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:: EL CORAZÓN DE CRISTAL::

—Ahá. Nos regañó a las dos y nos dejó sin recreo. —La cabeza de la niña giró repentinamente al escucharse el sonido de la puerta principal—. Abuelita, la Tía Crystal ha venido a vernos.

La sonrisa que adornaba el rostro de Crystal desapareció en un segundo cuando vio a su madre aparecer frente a la casa.

—Jessica, ve a ponerte la ropa de jugar si vas a salir afuera —ordenó Margaret Sheridan.

—¿Por qué? —gimoteó la niña—. No voy a mancharme.

—Ya sabes lo que te dijo tu madre sobre eso de jugar con la ropa de la escuela —le recordó la mujer de pelo cano. Jessica hizo una mueca de disgusto, pero aun así abandonó el regazo de Crystal y fue hacia la casa.

Ésta se levantó también y se encaminó hacia su coche, metió la mano por la ventanilla abierta y agarró el paquete de cigarrillos que tenía en el salpicadero.

—No tengo nada que decirte —dijo al sentir los ojos de la anciana mujer sobre ella. Encendió un pitillo furiosamente, se metió el encendedor en el bolsillo y se reclinó sobre el capó del coche sin dejar de dar la espalda a su madre.

—Crystal…

—Y tampoco quiero escucharte. Ya tuviste tu oportunidad hace años. —Acto seguido, se llevó el cigarrillo a los labios sorprendida de cuánto le temblaba la mano. Cálmate, pensó para sí, consciente de que Jessica regresaría en cualquier momento.

—Te he echado de menos —afirmó Margaret con un tono de franca tristeza.

—¿Ah, sí? —le espetó Crystal—. Qué curioso, porque yo a ti no. —Saboreando el veneno que portaban sus palabras, aprovechó la oportunidad para soltar todo lo que llevaba dentro—. Lo que echo de menos es algo que tú nunca fuiste y nunca serás. —Escuchó el sollozo y la puerta abriéndose y cerrándose tras ella—. Bien —murmuró, regocijándose al saber que aquella frase había herido en lo más hondo a la mujer. Sola de nuevo, regresó a la mesa y volvió a sentarse.

Jessica regresó un par de minutos después vestida con un vaquero desgastado y unas zapatillas de deporte que evidentemente jamás volverían a recuperar su blanco original. En su mano, una hoja de papel lucía una flamante “A” de color rojo.

—Tía Crystal, ¿quieres ver la nota que he sacado en el examen?

—Ya la veo, muy bien hecho —dijo, ocultando con cuidado el residuo de rabia que amenazaba con traslucirse en su voz—. ¿A qué hora vuelve tu mamá a casa?

—Regresa a las seis —le informó Jessica subiéndose a la banca—. ¿Te quedas a cenar?

—No creo —dijo Crystal—. Tengo que llegar a casa temprano. Laura se preocuparía si no sabe dónde estoy.

—¿Por qué no la llamas? —sugirió Jessica—. La abuelita te puede prestar el teléfono.

Ni de coña, pensó para sí.

—A lo mejor vengo otro día —contestó—. ¿Dónde está Thomas?

—En clase de natación. ¿Puedo ir a tu casa alguna vez? —Jessica dirigió a su tía una experta mirada suplicante, pero todo lo que Crystal captó fueron rastros de su hermana una generación antes. El cabello de la pequeña tenía el mismo tono rubio y su nariz respingona indudablemente pertenecía a la herencia genética de Patty.

—Pues claro que sí —dijo Crystal a sabiendas de que le tocaba ser una de esas tías que miman en exceso a sus sobrinos—. A lo mejor hay alguna película que podamos ver en el cine.

—¡Oh! —exclamó Jessica con entusiasmo—. Yo quiero ver Dragones y Magos.

—¿No es una donde sale mucha sangre y cosas así? —preguntó Crystal, arrugando la nariz al recordar los anuncios de la televisión—. Además, me parece que sólo es para adultos.

—Ya he visto pelis para adultos —contraatacó Jessica.

—¿Y si mejor le preguntamos a tu madre? —Crystal sonrió al captar en el rostro de su sobrina cuál sería la reacción de Patty ante tal sugerencia—. Ahá, ya decía yo. Estabas intentando tomarle el pelo a tu tía Crystal, ¿verdad? —Jessica se echó a reír y empezó a retorcerse cuando Crystal se abalanzó sobre ella y se puso a hacerle cosquillas—. Lo sabía, eres igual que tu madre cuando era pequeña.

La pareja seguía charlando animadamente para cuando el coche de Paty aparcó detrás del de Crystal. La puerta del copiloto se abrió de par en par y una auténtica avalancha de energía salió corriendo a la calle.

—¡Tía Crystal!

—Hola Thomas —dijo ésta, girándose en su asiento para atrapar en pleno vuelo al niño y subirlo a su regazo—. ¿Te lo has pasado bien en la piscina?

—Sí —afirmó el pequeño con una sonrisa radiante—. El señor Sherman me ha dejado saltar desde el trampolín una vez.

Patty se aproximó a ellos con una bolsa azul fosforescente en la mano.

—Thomas, ve a darle a la abuela tu toalla y el traje de baño para que estén lavados antes del miércoles —dijo.

—Vale, mamá.

Crystal se levantó y aceptó de buen grado el abrazo de su hermana.

—Hola.

—Me alegro de volver a verte —dijo Patty—. Ven adentro y quédate a cenar. ¿No ha venido Laura contigo?

