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Esta historia ha sido traducida por Mendhi, miembro de Xenafanfics. Cuenta con el permiso de la autora para su traducción y publicación en Internet.

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Las palabras o expresiones escritas entre asteriscos (*) vienen en castellano en el texto original.

La siguiente historia breve de Dar y Kerry ocurre algún tiempo antes del beso en la playa. En algún momento incluso antes de la Tormenta Tropical, o Disney, pero después de su primera cena en el pequeño restaurante tailandés.

:: CORAZONES DESENMASCARADOS ::
(UNMASKED HEARTS)

Por Melissa Good

Estaba a punto de oscurecer, notó Kerry, mientras conducía a casa. Aunque el invierno tenía muy poco significado en Miami, los días eran cortos, y ahora, casi noviembre, cuando estaría tiritando de frío en su casa de Michigan, la única señal visible de la estación era que se estaba oscureciendo más temprano.

Entró a un sitio en el lote afuera de su edificio de departamentos, y se quedó sentada allí por un momento, sólo relajándose. Había sido un duro y largo día en su nuevo trabajo, y todavía estaba tratando de absorber los suficientes conocimientos para hacer las cosas mientras pensaba cómo repartir todas sus nuevas responsabilidades.

A veces… Kerry suspiró para sí misma. Me pregunto si hice lo correcto. Abrió la puerta de su Mustang y salió, jaló su computadora portátil con ella y se la puso al hombro antes de encaminarse para entrar.

—¡Hey, Ker! —la voz de Colleen vino desde la puerta de su propio departamento.

—Hey —Kerry ondeó una mano—. ¿Qué pasa?

La pelirroja trotó hasta encontrarla.

—¿Qué pasa contigo? ¿Ya tan noche?

Kerry se encogió de hombros.

—No realmente…. Sólo tuve una reunión, y luego estuve trabajando un poco con algo de e-mail —echó un vistazo alrededor—. Supongo que perdí la noción del tiempo —¿lo había hecho, realmente? Se preguntó brevemente. Sí, había tenido una reunión, pero pudo haber partido después de eso ¿cierto? ¿Por qué estar sin hacer nada?—. A decir verdad, Dar me mandó a casa. Volvió de tener una sesión informativa con un cliente y me encontró con la cabeza en mi teclado —Kerry estudió sus llaves pensativamente, recordando el pequeño cosquilleo de placer que había sentido sobre el oído por la voz de su jefa.

Bien, quería que su nueva jefa supiera que se estaba esforzando mucho.

—Hm —Colleen hizo una cara—. Hey, ¿quieres ir a cenar? Esta noche es dos por uno en el restaurante Cubano.

Kerry consideró la pregunta.

—Seguro —estuvo de acuerdo—. ¿Pero te digo qué; podemos ir al centro comercial?

Colleen ajustó sus teñidos anteojos para leer y le miró.

—¿El centro comercial? ¿Acabo de escuchar que quieres que vayamos al CENTRO COMERCIAL?

Kerry abrió la puerta y caminó dentro.

—Sí —esperó a que Colleen la siguiera, y luego cerró la puerta detrás de ellas—. No es lo que piensas.

—Buen, espero que no —la pelirroja sonrió abiertamente, se sentó sobre el sofá y cruzó sus tobillos—. La última vez que me pediste que fuera de compras contigo terminamos con esos feos floreros para los que ahora tengo que encontrar flores esponjadas.

Kerry dejó la bolsa de su computadora portátil, y se despojó de su chaqueta mientras iba hacia su dormitorio.

—Tendremos una fiesta de Halloween en el trabajo —explicó—. Se supone que todos deben ir vestidos.

—¿Vestidos? —preguntó Colleen, señalando con el dedo el traje de oficina de Kerry—. Whoa… ¿Entonces debes conseguir un vestido de fiesta para esa cosa?

Kerry bajó el cierre de su falda y se deslizó afuera de ella, entonces se apoyó en el marco de la puerta con sólo su blusa de seda.

—Vestidos con un disfraz —le dirigió una mirada irónica a su amiga—. Ya sabes, ¿como un oso panda o algo?

Colleen la estudió.

—¿Sabes cuántas almohadas necesitarías para llenar un traje de oso panda, macho?

La mujer rodó los ojos, y se hizo hacia entrando a su dormitorio.

—No tantas como solía usar —señaló—. Aumenté tres libras desde que empecé a trabajar en ese lugar —se deslizó en un par de vaqueros gastados y los abrochó.

Un bufido.

—¿Dónde? ¿En tus lóbulos?

Kerry apareció, tirando de una brillante blusa azul.

—Ya está —caminó y se sentó sobre el sofá con sus zapatillas deportivas en las manos—. De todos modos, tengo que encontrar algo para llevar a la cosa esa. Si me ayudas, prepararé la cena. ¿Cómo está éste?

Colleen se rió entre dientes con regocijo.

—Estás bien —se levantó—. Iré a ponerme mis botas, y estaremos en camino —anduvo afuera, dejando que Kerry atara sus cordones en paz.

