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Uber » Índice de fics de Melissa Good » Alerta de huracán » 01
Esta historia ha sido
traducida por Maui (Goyur), miembro de Xenafanfics,
y cuenta con el permiso de la autora para
su traducción y publicación
en Internet.
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de nuestro grupo de traducción de
fan fictions de «Xena, Warrior
Princess», escribe un e-mail
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NOTA DEL REVISOR:
Las
palabras o expresiones escritas entre
asteriscos vienen en castellano en el
original.
-
Las
frases en cursiva expresan que la persona
que las pronuncia se encuentra al otro
lado de una conversación telefónica
y, por tanto, no está físicamente
presente en la escena.
ACLARACIONES:
Nop, ninguna. Personajes,
ciudad natal, seudo-compañía…
todo es mío. Y esto es un Über,
una historia con dos personajes de una historia
anterior llamada «Tormenta
Tropical». Dar Roberts es
la Vicepresidenta de Operaciones de una
corporación de servicios informáticos
internacionalmente conocida. Kerry Stuart
es su ayudante y protegida.
Ambas se gustan.
El texto contiene un
poco de violencia, palabrotas, actividad
sexual y patatas fritas con salsa…
pero todo ello muy, muy suave.
Bueno. Pero no importa…
:: ALERTA
DE HURACÁN ::
(HURRICANE WATCH)
Por
Melissa Good.
PRIMERA PARTE
La oficina estaba prácticamente
en silencio, atravesada sólo por el
débil rasguñar de una pluma
sobre el papel y el suave y característico
murmullo de un ordenador al fondo. La decoración
de la estancia se basaba en un juego de cálidos
tonos caoba, con una pequeña mesa de
conferencias rodeada de sillas por uno de
los lados, una mesita discreta sobre la que
reposaba una jarra de agua y un conjunto de
vasos, y el escritorio frente a una gran ventana
que cubría toda la pared y ofrecía
una amplia vista del horizonte: el océano
Atlántico, agitado y de un tono azul
verdoso.
Tras el escritorio, una
mujer alta y morena ataviada con una falda
gris bastante conservadora, una camisa blanca
de seda y las mangas por encima de los codos
dejando al descubierto sus brazos morenos
y torneados. El respaldo de la silla oculto
bajo la chaqueta a juego y la morena cabeza
apoyada en el puño, mientras la otra
mano sostenía y manejaba afanosamente
una elegante pluma. Terminó con uno
de los folios y lo dobló, dejándolo
junto al pequeño acuario en el que
dos peces siameses nadaban lánguidamente,
dirigiendo ocasionales miradas a la dueña
de la mesa.
—Y van doce. Quedan
dieciocho. —Dar suspiró rozándose
el mentón con el extremo de la pluma—.
Las evaluaciones del personal deberían
llevar mucho tiempo hechas. —Se detuvo
un momento y pulsó uno de los botones
de su aparatoso teléfono—. ¿Mari?
—¿Sí…?
Hola, Dar. Buenas tardes. —La voz
de la Directora de Personal surgió
relajada y amistosa al otro lado de la línea.
—¿Me puedes
explicar por qué no hay forma de que
una de las mayores compañías
de IS del mundo tenga las condenadas evaluaciones
de su plantilla en la Intranet? —preguntó
Dar con irritación—. ¿Sabes
el tiempo que nos ahorraría?
—Ah, Dar…
—Mariana suspiró como si llevara
todo el día respondiendo a la misma
pregunta, y de hecho así era—.
Si lo hiciésemos así, ¿cómo
demostraríamos la cláusula de
la normativa que exige que todos nuestros
altos directivos sepan escribir a mano?
—contraatacó—. Y ya
que sacas el tema… no deberías
quejarte tanto. Sólo eres directamente
responsable de treinta personas. Piensa en
José. Él tiene doscientas.
Dar lo consideró,
mordiendo el extremo de la pluma.
—Tienes razón.
Ya sólo esa idea me hace sentir mucho
mejor. —Se rió entre dientes—.
Debe estar tirándose de los pelos…
literalmente.
—No bromees
—suspiró Mari—. En
realidad, la razón de que no estén
preparadas las evaluaciones es que había
ciertas reticencias en Seguridad. Desde la
Intranet cualquiera podría tener acceso.