—No, está en casa —informó Crystal—. Yo andaba por ahí y he pensado pasar a saludar un momento. No puedo quedarme.

—Aun así, me alegro de que hayas venido —afirmó su hermana, retirándose un poco sin dejar de rodear los hombros de Crystal con su brazo—. Entra un rato aunque sea.

—No puedo. —Crystal dio un paso hacia su coche—. Ya sabes por qué.

Patty echó un furtivo vistazo hacia la casa y después se dirigió a su hija.

—Jess, entra y ayuda a la abuela con la cena, por favor.

—Vale, mamá. ¿Puedo salir otra vez cuando termine?

—¿Has terminado los deberes? —le preguntó Patty.

—Casi todos.

—Entonces ya sabes lo que te va a tocar después de cenar, ¿no?

Crystal no pudo evitar sonreír ante la mueca de fastidio de su sobrina.

—Volveré a veros muy pronto —le prometió al tiempo que se agachaba para abrazar a la pequeña.

—Adiós, tía Crystal.

—Adiós, cariño.

Las dos hermanas permanecieron en silencio hasta que la puerta se cerró y encendieron sendos cigarrillos. Fue Patty quien habló en primer lugar.

—Ojalá hicieras un intento por llevarte bien con ella.

—Olvídalo —dijo Crystal—. Si tú quieres fingir que no ocurrió nada y que era la madre del año, adelante.

—Oye, sé perfectamente que la culpas por lo que nos pasó, pero Crys, eso fue hace mucho tiempo.

—Ah, ¿y eso lo arregla todo? —Crystal se encaminó hacia su coche y se apoyó contra él, obligando a Patty a seguirla o tener que hablar tan alto que sus palabras entraran por la ventana de la cocina—. Era la única que podía interponerse entre él y nosotras y no hizo nada, joder. No movió ni un dedo para ayudarnos.

—Ya, pero fue él quien nos hizo daño, no ella. Si quieres odiar a alguien, ódiale a él —dijo Patty con aire furioso—. Es a él a quien yo odio.

—Y yo, pero no puedes pretender que ella es sólo una figura inocente en todo el asunto —dijo Crystal elevando el tono de voz hasta igualarlo con el de Patty—. Ella es igual de culpable y te juro que soy incapaz de comprender cómo no te das cuenta. —Acto seguido, se sacó las llaves del bolsillo y rodeó el coche hasta llegar a la puerta del conductor—. Me gustaría veros a ti y a los niños tanto como pueda —afirmó—, pero a ella no la pienso soportar.

—Ésta también es su casa —dijo Patty—. No puedo pedirle que desaparezca cada vez que quieras venir.

Tras abrir la puerta de un tirón, Crystal se encogió de hombros.

—Vale. Pues entonces venid vosotros a mi casa porque por ningún motivo voy a hacer las paces con esa mujer.

Encendió el motor y dio marcha atrás en cuanto Patty se apartó del coche.

La velocidad le importaba muy poco a Crystal a medida que recorría las calles que llevaban hasta la autopista. Una vez allí, se situó en el carril izquierdo y apretó el acelerador llegando al límite permitido. Únicamente el viento que rugía en sus oídos podía mantener a raya el clamor de sus pensamientos, que en nada ayudaban a apartarla de la oscuridad que le acechaba de cerca. Crystal se detuvo completamente en el cruce que llevaba a la salida de la carretera, puesto que en ese punto debía tomar una decisión.

A la derecha, los bares le ofrecían un tiempo de olvido, una vía de escape a la rabia y el dolor que la recorrían por dentro. A la izquierda, el pintoresco complejo residencial y Laura. Segura de sí misma, Crystal hizo girar el volante y pisó el acelerador.

***

Laura esperaba impacientemente en la sala de estar cuando escuchó la frenada del coche de Crystal.

—Ya era hora —dijo mientras avanzaba hacia la puerta de entrada, abriéndola en el mismo momento en que Crystal salía del coche—. ¿Dónde te habías metido? Te llamé al anochecer y Michael me dijo que te habías tomado la tarde libre.

—He ido a ver a Jenny y luego me he pasado por casa de Patty —afirmó Crystal, encontrándose con Laura a mitad de camino de la casa—. Y no estoy segura de que debiera haber hecho ninguna de las dos cosas.

—¿Qué ha pasado?

Crystal suspiró y se reclinó contra ella.

—Dos historias muy largas de contar.

—Vale, vamos adentro y me las cuentas —dijo Laura rodeando la cintura de Crystal con el brazo—. Perdona si he sonado un poco histérica. Es que no es normal en ti eso de irte del trabajo a mitad del día.

—No podía concentrarme —le informó Crystal mientras entraban en la casa—. Pensé que si hablaba con Jenny me aclararía un poco, pero sólo ha servido para empeorar las cosas.

—Espera, espera, no te sigo. ¿Por qué hablar con Jenny afecta a tu problema con Patty?

—No es eso —dijo Crystal, arrojando sus llaves sobre la mesita—. Es que al más puro estilo Doc, me ha dado mucho en lo que pensar. —Acto seguido, meneó la cabeza—. No sé cómo explicarlo.

—¿Y si nos vamos al sofá y te abrazo hasta que encuentres la manera? —sugirió Laura, cubriendo los hombros de Crystal con sus manos y guiándola en la dirección deseada.

—¿Por qué cada cosa que me ocurre acaba convirtiéndose en un lío? —farfulló Crystal dejándose caer sobre el sofá—. Es como si tuviera los poderes del Rey Midas, pero al revés.