***

Estaba muy silencioso en la oficina. El aire acondicionado se prendió automáticamente, abanicaba una sola pieza de papel aislada en la bandeja de entrada del escritorio. El protector de pantalla del monitor mostraba animales de selva yendo de un lado a otro de la oscura superficie, ignorados por la figura sentada en la suave silla de cuero.

Ha pasado mucho tiempo. Dar meditó, mientras miraba fijamente afuera de las ventanas cuyo tamaño iba desde el piso hasta el techo. Mucho tiempo desde que sólo se sentaba y observaba la puesta del sol. Dejó a sus ojos seguir la trayectoria de un pequeño velero cortando las olas, luego levantó la taza que sujetaba en ambas manos y tomó un sorbo.

Su intercomunicador zumbó. Dar se giró a medias y lo miró enfadada, entonces golpeó el botón con disgusto.

—¿Sí?

Soy yo, jefa —la voz de Mark emergió—. Tengo algunos nabos pidiéndome que los deje guardar porquería en nuestro armario de cableado en el catorce. ¿Está bien?

—No —Dar frunció el ceño—. ¿Qué es?

Sólo un poco de cosas para fiesta —el director de MIS explicó—. Sombreros negros, y telarañas y porquería.

—Oh —Dar rodó los ojos—. Eso —manifestó un agraviado suspiro—. La última vez que los dejamos guardar algo ahí destruyeron la mitad de los salones de conferencia del piso, con las malditas perchas de cable golpeadas en los sesenta y seis bloques.

Sí. Les dije que si ponen un pie en la pared trasera, tú los aplastarías como a un bicho.

Dar resopló suavemente con irónica diversión.

—¿Se hicieron pipi en la alfombra?

¡Como cachorros recién nacidos!

Otro suspiro.

—Muy bien —Dar se ablandó—. Iré a verlos. Estaba a punto de irme de todos modos —se azuzó a sí misma fuera de la suave comodidad de su silla y quedó de pie, estirando su cuerpo y haciendo una mueca cuando un conocido dolor se hizo en su espalda—. ¿Esos servidores ya están de nuevo en línea?

Aún no —dijo Mark—. Estoy trabajando en eso.

—Sigue trabajando —Dar cortó la comunicación y rodeó su escritorio, recogiendo sus llaves cuando fue hacia la puerta. La mayor parte del piso estaba silencioso, sus ocupantes se habían ido a casa para ese momento, y Dar lo encontró agradablemente tranquilo mientras caminaba silenciosamente sin zapatos sobre la alfombra. El armario hacia el que estaba yendo estaba junto a una de las largas habitaciones de presentación, donde tendrían su fiesta anual de Halloween el día siguiente.

Bah. Dar no estaba encariñada con las fiestas, especialmente una que involucraba a sus compañeros de trabajo ponerse sombreros raros y maquillaje. Con un suspiro, abrió la puerta de la habitación de presentación y anduvo con paso majestuoso hacia dentro, encontrando al equipo de configuración amontonado en una esquina cerca del armario en cuestión.

Eran todos muy jóvenes. Dar los miró con enfado sólo por diversión, y observó cómo se alejaban de la puerta, mirándola nerviosamente cuando se acercó. Algo por poco la golpea en la cabeza y apenas se alcanzó a agachar, se detuvo parar y examinar a la grande y peluda araña colgando del techo. Luego se giró en círculo y examinó la habitación, agitando su cabeza ante los chillones adornos.

Pasó su tarjeta en el lector junto de la puerta y la abrió, caminó hacia atrás y gesticuló ante los trabajadores.

—Entren.

Se deslizaron tímidamente pasando junto a ella dentro de la larga habitación, todos ellos sintiéndose a salvo al final.

Dar levantó una mano.

—Whoa —su nariz vibró ligeramente—. ¿Qué hay ahí? —señaló la bolsa que la mujer estaba llevando.

—Dulces —la mujer respondió, abriendo el saco apresuradamente y exhibiéndolo.

Dar inspeccionó dentro con curiosidad y luego metió una mano tomando un puñado, dando a la mujer una gran sonrisa perversa.

—Mis honorarios —arrastró las palabras, antes de que se retirara, dejando a los trabajadores ojeando afuera de la puerta y observarla irse.

Mm. Dar miró su botín con interés. Caramelos de mantequilla de maní. Desenvolvió uno con su otra mano y rápidamente lo echó en su boca, mascándolo mientras se dirigía hacia atrás a su oficina. Cuando pasó la entrada, sin embargo, se detuvo.

Una vez, había sido una habitación vacía en la que nunca habría mirado dos veces al pasar. Ahora, detrás de la lisa puerta de roble había algo nuevo y diferente. Dar miró con atención a su puñado de golosinas, luego cambió de dirección y pasó su tarjeta de acceso junto a la puerta, escuchando un ligero clic cuando el cerrojo abrió. Empujó el picaporte abierto y entró, dejándolo cerrarse detrás de ella cuando caminó dentro de la oficina de Kerry.

