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:: ALERTA DE HURACÁN
::
(HURRICANE WATCH)
CUARTA PARTE
—Esto va a ser un circo
—dijo Dar mientras se dirigía a la
oficina con Kerry caminando a su lado—.
Creo que voy a hacer un cartel diciendo lo que
me ocurrió y me lo voy a colgar al cuello
para ahorrar tiempo. —El frío viento,
que acompañaba el frente de temporal que
se acercaba esa mañana, se agitó
contra la chaqueta de cuero que llevaba sobre
la camisa de algodón metida en los cómodos
pantalones de carga. Ésa había sido
una de las pequeñas iluminaciones de la
mañana, a parte de la insistencia de Kerry
en "ayudarla" a ducharse, y ahora esperaba
aparecer en la reunión del comité
ejecutivo y ver a sus compañeros inquietos
bajo sus trajes de lana.
Pasaron junto al guardia
de seguridad que les saludó con una inclinación
de cabeza y asintió positivamente a Dar,
la cual hizo rodar los ojos y se dirigió
al ascensor.
—Estoy condenadamente
agradecida de que sea temprano —comentó
secamente la ejecutiva. El ascenso fue tranquilo
con Dar apoyada contra la pared y Kerry entretenida
con un pedazo de su vestido que llevaba un bonito
alfiler con una rosa de filigrana y hojas delicadamente
remontadas.
—¿Ya te he dicho
lo mucho que me gusta este alfiler? —murmuró.
—Unas seis veces. —Dar
dejó que una sonrisa cruzase su cara—.
De nada. —El día anterior, después
del almuerzo, habían encontrado uno de
esos artistas errantes por el paseo entablado
y cada una había cogido uno o dos de los
bonitos adornos… Dar tenía un pequeño
caballo alzado sobre sus patas traseras que no
llevaba puesto por andar con muletas. Salieron
del ascensor y pasaron por el vestíbulo
con Kerry un paso más adelante para abrir
la puerta cuando llegaron al despacho de Dar—.
Bien, vamos allá.
María las miró
cuando entraron.
—*Buenos días…
¡Dios mío, Dar!* —la secretaria
se levantó y miró fijamente a su
jefa mientras la alta mujer se las arreglaba para
entrar en el despacho—. *¿Qué
pasó?*
Kerry avanzó y abrió
la puerta interna del despacho dejándola
abierta.
—Un rudo fin de semana
—bromeó ligeramente levantando su
mano enyesada—. De hecho, acabó antes
de lo esperado.
Dar exhaló.
—Es una larga historia,
María… digamos sólo que tenemos
que estar preparadas para todas las clases de
porquería que van a caer de todos los tipos
de dispositivos de movimiento de aire rotatorio
hoy —hizo una pausa y a mitad de la puerta
se volvió—. Además de los
habituales desastres de lunes, estoy segura de
que Mariana vendrá aquí en cuanto
llegue…, enredamos las cosas. —Se
giró y se dirigió a su escritorio.
Se sentó en su cómoda silla con
una sensación de alivio y dejó las
muletas en el suelo a su lado. Encendió
el ordenador con un movimiento vivo y se reclinó
en el asiento mientras oía la queda voz
de Kerry en la otra habitación poniendo
a María al corriente del el fin de semana.
Apareció su programa de correo e hizo una
mueca de dolor observando cómo crecía
rápidamente la lista de mensajes nuevos
en la pantalla.
Se acordó de que acostumbraba
a ser divertido. Hasta solía encontrarse
esperando que llegase el lunes, que era cuando
la mayoría de los desastres realmente interesantes
les hacía levantar sus feas cabezas. Ahora…
una oreja se centró en Kerry y suspiró,
ahora tenía otras prioridades. El teléfono
sonó y pulsó un botón.
—¿Sí?
—Dar.
—Mariana. Buenos días
—contestó Dar entrelazando los dedos
y reclinándose en el asiento.
—No, no lo son. Tenemos
un problema —declaró con un susurro
la VP de Personal—. La policía viene
de camino. Fabricini ha presentado cargos.
Dar se incorporó apoyándose
en los codos.
—¿¿Presentó
cargos?? ¿Por qué? ¡No le
toqué!
—No contra ti —contestó
Mariana—. Contra Kerry. Por agresión.
Le rompió la nariz.
—Oh, debes de estar
bromeando —la interrumpió enfadada—.
No puede ir en serio.
—Dar, no estoy bromeando
y va en serio, acabo de hablar con él y
no va a ceder. Va a presentar cargos por agresión
y una demanda por daños y perjuicios —la
voz de Mariana sonaba muy tensa—. No sé
qué anda buscando, pero…
Dar miró el despacho
silenciosamente.
—Yo sí lo sé
—contestó—. Sé lo que
está buscando. —Exhaló y asintió
una vez—. De acuerdo… gracias Mari…
le diré a Kerry lo que ocurre. —Colgó
la llamada y se guardó la noticia cuando
Kerry asomó la cabeza en la oficina.
—Voy al piso de abajo
a por café, ¿quieres? —le
preguntó la mujer rubia.
—Claro —Dar se
obligó a sonreír—. Me encantaría.