Con la certeza de que Crystal se explicaría a su manera, Laura se sentó a su lado y empezó a acariciarle la espalda suavemente, dejando transcurrir con paciencia el tiempo necesario para que la joven retomara su discurso.

—Me pasé un momento a ver a Patty y acabamos hablando de la vieja. —Crystal suspiró—. Otra vez. No sé por qué se empeña en seguir intentándolo. Como si eso fuera a cambiar lo que siento. Le he dicho que lo mejor es que a partir de ahora venga ella con los niños aquí y no que vaya yo a su casa.

—¿Y le ha parecido bien? —preguntó Laura.

Crystal se encogió de hombros.

—No sé. En ese momento estaba tan cabreada que me he metido en el coche y he salido a cien por hora. —De nuevo, negó con la cabeza—. Supongo que Doc tenía razón con eso de que estoy enfadada con Patty por defender a la vieja. —Se inclinó sobre su chaqueta y sacó del bolsillo un paquete de tabaco medio vacío—. Necesito un cigarrillo —afirmó—. ¿Me acompañas afuera?

—Claro —convino Laura, levantándose y extendiendo la mano hacia la de Crystal. Atravesaron la cocina codo con codo, salieron a la terraza y se sentaron. Laura permaneció en silencio mientras Crystal encendía un pitillo y le daba un par de caladas.

—Le he contado lo nuestro a Jenny —dijo Crystal por fin, rompiendo la calma nocturna y mirándose las manos—. Y no le ha hecho ni pizca de gracia.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Laura.

—Por la forma en que reaccionó cuando le dije que éramos amantes. —Crystal dio una larga calada al cigarrillo—. A lo mejor deberías hablar con ella.

Acercando su silla, Laura rodeó a la joven con un brazo y la besó en la frente.

—¿Estaba enfadada?

—No, enfadada no —dijo Crystal—. Más bien dolida.

—Oh —dijo simplemente Laura acariciando la espalda de su amante e intentando encontrar la forma de manejar aquel nuevo problema. A pesar de que su ruptura con Jenny había resultado tremendamente dolorosa para ambas, pensaba que ya formaba parte del pasado—. Hablaré con ella si eso es lo que quieres —afirmó, recorriendo el contorno de la oreja de Crystal con uno de sus dedos—. Pero debes saber algo. —Alzando la cara de Crystal hasta quedar a su altura, Laura inclinó la cabeza y dejó que sus labios se encontraran—. Lo de Jenny conmigo se acabó. Somos buenas amigas y espero que sigamos siéndolo mucho tiempo, pero jamás podríamos volver a estar juntas. Es a ti a quien quiero, sólo a ti. —Entonces contempló cómo una sombra de duda seguía brillando en los ojos azules de la joven—. ¿Qué ocurre?

—¿Y si Jenny quiere volver contigo? —preguntó Crystal con voz apenas audible y permitiendo que su inseguridad tomara el control—. Tienes que admitir que ella es un mejor…

—No —dijo Laura rápidamente al tiempo que cerraba los labios de Crystal con sus dedos—. No sigas por ahí. Yo no quiero volver con Jenny. Te quiero a ti. Créeme al menos en eso. Me trae sin cuidado lo que Jenny diga o haga, porque no puede cambiar lo que siento por ti.

***

Unos minutos después de que Crystal se fuera a trabajar, Laura saltó al interior de su Jeep y atravesó la ciudad. Tal y como había esperado, la Cosa naranja seguía aparcada en los aledaños del bloque de apartamentos de Jenny. Aquella era una reunión que Laura no deseaba, pero por el bien de Crystal debía llevarla a cabo. Deseando que todo marchara bien, caminó hasta la puerta de Jenny y tocó el timbre. Segundos más tarde, la puerta se abrió dando paso a Jenny, quien todavía iba vestida con el pantalón de chándal y la camiseta que usaba para dormir.

—Buenos días —dijo Jenny, apartándose para dejar pasar a Laura—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenemos que hablar —afirmó Laura.

—¿De qué? —le preguntó Jenny sin demasiado entusiasmo al tiempo que señalaba en dirección al sofá.

—Ya sabes de qué —dijo Laura—. De lo mío con Crystal. Tengo entendido que cuando ella te lo contó no te entusiasmó demasiado.

—Lo que yo sienta es irrelevante —dijo Jenny cruzándose de brazos y apoyándose contra la barra americana que separaba el salón de la cocina.

—No si eso afecta a Crystal —contraatacó Laura acodándose sobre sus rodillas—. Ella piensa que todavía sientes algo por mí.

Jenny se pasó los dedos por el pelo y le dio la espalda.

—No te conviene seguir por ahí, Laura —advirtió.

—¿Por qué? —preguntó la escritora, a pesar de que sospechaba el motivo de que su amiga estuviera tan crispada.

—Oh, no juegues conmigo —le espetó Jenny repitiendo el gesto anterior—. ¿Cómo has podido?

Tres años de convivencia y amor con la mujer que tenía delante habían hecho mella en Laura y sabía que aquel momento en particular precedía a una discusión en toda regla.

—Lo has dicho como si hubiese profanado a una doncella virginal —dijo cruzándose de brazos y reclinándose hacia atrás—. Fue de mutuo acuerdo.

—Y no hiciste nada para animarla como a aquella zorra de Colorado, ¿cierto? —dijo Jenny, avanzando como una tormenta por la sala hasta llegar a la chimenea cegada sobre su repisa descansaba una foto de ella con Laura—. Una muesca más en tu cinturón, ¿eh?