Todavía estaba casi vacía. Reconoció Dar, cuando dejó pasar sus ojos al interior. Pero Kerry le había estado añadiendo pequeños detalles de su personalidad. Dio un paseo alrededor del escritorio, aprobando su ordenada superficie, y se apoyó en la parte de atrás de la silla por un breve momento.

Sus poros nasales vibraron otra vez, detectando los leves rastros del perfume de Kerry sobre la superficie de cuero. Era un olor fresco y ligeramente floral que descubrió que le gustaba.

Impulsivamente, tomó tres de sus golosinas, dejándolos en el centro del escritorio antes de virarse e ir hacia la puerta trasera que daba a su propia oficina.

Se detuvo, con la mano sobre el cerrojo y se giró, se apoyó sobre la puerta y miró atrás para ver la superficie del escritorio con su pequeño ofrecimiento.

—¿Por qué demonios hiciste eso? —se preguntó en voz alta—. No sabes ni siquiera si le gustan.

Los dulces de mantequilla de maní acomodados en pequeño montón no le proveyeron ninguna respuesta.

—Bueno, puede arrojarlos lejos —Dar agitó su cabeza y pasó por la entrada, haciendo su camino de regreso a su oficina y cerrando su puerta interior cuando entró en ella. Sintiéndose curiosamente intranquila, decidió dejar todo por el día y largarse.

Al final, abrochó el pestillo de su computadora portátil y pasó la correa sobre su hombro, mirando sus zapatos de tacón bajo el escritorio con una mirada perversa.

—¿Escándalo o no?

Dar extendió la mano abajo y cogió los zapatos, luego los metió en el saquillo exterior de su bolsa.

—Escándalo.

Con una satisfecha inclinación de cabeza, fue hacia la puerta.

***

—¿Qué tal un gato? —Colleen investigó un poco de maquillaje chillón mientras buscaban entre Burdines—. Te verías linda como un gato, Ker.

—¿Un gato? —Kerry se apoyó sobre el mostrador.

—Sí, dibujas bigotes en tu cara… —Colleen tomó un lápiz morado y hizo la mímica del movimiento—. Te pones una pequeña cola… ¿consigues un leotardo? Podrías llevar eso.

Kerry arrancó el lápiz de sus dedos y lo dejó.

—Nada de gatos —dijo—. Ni gatos, ni murciélagos, ni ratas, ningún mamífero peludo de cualquier tipo, gracias. No quiero parecer un peluche —empujó la caja de vidrio y paseó, buscando algún tipo de inspiración.

—¿Y un estilo escocés? —sugirió Colleen, tocando una falda de tartán.

Kerry lo estudió cautelosamente.

—¿Quieres decir, como una falda escocesa?

—Sí. Camisa blanca, falda de tartán, zapatos de charol… Ya sabes.

La mujer rubia suspiró.

—Pienso que parecería una fugitiva de una escuela secundaria privada —siguió adelante hasta llegar a una sección de ondeantes y fruncidas blusas. Kerry se detuvo y tocó una—. Ahora, ¿qué es a lo que me recuerdan…?

—¿Pastel de limón?

Kerry se río entre dientes, tocando el ligero zurcido en los bordes de los volantes.

—Al quinto grado, en realidad —recordó—. Interpretamos la firma de la Declaración de Independencia en la escuela. Conseguí ser Thomas Jefferson.

—Hm —su amiga lo consideró—. Conoces las nuevas chaquetas que los tipos están usando para las celebraciones de promoción este año… Podrías ir con eso, esto, y un par de pantaloncillos cortos e ir como un revolucionario.

Revolucionario. Una de las cejas rubias de Kerry se levantó. Se imaginó en el conjunto que Colleen estaba describiendo, y decidió que tenía posibilidades. No demasiado estrafalario, definitivamente digno. Por alguna razón, eso era importante para ella desde que toda la compañía iba a estar ahí. Halloween o no Halloween, quería verlo…

Por ninguna razón particular, una idea de Dar destelló en su mente.

Cierto. No quería avergonzar a Dar por escogerla como su nueva ayudante así que quería verse bien.

—Está bien —Kerry decidió—. Puede funcionar —ordenó a través de las fruncidas blusas y seleccionó una de su tamaño—. Puedes encontrar algunos Capris que se vean como de terciopelo?

Colleen se río con disimulo.

—Cariño, esto es Miami. Puedo encontrar Capris que "sean" de terciopelo, en seis colores, con lentejuelas —palmeó a Kerry sobre el hombro—. Regresaré.

—¡Nada de lentejuelas! —Kerry le gritó a su espalda. El lino habría sido más adecuado, pero en la mente de Kerry, si tuviera que llevar pantalones cortos, por lo menos quería llevar un par en que se sintiera bien. Colgó la camisa sobre su brazo, y se dirigió hacia la área característica donde se hallaban las chaquetas de hombres.

Después de un momento de analizar los tamaños, sin embargo, se rió a sí misma irónicamente y fue hacia la sección de niños. Tenían cosas de mejor apariencia de todos modos.