—Observó a Kerry salir y se quedó
estudiando la superficie de su escritorio durante
un momento. Quince años. Sus ojos se desviaron
hacia el reloj dorado que reposaba en el estante
que atravesaba la habitación, su conmemoración
de los diez años. Quince años. Tomó
una respiración y marcó un número.
Esperó a que atendiesen—. Sube aquí
—declaró calladamente cuando contestaron
y colgó. Esperó.
No tardo mucho tiempo. Fabricini
entró en su oficina con media cara tapada
por una venda blanca y con la piel cubierta por
manchas y embadurnado de loción. Se sentó
sin que se lo pidieran y lanzó una carpeta
sobre el escritorio con aire silenciosamente triunfante.
Dar lo abrió y observó
el contenido con un rostro inexpresivo, seguidamente
lo miró.
—¿Qué
quieres?
Él ni siquiera hizo
como que no la entendía.
—Te quiero fuera de
aquí —contestó con viciosa
satisfacción.
Dar lo contempló silenciosamente.
—De acuerdo —respondió
simplemente—. Llama a la policía,
retira los cargos y lo tendrás.
—Oh, no Dar…
quiero cobrarle mi libra de carne a esa prostituta
tuya —contestó Steve con una sonrisa.
—Retiras los cargos
o no hay trato —contestó Dar—.
Tienes una demanda en contra por acoso sexual.
La mantuvo esperando por
un largo momento.
—¿Sabes lo dulce
que es esto? —ronroneó—. Es
perfecto, tú estás ahí sentada,
completamente desvalida, y yo estoy aquí
saboreando cada segundo. —Hizo una pausa—.
De acuerdo, Dar… dejaré en paz a
tu pequeña… pero te quiero fuera
de aquí hoy.
Dar miró de lado el
correo que acababa de bajar, cuatrocientos nuevos
mensajes.
—De acuerdo —accedió
ofreciéndole el mango del teléfono—.
Llama.
Lo escuchó hablar
de modo encantador con la policía y colgar.
—Adiós, Dar…
ha sido un placer trabajar contigo —se levantó
y se marchó.
Dar cerró los ojos
brevemente. Ahora venía la parte difícil.
Cogió el teléfono y marcó
la extensión de Mari. La VP de Personal
atendió inmediatamente.
—Mari.
—Dar… oh, bien…
me alegro de que seas tú… escucha,
he estado discutiéndolo con Duks, quizá
podamos encontrar una manera de…
—Ya lo arreglé
—la interrumpió Dar—. Ha retirado
los cargos.
Silencio.
—Oh… —Mari
estaba obviamente sobresaltada—. Bien…
yo… yo no pensé que se fuera a echar
atrás, Dar… yo…
—Y no lo hizo —declaró
quedamente la mujer de pelo negro—. Tan
sólo le di lo que quería. —Tomó
aire—. Dimito. —Un suave sonido la
hizo levantar la vista y vio a Kerry de pie en
la puerta mirándola en estado de choque—.
Voy a hacerlo por escrito… hazlo, Mari —concluyó
Dar y colgó—. Cierra la puerta.
Kerry obedeció y se
encaminó al escritorio, donde posó
el café. Se arrodilló al lado de
Dar y apoyó una mano en su brazo.
—¿Qué
quieres decir con que dimites? —le preguntó
absolutamente confundida—. Dar, ¿qué
está pasando?
Unos tristes ojos azules
la observaron.
—La policía
venía hacia aquí, Kerry… él
presentó cargos contra ti por agresión
y una demanda por daños y perjuicios.
—¿Y? —a
Kerry le saltó saliva al hablar—.
¡Déjale que lo haga! Dar, no me digas
que dimitiste por eso… yo le… yo le…
¿qué problemas puedo tener por haberle
pegado? ¿Que van a hacer… condenarme
a prisión? ¿En el condado de mi
Dade? No lo creo… aquí tienes que
matar a alguien para que por lo menos te metan
en una jaula.
—Kerry… no voy
a dejar que eso aparezca en tu expediente ni que
tengas que pasar por toda esa porquería
con la policía, ser acusada y echada abajo…
e ir a las cortes… dios sabe que él
probablemente consiga un jurado que le dé
la razón por no se qué daños
y perjuicios… —acarició la
mejilla de la mujer rubia—. No… no
puedo quedarme quieta mirando sabiendo que es
por mi causa… y que lo podía haber
impedido.
—Dar, no puedes dejarle
ganar así —protestó Kerry
furiosamente—. No te voy a dejar hacerlo.
Dar suspiró y le acercó
la carpeta.
—No tenemos otra opción
—tocó la carpeta con el codo—.
De todas formas una de nosotras tendría
que salir.
Kerry la miró fijamente
y abrió la carpeta. Sus ojos cayeron en
una pila fotografías de 8 por 10’.
Ella y Dar. Paseando, comprando… de pie
en el paseo entablado abrazadas. Ella dándole
a Dar de su cangrejo de río. Una llamativa
fotografía de ella mirando a su amante,
con una expresión que incluso Kerry no
podía explicar de otra manera que no fuese
adoración.
—Oh —cerró
la carpeta—. Bien, entonces, me iré
yo, Dar… vamos, tú eres mucho más
importante para la compañía que
yo… esto es ridículo. —Miró
a Dar—. ¿Puedes llamar a Les? ¿No
puedes hacer nada?