—Crystal significa más para mí que eso y lo sabes —afirmó Laura a la defensiva—. La quiero.

—Hubo una vez en que me dijiste lo mismo a mí —dijo Jenny sin dejar de contemplar la fotografía y evitando la mirada de su ex-amante—. ¿Cuánto vas a tardar en tirarte a alguna admiradora?

—Eso no va a ocurrir —dijo Laura poniéndose en pie.

—Como si una promesa de fidelidad significase algo viniendo de ti —espetó Jenny—. ¿O es que yo soy la única a la que se las haces?

—¿De qué va todo esto, Jen? ¿De que Crystal y yo estemos juntas o de que tú y yo ya no lo estemos? —preguntó Laura—. Me pasé cuatro años intentando volver contigo y me dijiste que no una y otra vez. A lo máximo que pude aspirar fue a algún que otro polvo.

—¿Y crees que podía volver a confiar en ti así como así? —respondió Jenny—. ¿Crees que me resultó fácil borrar tres años enteros de mi vida?

—Desde mi punto de vista sí —dijo Laura, intentando con todas sus fuerzas alejar cualquier deje de tensión de su tono de voz. Se plantó detrás de Jenny y le puso las manos sobre los hombros—. Sé que fue culpa mía, pero cuando te fuiste sufrí como no tienes idea —admitió a continuación.

—Ya, bueno, yo también sufrí cuando llegué a casa y me encontré aquel mensaje en el contestador —dijo Jenny, revolviéndose para apartarse del contacto de Laura y dirigiéndose al sofá.

—Lo sé —convino Laura en voz baja. Siguió los pasos de Jenny y se sentó en una de las sillas cercanas—. Jen, esta no es la primera vez que estoy con alguien desde que rompimos. ¿Por qué ahora?

—Con las otras mujeres no ibas en serio —dijo Jenny—. Salías con ellas un par de veces, me contabas sus defectos, los motivos por los que no podrías mantener una relación con ellas y pasabas a la siguiente.

—Y ahora no voy a pasar a la siguiente —terminó Laura por ella.

—Todavía me acuerdo de cuando me llamabas echando pestes de tu compañera de piso recién salida del infierno —dijo Jenny—. Llegué a pensar que el asunto de la cortina de la ducha te acabaría produciendo un infarto.

—Así es —contestó, echándose hacia delante para acodarse sobre las rodillas—. Incluso amenacé físicamente a Peter por habérmela mandado a casa.

—Bueno, ¿y por qué? —Jenny bajó la vista hacia la alfombra—. ¿Por qué ella y no otra?

—Yo también me he hecho esa pregunta muchas veces —admitió Laura—. Y he intentado hacer una lista con motivos que van desde la soledad hasta algún complejo extraño relacionado con la necesidad de proteger a otra persona. —Escogió sus siguientes palabras con cuidado, a sabiendas de que herirían a Jenny y deseando minimizar el efecto lo máximo posible—. Pero la verdad es más sencilla: la quiero. Nunca planeé que esto ocurriera, pero ocurrió, y no puedo cambiar lo que siento.

—Tampoco planeaste acostarte con aquella chica de Colorado y lo hiciste —puntualizó Jenny con furia y los ojos destellantes—. ¿Conoce Crystal esa faceta tuya de buscadora de romances o te has guardado la información?

Laura sintió que se le ponían los pelos de punta al captar su tono acusador.

—Se lo dije —afirmó sin alterar la voz—. Y no es el mismo caso. No sentía nada por Lisa. Sin embargo, amo a Crystal.

Jenny soltó una risotada y apartó la mirada.

—Ya estás otra vez con el mismo rollo, Laura. ¿Es que no comprendes que una relación implica muchas más cosas que el amor?

—Claro que lo sé —respondió Laura a la defensiva—. Pero también sé que es un buen punto de partida, ¿no crees?

Jenny se volvió hacia ella.

—¿Y qué hay de la confianza?

—Nunca me perdonarás por aquello, ¿verdad? —dijo Laura, volviéndose a recostar en la silla—. Jen, si pudiese dar marcha atrás en el tiempo y cambiar lo que ocurrió, lo haría.

—Y si hubieras sido tú la primera en llegar a casa y escuchar el mensaje, lo hubieras borrado. —Jenny se pasó los dedos por el pelo—. ¿Es que no lo entiendes? Después de aquello, la confianza entre nosotras desapareció y, sin confianza, la relación era imposible. Me hubiera pasado toda la vida dudando de que me estuvieras diciendo la verdad o intentando encubrir otro lío. No podía vivir así.

—Jen, nunca fue mi intención hacerte daño.

—Pues lo conseguiste —afirmó Jenny en voz baja.

Laura asintió y se pasó al sofá para rodear los hombros de Jenny con el brazo.

—Ya lo sé —admitió—. Y ya no puedo hacer nada por cambiarlo. Soy afortunada por el hecho de que decidieras seguir siendo amiga mía. No muchas ex lo tolerarían. —Permitió que Jenny se recostara contra ella y la abrazó con más fuerza—. Eres muy importante para mí, nunca dudes de eso.

—Lo mismo te digo —afirmó Jenny—. No quiero que desaparezcas de mi vida.

—Y no lo haré —dijo Laura—. Estar con Crystal no va a cambiar nada. Sigues siendo mi mejor amiga. —El reloj de Jenny empezó a pitar, asustándolas a ambas—. Será mejor que te deje prepararte para ir a trabajar.