Colleen la alcanzó allí, sujetando dos pares de pantalones suaves, llenos de color. Uno en carmesí y otro en un opulento azul rey. Kerry los tomó, y dos chaquetas, y su camisa, y trotó hacia el probador, los encargados que le dieron un repertorio de raros artículos le dedicaron una mirada a sabiendas sarcástica.

Dentro de la habitación, se quitó sus vaqueros y top y revisó sus elecciones.

—El azul, creo —tuvo que admitir, entrando en los Capris de terciopelo. Los pantalones pequeños llegaban hasta sus rodillas, y le ajustaban ligeramente, pero no demasiado. Kerry indagó los resultados críticamente, se puso la camisa y la abotonó. Lo sobrante quedó dentro de los pantalones, y luego se puso la rica chaqueta de marina de seda sobre todo eso. La chaqueta era suave, pero los pesados pliegues de ésta prolijamente delinearon su cuerpo, y dio a su reflejo una leve inclinación de cabeza antes de que abriera la puerta—. ¿Hey, Col?

Colleen asomó su cabeza por la esquina, y luego caminó dentro del vestíbulo para examinar a su amiga.

—¿Sabes, Kerry? —habló seriamente—. Eso se ve muy bien en ti —caminó más al frente y esponjó los pliegues de la camisa de Kerry, arreglando el ondeante pañuelo—. Necesitas conseguir un prendedor, un cinturón, y uno de esos sombreros de tres lados, y estarás lista.

Kerry puso sus manos sobre las caderas y sonrió abiertamente, muy contenta consigo misma.

—Pienso que sé de un lugar donde conseguir un sombrero —dijo—. Y está justo al lado de ese lugar italiano.

—¡Dispara y anota! —Colleen rió entre dientes, levantando sus pulgares—. ¡Allá vamos, Tommy!

***

Dar no estaba segura por qué había terminado bajando a South Beach. Pudo haber dejado el trabajo, y dirigirse a su hogar pero encontró la idea de sólo ir a su vacío departamento poco atractiva por alguna razón. Así que se había desviado, y condujo sobre la elevada calzada en lugar de entrar en la unidad terminal del trasbordador. Había aparcado en uno de los lotes públicos y sólo empezó a caminar.

Halloween estaba definitivamente en el aire. Sintió una abierta sonrisa tirar de sus labios cuando pasó los cafés al aire libre, adornados con molestos esqueletos y murciélagos ligeramente cómicos, con la rara y genuina calabaza parpadeándole perversamente en la mesa.

—¡Hey, bonita dama!

Tomó un minuto antes de que Dar se diera cuenta de que estuvo andando sin dirección. Había cambiado su ropa de la empresa por un par de vaqueros y una camiseta que había tenido en su bolsa siempre empacada, y no tenía pensado precisamente clavarse en la multitud, pero… Sus ojos se encontraron con los del vendedor ambulante, y sus cejas se levantaron en pregunta.

—¿Qué lleva allí?

—Ponche de Ghool —el hombre sonrió abiertamente, y sujetó un jarro de pl*stico lleno de… Algo… que estaba emitiendo humo y niebla que volteó en el borde de la taza y la mitad oscureció su mano—. Justo lo adecuado para pasar el rato en una noche así.

Dar estudió la invención.

—¿Quién paga la factura de emergencia si se tragan un trozo de hielo seco? —preguntó con curiosidad.

—Por la pajilla —el hombre desenvolvió rápidamente una, eludiendo la pregunta—. Es seguro, sinceramente.

Ah bien, sólo se vive una vez, ¿no?

—Seguro —Dar aceptó el jarro, que tenía la forma como de la cabeza de un esqueleto y pagó al vendedor—. ¿Qué hay adentro aparte de lo obvio?

—Ron, licor de plátano, *coco libre*, un poco de vodka, y limonada.

Dar tomó un sorbo con mucha, mucha cautela, y luego se relajó con la mezcla de desagradables ingredientes probándolo sorprendente al gusto.

—No está mal —dio una gran sonrisa al hombre, y luego siguió adelante, buscando más problemas en los que meterse.

No caminó mucho. Vio interrumpido su camino entre grupos de sonrientes patinadores, ociosa miró un poco de las tiendas de última moda y las boutiques plagadas entre los cafés. Una captó su atención, y paseó cerca para mirar dentro, la diminuta tienda estaba llena con ropa Nativa Americana y artefactos.

Dar siempre había tenido sentimientos ambivalentes acerca de los habitantes originales del estado en el que ahora vivía. Había gastado mucho tiempo en la escuela secundaria estudiando las tribus locales actuales, los Seminolas y Miccosoukee, y los algunos previos, los Tequesta eran todo lo que había, en su opinión personal, fueron ultrajados por los colonizadores blancos que se apoderaron de la zona.

Tener a las tribus ahora recuperando mucho de sus ganancias con circulantes establecimientos de juego siempre le había parecido un poco de justicia divina. Creciendo militarmente, sin embargo, encontró su punto de vista como algo de la minoría, aunque siempre había existido un trasfondo de respeto, y la intriga que giraba en torno a la nativa cultura guerrera.

Exactamente como había estado fascinada con eso cuando era más joven.