Dar estudió sus dedos
entrelazados.
—No estoy segura de
que quiera hacer algo —admitió.
Kerry la miró fijamente.
—¿Entonces te
estás rindiendo? —ondeó una
mano—. Después de quince años,
¿así de simple? —Agitó
su cabeza—. No me lo puedo creer.
—Vamos, Kerry…
no me arrepiento del tiempo pasado aquí,
pero quizá sea momento para moverse…
se me está haciendo cada vez más
difícil mantener el perfil que necesito
para esto —objetó Dar para que la
entendiese—. Sin hablar de las repercusiones
en mi vida personal, y no quiero eso en absoluto.
Kerry guardó silencio
por un momento.
—¿Y qué
se supone que debo hacer yo? —inquirió
finalmente—. No pensarás que me voy
a quedar en este agujero del infierno sin ti,
¿verdad? —Se levantó y pasó
una mano por su pelo—. No me puedo creer
que estés rindiéndote y dejándole
ganar —repitió suavemente—.
Yo… —Agitó su cabeza y se encaminó
hacia la puerta interna, la abrió y salió
sin una palabra.
Dar estaba silenciosamente
aturdida. Aquí estaba ella, había
sido bastante noble, a su parecer, poniéndose
entre Kerry y una mala situación. Pero
Kerry no lo veía en absoluto de esa manera…
y en lugar de agradecérselo se iba defraudada.
Dar se sentía muy desconcertada, pero no
tuvo tiempo de considerar sus opciones antes de
que la puerta se abriese bruscamente y entrase
Mariana con su rostro perturbado y enfadado.
—¿Tú
también vienes a gritarme? —le dijo
a la defensiva.
Mariana se detuvo y se la
quedó mirando.
—Estoy aquí
para intentar hablar contigo y meterte algo de
sentido común. Dar, no puedes irte así
sin más.
—¿Por qué
no? —Dar apoyó la barbilla en una
mano—. ¿Tengo un contrato de por
vida?
—No… no, Dar,
ya sabes a lo que me refiero —Mariana tomó
asiento.
—No, no lo sé
—la alta mujer sacudió su cabeza—.
Estoy en un estado de voluntad, no tengo ningún
contrato firmado, la compañía no
me posee, y no hay ninguna razón por la
que no pueda simplemente coger y marcharme por
esa condenada puerta. —Dar se levantó
agarrando sus muletas y dando pasos por la habitación—.
Es lo que él quiere, es lo que José
quiere, es lo que Eleanor quiere… dios sabe
que quizá estoy en su camino.
—¿Qué?
Claro que lo estás, tú… —balbuceó
Mariana—. Alguien tiene que hacerles frente,
Dar, o ellos hundirán la compañía,
tú y yo lo sabemos.
—¿Por qué
yo? —Dar se giró y golpeó
su pecho con un dedo—. Todo lo que hago
es ser un blanco, Mari… no importa lo que
haga, no importa cuantos jodidos conejos me saque
del culo, no importa cuántas cuentas salve,
o cuántos puntos haga que suban las acciones,
siempre soy la maldita perra Dar Roberts…
¿no crees que ya estoy enferma y jodidamente
cansada de eso algunas veces? —Su voz rozaba
el alarido—. Ahora tengo a ese jodido anormal
que contrataste que lo único que hace es
ponerme las cosas condenadamente difíciles
y no te oigo decirle alguna maldita palabra, ¿no
es así?
Mariana la miró fijamente.
—No no… dejádselo
a esa perra… ella lo hará tan bien
como lo sabe hacer y lo callará…
¿cierto? —Dar la rodeó—.
¿Cierto? ¿Tengo que quedarme quieta
y aguantar un evidente ataque personal por medio
de otro empleado y me dices que no me puedo marchar?
¡Que te zurzan, Mari! —Ahora el temperamento
de Dar saltó—. ¿Por qué
diablos no le planteaste cargos por acoso? ¿O
por jodida insubordinación? —Se inclinó
sobre el escritorio—. Permíteme decirte
una cosa… fue condenadamente afortunado
que fuese Kerry quien le pegase, porque si hubiera
sido yo, tendría algo más que una
jodida nariz rota.
—Vale… vale…
Dar… tranquilízate —Mariana
levantó sus manos cautamente—. Tienes
razón.
La mujer de pelo negro se
giró y fue hacia la ventana apoyándose
en ella con una mano.
—Sé que la tengo…
he estado luchando todas las batallas aquí
durante mucho tiempo, todos los demás se
han olvidado cómo —declaró
sosegadamente—. Bien, tendréis que
encontrar a otro que luche por vosotros. —Dejó
su cabeza descansar sobre el vidrio calentado
por el sol—. Yo estoy cansada de hacerlo.
Silencio.
—Entonces… esto
es sólo una excusa, ¿verdad? —preguntó
Mariana quedamente.
Dar contempló las
olas verdes y azules.
—Quizá.
Una suave exhalación.
—¿Qué
te ha pasado, Dar?
Era casi cómico.
—Me he dado cuenta
de que ahí fuera hay más para vivir
que en el próximo e-mail, Mari —Dar
resopló suavemente—. Desgraciadamente
para la compañía. —Se giró—.