—No me he dado cuenta de que era tan tarde —dijo Jenny echándole un vistazo al reloj—. Tengo la primera cita a las nueve.

—¿Tú y yo estamos bien? —preguntó Laura poniéndose en pie.

Jenny asintió.

—Sí, estamos bien —dijo—. Soy yo la que tengo que solucionar un par de asuntos, eso es todo.

—¿Te vienes mañana a cenar? —la invitó Laura—. Llamaré a los chicos y montamos una fiesta improvisada.

—Suena de lujo —afirmó Jenny—. Y ahora lárgate de aquí, que tengo que ducharme.

Laura la atrajo hacia sí para propinarle un rápido abrazo.

—Hasta mañana —dijo simplemente.

—Pórtate bien con ella —susurró Jenny antes de soltarla.

—Lo haré —le prometió Laura sabiendo que de refería a Crystal—. Nos vemos pronto.

***

Crystal llegó del trabajo y se encontró a Laura en la cocina, preparando la cena.

—Mmmm… qué bien huele —dijo mientras se quitaba las botas a patadas y dejaba las llaves en la mesa—. ¿Qué estás preparando?

—Una de las recetas favoritas de mi madre —dijo Laura cerrando la puerta del horno—. Pollo con crema y arroz casserole.

—Espero que hayas hecho de sobra —dijo Crystal entrando en la cocina—. Se me ha atascado la pistola de clavos a primera hora de la mañana y he tardado media hora en arreglarla. Al final he tenido que quedarme trabajando a la hora de comer para ponerme al día. —Se acercó un poco más y sonrió al ver que Laura abría los brazos reclamándole un abrazo—. Ha sido interminable.

—Bueno, entonces ve a sentarte y relájate —dijo Laura—. A la cena todavía le queda un cuarto de hora como poco.

—¿Es obligatorio? —contestó Crystal, disfrutando de la sensación que le prodigaba el cuerpo de Laura contra el suyo—. Estoy perfectamente cómoda así. —Dejando descansar la cabeza sobre el hombro de Laura, inhaló el leve rastro que quedaba de su perfume—. Sí, estupendamente.

Sintió que los brazos que la rodeaban lo hacían con más fuerza.

—La cosa es que así es un poco difícil vigilar la cena —bromeó Laura.

—De eso nada —dijo Crystal llevando sus manos a las caderas de la escritora—. Acabas de decir que le quedan quince minutos.

—Lo cual no es suficiente para hacer lo que estás pensando —dijo Laura, aunque sus manos también empezaban a vagar por cuenta propia sobre la espalda de Crystal.

—¿Y qué te hace sospechar que estoy pensando en algo? —jugueteó, aprovechando su posición para besar el cuello de Laura. Tras años y años sospechándose carente de instinto sexual, Crystal no pudo por menos que sorprenderse ante la intensidad del deseo que empezaba a sentir. Interponiendo las manos entre sus cuerpos, alcanzó el botón superior de la camisa de Laura.

—Por ejemplo que empieces a quitarme la ropa —dijo Laura sin ninguna intención de detener la avanzada de Crystal.

—Es que hace calor aquí dentro —dijo Crystal mientras pasaba el botón por el ojal dejando al descubierto la piel que escondía la prenda. Escuchó la rápida inhalación de Laura y sonrió, comprobando que sus manos eran las causantes—. Te quiero —susurró desabrochando el siguiente botón y besando el pecho de la mujer, siguiendo el borde del sujetador y deslizando su lengua por el interior para probar el sabor de su piel.

—Yo también te quiero —dijo Laura con una voz más gutural de lo normal justo antes de atraer la cadera de Crystal hacia la suya—. Y el motivo por el que haga tanto calor aquí eres tú.

—¿Quieres que pare? —preguntó Crystal al tiempo que le sacaba el faldón de la camisa de la cintura de los vaqueros. La respuesta se la dio la boca de Laura reclamando la suya, un beso que sólo añadió combustible al fuego que sentía por dentro.

—No —murmuró Laura entre beso y beso—. No pares.

—¿Y… y la cena? —preguntó alcanzando el cierre del sujetador de Laura.

—Como sigas así no cenamos ni a las diez —dijo Laura deslizando las manos bajo la camiseta de Crystal.

Tras cerrar los ojos ante un nuevo y delicioso beso de Laura, Crystal utilizó los dedos para desabrocharle los dos cierres metálicos del sujetador. Ya sin impedimento para sus avanzadillas, llevó las manos hacia el frente y cubrió los pechos de Laura acariciando delicadamente sus endurecidos pezones. Respondió al gemido de su amante con otro al sentir que su sujetador también se abría y a duras penas fue capaz de romper el beso.

—El sofá —sugirió.

—El sofá —convino Laura, llevando con cuidado a Crystal hacia la sala.

Crystal agradeció la seguridad que le aportaban los brazos de Laura cuando sus piernas chocaron contra la base del sofá. Permitió que la escritora le quitara la camiseta y el sujetador, y sonrió con paciencia mientras doblaba con cuidado la ropa y la dejaba sobre una de las sillas cercanas.

—¿Sabes qué? —dijo mientras apartaba la camisa de Laura de sus hombros—. Te preocupas demasiado por mantenerlo todo en orden.

—Ya —contestó Laura al tiempo que doblaba también su ropa y volvía a rodear a Crystal con sus brazos—. Es una de mis rarezas.