—Oh. —Se
tomó unos segundos para considerar
también este nuevo dato—. Entonces…
supongo que no debería mencionar el
hecho de que acabo de pasar por la sala de
impresoras y que uno de esos chismes estaba
escupiendo las evaluaciones de José
a diestro y siniestro, ¿verdad?
Mari suspiró con
disgusto al otro lado del auricular.
—Era como una de
nuestras comidas de empresa. —Dar empezó
a dirigir muecas al teléfono—.
Todo el mundo mirando de reojo…
—¿Y
no hiciste nada? Dar… se supone que
eres la responsable de Gerencia ahí.
—La voz de su homóloga de la
sección de Personal empezaba a sonar
irritada.
—Eh… ¿Cómo
iba yo a saber que no se trataba de un incentivo
para incrementar las ventas? —preguntó
Dar razonablemente—. Después
de todo, yo estoy haciendo las mías
a mano.
—Jesús…
Está bien, de todas formas me vendrá
bien un café. Ya me paso yo —resolvió
Mariana con un suspiro—. ¿Cómo
lo llevas?
—Estoy a la mitad
—mintió Dar.
—Ya veo…
—La voz de la mujer denotó la
más completa de las incredulidades—.
¿Por qué siempre esperáis
hasta el último minuto?
—¡¡¡Porque
esto es como un dolor en el culo, Mari!!!
—respondió Dar exasperadamente—.
¡Dile a Plano que entre en el siglo
XXI como todos los demás y suba todo
esto de una maldita vez! ¡Si hicieran
las cosas bien no habría problemas
de seguridad!
—¿Puedes
deletrear eso, Dar? Seguro que les encantaría
el fax —respondió Mariana
con voz seria—. De acuerdo…
pondré una recomendación, otras
más, para que hagan los informes virtuales.
—Gracias —respondió
Dar malhumorada—. Tengo que dejarte.
—Colgó el teléfono y retomó
su tarea. Cada una de las evaluaciones constaba
de cincuenta categorías con las que
calificar a sus empleados, y también
una sección de comentarios en la que
por norma había que poner algo—.
Por el amor de Dios… —Suspiró
resignadamente recolocando los folios—.
¿No les bastaría con un papelito
que dijera "si no te despido es porque
trabajas bien"? —Dijo esto último
dirigiéndose a los peces, que le respondieron
meneando las aletas—. No, supongo que
no. —Devolvió su atención
a los papeles, escogió un fruto seco
de su taza color azul cobalto y lo mordisqueó.
En ese momento, un golpecito
a la entrada le hizo adorar repentinamente
las interrupciones.
—Adelante —dijo
en voz alta, viendo asomar a continuación
la cabeza de su secretaria tras la puerta
entreabierta—. María… ¿tenemos
ya los informes de Marketing?
La mujer, madura y bajita,
sacudió la cabeza.
—Nada …
y van tres veces que llamo al departamento.
—Avanzó sobre el suelo alfombrado
y colocó varias carpetas en el archivo
de Dar—. Tres cuentas nuevas. Kerrisita
va a tener una semana ajetreada.
—Sí…
—concordó Dar. La simple mención
de su ayudante le trajo una inconsciente sonrisa
a la cara—. Depende… —Marcó
con velocidad aprendida un número en
el teléfono. Sonó dos veces
y a continuación, una voz animada—.
Necesito hablar con José —comenzó
Dar secamente.
—Lo siento…
en este momento está reunido —fue
la respuesta del otro lado.
—Dígale
que salga y que se ponga al teléfono
o estaré allí en treinta segundos
—afirmó dejando caer el tono
de su voz.
Silencio.
—Un momento,
por favor.
Dar esperó, mirando
el reloj con un gesto exagerado. Por su parte,
María se cubrió la boca para
evitar que se le escapase la risa. Veintisiete
segundos después alguien diferente
apareció al otro lado del auricular.
—¿Qué
diablos quieres, Dar? —gruñó
el Vicepresidente de Marketing.
—Necesito los informes
—respondió Dar con el mismo talante—.
Y francamente no puedo permitirme perder el
tiempo que supondría que mi gente persiguiese
a la tuya por todo el maldito edificio y se
los sacase por las malas.
En el silencio, pudo
oír la respiración pesada de
él. Esperó pasando unos cuantos
comentarios más a la hoja que tenía
a medias mientras mordisqueaba otro fruto
seco.
—Estoy esperando
—dijo con dureza.