No me voy a quedar mirando mientras ese bastardo
ataca a Kerry… y puesto que tú no
hiciste nada al respecto, lo haré yo. —Una
pausa—. Lo he hecho—. Incluso si la
propia Kerry protestaba. Tan sólo esperaba
que la mujer rubia la perdonase.
Mariana se reclinó
en la silla y exhaló.
—Sé que piensas
que todo esto es por mi culpa, Dar… y lamento
que pienses eso. —Levantó la vista
pero la mujer alta no hizo que sus ojos se encontraran—.
Tal vez tengas razón… debería
haber saltado encima antes… deteniendo todo
esto cuando comenzó… simplemente
pensaba que lo tenías bajo control, y que
si yo interfería, se volvería peor.
—Hizo una pausa para darle a Dar la oportunidad
de hablar. Al ver que la otra mujer no lo hizo
suspiró—. De esta manera, también
debería haberos separado a ti y a Kerry
cuando me di cuenta de cómo os mirabais
la una a la otra.
Continuó sin responder.
—Pero eso lo deberías
haber hecho tú misma —continuó
Mariana—. Y si lo hubieras hecho, no estaríamos
sentadas aquí ahora.
La cara de Dar no mudó
su expresión.
—Sigue. Échame
todas las culpas —murmuró la mujer
de pelo negro—. Ya lo hice… y ahora
estoy haciendo algo al respecto ¿Cuál
es tu problema?
Ella no tuvo oportunidad
de responder porque la puerta se abrió
y José entró.
—¿Qué
es eso que he oído? ¿Dimites? —preguntó
José con voz incrédula.
—Sí —contestó
Dar—. Ya puedes encomendar la comida para
la fiesta, José… felicidades. Ganaste
—escribió un mensaje en su programa
de correo y lo envió—. Ya está…
acabo de comunicárselo a Les… eso
lo hará definitivo. —Se levantó
y agarró su maletín, sacó
su portátil y lo dejó en el escritorio…
—No tengo muchos objetos personales aquí.
—Tomó sus delfines y miró
sus peces luchadores—. Veré si María
quiere quedarse con esos dos. —Puso su insignia
y su busca encima del portátil.
—Espera… espera…
—dijo José levantando una mano—
¿Qué quieres decir con que gané?
Dar lo miró fijamente.
—¿No era esto
lo que querías? Contrataste un tipo que
sabías que era un antiguo enemigo mío
y le diste instrucciones explícitas de
encontrar mi punto débil y explotarlo.
Lo hizo. Me marcho, tú ganas —su
tono era frío y sarcástico—.
Felicidades y buena suerte… espero que fastidies
la compañía de mala manera, tendrán
que revocar la oficina entera.
—Yo no hice…
—Por supuesto que lo
hiciste —Dar disparó de vuelta—
¿Quieres ver el e-mail que le enviaste?
El teléfono sonó.
—Dar, Mark en la línea
*número uno* —la voz de María
emergió.
—Gracias, María…
¿puedes llamarme un taxi por favor? —contestó
Dar crispadamente.
—*Sí* —la
secretaria sonó confundida.
—Gracias —Dar
pulsó el botón—. ¿Qué
pasa, Mark?
—La línea central
nororiental está abajo —declaró
el jefe de MIS—. No consiguen localizar
el problema.
Dar tomó aire.
—Encuentra a otro para
arreglar eso, Mark. Ya no es mi problema —contestó
con tono uniforme—. Dales más o menos
una hora para encontrar a alguien que me sustituya.
Hubo silencio durante casi
treinta segundos enteros.
—Entendido —respondió
finalmente Mark y colgó.
Dar colgó su cartera
del hombro y miró alrededor.
—Bien, me voy a casa
—declaró rotundamente—. Que
os lo paséis bien. —Cojeó
hacia la puerta, la abrió y desapareció
tras ella. Mariana estaba de pie junto al escritorio
con el rostro arrugado por la preocupación—.
María…
La mujer cubana rodeó
el escritorio y se le acercó.
—¿Te vas? ¿Por
las buenas? —le preguntó visiblemente
perturbada.
—Eso me temo —contestó
amablemente—. Gracias, por todo, María,
eres una buena persona y aprecio todo lo que has
hecho.
María retorcía
sus manos. Se acercó más y abrazó
a Dar.
—Que dios te bendiga,
Dar… este lugar no te merece —miró
a Dar que salía del despacho en ese momento—.
Y tú eres un pedazo de *caca*. Y espero
que dios te mande atropellar ahí fuera
con un autobús. —Fue hasta su escritorio,
cogió su bolso y salió dando un
portazo.
Dar la siguió en silencio.
Se dirigió por el silencioso corredor hacia
el ascensor cuyas puertas se abrieron cuando de
acercó. Entró y se giró apoyando
la espalda contra la pared posterior cuando se
cerraron las puertas y empezó a moverse.
***
Kerry volvió a su
despacho y se sentó. Estuvo mirando fijamente
su escritorio durante mucho tiempo sin moverse.
—No me puedo creer
que haya hecho esto —suspiró finalmente—.
No me puedo creer que lo halla hecho sin ni siquiera
hablar conmigo sobre ello… como si fuese
una especie de cría que necesite ser protegida
o algo así —Se levantó y comenzó
a dar pasos de un lado a otro.