Ahora, estaba tocando una hermosa camisa de guerra tribal cerca de la parte frontal de la tienda, se inclinó para confirmar la sustancia que lo constituía era, como sospechó, de espinas de erizo de mar. Meticulosamente limpiado, con aburrida paciencia, hicieron clic entre ellos con un sonido musical que reconoció como semejante a uno que ella había escuchado muchas veces debajo del agua.

—Bonito, ¿huh?

Dar miró hacia arriba, para encontrarse con un sencillo vendedor apoyado sobre el mostrador mirándola. Era alto, aproximadamente de su estatura, y estaban constituidos con similar longitud, largos miembros y cabello oscuro. Imaginó que era por lo menos en parte nativo de ese lugar, sin embargo, no de nacimiento o por elección.

—Nunca había visto que las espinas de erizo de usaran de este modo.

El hombre sonrió abiertamente y caminó. Estaba usando unos raídos vaqueros y botas igualmente gastadas, con una hebilla de cinturón impecablemente tallada centrada en el medio de éste.

—Sí, pensé que era una buena manera de mezclar la tradición con los recursos locales, ¿entiende?

—¿Usted hizo esto? —Dar preguntó.

Asintió.

—Todos dan algo de ese tipo cosas para la tienda. El tipo que es dueño del edificio nos la ofreció sin tener que pagar alquiler, la razón es que hace dinero por el café de al lado. Así que todo es ganancia prácticamente.

—Lindo —Dar miró el artículo detalladamente trabajado, y el par de pantalones de cuero bien curtidos que fueron puestos sobre el maniquí.

—Generalmente sugiero a las chicas visitar la pequeña área de ropa, pero tendría que convencerse —comentó el vendedor.

Gracioso. Dar acaba de pensar la misma cosa, rápidamente le siguió un sopapo mental a la parte posterior de su cabeza como castigo por incluso tenerlo en cuenta.

—¿Qué diablos haría con algo así?

El hombre se encogió de hombros, y se reclinó, cruzando sus brazos sobre el pecho y mirándola con ojos oscuros como el chocolate.

—Podría usarlo en algunos de los clubes de aquí… mejor si luce así.

Dar resopló.

—Creo que sólo quiere hacer una venta —pero echó un vistazo al precio de todos modos.

—Es cierto —sonrió ampliamente—. Pero usted quiere comprarlo, yo sólo estoy haciendo mi trabajo, ¿cierto?

Una idea revoloteó dentro de la mente de Dar, mientras saboreaba la tenue pista de mantequilla de maní en la parte de atrás su lengua. Despacio, una peligrosa sonrisa apareció.

—Muy bien —dirigió sus ojos a los suyos—. Me quedo con el traje entero.

—Genial —no sofocó una triunfante sonrisa, el vendedor cuidadosamente desasió la prenda sin mangas y sin tela en la parte de la espalda cuidadosamente de su puesto y lo colocó sobre su brazo—. Este es entallado, así que puede llevarlo… —la miró por el rabillo del ojo—. Sin nada debajo, si usted quiere.

—Lo sé —Dar lo siguió al registro, mirando rápidamente y seleccionando un par de mocasines blandos también.

Dobló los artículos prolijamente en algunos cuadrados de papel de seda.

—Sabe, tenemos un sistema crédito, si está interesada —sus manos se detuvieron cuando la tarjeta de platino de Dar cayó sobre el papel—. Bueno, quién necesita pagar intereses, ¿correcto? —respetuosamente, levantó la tarjeta y le echó un vistazo antes de sustraerla y la devolvió—. Nombre interesante.

—No fue de mi elección —Dar la guardó. Tomó un sorbo de su macabro jarro mientras esperaba que el recibo se imprimiera, tratando de no pensar qué ridículo fue que considerara no solamente ir a la fiesta de Halloween de la compañía, en primer lugar, pero vestirse para eso…—. Gracias —firmó el boleto cuando se lo presentó, y recogió sus bolsas—. Buena suerte con este lugar.

—No hay problema —el hombre le sonrío—. Sabe, usted podría casi pasar como una nativa, excepto por esos ojos claros —extendió una mano—. Un placer hablar con usted, Paladar.

Dar tomó su mano y le devolvió el saludo, encontrando una mano fuerte y callosa agarrada a la suya.

—Igualmente —respondió brevemente, antes de darse la vuelta y avanzar fuera de la pequeña tienda, paseó por el malecón y se sentó en él para mirar la bolsa en sus manos.

¿Fiesta de Halloween, Dar? ¿Qué diablos te está pasando? ¿No fuiste tú quien le dijo a Kerry, justo hoy, que no ibas a las fiestas de la compañía? —Kerry, por supuesto, esa era la causa por la que ésta sería su primera vez, y la niña aún estaba tratando de quedar bien ante todos. Dar ajustó su cordón del zapato, tirando de él con dedos flojos—. ¿Me pregunto qué llevará ella?

***

Kerry tomó una honda respiración de fresco aire matutino mientras cruzaba el aparcamiento de ILS. Era temprano, a penas pasaba del amanecer, y era una de pocas trabajadoras que ahora entraban en el gran edificio.