Crystal deslizó las manos bajo la cintura de los vaqueros de Laura atrayéndola hacia sí.

—Supongo que… ya que eres tan concienzuda con eso de doblarte la ropa, deberíamos quitárnosla toda de una vez.

—Me gusta la idea —dijo Laura llevando las manos hacia los pantalones de Crystal.

—Y a mí —afirmó Crystal sintiendo que el botón de su vaquero saltaba del ojal al tiempo que los labios de Laura reclamaban los suyos. Gimió levemente cuando la tela del pantalón empezó a recorrer sus muslos acompañado por su ropa interior. Las manos de Laura cubrieron y acariciaron sus nalgas, robando prácticamente toda la fuerza de sus piernas—. No… no puedo seguir de pie —alcanzó a decir durante los pocos segundos que su boca quedaba libre.

No se separaron ni un milímetro al tiempo que Laura la tumbaba sobre el sofá y se echaba sobre ella cubriéndola de calidez. Dado que el vaquero seguía arrebujado a la altura de sus muslos limitando su movimiento, Crystal empezó a revolverse intentando quitárselos.

—Me vas a tirar del sofá —le advirtió Laura.

—No puedo evitarlo —dijo ella—. Me crispa sentirme atada.

—Perdona —dijo Laura haciéndose a un lado y alcanzando la cintura del pantalón de la joven—. Déjame a mí.

Crystal se sintió vulnerable cuando la última pieza de ropa que llevaba encima cayó y se vio a sí misma tumbada sobre el sofá, desnuda a la luz del día. Laura se dio media vuelta para doblar el pantalón con cuidado y acto seguido se arrodilló junto al sofá. Tras mirarla durante unos segundos, Crystal comprendió el por qué de la fuerte necesidad que había sentido de tocar y ser tocada. Era algo más que mero deseo, era el anhelo, no, la necesidad de conectar íntimamente con la persona que poseía su corazón.

—Te quiero —susurró, parpadeando para borrar las lágrimas que tantos sentimientos habían llevado hasta sus ojos. Alzando una mano, cubrió la mejilla de Laura y atrajo su rostro hacia sí hasta que sus labios quedaron a pocos milímetros de distancia. No hizo falta más para que Laura tomara el control de la situación y los recorriera por su cuenta.

El temor por estar indefensa y totalmente expuesta se desvaneció bajo el amor transmitido en aquel beso. Crystal sintió el delicado contacto de unos dedos que acariciaban su abdomen, moviéndose en forma de círculos crecientes mientras los labios de Laura continuaban robándole el aliento. Siguiendo la línea de la columna de la escritora, dejó que sus dedos bajaran por su espalda hasta llegar a la cadera, todavía bajo el amparo de sus vaqueros.

—Mmmm… —murmuró Laura abandonando la boca de Crystal y trasladándose hacia su mandíbula—. Eres tan hermosa… —Crystal pudo solamente arquear su cuerpo ante la serie de besos que recorrían su garganta, un cuerpo que empezaba a reaccionar al aventurar el punto hacia el que se dirigían aquellos labios. Gimió levemente y se agarró con fuerza a los vaqueros de la mujer, a la altura del trasero, cuando los dedos de Laura se enredaron en los rizos que cubrían su sexo—. Tan suave… —continuó la escritora acariciando uno de los pezones de Crystal con su lengua.

Crystal sólo fue capaz de ahogar un gemido y aferrarse con más fuerza al cuerpo de Laura mientras con la otra mano impedía que la boca de su amante se apartara de su pecho.

—Oh, Dios… adoro que hagas eso… —murmuró entre suspiros.

—Mm hmm —convino Laura trasladándose hasta el otro pecho. Ese movimiento provocó también que los suyos quedaran al alcance de la boca de Crystal y la joven aceptó de buen grado el obsequio. Con los ojos cerrados, empezó a succionar y acariciar con la lengua el pezón que ya había atrapado entre sus dientes siguiendo el mismo ritmo que sentía prodigársele por parte de Laura. Al sentir una mano sobre su muslo, separó las piernas y bajó el pie derecho al suelo. Acto seguido, elevó las caderas para animar a Laura a seguir adelante y se sorprendió cuando el pecho del que tanto estaba disfrutando le era arrebatado. La protesta, sin embargo, murió en sus labios al sentir la mano de Laura sobre su rodilla, abriéndole aún más las piernas.

—Oh, Laura, sí… —dijo cuando ésta se situó entre sus muslos revelándole lo que pretendía hacer.

Una serie de delicados besos en la parte interior de sus muslos la excitaron brevemente antes de que los labios de Laura cayeran sobre su sexo. El primer contacto de la lengua de Laura en sus labios mayores estremeció todo su cuerpo, más aún porque sabía perfectamente que aquello iba a llevarla mucho más allá de lo que cualquier tipo de droga podría hacerlo. Sentía como si Laura estuviese tocándola por todas partes; sus manos experimentadas recorrían sus muslos, sus caderas y sus pechos, mientras que sus labios y su lengua trazaban una enloquecedora ruta sobre su zona más íntima.

La lengua de Laura le transmitió al principio una sensación de frío comparada con la de su clítoris. Crystal balanceó la cabeza de un lado a otro y atrapó con su pierna la espalda de Laura cuando los dedos de la escritora comenzaron a jugar y atormentar sus pezones, pellizcándolos con la misma cadencia con la que su lengua le acariciaba el clítoris.