—Pues espera
un poco más. —La línea
se convirtió en música.
Dar tarareó escogiendo
una nuez y empujando la taza hacia María.
—¿Quieres?
La secretaria aceptó
la oferta escogiendo un pedazo de albaricoque,
sonriendo internamente ante el repentino gusto
de su jefa por los aperitivos saludables en
lugar de sus habituales chocolatinas.
—Los tendrás
ahí en cinco minutos —afirmó
la voz de José en cuanto volvió
a ponerse—. Y deja ya de asustar
a mi personal.
—Si hicieran su
trabajo no tendría que llamarte, ¿no
crees? —replicó Dar suavemente
antes de colgar—. Subnormal —murmuró
sacudiendo la cabeza—. Bien… si
no tienes esos informes a tiempo en tu mesa,
ven a verme.
—Sí
… Dar, ¿has visto al nuevo ayudante
del Sr. José? —añadió
María bajando la voz—. No soy
de las que van por ahí chismorreando,
pero dos personas me han dicho ya que es un
tipo realmente astuto y que los dos están
tramando… ¿Cómo se dice?
Ir contra ti.
Dar se inclinó
sobre los codos, jugueteó con la pluma
que tenía en la mano y la miró.
—Yo he oído
lo mismo. —Sus intensos y claros ojos
azules miraron a María—. Kerry
está en una reunión con él
y con Eleanor ahora mismo. De hecho…
fue él quien puso en cuestión
los proyectos de las instalaciones para este
año.
—Dios mío
—dijo la mujer mayor con el ceño
fruncido—. Habrá problemas, ¿verdad?
Ella asintió lentamente.
—El Sr. Fabricini
y yo nos conocemos desde hace tiempo —comentó
calmadamente la ejecutiva—. De hecho,
éramos amigos. —Y de hecho también,
un antiguo compañero de clase cuya
contratación había supuesto
una desagradable sorpresa para ellas al regreso
de vacaciones—. Pero aquello se acabó
—confesó al fin con franqueza—.
Podría ponerse bastante feo, sí.
María suspiró.
—Eso no es bueno
—dijo arrugando la frente una vez más—.
¿Por qué no podrán simplemente
venir, hacer su trabajo e irse a casa…
en lugar de estar todo el día buscando
problemas? —Exhaló—. Pobre
Kerrisita, sola con esos dos.
Una silenciosa sonrisa
asomó al rostro de Dar.
—Ella es fuerte…
estará bien, María —afirmó
para tranquilizar a su secretaria—.
Escucha, sé que tengo una reunión
con el comité ejecutivo después
del almuerzo, pero ¿podemos cambiar
lo del informe del cliente ese para mañana
o sigue planeada para las cuatro?
—Lo comprobaré.
—María se dirigió hacia
la puerta—. Y te mantendré al
tanto de lo de los informes.
—Gracias —dijo
soltando un suspiro. Volvió a concentrarse
por un minuto y luego dejó caer la
pluma y se reclinó en su sillón
con ojos pensativos.
Así que era cierto.
Hasta Maria estaba enterada. Dar sintió
una familiar frustración creciendo
en su interior, accionada por el entristecido
comentario de la mujer. ¿Por qué
simplemente no podían aparecer y hacer
su trabajo? Su primer encuentro le aclaró
que Steven Fabricini había sido contratado
específicamente porque conocía
a Dar, y José esperaba que aquello
le proporcionase ciertas ventajas en la sala
de reuniones.
No es que no estuviera
cualificado, meditó Dar. Incluso bastante
más que José, en su más
honesta opinión. Pero también
tenía menos escrúpulos que aquel
cubano fanfarrón, era más despiadado
y mucho más agresivo si lo tenías
como enemigo.
Igual que ella, si quería
ver las cosas muy objetivamente, y en tal
caso la decisión de José no
había sido mala para sus propósitos.
En cualquier caso, su
primer encuentro no había ido bien.
"—Hola Steven.
—Dar permaneció quieta tras su
escritorio, con las manos sobre el mismo,.
cuando él entró.
—Vaya, vaya, vaya…
Mira lo que tenemos aquí. Pero si es
mi antigua mejor compinche, Dar Roberts —comenzó
Steven avanzando con pavonería, cerrando
la puerta tras él y cruzando la habitación.