—Buenas, Kerry —Duks Draefus apareció repentinamente junto a ella, su gran figura surgiendo inesperadamente de la nada y casi asustándola—. ¿Qué es lo que tienes allí?

Duks era, sabía, relativamente un buen tipo. Era un colega cercano de su jefa, y Kerry también sabía que Dar lo consideraba un amigo. Aunque, ella todavía no lo conocía bien, y él era, después de todo, del mismo rango que Dar.

—Oh, sólo mis fiascos de Halloween, Sr. Draefus —le dijo—. ¿Usted irá a la fiesta?

—Ah —Duks sujetó la puerta cortésmente para ella, y la siguió adentro del edificio. Ambos mostraron sus insignias al guardia, y los dejó pasar, uniéndose a un pequeño conjunto de otros que iban hacia los ascensores—. Me da miedo, he sido forzado a participar en esta rara celebración de antiguos rituales paganos.

Kerry no estaba segura de cómo responder a eso. Prudentemente sólo sonrió, y se reunió con él en el ascensor, esperando que las puertas se cerraran detrás de ellos. En el último momento, una mano se extendió y abrió los deslizantes paneles. Un segundo después, la propietaria de la mano se asomó por la esquina y entró al cubo del elevador, escogiendo un sitio en la pared cerca de Kerry contra la que se reclinó.

—Buenas —Kerry dio la bienvenida a su jefa, añadiendo una sonrisa que le fue devuelta cuando los ojos de Dar encontraron los suyos.

—Ah, y buen día también, Dar —Duks se meció arriba y abajo sobre los talones mientras el ascensor se movía despacio—. Llegas temprano hoy.

Dar vestía un traje gris metálico, con una camisa negra de seda debajo.

—Reunión a las ocho —respondió sucintamente—. ¿Qué es eso? —indicó la bolsa de ropa de Kerry.

—Mi traje —dijo Kerry—. Para la fiesta de esta noche.

Las cejas de Dar trepidaron.

—Me imaginé eso. ¿Qué tipo de traje?

Duks se mantuvo silencioso, sus ojos yendo de una a otra con interés.

—Creo que podemos guardarlo como un secreto —murmuró Kerry, cuando el ascensor alcanzó el decimocuarto piso—. ¿Podemos? Hasta la fiesta, quiero decir.

Dar sujetó la puerta mientras todos salían. Duks agitó la mano y tomó otro camino hacia su propia oficina, mientras que Dar y Kerry siguieron adelante hacia las suyas.

—Ah, pero no iré a la fiesta —Dar recordó a su ayudante—. Además, puedo mantener un secreto.

Kerry se rindió graciosamente, disminuyendo la velocidad mientras se aproximaban a la puerta de la oficina.

—No es… para tanto en verdad. Sólo salí y conseguí algo… Um….

Dar se recargó contra la pared, con los brazos cruzados, una ceja se levantó hasta la línea del cabello.

—¿Qué tan malo puede ser? —preguntó peculiarmente.

¿Por qué demonios estaba con la lengua trabada de repente? Kerry frunció el ceño interiormente, y se dio a sí misma una pequeña sacudida. Era sólo Dar, después de todo.

—No es malo; es un poco divertido, realmente. Es una especie de conjunto de la era revolucionaria, más bien.

Dar inclinó su cabeza a un lado, se intrigó.

—¿Revolucionaria? ¿Como George Washington y todo eso?

Kerry asintió.

—Correcto.

—¿Dónde encontraste la cofia y el mandil?

—Bo… —Kerry se sintió ruborizar inesperadamente—. Oh, no… Um… No es el… es el abrigo, y la camisa con volantes, y…

—Oooh. El atuendo de un hombre —dijo Dar—. Cierto, lo capto —le sonrió abiertamente a Kerry y le dio una palmadita sobre el hombro—. Buena elección —entonces viró y fue hacia su propia oficina, dejando a Kerrison Stuart muy desconcertada detrás de ella.

—¿Qué diablos quiso decir con eso? —Kerry se preguntó en voz alta.

—¿*Pardonamente*, Kerry? —María apareció por una esquina—. ¿Me preguntaste algo?

—Uh… no —Kerry aclaró su garganta—. No, sólo estaba diciendo que iba a conseguir un poco de café, eso es todo —le sonrío a María—. ¡Buenas!

—*Buenos Días*, Kerry —María le sonrío de vuelta, y siguió su camino.

Agitando la cabeza, Kerry entró en su oficina, deteniendo frente a su pequeño armario para esconder su traje camino a su escritorio. El sol estaba entrando a raudales por la ventana, y pasó un momento disfrutando la vista antes de jalar su silla y sentarse. Solamente entonces notó tres papeles plateados envolviendo unos bultos. Curiosa, recogió uno.

—¿Dulce de mantequilla de maní? ¿Cómo llegó aquí? —alguien, por supuesto, debió haberlos dejado, pero…—. ¿Cómo podía alguien saber que adoro estas cosas? —no estaban ahí cuando partió la noche anterior, y ella había sido la última persona en el ala que pudo dejarlos, excepto…

Dar.