Durante interminables minutos, Laura hizo crecer la espiral de placer hasta estar segura de que no podía hacerlo mucho más. Entonces, la mano izquierda de Laura abandonó el pecho de Crystal y descendió, robándole el poco aliento que le quedaba con aquel nuevo frente de ataque. Cuando por fin su mundo se desdibujó en una oleada de placer, Crystal gritó el nombre de Laura y se aferró con fuerza al sofá intentando sobrevivir a las acometidas que recorrían su cuerpo.

—Shh… tranquila… estoy aquí —murmuró Laura cerca de su oído. Hubo algunas otras palabras, pero Crystal descubrió que le resultaba difícil concentrarse en otra cosa aparte de la calidez y la comodidad que le prodigaba el cuerpo de la mujer. Aquel era un refugio que no tenía interés en abandonar. La primera vez que Laura intentó apartarse, la abrazó con más fuerza, expresando en silencio lo que deseaba. Entonces recorrió con su mano la espalda de la escritora hasta toparse con la cintura de sus vaqueros.

—No puedo creer que sigas con los pantalones puestos —dijo, apartándose poco a poco del abrazo de Laura y sentándose sobre el sofá.

—Estaba ocupada en otra cosa —afirmó Laura al tiempo que se inclinaba sobre ella para besarla con rapidez—. Ufff, las rodillas me están matando.

—A lo mejor debería besarlas para que se te pase —se ofreció Crystal cubriendo los codos de Laura con sus manos y levantándose junto con ella—. Claro que no puedo hacerlo así —añadió dándole un tirón a la cintura del vaquero—. Te los vas a tener que quitar.

Acto seguido, deslizó una mano entre el pantalón y la ropa interior de la mujer y empezó a deslizárselos por la cadera.

—Eso crees, ¿eh? —preguntó Laura recorriendo sin parar la espalda y los hombros de Crystal son sus manos—. ¿Y si resulta que todavía no he acabado contigo?

Crystal acarició el abdomen de Laura y dejó que su frente descansara sobre el hombro de la mujer.

—Maldita mujer… —farfulló—. Un día de estos vas a matarme.

—No puedo evitarlo —dijo Laura, rodeando a la joven con sus brazos a estrujándola contra sí—. Me encanta tocarte —continuó al tiempo que bajaba la cabeza para besarla en la frente.

Con la ventaja que le otorgaba su posición, Crystal empezó a besar a Laura en el cuello y después siguió descendiendo hacia su pecho.

—A mí también me encanta tocarte —dijo al tiempo que se arrodillaba en el suelo—. Y mi plan ahora mismo es tocarte hasta que no puedas más. —Lo siguiente fue deslizarle los vaqueros hasta los tobillos e indicó a su amante que se apoyara sobre sus hombros y levantara una pierna y después la otra para dejarlas desnudas—. ¿Sabes? Me encantan esas braguitas tuyas de algodón, pero también deberían desparecer del mapa —dijo besando el vello que se adivinaba tras la prenda, que un segundo más tarde caía al suelo junto al pantalón. Con un leve empujoncito, Laura estaba ya sobre el sofá.

—La ropa… —comenzó Laura al tiempo que se inclinaba hacia el lugar donde Crystal permanecía arrodillada.

—Déjala —dijo Crystal separando las rodillas de la mujer.

—Es que…

—Es que nada. Dentro de un minuto te va a importar muy poco dónde esté tu maldita ropa —dijo Crystal. Con total determinación de ganar aquella pequeña batalla, comenzó a recorrer la parte interior de los muslos de Laura con las yemas de sus dedos—. Olvídate de eso por una vez en tu vida. Relájate y disfruta. —Entonces Crystal se empleó en hacer sentir al máximo a Laura utilizando sus dedos, sus labios, todo lo que tenía a su disposición para lanzar a su amante hasta el punto más álgido una y otra vez… hasta que en efecto, se olvidó de la ropa.

***

—Hola, Doc —dijo Crystal al abrir la puerta—. Pasa. Laura está en la cocina. —Retrocedió un par de pasos para dejar entrar a Jenny—. Hace un frío del demonio ahí fuera.

—Yo sólo espero que esto no sea el aviso de lo que nos viene encima en invierno —afirmó Jenny al tiempo que se quitaba la chaqueta y la colgaba del perchero que había junto a la puerta—. Deberías cambiar esa chaquetita que tienes por algo más abrigado.

—¿Eres consciente de lo que cuesta una chaqueta nueva? —dijo Crystal acercándose a ella—. Hazme un favor, ¿quieres? —susurró a continuación—. No le digas nada a Laura.

—¿Y cuánto tiempo supones que va a dejarte salir por la puerta con la tuya? —le preguntó Jenny imitando su tono de voz.

—Con suerte un par de semanas más. Hasta que me den la paga extra.

—¡Eh! ¿Qué estáis cuchicheando vosotras dos? —gritó Laura desde la cocina.

—Tranquila que no estoy desvelando ningún secreto de Estado —dijo Jenny—. Además, estoy segura de que esta chica ya conoce todos tus malos hábitos.

—Casi todos —dijo Laura asomándose a la puerta que conectaba la cocina y la sala—. Quién sabe, a lo mejor me convence para romper uno o dos. Los milagros existen.

—¿Quieres decir que algún día podré mirar debajo del sofá y encontrar una bola de pelusa? —preguntó Jenny.

—Oye… no me presiones —contraatacó Laura limpiándose las manos en el delantal—. Por ahora he descubierto que no es un crimen dejar la ropa sin doblar después de quitármela.