—No puedo dejar que
lo haga.
Pasos, pasos, pasos.
—Sé que piensa
que lo está haciendo por las razones adecuadas
—suspiró—. Sé que quiere
protegerme de toda esa porquería legal…
pero lo que ella no comprende es que yo estoy
políticamente mucho más a salvo
de lo que ella piensa… se olvida de quién
es mi padre.
Ojos verdes contemplaron
la ventana.
—De acuerdo…
entonces, ¿qué diablos es lo que
voy a hacer? —tamborileó el escritorio
con sus dedos— La primera cosa que necesito
es encontrar aliados —Consideró el
teléfono. Lo cogió y marcó
un número. Tocó al otro lado varias
veces saliendo a seguir un buzón de voz—.
Maldita sea, Mark… ¿dónde
estás?
Su pregunta fue respondida
de una manera inesperada al abrirse la puerta
y entrar Polenti con una mirada de enfado en su
rostro.
—Oh… me oíste.
—¿Qué
demonios ocurre? —preguntó Mark poniendo
las manos en sus caderas— ¿Lo ha
dejado?
Kerry se sentó en
su escritorio.
—Es complicado, pero
esencialmente, sí… lo ha hecho —cruzó
los brazos—. La cuestión es, ¿qué
vamos a hacer al respecto?
—Espera un segundo…
¿podemos empezar por un "por qué"?
—Mark levantó una mano— No
quiere decir que no esté contigo en eso
de hacer algo, pero me gustaría saber que
libro me estoy leyendo antes de saber la página
por la que vamos.
Kerry frunció los
labios.
—¿El contexto?
Lo ha hecho porque Steve Fabricini me iba a causar
grandes problemas y ella lo cambió por
su puesto de trabajo.
Mark la miró con curiosidad.
—Lo sé…
pero no la voy a dejar irse así —reconoció
Kerry—. Por eso… primer punto, ¿cuántos
problemas puedes crearle?
Mark se sentó y puso
las manos entre sus rodillas.
—¿Problemas?
Bueno… puedo expulsarlo de la red y reencaminar
su mapa de navegación para que no pueda
encontrar sus archivos.
Kerry se inclinó hacia
delante y atrapó su mirada.
—No, Mark… no
ese tipo de problemas. Los de verdad —sus
ojos verdes centellearon—. Esos en los que
sé que eres muy bueno.
Él se aclaró
la garganta y pestañeó ante ella
sorprendido.
—No pensé que
tú… bueno, vale, puedo causarle muchos
problemas, ¿por?
Kerry sonrió.
—Me gustaría
que le causases tantos problemas como humanamente
puedas, ¿vale? —contó con
los dedos— Estoy hablando de tarjetas de
crédito, impuestos, carné de conducir,
legales, utilidades… todo.
El maxilar de Mark se descolgó.
—¿Estas hablando
en serio?
Ella asintió.
—Estoy hablando en
serio.
—Uau —se frotó
la nariz—. Juegas sucio —La miró
con una jovial sonrisa—. Eso me gusta —Se
levantó— ¿Qué vas a
hacer tú?
La cara de Kerry se endureció
y sus ojos se volvieron fríos y calculadores.
—Voy a hacerles entender
lo indispensable que ella es —le dijo la
mujer rubia rodeando su escritorio y buscando
algo en su pantalla—. Veamos, donde estaba…
oh, vale, sí, aquí está —Marcó
un número en su teléfono que fue
atendido al segundo toque—. Sí, soy
Kerry Stuart del departamento de Operaciones en
Miami… necesito hablar con Les Roesenthal,
por favor —Una pausa—. Es urgente
—Puso el teléfono en espera—.
Comienza por cortarle la electricidad, Mark…
me gusta la idea de él caminando por el
sensible moho.
Mark sonrió.
—Si, señora
—salió trotando por la puerta cerrándola
al salir.
Kerry asintió hacia
la puerta sonriente.
—Te las verás
conmigo. Eres una lastimosa muestra de medio asado
de perro.
—¿Perdone? —preguntó
una voz de hombre desde el teléfono—
Creo que no la entendí… ¿Srta.
Stuart?
—Lo siento… estaba
hablando con otra persona —dijo Kerry con
una embarazosa sonrisa—. Sí, ¿es
el Sr. Roesenthal? Creo que tenemos que hablar.
***
Una gaviota solitaria volaba
en círculos sobre la playa montando las
cálidas ráfagas de aire. El agradable
silencio y el cuchicheo de las olas eran los únicos
sonidos que llegaban a los oídos de Dar
mientras se encontraba sentada en el porche con
la rodilla en alto sobre una silla cercana. Su
cabeza descansaba contra el vidrio mientras contemplaba
la gaviota con ojos medio cerrados.
En la mesa había una
botella de vino dulce por la mitad, con un vaso
al lado. Dar alzó un brazo y volvió
a llenar el vaso. Bebió un sorbo, el cual
hizo recorrer el interior de su boca antes de
tragarlo. Chino estaba durmiendo en el suelo de
azulejo cerca de sus pies. Se había quedado
exhausto tras sus bufonadas de alegría
al ver la inesperada llegada de Dar.
El teléfono había
sonado varias veces dentro de la casa, pero Dar
decidió ignorarlo prefiriendo quedarse
mirando el horizonte y evaluar sus opciones.