No había cambiado mucho: alto, de constitución
delgada, similar a la de un corredor de fondo,
y pelo tupido y oscuro. Sus ojos pardos no
dudaron en estudiarla mientras se acercaba,
con una pulida sonrisa ya en su rostro para
cuando le tendió la mano—. Ha
pasado mucho tiempo, ¿verdad?
"No el suficiente",
casi respondió Dar mientras aceptaba
el gesto con desgana y se lo devolvía
con un poco más de fuerza de lo normal.
—Así es
—contestó ella en tono neutral—.
Creo que la última vez que te vi fue
justo después de que te expulsaran
de la Facultad en el último semestre.
—Mm… sí,
y tú disfrutaste maquinando todo aquello,
¿verdad? —El hombre rió
entre dientes—. Pero está bien…
sin resentimientos… después de
todo, las cosas no ha ido tan mal, ¿verdad?
Aquí estamos los dos —dijo abriendo
los brazos—. Mi oficina no es tan agradable
como esta, pero… —se interrumpió,
posando los ojos en ella—. Quizá
eso cambie pronto.
Dar se limitó
a levantar una ceja, negándose a picar
el anzuelo.
—Bueno, te deseo
suerte —concluyó ella manteniendo
una expresión pétrea.
En ese momento resonaron
unos golpecitos de la puerta interior y ella
mandó entrar alzando la voz, girando
a medias la cabeza para observar el reloj
al tiempo que Kerry aparecía. La mujer
rubia atravesó el haz de luz solar
que se vertía por la ventana y se pasó
la mano por el pelo, destacando aún
más su ya de por sí agraciada
constitución.
—Tengo los informes
—dijo ella, dirigiendo a Steven una
mirada curiosa y centrando luego su atención
en Dar—. Ese centro de Nueva York va
a ser casi imposible de completar… Nynex
tiene proyectados otros sesenta días
antes de arrancar los circuitos.
—No es suficiente
—dijo Dar concisamente—. Veré
qué puedo hacer. —Luego se giró
hacia el lugar que ocupaba un visiblemente
interesado Steven—. Kerry, éste
es Steven Fabricini, el nuevo ayudante de
José —le presentó—.
Kerry Stuart, mi mano derecha.
Kerry casi… casi
había sonreído ante aquel comentario.
A Dar no le había pasado desapercibido
cierto brillo en los ojos de la mujer al tenderle
cortésmente la mano a su visitante.
—Un placer.
—Lo mismo digo.
Sin duda. —Habló dejando caer
cada palabra y dedicándole una encantadora
sonrisa—. Trabajaremos muy bien juntos,
estoy seguro.
Kerry se limitó
a hacer una inclinación de cabeza,
después se giró y se deslizó
fuera de la habitación dejándolos
solos otra vez.
—Vaya, vaya…
Dar, vieja amiga… ciertamente tu gusto
ha mejorado —rió Steven—.
Es una preciosidad.
Ella consiguió
frenar la rabia que pugnaba por salir de su
interior, aunque casi demasiado tarde.
—Steven, esto es
una compañía EEDC, y nos lo
tomamos muy en serio. Deberías guardarte
ese tipo de comentarios para ti, porque no
creo que le interesen a nadie más.
—Oh, vamos Dar.
—Se levantó con aquella obscena
sonrisa aún pintada en la cara—.
Tienes ciegos a todos los de aquí con
esa actitud de "bésame el culo"…
pero yo no voy a caer en la trampa. —La
apuntó con el dedo—. Te conozco…
y así es como te voy a hundir.
Dar lo miró fríamente.
—Steven, ya no
soy la persona que conociste. Ten cuidado
y no prometas cosas que luego no puedas cumplir.
El rió y se marchó
por donde había venido."
Desde entonces se habían
lanzado unas cuantas puñaladas, culminando
en un desafío formal, un par de días
antes, en lo referente a las negociaciones
adicionales al proyecto que habían
estructurado antes del final del último
año. Ella sabía que Steven buscaba
lucirse ante José, y aquello le suponía
una oportunidad para atacarla. Por eso revisó
la información y envió a Kerry
a la reunión en su lugar.
Se preguntaba cómo
le iría.
