo que pasó? —Las emociones seguían surgiendo en su interior, abriéndose paso poco a poco hasta la superficie. Acto seguido, se cruzó de brazos y apretó los puños—. ¿Cómo puede soportar estar al lado de esa mujer y dejar que conviva con sus hijos? —Se inclinó en el asiento y propinó un puñetazo al suelo del coche—. ¿Sabes lo que me ha dicho? Que ya es hora de dejar atrás el pasado y seguir adelante. ¿Te lo puedes creer? ¿Perdonar a esa … a esa zorra? —Negó enérgicamente con la cabeza—. Ni de coña. No después de toda la mierda que tuve que tragarme. Si Patty quiere perdonarla, allá ella. Yo no pienso hacerlo.

—No tienes por qué —dijo Laura—. Si verla es demasiado duro para ti, queda con Patty en casa en vez de allí. —La mano de Laura regresó sobre el muslo de Crystal—. Haz todo lo necesario para ser feliz.

Al sentir que la rabia empezaba a ceder, Crystal entrelazó sus dedos con los de Laura y los atrajo hacia sus labios.

—Gracias por acompañarme esta noche —dijo antes de besar los nudillos de la escritora y sonriendo al sentir que sus manos se dirigían ahora hacia los labios de Laura. Tras echar un vistazo alrededor, Crystal reconoció el tramo de autopista en el que se encontraban—. Si coges la siguiente salida a la derecha hay un parque como a un cuarto de milla camino abajo. ¿Te apetece dar un paseo a la luz de la luna?

—¿Estás segura de que no hay peligro? — preguntó Laura, no sin antes tomar la dirección indicada a la derecha.

—Los paseos están bastante bien iluminados y además hay policías patrullando a veces —le informó Crystal—. No hay problema. Venga, hace una noche preciosa.

Las hojas caídas crepitaban bajo sus pies mientras caminaban una junto a la otra por el camino adoquinado. Había relativamente poca gente fuera a pesar de la agradable temperatura, asegurando a Crystal la privacidad que tanto anhelaba. Laura sólo hizo un amago de protesta antes de deslizar su brazo por la espalda de Crystal, conviniendo en que las hojas les avisarían en caso de que alguien se acercara. El sendero rodeaba un estanque de patos, con menos farolas que el resto de la zona, guiando a la pareja hacia la oscuridad para regocijo de Crystal y su recién descubierta faceta romántica.

—Ven aquí —dijo ella estirando de Laura para salirse del camino.

—Esto no me parece muy seguro —le advirtió la escritora un segundo antes de que Crystal la acallara con sus labios.

—A mí sí —respondió ésta entre beso y beso—. No nos vería nadie aunque pasaran caminando cerca. —Aprisionando a Laura entre su cuerpo y el tronco de un árbol, Crystal disfrutó la sensación de los brazos que la rodeaban mientras los sonidos emitidos por los inquilinos del estanque daban vida a la noche—. Me encanta esto —admitió, incrementando la fuerza de sus brazos alrededor de la cintura de Laura. Enterró la cara en el cuello de la escritora, inhalando el aroma a pino mezclado con ese otro tan natural de Laura—. Es raro, pero estar juntas en el coche no era suficiente para mí. —Suspiró cuando Laura la abrazó con más firmeza y los cuerpos de ambas quedaron totalmente juntos—. Supongo que lo que necesitaba era que me abrazaras, eso es todo.

—Entonces tienes suerte de que me guste tanto abrazarte, ¿verdad? — le susurró Laura al oído—. De hecho, no tengo problema en seguir haciéndolo lo que queda de noche, por si te interesa.

—¿Me vas a volver a doblar la ropa? — bromeó la joven.

—Eso depende… —dijo Laura—… de si te la quitas o no.

Crystal dejó de besar el cuello de Laura y se irguió sin apartar los brazos de alrededor del cuerpo de su amante.

—¿Y si quisiera dormir contigo pero no me apeteciera hacer nada más esta noche? —preguntó.

—Entonces me tumbaría a tu lado y te abrazaría hasta que se hiciera de día —dijo Laura, cubriendo las mejillas de Crystal con sus manos.

Ésta, por su parte, sonrió y dejó que sus labios rozaran los de Laura.

—¿Por qué eres tan buena conmigo? — le preguntó, disfrutando de la sensación de calidez que los dedos de la escritora transmitían a su rostro.

—Porque… —comenzó Laura, recorriendo ahora la línea de la mandíbula de Crystal con las yemas de sus dedos—… te quiero.

Crystal cerró los ojos y dejó que aquellas palabras la llenaran por dentro, deseando creerlas con cada fibra de su ser.