Se sentía extraña
por no estar trabajando. Le parecía aun
más extraño el no estar segura de
si la decisión que había tomado
había sido la correcta y no una fundada
en una reacción por el tirón de
la rodilla y por la percepción del ataque
a Kerry. Sabía que le debía una
disculpa a Mariana, pero suponía que podría
llamar a la VP de Personal luego a su casa, cuando
estuviese fuera de la compañía.
Bebió otro sorbo de vino. Miró su
teléfono móvil cuando éste
comenzó a sonar.
—Ah… me pregunto
quién será, Chino. —Agarró
el teléfono y lo abrió—. ¿Sí?
—Hola.
Dar sintió una mansa
ola de alivio pasar por ella. —Hola. —La
voz de Kerry estaba tranquila, le faltaba el toque
de enfado que había tenido antes—.
Siento haberme ido sin hablar contigo.
—Mm… sí,
eso fue un poco decepcionante —le dijo Kerry
suavemente.
Dar no sabía qué
decir al respecto, por eso se mantuvo en silencio.
—¿Estás
en casa? —preguntó Kerry.
—Sí.
—No has respondido
el teléfono.
—Lo sé…
estoy fuera en el porche con Chino —respondió
la mujer de pelo negro—. Entonces…
¿ya te dieron mi despacho?
Una suave risa le respondió.
—Bueno, puesto que
me fui de una reunión donde le dije a dos
de los VP antiguos que me besasen el culo, probablemente
no está entre mis posibilidades hoy.
—Mmm. —Oscuramente,
eso alegraba a Dar—. ¿A qué
dos?
—José y Eleanor…
Mariana se fue a casa —respondió
Kerry—. Y yo también me voy…
desde que toda la división se ha puesto
de huelga… no hay necesidad de que me quede
aquí.
—Mm… eso está
bien… espera. —Dar se incorporó—.
¿Qué?
—Debe de haber sido
algo en la cafetería… cincuenta y
dos personas de operaciones, casualmente, todas
se han puesto enfermas y se han ido a casa —le
contó Kerry alegremente.
Dar suspiró.
—Kerry… es un
bonito gesto, pero va a crear problemas a todos
—informó a su amante.
—Dar, no les pedí
que lo hicieran —regresó la voz de
Kerry—. Creo que no comprendes cuánto
te respeta esta gente… María presentó
su dimisión, hay diez más pendientes
incluyendo la de Mark, y el servicio de Personal
ha sido bombardeado con cartas oficiales de censura
contra Fabricini aludiendo de todo, desde robo
hasta intento de violación.
—Oh —murmuró
Dar.
—Y su automóvil
se ha quedado codificado.
—Oh —con un énfasis
diferente.
—Y le han rajado los
neumáticos.
—Ah… Kerry…
—Y le han cortado la
electricidad, teléfonos, gas y agua.
—Kerry… —alarma
ahora.
—Y han cancelado sus
tarjetas de crédito.
—¡Eh!
—Su cuenta de ahorros
ha ido a parar a una fundación de mujeres
y niños.
—¡KERRY!
—Esa última
era de broma —dijo Kerry riendo entre dientes.
—Vamos… te vas
a meter en muchos problemas —le dijo Dar
con tono grave.
—Sí… soy
perfectamente capaz de meterme y salirme de ellos,
Dar… no necesito que te lances sobre las
situaciones por mí —respondió
Kerry seriamente—. Me siento halagada de
que te hayas ido por mí, ¿sabes?
—No tenía respuesta para aquello—.
—¿Dar?
—Sí —contestó
Dar quedamente—. Lo siento… supongo
que me las arreglé bastante mal para solucionar
esto —contempló la gaviota displicentemente—.
Quizá debería haberme quedado en
casa hoy.
—¿Dar?
—¿Sí?
—Te quiero.
Una débil sonrisa
asomó rápidamente en los labios
de Dar.
—Yo también
te quiero —hizo una pausa—. Disculpa
si exageré.
—Disculpa aceptada,
si me perdonas de antemano por intentar que cambies
de idea.
Dar sonrió ligeramente
triste.
—No creo que ésa
sea mi opción, amor.
Kerry rió entre dientes.
—¿Por qué
te ríes? —inquirió Dar con
curiosidad.
—Te veré en
unos minutos —respondió su amante—.
Ciao.
Dar se quedó contemplando
el teléfono.
—¿Qué
estará tramando ahora? —le preguntó
a la soñolienta Chino que meneó
la cola en respuesta.
***
Kerry abrió la puerta
y la cerró tras ella. Escuchó una
lucha de pequeñas patas contra las baldosas
del suelo y sonrió cuando Chino se contorneó
para atacar sus pies.
—Eh cielo… —se
arrodilló y recogió a la cachorro—
Ohhh… te estás haciendo grande, ¿eh?
¿Te gustó estar hoy en casa con
mamá Dar?
—Encontró el
aguacate de mamá Kerry en el fondo del
frigorífico —comentó Dar apoyada
sobre la puerta de la cocina—. Tuve que
raspar guacamole de algunos sitios interesantes.
Kerry rió y frotó
el estómago de la cachorro.