***
La sala de reuniones
era pequeña, sólo una mesa ovalada
con seis sillas y una pizarra blanca detrás
de una cortina beige. En aquel momento, cuatro
personas estaban sentadas a la mesa. Tres
de ellas mirando fijamente a la cuarta: una
mujer de mediana estatura, pelo rubio y claros
ojos verdes. Llevaba una sencilla falda azul
oscuro y un jersey de lana a juego que contrastaba
con los trajes de ejecutivo y las resplandeciente
falda y chaqueta rojas de sus acompañantes.
—Lo siento…
creo que no he entendido bien la pregunta
—especificó Kerry haciendo girar
el bolígrafo entre sus dedos y observando
pacientemente el otro lado de la mesa. José,
Eleanor y Steven completaban el círculo,
y Kerry tenía la desagradable sensación
de ser un conejo encerrado en una jaula…
con tres serpientes hambrientas.
"Afortunadamente",
pensó para sí, "los conejos
tienen uñas y dientes para usarlos
cuando es necesario".
—¿Qué
tienen que ver media docena de directivas
que ni siquiera fueron aprobadas con los proyectos
del año pasado?
Obviamente Steven Fabricini
se había enfadado por el hecho de que
Dar la enviara a ella en su lugar, reparó
Kerry, pero comprendía por qué
lo había hecho… Ella tenía
las respuestas a sus preguntas, y además
aquella vuelta de tuerca impedía que
la reunión se convirtiese en un debate
en el que Dar se vería forzada a estar
a la defensiva, atacada sin tregua por los
tres responsables de Ventas y Comercio.
En aquel momento, Steven
se levantó y fue hacia la pizarra blanca.
—Bien, tal y como
yo lo veo… si pretendemos tener semejante
potencial, los de Financiación están
obligados a ponernos banda ancha para que
podamos cerrar acuerdos —dijo abriendo
los brazos—. ¿Qué necesitas
entender?
Kerry inclinó
la cabeza.
—Eso es como decir
que vas a comprar seis hamburguesas del McDonalds
por si te entra hambre alguna vez en tu vida
—replicó ella—. La petición
del cambio de banda está basado en
una fórmula que relaciona el rendimiento
de vuestro departamento en los últimos
años… Si queréis que eso
cambie, tendréis que conseguir más
contratos, porque nadie va a proporcionaros
circuitos más complejos sólo
con la remota posibilidad de un "supuesto"
liderazgo. —Consultó la información
que Dar había impreso para ella—.
De acuerdo con las proyecciones de los últimos
cinco años, la infraestructura está
aumentando la adquisición de circuitos
basados en nuevas cuentas en un diez por ciento
proporcional. —Levantó la mirada—.
¿Pretendes decirme que conseguiríais
más cuentas de lo que está aquí
escrito?
—¡No tenemos
ni idea! —exclamó José
alzando las manos—. Pero no podemos
negociar sin la banda que nos permita atender
sus demandas inmediatamente.
—¿No lo
ves, Kerry? —añadió Eleanor
suavemente, sonriéndole—. No
tenemos un chip regateador.
—Ah —dijo
Kerry cruzando las manos sobre los papeles—.
Bien… entonces, ¿qué pasa
si no añadimos esas cuentas y acabamos
el año con un balance negativo que,
digamos, tenemos que compensar?
—¿Lo ves?
Ese es tu problema, cielo… No puedes
pensar así… Tienes que ser más
positiva —le dijo Steven apuntándola
con el marcador—. Tu conservadurismo
te ciega… y eso destruye tu potencial
para avistar nuevos negocios.
Kerry apoyó la
barbilla en una mano.
—No… simplemente
estamos siguiendo los principios preestablecidos
para nuevos negocios, y asentados por la corporación
en Plano. Si tenéis alguna cuestión
que debatir acerca de esa estructuración,
id con ella a Les Roesenthal, ya que el modelo
es suyo. —Jugaba sus cartas con la mayor
elegancia—. Y esas cinco cuentas que
echáis a suertes en este resultado
no se adhieren a ese modelo… De hecho,
dos de ellas muestran un significativo potencial
de nuestra cantidad desperdiciado en la dimensión
total considerada, a pesar de los beneficios
que obtendríais por la firma. —Su
voz era gentil y casi encantadora—.
Pero, como podéis ver, realmente no
estoy convencida de que debamos ir a Infraestructuras
con esto y pedirles que aceleren su programa.
—Se levantó—. Y ahora si
me perdonáis, tengo un almuerzo en
mi agenda al que debo llegar en veinte minutos.