—Yo… nunca… —La voz se le quebraba en la garganta, obligándola a tomar aliento y volver a empezar—. Nunca creí que alguien fuera capaz de amarme, no sabiéndolo todo sobre mí. —Al sentir que las manos de Laura se desplazaban hacia sus caderas, ella elevó las suyas hasta el cuello de la mujer—. Y tú lo sabes todo sobre mí.

—Así es —afirmó Laura suavemente—. Sé que no eres capaz de dejar el periódico como estaba después de leerlo. Sé que aplastas el tubo de pasta de dientes por la mitad y que te da alergia reponer el rollo de papel higiénico. Sé que tu desorden me vuelve loca y sé que te quiero.

—A pesar de todo eso, ¿eh? — dijo Crystal intentando por todos los medios que no se le cayesen las lágrimas.

—A lo mejor por todo eso —murmuró la escritora—. Dicen que los polos opuestos se atraen.

—Y no es fácil encontrar algo más opuesto que nosotras dos.

—No, nada fácil —convino Laura.

—Yo también te quiero —afirmó Crystal con velocidad, temiendo que aquellas palabras se le quedaran atrancadas si las decía más despacio—. Tiene que ser amor. Nunca antes había sentido algo así. —Haciendo retroceder su mano izquierda, Crystal dejó a su dedo índice descansar sobre el labio inferior de Laura—. Nunca me había gustado besar a alguien que no fuese … —Incapaz de resistirse, se reclinó hacia delante y acarició el interior de la suave boca de la mujer con su lengua—. Dios, qué buena eres besando.

—Mmmm, tú también —murmuró Laura.

Crystal sintió el raspón de la dura superficie del árbol contra sus nudillos y tomó consciencia de lo incómoda que debía estar Laura, pero cada vez que intentaba apartarse de ella comprobaba que ésta se lo impedía al no aminorar la fuerza de los brazos con que la rodeaba. La confusión de aquella tarde empezó a disiparse, reemplazada por la certeza de que nada podía hacerle daño mientras Laura la protegiera

—¿De qué estábamos hablando? —preguntó a media voz cuando sus labios se separaron por fin.

—Me estabas diciendo que me quieres —le recordó Laura, manteniendo sus cuerpos firmemente anclados—. Y yo te estaba diciendo que te quiero. Eso es lo único que me importa, al menos esta noche.

Y después de un último beso en la oscuridad, la pareja regresó al sendero a regañadientes y emprendió su camino hacia el aparcamiento. Mientras que la reunión con su familia había creado en ella un torbellino de emociones, pasear del brazo con Laura a la luz de la luna supuso para Crystal el ancla que necesitaba para sobrevivir a la tempestad.

***

—A ver, ¿qué pasa? —preguntó Jenny al tiempo que cerraba la puerta—. No es propio de ti pedir una consulta con tanta prisa.

—Ha sido un fin de semana infernal, Doc —dijo Crystal dejándose caer en el puff—. He visto a Patty.

—¿Tu hermana? ¿Cómo ha sido eso?

Crystal narró la experiencia pasándose por alto los detalles y omitiendo con cuidado cualquier alusión a lo suyo con Laura. Le habló de sus recién descubiertos sobrinos, cómo todavía había sido capaz de reconocer a la misma Patty de hacía una década en el rostro adulto de su hermana mayor y un montón más de percepciones que permanecían vivamente en su cabeza. Cuando terminó, levantó la vista y comprobó que Jenny escribía frenéticamente en su libreta.

—¿Intentando no confundirte con los nombres, Doc?

—No, ya sé quién es quién —contestó Jenny—. Es que hay un par de cosas que quiero retomar.

—¿Como cuáles? —la interrogó Crystal, cruzándose de brazos con aire desafiante y plenamente consciente de lo que su psicóloga iba a hablarle.

—¿Qué sentiste al volver a ver a tu madre?

—¿Tú qué crees que sentí? —dijo Crystal tensando los músculos de la mandíbula—. Ni siquiera me podía creer que yo estuviese ahí en medio del supermercado y apareciera ella como una pesadilla o algo así, con todo ese rollo de la tristeza y de que me había echado de menos.

—¿No crees que te haya echado de menos?

Encogiéndose de hombros, Crystal miró al vacío.

—Lo dudo. ¿Por qué iba a hacerlo? No me hizo ni caso cuando vivía con ella. —Comenzó a mover los pies de un lado a otro—. Tendrías que haber visto cómo actuaba, todo dulzura, incluso preparándole la cena a los niños.

—¿Te molesta que tu madre haga cosas por sus nietos que no hizo por sus propias hijas? —preguntó Jenny.

—Es todo teatro —afirmó Crystal con fiereza, incrementando el ritmo del movimiento de sus pies—. Igual que la forma en que me miró antes de irse a su habitación.

—¿Cómo te miró?