—Ohhh… chica
mala. —Se levantó y siguió
a Chino, dejó su maletín y fue hacia
Dar. Deslizó sus brazos alrededor de ella
y la abrazó—. Que día de perros.
Dar también la abrazó.
—Habría estado
de acuerdo contigo hasta hace cinco segundos —sintió
una sensación de alivio—. Escucha…
pedí algo de comida del club… supuse
que sería una mala noche para cocinar.
—Mmmmmmm… —Kerry
enterró su cara en el suave tejido de algodón
de la camisa que se había puesto Dar—.
Con tal de que pueda comer justo aquí,
me parece genial. —Pasó una mano
hacia arriba y hacia abajo por el costado de Dar
y la volvió a abrazar.
Dar se calentó alegremente
en la calidez. El caos de sus tripas se alivió
por primera vez en ese día. Plegó
sus brazos alrededor de la pequeña mujer
y enterró su cara en el suave pelo rubio
rindiéndose a la necesidad de sentirla.
—Me alegro de que no
sigas enfadada conmigo —comentó suavemente.
Kerry le dio unas palmaditas
en el costado.
—No estaba realmente
enfadada… quiero decir, estaba enfadada
por lo que había ocurrido, pero…
después de todo, lo hiciste por mí,
así que… ¿cómo me podía
enfadar? —inclinó su cabeza hacia
atrás y consideró a Dar—.
Y… hum… tuve que oír algunas
historias de horror sobre la cárcel del
condado de Dade que me contó la ayudante
de Mark… que parecía que sabía
una cantidad no habitual de historias sobre ello…
y… hum… —Hizo una pausa y soltó
aire—. Lo que estoy intentando decir, bastante
mal, es que me alegro de haberme ahorrado esa
particular experiencia.
Dar sonrió.
—Yo también
me alegro —reposó sus antebrazos
en los hombros de Kerry—. No lo tenía
planeado… pero cuando oí lo que él
había hecho… —Sacudió
su cabeza suavemente—. No podía dejarle
que siguiera con ello.
Kerry se enderezó
y pasó una mano por el pelo negro de su
amante disfrutando del sedoso tacto.
—Lo sé pero…
—se detuvo abruptamente y tocó con
suavidad el lado de la cabeza de Dar—. Hey.
Dar hizo una mueca de dolor
y apartó un poco la cabeza.
—Au.
—Aún tienes
un golpe ahí —persistió Kerry
aliviando el toque y limitándose a examinar
la superficie con las yemas de los dedos—.
¿Duele mucho?
Dar cerró los ojos
brevemente y los abrió.
—Duele, un poco —admitió—.
Como la pierna… un dolor poco intenso pero
molesto.
Kerry le observó los
ojos desde más cerca.
—Dar, ven aquí
junto a la ventana un momento. —Esperó
a que la mujer de pelo negro obedeciese, después
se puso de puntillas y miró fijamente los
iris azul claro—. Cierra los ojos. —Dar
lo hizo—. Vale, ábrelos. —Las
pestañas se abrieron temblorosamente—.
Dar, tu pupila de este lado está reaccionando
de forma diferente a la otra.
—Mm —Dar cabeceó
desenvueltamente—. Sí… supuse
que me podría haber golpeado con algo en
ese sitio.
Kerry cogió su cara
con las manos.
—Creo que deberías
ir a examinarte eso —declaró con
firmeza mirándola fijamente desde más
cerca cuando Dar empezó a protestar—.
Dar, estás actuando de una manera diferente
desde que pasó lo del hundimiento de tierra.
—¿Qué?
—Las negras cejas se juntaron—. ¿Qué
quieres decir?
Kerry suspiró, sin
saber cómo explicarse.
—Estás diferente…
al principio pensé que fue el viaje, pero
incluso cuando estamos en casa estás diferente…
no sé… no eres tú misma.
Dar lo consideró.
Se encogió de hombros.
—Me encuentro bien…
—objetó—.Yo sólo…
—calló—. He estado un poco
en baja forma, pero… —Levantó
una mano—. Se me pasará en un par
de días.
—Ven aquí. —Kerry
la cogió de la mano, deslizó un
brazo de apoyo alrededor de Dar y la ayudó
a cojear hasta la cama, donde se sentaron las
dos. Cogió las manos de Dar con las suyas
mirando a su amiga, quien la observaba con abiertos
y casi ansiosos ojos azules.
—Dar, ¿confías
en mí?
Los ojos se ensancharon un
poco.
—Claro que confío…
¿Por qué?
—Por favor, vamos a
llamar al Dr. Steve —le pidió Kerry
suavemente—. Me sentiré mucho mejor
si él le echa un vistazo y dice que todo
está bien.
Dar la estudió confundida.
—Pero… —Kerry
estaba seria, podía verlo. Y, a decir verdad,
el molesto dolor de cabeza estaba empezando a
acabar con ella—. De acuerdo. —Se
encogió de hombros ligeramente—.
Me parece una pérdida de tiempo por un
pequeño golpe en la cabeza, pero si te
hace sentir mejor…
***
Kerry apretaba las manos
y estudiaba el dolorosamente limpio azulejo de
la sala de espera del hospital Monte Sinaí
que estaba en la playa. Su pequeña carrera
hacia el consultorio del Dr. Steve había
llevado al pedido de examen de un TAC, contra
las vehementes protestas de Dar, lo que le había
supuesto usar todos sus considerables poderes
de persuasión para traer a su amante hasta
aquí.