José agarró
sus papeles y salió con aire enfurecido.
Eleanor le siguió, dejando a Steven
y a Kerry solos en la sala.
—Eres bastante
audaz —dijo el acercándose.
Unos ojos verde mar lo
miraron fijamente.
—Gracias. —Recogió
sus papeles—. Si me disculpas…
—Ey… ey…
espera. —Steven rodeó la mesa
y se reclinó sobre el borde—.
No voy a morderte. —Sonrió—.
A menos que quieras, claro. —Golpeó
los papeles con la punta del dedo—.
No hace falta que te muestres tan hostil…
estamos en el mismo bando, ¿recuerdas?
—¿Lo estamos?
—preguntó Kerry—. ¿Entonces
por qué acusas a nuestro departamento
de sabotear deliberadamente el tuyo? —Levantó
un e-mail impreso—. ¿O no fuiste
tú quien escribió esto?
—Oh, vamos…
—protestó Steven perezosamente—.
Es sólo un juego… relájate
—dijo golpeándole el brazo con
su rollo de papeles—. Los dos somos
nuevos en esto, ¿verdad?
—Más o menos
—respondió Kerry, relajándose
ligeramente.
—Entonces…
podemos hablar… Mira, no estoy aquí
para buscar problemas. Sólo quiero
dar lo mejor de mí para empezar rápido
con algunas ventas… Se trata de que
todos salgamos beneficiados, ¿recuerdas?
—dijo levantando las cejas—. Nos
podemos ayudar mutuamente… las cosas
están un poco estancadas… y si
trabajamos juntos, tal vez podamos darles
un empujón.
Kerry lo estudió.
Era atractivo, él lo sabía,
y a ella no le pasó desapercibido el
encanto de su cautivante sonrisa.
—Será un
placer ayudarte en lo que pueda —contestó
Kerry, manteniendo un cierto grado de cautela—.
Siempre y cuando no suponga comprometer nuestras
normas.
Fue ese el momento que
él eligió para acercársele,
con un movimiento aparentemente casual.
—Ah… Kerry…
¿crees que te pediría algo semejante?
—dijo sonriendo—. Pero tienes
un almuerzo en tu agenda… Tal vez podríamos
ir juntos a comer algo en la cafetería
y seguir con la conversación…
¿Qué te parece?
Steven capturó
sus ojos y sus labios se contrajeron ligeramente.
—De acuerdo —dijo
la mujer con tranquilidad—. Estaría
bien. —Volvió a recoger sus papeles
y le obsequió con una sonrisa gentil—.
Tengo que irme… llego tarde a la reunión.
Él, por su parte,
le guiñó un ojo.
—Ve, cielo…
ya nos veremos.
Sus ojos la siguieron
hasta que salió del cuarto y acto seguido
su sonrisa de convirtió en una carcajada
leve y gutural.
—Hay más
de una manera de arrancarle los colmillos
a un gato, Dar… Y tú has cometido
un error. Uno muy grande.
***
La cafetería estaba
completamente abarrotada por los que almorzaban
temprano. Personas que entraban antes de las
ocho y ya hacia el mediodía estaban
muertos de hambre. Kerry levantó su
bandeja y echó un vistazo a la sala
hasta que localizó a María y
a unas cuantas mujeres mayores sentadas de
espaldas a una ventana, desde la cual se veía
el océano.
—Hola —las
saludó, colocando su comida frente
a una silla vacía—. Parece que
va a llover.
—Sí
—concordó María, mirando
las amenazadoras nubes de fuera— ¿Cómo
estás, Kerrisita? ¿Fue bien
la reunión?
Kerry asintió
y cogió sus cubiertos.
—Más o menos.
—Bebió un sorbo de té
helado y pinchó con el tenedor un poco
de lechuga—. Hemos acordado que no estamos
de acuerdo en nada… ya sabes cómo
son estas cosas. —Dirigió una
mirada irónica a la mujer y luego en
derredor con indiferencia—. ¿Han
vuelto a secuestrar a la jefa?
Esta vez fue María
la que asintió.
—Sí
… Una conferencia desde Francia…
me pidió que le llevase un sándwich.
Kerry soltó una
carcajada y sacudió la cabeza, pero
no dijo nada. El resto de los ocupantes de
la mesa hablaban del último episodio
de una famosa serie de televisión,
así que se unió a la conversación
con su jovialidad habitual.