Jenny trasladó su mirada de Laura a Crystal.

—Está de coña, ¿no?

—Nop —contestó Crystal con orgullo.

—Me pilló con la guardia baja —añadió Laura en defensa propia.

—Debió ser antológico —dijo Jenny palmeando el hombro de Crystal—. Lo siguiente es que se meta en la cama cuando aún queda un plato en el fregadero.

—Eso jamás —afirmó Laura con confianza.

—Ah ah ah. —Jenny alzó un dedo hacia ella—. Ya se te ha olvidado, ¿eh?

Laura le dirigió una larga mirada de confusión antes de caer en la cuenta de a qué se refería.

—Oh.

—Si la memoria no me falla, te levantaste a media noche y los lavaste, pero aun así cuenta como victoria —dijo Jenny relajándose de tal forma que su cuerpo no mostraba ya el torbellino de emociones que Crystal había advertido al final de su última sesión con la psicóloga.

A pesar de que había preguntado, Laura no quiso contarle gran cosa acerca de su conversación con Jenny aparte de que todo había ido bien. Si la actitud de Jenny podía tomarse como evidencia, su reunión parecía haber sido un éxito a los ojos de Crystal. Sin embargo, quedaban algunas cuestiones para las que necesitaba respuesta antes de estar totalmente segura de que los problemas habían acabado entre ellas tres.

—Oye Doc, voy a fumarme un cigarro antes de que lleguen los chicos. ¿Te vienes a hacerme compañía? —dijo Crystal echando a andar hacia las puertas corredizas de cristal sin esperar su respuesta. Tal y como sospechaba, Jenny la siguió hasta la terraza y cerró la puerta tras de sí.

—¿Y bien? —preguntó Jenny con expectación.

Crystal se sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno.

—Y bien… —comenzó apartándose lo suficiente como para que el humo no llegase hasta donde estaba Jenny—. ¿Podremos seguir con nuestras sesiones como hasta ahora?

—Por supuesto —afirmó Jenny.

—Genial. —Crystal se giró concentrando su atención en las volutas de humo que salían del extremo del cigarrillo—. Estaba preocupada, ¿sabes?

—¿De qué? —la interrogó Jenny.

—De que no quisieras seguir ayudándome por culpa de mi relación con Laura —dijo Crystal meneando la cabeza—. Joder, hasta me cruzó por la cabeza que intentaras recuperarla.

—Yo jamás haría algo así —dijo Jenny reclinándose sobre la barandilla y contemplando la hilera de árboles deshojados y pinos que había al frente—. Laura y yo teníamos algunos asuntos sin resolver, eso es todo.

—Ahá —contestó Crystal—. Y ya están totalmente resueltos, ¿no?

—En su mayor parte —dijo Jenny.

—Tú eres la que siempre anda diciendo que los cambios no ocurren de la noche a la mañana —dijo Crystal dándole otra calada al cigarrillo.

Jenny se volvió hacia ella y le sonrió.

—¿Sabes? Odio que utilicen mis propias frases contra mí. —En ese momento hizo una pausa—. Pero es verdad. Laura y yo tenemos una historia importante en común y me resulta difícil verla con otra persona. —Entonces se acercó más a Crystal—. Pero también quiero que sea feliz y me ha dejado muy claro que, para ella, eso significa estar contigo.

—¿Crees que nos irá bien? —preguntó Crystal arrojando con nerviosismo la ceniza al viento.

—Lo que yo crea no importa —dijo Jenny.

—Para mí sí —afirmó con rotundidad Crystal al tiempo que se dirigía hacia la mesa y apagaba el cigarrillo en el cenicero.

—¿Que si creo que vosotras dos tenéis la oportunidad de hacer funcionar esta relación? Por supuesto —dijo Jenny—. ¿Que si creo que va a ser fácil? No. Va a requerir un montón de sacrificios y compromisos por parte de ambas, pero si os queréis lo suficiente, todo valdrá la pena. Y ahora, ¿podemos volver adentro? Me estoy quedando helada.

—Vamos —dijo Crystal, pero sólo dio un paso hacia la puerta antes de detenerse—. Oye, Doc.

—¿Sí?

—Es que… yo pensaba que mi vida era un desastre tan grande que nunca encontraría a nadie que quisiera estar conmigo y mucho menos enamorarse de mí. —Crystal bajó la vista hasta el suelo e hizo una pausa intentando dar con las palabras adecuadas—. Pero… ahora lo veo todo de una manera muy distinta a como lo hacía hace cuatro meses. He… he…

—¿Crecido? —sugirió Jenny.

Crystal, por su parte, se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Lo que intento decir es que eso no hubiera pasado de no ser por ti.

Jenny se acercó más a ella.

—Has sido tú, amiga mía —dijo al tiempo que golpeaba a la joven con un dedo—. Yo no te he hecho cambiar, yo sólo soy la que te ha ayudado a ver que ese cambio era posible. Recuérdalo siempre, eres tú la que vino a mí en busca de ayuda. Tú diste el primer paso. Y ahora… —Cubrió los hombros de Crystal con sus manos—. Vamos adentro antes de que me muera por congelación.

—Gracias —dijo Crystal—. Por todo.

—De nada —respondió Jenny propinándole un fuerte abrazo—. Por si sirve de algo, espero que seáis muy felices.

Crystal la abrazó con más fuerza.

—Sirve de mucho —afirmó en voz baja.

—Bueno, ya es suficiente —dijo Jenny cuando se separaron—. Entremos.

Continuará...

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