Exhaló, mientras sus
dedos tiraban de la costura de sus pantalones.
Dar ya llevaba allí dentro como una hora
y empezaba a preocuparse. ¿Esto dura tanto
tiempo? ¿Qué estarán haciendo?,o,
¿estará Dar luchando contra ellos
y por eso está tardando una eternidad?
Una suaves pisadas le hicieron
salir de la solitaria vigilia en la que se encontraba
tras las ocupadas horas en la sala de espera de
radiología. Una alta figura, con un andar
extrañamente familiar, se dirigía
hacia ella. La figura llevaba una sudadera con
capucha. Kerry solamente lo había visto
una vez, pero lo reconoció inmediatamente.
Se levantó y avanzó un paso tranquilizándose
cuando él le extendió la mano.
—Hola jovencita —pronunció
con lentitud la áspera voz cuando se le
acercó.
—Sr. Roberts —susurró
Kerry—. Dios, me alegro de que esté
aquí. —Lo abrazó impulsivamente—.
Dar está ahí dentro haciéndose
un examen en la cabeza.
Él respondió
torpemente al afecto físico de Kerry.
—Tiempo muerto —bromeó
débilmente—. ¿Qué ha
hecho la pequeña bicho esta vez? —Echó
un vistazo alrededor y se sentó junto a
ella—. Estaba aquí recogiendo algunos
medicamentos… hasta que te vi entrar.
Kerry se lo dijo.
—Y yo también
entré en la función —levantó
su mano enyesada—. Pensé que ella
estaba actuando un poco raro… dejó
su trabajo hoy.
Él tosió del
susto.
—¿Raro? Eso
es más que raro, pequeña…
esa cabezota ha perdido el juicio… ¿qué
le van a hacer?
Ella suspiró.
—No lo sé…
llevan ahí dentro una eternidad…
probablemente tenga un ataque —envolvió
su mano lesionada con la mano buena—. Espero
que esté bien.
—Hey, hey… hace
falta más que un golpe en la cabeza para
perturbar a mi niña, ya deberías
saberlo —Andrew Roberts la tranquilizó
torpemente—. Ah… —Aclaró
su garganta—. Te gusta de veras, ¿eh?
Kerry pestañeó
ante él.
—Mucho —exhaló—.
Significa todo para mí.
Unos claros ojos azules,
muy parecidos a los de Dar, la estudiaron durante
un momento.
—Eso es bueno…
eso es realmente bueno… ahora no te preocupes,
ella va a estar bien —hizo una pausa—.
¿Qué le están haciendo?
—Un TAC —le respondió
Kerry.
—Oh, diablos. —Andrew
jugueteó con los cordones de su sudadera—.
Cuando era una niña, se cayó del
tejado de la maldita casa… teníamos
miedo de que se hubiera roto el cuello, la espalda
o cualquier cosa… la transportaron en una
camilla de politraumatizados y cuando llegaron
al hospital la inmovilizaron con varas y todo
tipo de material.
Kerry asintió.
—Para impedir que se
moviese, claro…
—Sí, bueno…
era trabajoso… la mantuvieron atada para
eso… debieron pasar unas condenadas dieciséis
horas más o menos… casi se vuelve
loca… casi rompió la maldita tabla
intentando soltarse —sacudió su cabeza—.
Desde entonces odia los hospitales.
—Oh —Kerry sintió
encajarse varias piezas del puzzle—. Sí…
eso tiene sentido, supongo. —Se mordió
un labio—. ¿Le ocurrió algo?
—No —resopló—.
La condenada niña es mitad de hierro, mitad
de goma.
Kerry sonrió ligeramente,
se giró hacia él buscando con sus
ojos su desfigurado rostro.
—Ella le quiere mucho,
¿sabía?
Sus hombros cayeron y exhaló.
—Sí, lo sé…
es mi niña… yo también la
quiero.
Kerry estudió las
baldosas del suelo.
—Lo dice como si eso
garantizase que los padres aman a sus hijos.
Él estaba a punto
de responderle cuando se abrió la puerta
y una enfermera asomó la cabeza.
—¿Srta. Stuart?
Kerry se levantó.
—Soy yo —gesticuló
acercándose, girándose a medio camino
para animar a Andrew a que se le uniese.
Pero él se había
ido. Kerry suspiró y se dirigió
a la mujer.
—¿Sí?
—El médico quiere
hablar con usted… y después puede
ver a su amiga —le dijo la mujer—.
Venga por aquí.
El Dr. Steve estaba en una
pequeña habitación de examinación
junto a la pared para observar radiografías
y otras películas, pero ahora sólo
tenía pantallas desplegadas del TAC. Se
encontraba estudiando una con otro hombre cuando
vio entrar a Kerry.
—Ah… Srta. Kerry…
bien… bien. —Le hizo señas
para que se acercase.
—Hola. —Kerry
se detuvo y miró el examen por encima de
su hombro. No significaba nada para ella, sólo
una gota grande con gotitas más pequeñas
en el centro. —Entonces… ¿qué
es esa cuchara grande? —Exhaló—.
¿Cómo está Dar?
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