—Supongo que la
luna de miel se acabó. —El comentario,
indiferentemente sarcástico, hizo que
Duks levantara la cabeza y mirara con frialdad
a quien acababa de hablar.
—¿Perdona?
La Administradora de
Finanzas, Selene Advosan, se inclinó
más hacia ellas.
—Vamos, Duks…
al principio, ella y la princesa de hielo
estaban más unidas que un corcho a
una botella de champagne… No las he
visto almorzar juntas desde Año Nuevo…
Sólo fue cosa de "la novedad".
El Vicepresidente de
Finanzas masticó su sándwich
de carne en conserva con aire pensativo.
—Ni me había
dado cuenta. —Se encogió de hombros,
luego miró hacia Kerry, quien se encontraba
a sus anchas con sus compañeras de
mesa y se reía con ganas por algún
comentario de María—. Puede que
sólo estén ocupadas… De
todas formas, Dar nunca baja aquí a
comer… y parece que se llevan bien.
—Sí…
pero aun así creo que está pasando
algo interesante —opinó Selene
con un suspiro—. Debí haberlo
imaginado… Dar está fuera de
la competición.
—Mmm… —Para
entonces, Duks dejó de prestarle atención
al tema y se concentró en su almuerzo.
Al terminar, Kerry llevó
su bandeja fuera y se unió a María
justo en el momento en que la secretaria estaba
pidiendo un sándwich para su jefa,
estudiando las posibles opciones y mirando
de un lado a otro del mostrador.
—¿Tú
qué opinas? ¿Ensalada de pollo?
—preguntó frunciendo el ceño.
—Paté de
atún con pan de pasas —Murmuró
Kerry—. Y patatas fritas.
—Puaj… —María
se estremeció dirigiéndole una
mirada realmente aterrada. La joven simplemente
se encogió de hombros y sonrió—.
Dios mío… En fin…
—Pidió el sándwich y también
varias servilletas. Luego agarró la
bolsa que le alargaba la cajera y, con una
pequeña carcajada, siguió a
Kerry hacia el ascensor de personal, ya ocupado
por varios empleados. En el último
instante, el sonido de unos pasos apresurados
por el pasillo y una mano que detuvo las puertas
deslizantes dejó paso a Steven Fabricini,
que se sumó a los ocupantes del reducido
espacio.
—¡Vaya, hola!
—exclamó abriéndose paso
entre el cartero y dos auxiliares administrativas
y optando por apoyarse contra la misma pared
que Kerry—. ¿Qué tal el
almuerzo?
—Bien, gracias
—respondió ella con calma—.
En realidad la cafetería no es mala…
o al menos, mejor que muchos de los restaurantes
de por aquí…
—Ah… —El
hombre mantuvo un aire distraído cuando
las puertas se abrieron por primera vez para
dejar salir a una de las mujeres—. ¿Vives
por la zona?
—En Kendall —dijo
Kerry con amabilidad.
—Ey… ¡yo
también! —Steven sonrió—.
Mi edificio es bastante normal… pero
era eso o allá arriba, en Miramar.
—Luego levantó la mirada mientras
salían el cartero y la otras mujeres—.
Parece que vamos al mismo sitio —observó,
dándose cuenta de que el botón
con el número quince era el único
que quedaba encendido.
—Eso parece…
—dijo Kerry mirándolo de arriba
abajo—. ¿En qué parte
de Kendall vives exactamente?
—Es muy agradable…
con un club y cosas así —respondió
él cruzándose de brazos.
—No queda lejos
de la mía… Tiene buena pinta.
Cuando vamos a patinar siempre bajamos hasta
esa pequeña panadería que hay
en la esquina del paseo —comentó
la mujer.
—Ey… yo patino
mucho —aventuró Steven sonriendo—.
Quizás choquemos algún día
por allí… Me gusta ese lugar.
—En aquel momento, la puerta se abrió
y él realizó un vistoso gesto
hacia el exterior—. Las damas primero…
Kerry siguió a
María fuera del ascensor, observando
la pose rígida de su espalda y escondiendo
una pequeña sonrisa. Steve las acompañó
por el vestíbulo hasta la puerta del
despacho de Dar, donde relucía el distintivo
de la ejecutiva. Su vibrante voz podía
adivinarse surgiendo de la habitación
a través de la gruesa superficie de
madera pulida.