Kerry estudió el caramelo seriamente. Entonces lo abrió, olfateó con delicadeza el chocolate cremoso, y lo puso rápidamente en su boca.

—Mm.

Dulce de mantequilla de maní para desayunar, Kerry. ¿Qué tan completa, totalmente aterrador es eso? Terrible. Alegremente, lamió sus dedos, luego se levantó y recuperó su taza, saliendo para conseguir un poco de café para acompañar los bocadillos.

***

Dar entró en su oficina, mirando furiosa la luz del sol de la tarde antes de que tirara de su silla y la reclamara, abrió el cajón de su escritorio y sacó un frasco de aspirinas.

—Estúpidos hijo de puta —maldijo, agitando algunas pastillas y dejó el frasco en el cajón—. No tienen ni el cerebro que Dios le diera a un saltamontes, lo juro.

Su intercomunicador zumbó suavemente.

¿Dar?

—Sí —murmuró Dar—. ¿Qué es, María? —apoyó los codos sobre el escritorio y frotó sus sienes, tratando de aliviar el latido del constante dolor.

Tengo dos mensajes aquí para ti, del Sr. Roesenthal.

—Tengo un teléfono celular, y sabe cómo usarlo —Dar gruñó—. ¿Algo más?

*Si*. Tu almuerzo todavía está aquí, sobre mi escritorio. ¿Quieres que te lo lleve?

Dar hizo una mueca de dolor.

—No —comió bilis con la idea del pan de carne frío—. Pasaré —echó un vistazo a su reloj—. Tengo la reunión con Ops en cinco minutos de todos modos —con un suspiro, se puso de pie y caminó con dificultad hasta el pequeño refrigerador ejecutivo bajo el mostrador en su oficina, abriendo la puerta y retirando una pequeña botella de plástico marrón. La tomó, y a su carpeta de proyecto, y fue hacia la puerta.

El resto de su equipo de operaciones ya estaba ahí cuando llegó a la sala de conferencias. Eso no era sorprendente, en términos generales nadie llegaba tarde a una de sus reuniones de departamento porque ésa era una de las manías de Dar y todos lo sabían.

Así que, no estaba sorprendida de ver la mesa llena cuando abrió la puerta y se hizo de su asiento, la silla al final cerca de la ventana. Se alegró de que ésta era la última reunión del día, y ya había botado su naciente idea de asistir a la fiesta de Halloween, decidiendo sólo irse a casa y tal vez gastar un poco de tiempo en el gimnasio en vez de eso.

Cuando se sentó, echó un vistazo por la mesa y encontró su mirada capturada a mitad de su recorrido por un par de tibios ojos verdes, preocupados. Kerry se sentaba en medio del grupo generalmente, y ahora estaba apoyada sobre sus codos, mirando la cara de Dar y esperando lo que sea que tuviera que decir.

Dar se relajó un poco, y tomó un sorbo de su leche de chocolate.

—Aparte del hecho de que voy a tener que agarrarme a golpes con Eleanor por nuestra rebanada del presupuesto, no tengo nada que valga la pena decirles.

Todos estuvieron callados, digiriendo eso.

—¿Puedo vender boletos? —Mark Polenti habló más fuerte, indecisamente—. Pienso que podría conseguir al menos diez dólares y una gaseosa, aunque fuera sólo durante cinco segundos.

Eso consiguió una risa ahogada de todos, incluso una sonrisa de Dar.

—Ni siquiera —Cherylee Simons le agitó un dedo—. Estaría gritando ¡*No más*! Y corriendo afuera del edificio antes de que empezara siquiera.

—¿No tratarías de arrancarle la oreja con los dientes, o sí, jefa?

Dar reconoció la broma ondeando una mano.

—Bueno, bueno. Es suficiente —posó la barbilla en su puño—. Su turno.

Uno por uno diligentemente informaron sobre los pocos, y algunos otros grandes, éxitos y fracasos. Dar se encontró escuchándolos con mediana atención, sin embargo, sus pensamientos parecían andar en otro lugar. Tomó algunas notas en su agenda de bolsillo, sólo para tener a todos bajo control, y deseó que el día terminara.

Entonces sus ojos fueron capturados por un destellante indicador en su dispositivo de mano, y le echó un vistazo, perpleja, antes de tomarlo y darle un golpecito al cuadro con su bolígrafo.

Una diminuta calabaza apareció.

Dar alzó la mirada y revisó alrededor de la mesa. Varios de su personal llevaban dispositivos de mano, pero solamente una tenía al suyo a la vista y abierto.

Kerry cruzó sus manos en frente de su aparato y aclaró su garganta un poco.

—No tengo mucho que informar por mi parte —dijo suavemente—. Las tres nuevas cuentas que contratamos sólo deben estar listas para la integración de la próxima semana, y tenemos todos sus sitios de inspección listos para Mark —sus ojos se levantaron y encontraron a Dar—. No tenemos los problemas que tuvimos en el asunto de Canadá. Pienso que la gran orden que necesitabas se está redirigiendo por Newfoundland, y debe llegar a Londres mañana por la noche.