—Con un aire de arrepentimiento y dolor por el hecho de que yo no le hablase —dijo—. Que la perdone Patty, pero yo no pienso hacerlo. Sintiéndose demasiado llena de energía como para quedarse quieta, Crystal se levantó y fue hasta la ventana—. No tengo ni idea de cómo lo hace. Yo soy incapaz de estar en la misma habitación que esa mujer, y ya no digamos vivir con ella. —Sus dedos de crisparon sobre el marco de madera de la ventana—. Después de todo lo que nuestra madre nos hizo… de lo que permitió que ocurriera. ¿Cómo diablos puede Patty hacer eso?

—¿Se lo preguntaste a ella? —la interrogó Jenny.

—Pues claro que se lo pregunté. Me dijo que nuestra madre ha cambiado, que ya no es la borracha inútil que era antes. Supongo que debería sentir pena por ella ahora que está jodida con la artritis o lo que demonios tenga. —En ese momento, volvió la vista hacia el saco de boxeo que colgaba junto al muro opuesto de la habitación—. Tantas noches… tantas veces he deseado que viniese a protegerme, que se enfrentase a él por sus hijas, que hiciera algo… cualquier cosa para demostrar que me quería. ¿Por qué no lo hizo? —Con la necesidad de dejar salir toda su ira, cruzó a grandes zancadas la habitación y estampó un izquierdazo al saco—. ¿Por qué? ¿Qué demonios tenía yo de malo para que no hiciera algo tan sencillo? —El saco se balanceó al encajar un nuevo golpe cargado de rabia—. ¿Y se piensa que la voy a perdonar? —Golpe—. ¿Sólo porque le apetece? —Golpe—. ¿Por qué Patty quiere que lo haga? —Golpe—. No. —Golpe—. No tengo que hacerlo. —Golpe—. No lo haré. —Golpe—. No lo haré. —Golpe—. No pueden obligarme. —Golpe—. Ya soy adulta. —Golpe—. Si Patty quiere vivir con ella y fingir que todo es perfecto, genial. A mí no me importa. —Golpe—. Ella no tiene ni idea de cómo fueron las cosas después de que se marchara. —Los nudillos le dolían por la sucesión de puñetazos que le había pegado al saco y Crystal se dejó caer sobre la moqueta, se arrebujó con las rodillas pegadas al pecho abrazándolas con fuerza y vio que Jenny caminaba hacia ella, sentándose en el suelo a sólo un par de pasos de distancia—. No tiene ni idea —repitió. La tensión abandonaba lentamente el cuerpo de Crystal y con ella el tono cortante de su voz—. Se marchó, no estuvo allí para protegerme de él. Eso supuso que sólo quedaba mi madre, la cual no levantó ni un dedo para ayudarme, así que, ¿por qué debería ayudarla yo? Que se pase el resto de su vida sabiendo que su hija la odia, a mí me da igual.

—Lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia —dijo Jenny—. Ella es tu madre, Crystal. Ella es la persona que debía amarte y protegerte y lo que sientes ahora es el dolor por no haber recibido eso. Ya habíamos hablado de eso.

—Sí, muchas veces, Doc. Lo sé —dijo Crystal—. Pero una cosa es no verla, no saber dónde está o lo que le ha pasado, y otra ser consciente de que vive con Patty y que colabora para crear una familia que nosotras nunca tuvimos. —Apoyando la cabeza sobre sus brazos, Crystal aspiró profundamente—. Es como si todo lo que hiciese falta fuera que yo me marchara para que ellos estuvieran mejor o algo así. Al bastardo ese le dio un ataque al corazón, Patty volvió a casa y entonces mi madre decide que ya es hora de dejar de beber. —Acto seguido, meneó la cabeza, cerró con fuerza los ojos y aspiró una gran bocanada de aire—. Cuando yo necesité que fuera mi madre, ella no pudo. Y ahora que quiere serlo, yo no lo necesito… ni lo deseo.

—¿Y cuál es el motivo de que estés enfadada con tu hermana? —preguntó Jenny, haciendo que Crystal levantara la cabeza.

—¿Enfadada? ¿Con Patty? De eso nada, Doc. ¿Es que no me has oído? Yo odio a mi madre, no a mi hermana. —Soltándose las rodillas, Crystal cruzó ahora sus brazos sobre el pecho y utilizó la pared para apoyar la espalda.

—Y yo nunca he hablado de odio —contestó Jenny—. He hablado de enfado. Es obvio que estás enfadada con Patty.