—Ay… ¿Y
ahora qué? —exclamó María
con un suspiro.
Steven rió entre
dientes.
—Dar no necesita
un buen motivo para ser dura, cruel y desagradable.
—Y dicho esto, pasó entre las
dos mujeres y atravesó la puerta que
tenían delante, cerrándola tras
él.
Kerry y María
por su parte intercambiaron miradas y luego
Kerry agarró su portafolios.
—Yo arreglaré
esto. —Se detuvo un instante con la
mano en el picaporte y tras un leve empujón,
pasó adentro.
—Mike, me importa
muy poco lo que te hayan dicho, porque son
todo mentiras. —Dar recalcó sus
palabras golpeando la mesa con el lápiz—.
No voy a aceptar un plazo de sesenta días
para que arranquen un circuito asqueroso,
así que más les vale que puedan
ofrecer algo mejor.
—Mira Dar…
llevamos dándole vueltas al tema desde
hace dos meses… Y no van a ceder
—respondió la voz del hombre,
que surgía del altavoz del teléfono
con un tono visiblemente cansado—. Tienen
miles de conexiones que hacer ahí arriba,
y un equipo más viejo que mi madre.
Dar levantó la
vista al oír que la puerta se abría
y mostró una expresión de profundo
disgusto al contemplar la descarada intrusión
de Steven en su espacio personal.
—Dame un momento
—dijo al tiempo que pulsaba el botón
de llamada en espera—. La gente llama
antes de entrar en este despacho.
Él se limitó
a reír entre dientes y dejarse caer
pesadamente y sin ningún miramiento
en una silla.
—Esconde las uñas,
Dar. No me das ningún miedo.
—¿Qué
quieres? Estoy en medio de una conversación
—le censuró la mujer morena.
Steven se reclinó
hacia atrás, mirando a la puerta cuando
ésta se abrió y Kerry se deslizó
al interior, donde segundos antes había
estado él.
—¿Así
que llaman antes de entrar? —preguntó
burlonamente, sonriendo a Dar.
—Ella no tiene
por qué. Trabaja aquí —replicó
Dar—. Tienes diez segundos. Habla o
lárgate.
Kerry atravesó
tranquilamente la alfombra y depositó
la bolsa en la mesa de Dar.
—El almuerzo —murmuró,
dirigiéndose luego hacia la puerta
interior, que daba al pasillo, que a su vez
daba a su propio despacho.
—Gracias —dijo
Dar con voz tirante y dirigiéndole
una breve mirada—. Espera un segundo…
tengo algunos contratos para ti. —A
continuación, volvió a concentrarse
en su inoportuno huésped—. ¿Y
bien?
—Quiero un grupo
de trabajo. —Se inclinó hacia
delante bruscamente—. Y quiero a dos
miembros de tu personal. Así podré
hacerme una idea de qué demonios estás
tramando aquí y echarlo abajo —puntualizó,
con una sinceridad pasmosa, a la vez que temeraria—.
La quiero a ella y a cualquier otro que quieras
asignarme, durante dos meses a partir de mañana.
Cayó el silencio.
Dar apoyó las manos sobre la mesa y
le miró directamente a los ojos.
—¿Eso quieres?
—le preguntó suavemente.
—Sí, eso
quiero —reafirmó sonriendo.
Lo siguiente fue una
estilizada y poderosa indicación hacia
la puerta.
—Pues lo que yo
quiero es que salgas ahora mismo de mi despacho
—dijo la ejecutiva terminantemente—.
No tengo ni tiempo ni personal para dedicarte
en tu estúpido jueguecito de caza.
Si quieres entretenerte rebuscando en los
archivos como una rata, habla con Mariana.
—¿Te asusta
lo que pueda descubrir, Dar? —dijo él
cruzando las piernas y sonriéndole
al tiempo que miraba de reojo a Kerry, que
esperaba pacientemente a un lado—. No
vas a poder mantenerlo en secreto eternamente.
Dar se limitó
a mirarlo fijamente.
—Como quieras.
—Se levantó alisándose
las perneras del pantalón—. Tendré
que solicitarlo a la vieja usanza… Conseguiré
lo que quiero, y todos lo sabrán. Lo
siento, Dar… Es algo que te tengo guardado.
Por los viejos tiempos. —Le guiñó
un ojo a Kerry cuando salía y dio un
portazo a modo de despedida.
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