Dar le sonrió con gusto.

—Buen trabajo.

Kerry sonrío de vuelta, visiblemente contenta por el elogio.

—Eso es todo con lo que termino —dijo—. Estamos haciendo el servidor de emigración para la próxima semana para Australia. Pienso que estamos listos —sus ojos pasaron a Mark—. Estamos listos, ¿cierto?

—Puedes apostar —Mark estuvo de acuerdo—. Trescientos servidores, dos tubos grandes, seis administradores, no pueden esperar. Sólo necesitamos un nombre para el proyecto.

—¿Qué les parece Calabaza? —Dar habló arrastrando las palabras, manteniendo la mirada sobre el rostro de Kerry. La mujer rubia resplandeció en una gran sonrisa ligeramente avergonzada, mientras sus dedos hacían girar su lapicero un poco nerviosa—. Me gusta ese.

Mark se encogió de hombros.

—Seguro. Adecuado para la ocasión —garabateó algo sobre su tablero—. Entonces es Calabaza, jefa —revolvió unos papeles—. Por mi parte, estamos principalmente bien, excepto que todas las cajas fueron al departamento de ventas.

—¿Qué? —ladró Dar—. Sólo consiguieron un ciento. ¿Qué diablos están haciendo con ellas, usándolas como macetas?

—Nuse.

—INVESTÍGALO —Dar gruñó—. Ese tonto de José probablemente está permitiéndole a sus favoritos que se las lleven a su casa. Tendré sus *cojones* sobre una bandeja si lo permite.

—Veré qué es lo que puedo averiguar —Kerry agregó suavemente—. Tendré una reunión con ellos mañana por la mañana —aclaró de nuevo su garganta—. Pero haré, um… que deje sus c… *cojones* donde están, a menos que tú realmente, realmente los quieras.

Hubo un momento de honesta sorpresa en el grupo. Kerry había estado con ellos muy poco tiempo, no se había aventurado dentro del familiar lenguaje con ninguno del equipo, además de Dar. La observaron con curiosidad, y luego todos miraron a Dar esperando su reacción.

Dar exhaló, frunciendo sus labios mientras pensaba seriamente considerando la pregunta. Luego se encogió de hombros.

—Demonios. Incluso si los petrificara, solamente serían del tamaño de canicas. ¿Por qué preocuparse? —sus ojos azules destellaron gentilmente hacia Kerry—. Ve si puedes conseguir que alguien además de él te diga la verdad. Sé que le da incentivos a su mejor gente… Y no me importa, pero los reemplazos tienen que venir de su presupuesto.

—Muy bien —asintió Kerry.

—Eso es —Dar se empujó hacia atrás desde la mesa—. Los veré mañana —se levantó y se dirigió a la puerta, sin mirar atrás.

La atmósfera en la habitación se relajó palpablemente tan pronto como Dar se fue. Todos se reclinaron y estiraron, algunos tomaron notas y acomodaron cosas dentro de sus maletines.

—Diantres, la gran D estaba gruñona hoy —suspiró Cherylee.

—Como que hay algo diferente —remarcó uno de los asistentes, irónicamente—. Nunca la había visto de buen humor. ¿Cómo puedes decirlo?

Cherylee hizo sonar la lengua y rodó los ojos.

—Cierto… cierto… —dio una mirada a Kerry—. Eres afortunada, creo. Le gustas.

—Oh. Síp.

—Hey, sólo hago lo que debo hacer —Kerry sacudió una mano en negación—. No tiene nada que ver con la suerte o con que le guste.

—Tiene razón —Intercedió Mark suavemente—. Ella sabe de esa mierda, y la gran D lo sabe también. Eso es todo lo que ocurre, ustedes lo saben.

—Debes saberlo —le dijo Cherylee—. Tú eres su chico favorito.

—Conozco mi propia mierda —extendió las manos, irradiando confianza—. Y nunca trato de ganármela. Ahí es donde tú eres un asno derribado, Chery —dijo—. Ella sabe cada vez que tratas de poner un poco de azúcar sobre algo.

—Sí, sí —la mujer se levantó—. Bueno, voy a conseguir mi sombrero para la fiesta —echó un vistazo a Kerry—. ¿Vas?

Kerry asintió, mientras guardaba sus notas.

—Sí, no me lo perdería.

—Ooh… Primera vez en cinco años que tendremos alguien de Ops Exec ahí —Cherylee se río—. ¿Alguien trae una cámara?

***

Kerry decidió relajarse con una taza de té antes de vestirse con su traje para la fiesta. Golpeó debajo de su escritorio con los zapatos y se reclinó, acunando la taza entre sus manos y bebiendo a sorbos de él.

Había sido un muy buen día. Había conseguido hacer la mayor parte de su lista de tareas antes de comer, y se dio cuenta de que se estaba acostumbrando al ritmo de trabajo mucho más rápido de ILS. Se adaptaba bien, a decir verdad. Kerry se percató de estar disfrutando el desafío la mayor parte del tiempo, aunque había veces cuando se sentía un poco abrumada.

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