—¿Y por qué iba a estar enfadada con la hermana a la que llevo intentando encontrar casi diez años? —dijo Crystal, levantándose a continuación para poner un poco de distancia entre la psicóloga y ella—. ¿Sabes cuántas veces he llegado a creer que había muerto? Todos estos años lo único que nos ha separado es una llamada local y ella vivía con nuestra madre. —De pie, tras el sillón reclinable, Crystal estrujó el suave cojín que yacía sobre él—. Todos estos años ha tenido la vida que ambas merecíamos. Ella ha conseguido un buen trabajo, dos hijos preciosos y sanos y un lugar estupendo para vivir. Yo soy la que va a trompicones por la vida, la que lucha día tras día por no acabar hasta el culo de alcohol, la que se desnudaba para conseguir un poco de dinero. —Con una risotada irónica, gesticuló en dirección a Jenny—. Joder, yo soy la que necesita terapia por toda la mierda que tengo encima. ¿Y sabes qué? Voy y elijo a la única psicóloga que no puede ayudarme con una de las cosas sobre las que más necesito hablar. —Acto seguido negó con la cabeza—. ¿Podría complicarme más la vida?

—Crystal, cuando te metiste en esto ya sabías que no podríamos hablar de Laura —afirmó Jenny levantándose de la moqueta y sentándose en el sofá.

—Pero no sabía lo que iba a acabar sintiendo por ella —dijo Jenny—. Entonces no sabía que ambas… —En ese momento, captó la expresión de sorpresa e incredulidad que los ojos de Jenny evidenciaron al adivinar el final de aquella frase—. No sabía que acabaría amándola —concluyó suavemente, estremeciéndose por dentro al ver la expresión de dolor que surgía en el rostro de la otra mujer.

Cuando Jenny habló, fue con un tono cuidadosamente privado de la más mínima inflexión.

—Entonces Laura y tú… ¿sois amantes?

—Sí —afirmó Crystal, dándose cuenta de que era incapaz de mantener el contacto visual con la expareja de Laura.

Pasaron varios segundos antes de que Jenny volviera a abrir la boca.

—Se nos ha acabado el tiempo —dijo a pesar de que faltaban casi quince minutos para el final de la sesión.

—Doc… —comenzó Crystal.

—Asegúrate de no saltarte ninguna cita y de llevar al día tu diario —dijo Jenny poniéndose en pie—. Nos vemos el viernes.

—Espera. —Crystal avanzó y puso su mano sobre el hombro de Jenny—. Estás molesta —juzgó correctamente.

—El hecho de que quieras empezar una relación con alguien no es asunto mío —dijo Jenny—. Crystal, por favor, tengo mucho papeleo que llenar antes de que venga mi próximo paciente.

—Pensaba que lo de mentir estaba prohibido en esta oficina, Doc —dijo Crystal liberándola—. Tienes razón con eso de que debo aclarar por qué estoy enfadada con Patty. No me había dado cuenta hasta que me lo has dicho. A lo mejor es por eso por lo que más te necesito, para que me ayudes a ver lo obvio cuando yo sola no puedo. —Acto seguido, cerró los dedos en torno al pomo de la puerta y se detuvo para mirar una vez más a Jenny—. Así que déjame decirte lo que estoy viendo ahora, Doc. Veo a alguien que todavía siente algo por Laura. Puedes aferrarte a todas tus reglas de ética profesional si quieres, pero esto es algo de lo que tendremos que volver a hablar. —Abrió la puerta—. El viernes, ¿verdad?

Esperó a que Jenny asintiera antes de abandonar la habitación con un sinnúmero de emociones dentro, tal y como pasaba después de una cita intensa con la psicóloga.

***

Puesto que no quería ir directamente a casa, Crystal giró en la autopista y enfiló hacia el sur. Las indicaciones permanecían nítidamente claras en su cabeza, así que siguió las señales de tráfico para acabar en la carretera llena de baches que llevaba hasta el parque de caravanas en que vivía Patty. Para decepción suya, el único automóvil que había enfrente era el de su madre. Se planteó por un momento dar media vuelta y marcharse, pero la puerta abatible se abrió y Jessica salió corriendo hacia ella. Al saberse descubierta, Crystal aparcó el coche y apagó el motor intentando ocultarse de la vista de la mujer a la que tanto detestaba.

—¡Tía Crystal! ¡Tía Crystal! —gritaba la pequeña de nueve años mientras bajaba los escalones de su casa y echaba a correr hacia el coche.

—Hola, cielo —dijo, deseando en silencio haber hecho una parada en el camino para comprar un par de fruslerías para sus sobrinos. Después de todo era su única tía y debía ponerse al día de un montón de cumpleaños y días festivos—. ¿Qué tal la escuela?

—La Señorita Trudeau me ha gritado.

—¿En serio? —Crystal subió en brazos a su sobrina y echó a andar hacia la mesita de picnic—. ¿Por qué?

—Por pegarle en el brazo a Melissa Goldman a la hora de la comida.

—¿Y por qué has hecho eso?

—Ella me pegó primero —afirmó la niña en tono defensivo.

—¿Se lo contaste a tu maestra?

Jessica asintió.

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